Una autopsia del ritual de fin de año y comienzo del año nuevo
Una crónica que no cuenta lo que ocurrió el 31, sino lo que ocurre cada vez que alguien escribe una promesa sabiendo que no la cumplirá: un acto de lealtad más profundo que la fe, más antiguo que el calendario, y más necesario que el optimismo.
Odio el tiempo. Lo detesto con toda mi alma. No como fenómeno físico —ese, al menos, es neutral—, sino como árbitro, como director de escena, como soberano que decide quién merece esperanza y quién ya no cuenta, es decir: odio la cronocracia. No es el reloj lo que me irrita. Es la manera en que el calendario se ha convertido en un tribunal: y no me digas que no lo sientes (¿sufres?) cada 31 de diciembre, nos someten a juicio. ¿Cumpliste? ¿Avanzaste? ¿Mejoraste? ¿Te optimizaste? Y si la respuesta es no —o peor: no sé—, parecería que avecina una condena que viene prolijamente envuelta en culpa (que cosa cochina la culpa: también la detesto, pero no tanto como al tiempo).
Claro que sé que esta cuestión con el tiempo es una escaramuza, un combate, una batalla, una guerra, una conflagración perdida de antemano. El tiempo siempre gana, siempre. Pero yo no puedo dejar de decírselo. No puedo dejar de anunciarlo —a quien quiera escucharme, a quien quiera leerme— como acto último de soberanía: yo veo tu mecanismo. Y me resisto a ti; Tiempo.
La promesa no es un contrato con el futuro. Es un acto de fidelidad con el presente.
Fue en esa disposición —más de rebeldía que de cansancio— que entré, el martes 30 pasado, a la reunión de producción de Libertad de Expresión. Graciela Núñez revisaba los tiempos de la agenda informativa que siempre está apretada y es dinámica, mientras mezclaba su leche cortada. Borja Michaelsen frente a “Gra” emprendía la exposición de sus puntos de vista con respecto al ángulo de abordaje de una exclusiva que había conseguido Graciela, ambos comenzaban un intercambio de posturas muy rico y constructivo que me encanta observar. Sebastián Gil Olivares, inmerso en el celu, exploraba posibilidades informativas en redes, esa fue la respuesta que le dio a Graciela cuando ella, al mismo tiempo que sostenía ya el intercambio de enfoques con Borja, le preguntó: Sebita, ¿en qué estás?
Graciela no terminó de escuchar la respuesta de Seba, y me disparó:
—¿Y vos, Pablo? —preguntó, sin quitarle la vista a Borja—. ¿Qué hacés el Primero?
Me tomé un segundo. No mentí. Mi condición no me lo permite.
—Probablemente esté escribiendo algo sobre por qué no soporto al tiempo… y cómo, además, se lo vende como producto de lujo.
Hice una pausa. Graciela ya sonreía. Sabía que había dicho demasiado. O con suerte, exactamente lo necesario.
Hubo un silencio. Borja soltó una carcajada. Sebastián levantó la mirada. Graciela sonrió con la sonrisa de una madre que está a punto de corregir, pero siguiendo la lógica de la continuidad de las consecuencias que debe asumir el infractor:
—Perfecto —dijo, cerrando la tapa de su agenda—. Entonces escribilo. Pero no quiero una crónica de la fiesta. Quiero una autopsia del ritual.
Sentenció, mientras sus ojitos se entornaban y su sonrisa crecía.
Y así, en esa reunión de posproducción —donde lo urgente se debate sin perder lo esencial—, nació esta pieza: no como encargo, sino como deuda. La deuda de quien, al decir en voz alta que detesta el tiempo, se compromete a explicar por qué sigue escribiendo en él.
A las 23:58 del 31 de diciembre, en muchos lugares se sostuvieron copas llenas como quien sostiene el último oxígeno del planeta. Las miradas estuvieron fijas en las cuentas regresivas de las pantallas de los celulares, cuenta regresiva que avanzó inexorable y portando la tenacidad de un fiscal, y hasta que no estallaron los primeros artificios en el aire no hubo mirada al cielo. Todos esperaron —no al año nuevo, sino al instante en que se pudo decir que ya terminó y al mismo tiempo ya empezó, como si el tiempo no pasara por sí solo. Como si hubiera que forzarlo, como a una puerta atascada.
Esta es la paradoja que nadie nombra en la víspera: celebramos el paso del tiempo con una ansiedad propia de quien intenta detenerlo. Compramos agendas vírgenes como si el futuro fuera un contrato que podemos negociar, al tiempo que escribimos resoluciones como votos laicos, aunque ya sepamos —por experiencia, por estadística, por esa sabiduría corporal que no se deja engañar— que el 92 % de ellas se desvanecerán antes de febrero, como lo señala un estudio de la Universidad de Scranton, realizado en el año 2014. ¿Por qué insistimos, entonces? ¿Por qué volvemos, año tras año, a la misma mesa con el mismo menú de acciones y promesas inservibles?
