Una Navidad Diferente: El significado de la Navidad

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Una crónica desde la plaza que eligió ser pesebre.

En una noche donde el mundo repite un ritual sin preguntar por qué, estuve en plaza Independencia siendo parte de un grupo de gente, la Fundación Un Mundo Diferente que hace 11 años elige servir. Esta es La Navidad que no traiciona su origen: un nacimiento en la precariedad, una luz encendida que viene trayendo la esperanza de un Mundo Diferente.

las nueve de la mañana del 24 de diciembre, terminamos el programa previo a la Nochebuena de Libertad de Expresión, se apaga la luz roja que indica que los micrófonos están cerrados y Graciela Núñez, la conductora y creadora; la “Gra”, me mira y me dice: «¿Café?». —Sí—, le contesto y partimos a la reunión de postproducción y producción para el viernes 26.

Afuera, la ciudad ya palpitaba con la urgencia del ritual: luces intermitentes, bocinazos en el centro, familias cargando bolsas en la Peatonal Muñecas. Graciela me propone: «Tengo una idea, Pablo!!!», me dice —siempre tan intensa como simpática—, y me propuso: ir a cubrir Una Navidad Diferente, el evento que la Fundación Un Mundo Diferente organiza cada año frente a la Catedral de Tucumán. Acepté —no por entusiasmo, sino porque de un tiempo a esta parte se viene sucediendo una extraña familiaridad: las navidades, en mi caso, de un tiempo a esta parte transcurren en viajes, trabajos, que han conformado una creciente distancia respecto de las tradiciones; esto me ha convertido en un espectador escéptico de la «fiesta obligatoria». Pero esta vez no sería espectador. Sería testigo. Y tal vez, sin saberlo aún, también parte.

Finalizada la reunión y despidiéndome de “Gra”, caminé por San Martín hacia casa, mientras en mi cabeza resonaba una pregunta que no había formulado en voz alta: ¿Qué hago aceptando esta tarea? Era la misma duda que me había atravesado el año anterior, en la Puna, a 3.500 metros, lejos de todo —como si mi destino fuera estar «fuera de lugar» en la noche más ritualizada del calendario. En la esquina de San Martín y Muñecas, un niño de ocho años, absorbido por su celular y cargando cinco bolsas de regalos, chocó contra mí. Su padre, con idéntica carga, lo apuraba casi llegando al tono de reclamo. Nadie se disculpó. Nadie se miró. Solo hubo tránsito, prisa y un lenguaje corporal mecánico, como de autómatas cumpliendo un guion, el del deber ser y el deber hacer. Me repetí: Tengo que salir de aquí. Horas después, mientras celebraba los cortes de calle que me permitirían estacionar en cualquier parte elegí entrar por Laprida —a contramano, en Laprida!!!—, supe que ya lo había hecho, ya me había escapado del sistema.

La plaza Independencia, a las 20:30, no era un escenario montado para la compasión. Era un dispositivo ético/espiritual en funcionamiento. Las carpas blancas colocadas y prestadas por la Municipalidad de San Miguel cubrían cordón a cordón la calle 24 desde Laprida hasta 25 de mayo, una forma de prever y proteger de una llovizna tímida que en un par de ocasiones cayó. Mesas de tablones unidos, sillas alquiladas, un escenario en la esquina de 24 y Laprida. En la cocina instalada en uno de los laterales de la Catedral, más de ciento cincuenta personas —entre voluntarios y referentes— trabajaban desde las ocho de la mañana del día anterior. El menú: pollo al verdeo con arroz primavera; gourmet, económico, rico, y sobre todo: distinto al del año pasado (hamburguesas y pizza, «como fiesta», según Graciela Vidaechea, coordinadora de la Fundación).

«Sí, hay momentos en los que me pregunto: ¿qué hago acá? Pero luego recuerdo a mi mamá. Ella me enseñó a dar. Y ser fiel a ese legado es lo único que me sostiene».

No hablaba de redención. De la obra del hacer, Graciela me hablaba de coherencia, de integridad, de ser consecuente con una forma de estar en el mundo.