No puedo decir que esto se trate de ingenuidad. Estoy casi seguro que se trata de desesperanza que, por todos los medios, trata de disfrazarse de esperanza.
No fracasamos cuando rompemos la promesa. Fracasamos cuando dejamos de hacerla.
Hace dos días, mientras caminaba hacia el centro, me crucé con un cartel en la vidriera de una librería: “¡Tu mejor versión empieza hoy!”. Debajo, apilados como bloques de hormigón, cientos de planners, de agendas, con tapas de mármol sintético, cintas doradas y viñetas como “Mi propósito del año”, “Metas SMART”, “Rituales de abundancia”. Entré. Un dependiente me atendió muy amablemente y me preguntó, con la misma solemnidad con que un sacerdote diría “¿renuncias a Satanás?”, si quería “acompañamiento en mi proceso de reinvención”. Salí sin comprar nada, pero con una pregunta clavada: ¿desde cuándo la promesa personal se volvió un producto? Y desde ¿cuándo mi proceso de reinvención puede ser contenido en una agenda?
La antropóloga Mary Douglas escribió que “la suciedad es simplemente materia fuera de lugar”. Nuestro ritual de fin de año es, en esencia, una operación de limpieza simbólica: expulsamos lo que no encaja —los errores, los duelos no dichos, las palabras no devueltas— para reingresar al calendario con la ilusión de estar “ordenados”, “limpios”. Claro que no hay suciedad en lo no resuelto. Lo que sí hay es un sentido no procesado, y no es fácil deshacerse de eso. No se lo puede tirar, pero sí se lo puede transformar. O, en cambio, se lo puede enterrar, para que siga actuando desde abajo, como una raíz que tarde o temprano va a levantar el pavimento.
El sociólogo Zygmunt Bauman llamó “modernidad líquida” a esta época en la que todo se acomoda a todo, todo toma la forma que conviene —trabajo, amor, identidad— y donde la única respuesta posible es intentar solidificar algo, aunque sea por unas horas. Las resoluciones no son planes. En realidad, son intentos de anclas improvisadas. “Voy a correr los lunes” no significa que correrás: significa no quiero sentir que me dejo estar, que no hago nada. “Voy a llamar a mi hermano” no es un compromiso con él. Es algo más profundo: un intento de no perder el contacto con tu historia, con tu propio nombre.
A las 00:45, en una esquina en un drugstore donde muchos hacían fila para proveerse de cigarrillos y six packs de cerveza, un hombre mayor encendía un cigarrillo con manos temblorosas. Cruzamos miradas. Le dije feliz año y le pregunté si celebraba. Me miró como quien ha visto demasiadas transiciones para seguir creyendo en ellas.
—Yo no celebro —dijo—. Ahora escribo mi lista de intenciones.
—¿Por qué?
—Porque si no la escribo, siento que ya no me importa lo que venga.
Esa frase —digna de un Kierkegaard despojado de jerga teológica— me acompañó el resto de la madrugada. Porque revela lo que ningún algoritmo de bienestar corporativo quiere admitir: la promesa no es un contrato con el futuro. Es más poderoso y posible que eso. La promesa es, en realidad, un acto de fidelidad con el presente. No decimos “voy a cambiar” porque creamos que lo lograremos. Lo decimos porque, en ese instante, elegimos no rendirnos ante la indiferencia del tiempo. Elegimos decirle: No voy a dejar de presentarte pelea.
El filósofo Søren Kierkegaard, en La repetición, distingue entre recurrencia y repetición. La recurrencia es mecánica: el péndulo que vuelve, el ciclo biológico, el “otro año más” susurrado con resignación. La segunda —la repetición— es elección consciente, impulsada por (casi seguramente) un deseo inconsciente; volver a algo —una palabra, un gesto, una intención— sabiendo que uno ya no es el mismo, sabiendo que el contexto cambió, y aun así volver. No por fe en el resultado, sino por lealtad a un principio: el principio que sostiene que algo merece ser reintentado, que quizás esta vez si salga bien, esta vez quizás si obtenga lo que quiero.
Esa es la repetición que practican los maestros que entran al aula cada 1º de marzo, los que escriben cartas sin esperar respuesta, los que preguntan “¿cómo estás?” a quien nunca lo ha nombrado. No es que sean optimistas ciegos. Es que, en realidad, son testarudos (tozudos, diria don Romualdo; mi padre) de la búsqueda de sentido, del registro del otro.
Es 1º de enero, son las 7:45 de la mañana. Mi café humea y llena toda la cocina con su maravilloso aroma. A su lado, el planner (una agenda) regalado por una compañía farmacéutica. Lo abrí en la página de enero. Estaba en blanco, salvo por una frase en cursiva, en la parte superior: “Este mes, sé tú mismo. Pero uno mejor.”
Cerré la agenda.