La Fundación Un Mundo Diferente no nació como proyecto asistencialista. Surgió en 2015, con tres amigos y 300 personas atendidas. Esta Navidad, los que asistieron fueron más de 1.200. Pero lo más notable no es la escala: es la estructura invisible que la sostiene. Además de esta noche, funciona todo el año: los lunes, Una Tarde Diferente para adultos mayores y jóvenes en situación de calle; los miércoles y sábados, talleres y merenderos en el barrio Puerto Argentino (Hernández Magallanes y Terán), en la zona del Mercofrut, donde unas 60 personas —niños, adolescentes, cuidadores— reciben no solo comida, sino talleres creativos, información y, sobre todo, una mirada: son vistos. «Nosotros no damos merienda —aclara Graciela—. Acompañamos. Dignificamos. Porque la peor forma de la pobreza no es la falta de pan. Es la falta de preguntas: como por ejemplo, ¿Cómo estás?».

La pregunta, justamente, es lo que falta en el discurso dominante de esta navidad que se impone desde el consumismo. Mientras en muchas casas se estrena ropa, se abren regalos y se brinda, en la plaza lo que se intercambia es tiempo —el bien más escaso e irrecuperable una vez invertido. Sol, voluntaria desde hace seis años y oriunda de Villa Urquiza, lo sintetiza con una claridad que duele:

«Nunca me preguntaron cómo estoy». Y están allí, esperanzados por un plato de comida caliente… pero lo que buscan, en el fondo, es que alguien los nombre, que los vea.

No es ingenuidad o un anestésico emocional lo que expresa Sol. Es una elección contracultural: negarse a que la vida se reduzca a lo privado, a lo nuclear, a lo que «me toca».

Esa elección choca de frente con la lógica del «sálvese quien pueda», que no es solo económica, sino emocional: la creencia de que cada quien debe resolver sus temas, sus crisis, sus caídas, en soledad. «La gente me pregunta: ¿Por qué ayudás a esa gente que está en la calle? Si están ahí es porque quieren», cuenta Sol. Su respuesta no es teórica. Es práctica: «Tenés que vivirlo, así de simple: tenés que vivirlo. No te deseo estar en situación de calle, pero deberías vivirlo para no juzgar tan liviano». La crudeza de esa frase desnuda el mecanismo del juzgamiento: no es moral; es netamente defensivo. Una forma de no tener que mirar el propio vacío.

Sigo transitando las carpas; en este espacio es donde la Navidad deja de ser una fecha y se convierte en un campo de batalla simbólico. Augusto Romero, presidente de la fundación, lo dice sin eufemismos cuando, en la pregunta que le hago, le planteo si esta idea es contra sistémica:

«Sí. Esto es contrasistémico. El sistema te dice: comprá, consumí, estrená. Nosotros decimos: detente. Mirá. Sentate con quien no tiene silla».

No se trata de negar la fiesta, sino de rehacer su gramática. Y para hacer eso, hay que entender que la Navidad, tal como la vivimos, no es un invento cristiano puro. Mucho antes de Jesús, el 25 de diciembre —solsticio de invierno en el hemisferio norte— era la fecha de los Saturnales, las fiestas romanas dedicadas a Saturno, dios del tiempo, la ley y el orden social. Durante esos días, se invertían jerarquías, se permitían excesos y se generaba un «caos organizado»… no para destruir el sistema, sino para reforzarlo, tras un respiro catártico.

El cristianismo, al expandirse, no eliminó ese ritual. Lo resignificó. Colocó en esa fecha el nacimiento de Jesús: no para abolir el mito, sino para ocupar su lugar y mostrar otra lógica. Así, millones de personas, siglos después, repiten el mismo gesto colectivo —reunirse, compartir, esperar— sin saber por qué. Claro que hay una diferencia crucial: mientras el ritual antiguo devolvía al orden, este intenta sustituirlo, aunque sea por una noche. Aquí no se rompe la estructura para volver a ella. Se rompe para ensayar otra: una donde lo colectivo, lo comunitario se transforma en un acto de devolución digna; un espacio para devolver el sentido exacto de la festividad; donde la comida no es espectáculo, sino encuentro; donde el perdón no es una formalidad religiosa, sino una necesidad vital: «Hoy a las 12 —dice Sol— lo tomamos como muy íntimo y personal: el perdón está al alcance de la mano. Festejamos el nacimiento de quien lo hace accesible».

La misa de Monseñor Carlos Sánchez, arzobispo de Tucumán, no fue un paréntesis ceremonial. Fue teología en movimiento, una teología dinámica. «José y María golpeaban puertas —dijo—. Y no pasaba nada. Y aun así encontraron un pesebre. Por eso no tires la toalla». No habló de un Dios lejano, sino de uno que nace en la falla del sistema: sin techo seguro, sin cuna, sin protocolo. «Jesús nace pobre en Belén —exclamó—. ¡Y hoy quiere nacer también en Tucumán!». Pero la genialidad de su homilía fue no limitar ese nacimiento al altar. Lo ubicó en lo concreto: «Esta noche es un signo maravilloso de esperanza… porque saca lo mejor de nosotros mismos. La solidaridad no es un adjetivo. Es el rostro vivo del amor del Señor». No bendecía la obra. La reconocía como presencia misma de su espíritu.

Mientras tanto, en los márgenes del escenario, Alejandro —voluntario desde hace tres años— compartía otra verdad, más pequeña y no menos profunda: «Hoy en día las Navidades se están apagando. Ya no se siente ese ámbito. En cambio, acá sí. Podés conversar. Escuchar historias. Es como volver a los mesones largos de antes». Su click no fue místico. Fue narrativo: escuchar la historia de quienes iniciaron la Fundación, y entender que la fiesta no tenía que ser una obligación, sino una elección con sentido. «Dar este pedacito de tiempo —dice— te acerca a reconfortar el alma». No es solo el sacrificio agradable, sino reciprocidad: es un ir y venir.

Muñecos de nieve donde no neva.
Aeropuertos con filas extensas.
El Pavo es el rey del menú.
Pero, ¿Dónde ubicaste a Jesús?

La canción de Abel Mauricio López no es una moraleja. Es un diagnóstico popular, agudo, sin condescendencia. Enumera los síntomas del vaciamiento ritual: pirotecnia, regalos, amigo secreto, Grinch, duendes y Papá Noel… y tras cada verso, la misma pregunta, incómoda, ineludible: ¿Dónde pusiste a Jesús? Hoy, en pleno auge del mindfulness capitalista —donde hasta la espiritualidad se vende como bien de consumo—, esa pregunta resuena y debería producir una incomodidad. Porque lo que se celebra en la plaza no es una alternativa más humana a la navidad… es la única Navidad que no traiciona su origen: un nacimiento en la precariedad, un gesto de comunión frente al abandono, un acto de fe no en lo sobrenatural, sino en lo posible: que, aun en la noche más larga, alguien decida encender una luz.

No para iluminar el pesebre de Belén.
Sino la silla vacía al lado suyo.

Y si tu corazón el amor no renueva, pregúntate a ti mismo… ¿Dónde pusiste el significado de la Navidad? dice López en su canción.

Me despido de los chicos de la fundación, siento agradecimiento, siento que fui parte de La Navidad y ese ser parte responde mi «¿qué hago aquí?». Me di cuenta de que me fui, como me vengo yendo hace unos años, de la navidad; y hoy mi distancia con un evento se marcó definitivamente para alinearse con una forma de relación que indefectiblemente lleva a la acción: la de La Natividad, con un propósito que va más allá de lo que la mente humana puede llegar a entender y comprender, pero que se vislumbra en la puesta en común, con la espiritualidad como sustancia que une.

Son cerca de las 1 de la mañana. Entro a casa, activo datos y red de mi teléfono y comienzan a llegar las tarjetas genéricas de felicidades, mensajes copiados y pegados; que ignoro sistemáticamente. Hay un momento de silencio. La campanita suena: es un mensaje. Dudo. Despliego. Y Mercado Libre me dice que me extraña. Mi rostro no debe haber mentido cuando borraba el mensaje. Nuevo silencio. Un minuto… dos… tres; boca arriba sobre mi cama, casi colgando la cabeza en un borde, mirando el cielo por el ventanal de mi habitación. Suena la campanita. Exclamo en voz alta: «Como insisten, no se cansan: ¡muchachos, ya me fui!». Abro la notificación y leo: Feliz Navidad!. A las 00:42, breve, bien escrito con solo un signito de admiración.

En ese instante —sin explicaciones, sin posesión, sin contrato— todo se une como al final de una sinfonía, algo muy antiguo y muy nuevo se enciende: no la ilusión del amor completo (entre humanos eso no existe), sino la certeza de lo posible. Esa es la comunidad que no necesita lista de invitados. Esa es la esperanza que nace, siempre por imperio de la decisión, como dice el final de ese mensaje a las 00:42: «Insisto: Lo dejo en tus manos».

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