No es que no quiera ser mejor. Es que ya he aprendido que no existe un “yo mejor” esperando bajo capas de mala voluntad, como una estatua en el bloque de mármol bajo el cincel. Existe un yo más presente: un yo que no huye del dolor ajeno, un yo que se permite dudar sin colapsar, un yo que entiende que no hay “reset”, no existe ese botón. Lo que sí hay es reconocimiento: del error como huella, como camino, como posibilidad —no como estigma, no como sentencia para el futuro. Esa distinción es resultado de una distinción aún mayor y más costosa: la del tiempo no como cronos que se cuenta —como el reloj de la plaza que nadie mira—, sino como durée: ese tiempo que no lleva reloj, el del mate que se pasa tres veces antes de hablar, el del silencio que dice y acompaña más que mil palabras. El tiempo que no se mide: el tiempo que se atraviesa ese el tiempo durée, como lo ha definido el premio novel de literatura de 1927 Henri Bergson en Materia y memoria allá por 1896 .
El año nuevo no empieza cuando el reloj marca cero. Empieza cuando uno decide que aún hay algo —alguien— por quien vale la pena seguir contando.
El psicólogo Daniel Kahneman demostró que el cerebro humano no está diseñado para sostener metas abstractas a largo plazo. Está diseñado para responder al peligro inmediato. Por eso, cuando prometemos “ser más paciente”, el cerebro no registra una aspiración, registra una amenaza: “¿Y si no lo logro? ¿Y si me expongo y me rechazan?”. Entonces, se defiende: posterga, racionaliza, olvida. No es que el cerebro humano sea un flojo. No. Es la mismísima biología. Y sin embargo, aún así, escribimos, nombramos y hasta memorizamos nuestros propósitos.
¿Por qué? Porque el acto de escribir la promesa —aunque sepamos que la romperemos— es un gesto de resistencia. Es una forma de decirle al tiempo: No me rindo a tu indiferencia. Sigo apostando, aunque sea con monedas muy pequeñas y falsas. Sigo tratando de dejar de lado el tiempo como medida, y busco que se trate del durée: tiempo vivido.
La antropóloga Catherine Bell observó que los rituales no cambian el mundo, pero sí cambian nuestra relación con lo incontrolable. Encender velas, brindar, escribir una lista: no detienen lo inevitable —no detienen la muerte, la injusticia, el olvido—. Pero crean un espacio liminal —un umbral— donde podemos preguntar, sin que nadie nos juzgue: ¿Qué vale la pena sostener? ¿Qué estoy dispuesto a perder? ¿A quién quiero llevar conmigo al otro lado de este año?
La nieve en las vidrieras de los locales comerciales de la peatonal es la metáfora perfecta de nuestra época: no tenemos nieve —no, somos una ciudad más cercana al ecuador que al polo sur—, pero hacemos nieve. Así somos los seres humanos: como no tenemos certezas, inventamos rituales; como no tenemos respuestas, seguimos preguntando.
El año nuevo no es una hoja en blanco. Es una página escrita a lápiz, con borrones, con márgenes llenos de notas, con párrafos tachados que aún se leen entre líneas.
La posibilidad no está en borrar lo anterior. La posibilidad está en descubrir que lo anterior —incluso lo fallido— es el único terreno donde puede germinar algo nuevo.
El tiempo no se reinicia —lo sabemos—. El pasado no puede volver a escribirse. No hay forma de volver. Pero ante esa realidad, que puede ser angustiante para algunos, podemos anteponer una realidad y posibilidad al mismo tiempo: nosotros sí podemos decidir, una y otra vez, mirar hacia adelante —no porque ignoremos el pasado, sino porque lo llevamos, como peso y como brújula.
Y quizás, en eso consista la verdadera revolución: no en cumplir las promesas, sino en no dejar de hacerlas, claro que lo ideal y lo que evitaría corazones rotos, sería que todas las promesas se cumplieran, pero eso entre humanos… es imposible.
Porque el año nuevo no empieza cuando el reloj marca cero. Empieza cuando uno decide que aún hay algo por hacer —alguien, sí, Vos—, se hace cargo de lo que tiene, o quiere tener, y avanza en consecuencia, con lo que le han puesto en sus manos y como sea con lo que sabe, con lo que tiene a tientas, a riesgo de equivocarse, temeroso de arruinar lo que hay; actúa, porque vale la pena seguir intentando.
Y si tu corazón elige repetir, aunque sea una sola palabra, una sola vez más… pregúntate:
¿No será esa repetición —terca, frágil, necesaria— la forma más humana que conocemos de decir “aquí estoy”?
Como el alfarero que, pese al barro seco, vuelve a mojar las manos. Como el maestro que, pese al desgaste, entra otra vez al aula. Como vos, aquí, leyendo esto: no porque creas en el año nuevo, sino porque aún creés en que vale la pena preguntar —una vez más— qué significa estar vivo, y aún sin respuesta certera, sabe que vale la pena estar vivo.










