Tu cerebro no está enamorado: está esperando una señal que nunca llegó (cierre simbólico)

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A veces no extrañamos a una persona: extrañamos el cierre que nunca tuvimos, porque quizás no hicimos un cierre simbólico

Hace unos años, en un café, una amiga me dijo: “No puedo olvidarlo. Siento que, si lo veo una vez más, todo tendrá sentido”. Lo que la consumía tenía la apariencia de la pasión y hasta sus síntomas, pero no, lo que en realidad la consumía en silencio tenía una raíz mas antigua; en la tierna infancia en sus temprana niñez: la espera de una palabra que jamás fue dicha, un abandono sin explicación o una lucha por «merecer» amor. Hoy, la neurociencia puede explicar por qué seguimos buscando en los rostros ajenos el final de una historia que nunca terminó, y cómo, muchas veces, lo que llamamos “amor” es en realidad el cerebro repitiendo, como un disco rayado, una instrucción inconclusa.

Recuerdo una mañana fría de julio en Yerba Buena, caminando por uno sendero del Cerro San Javier, cuando vi a un hombre sentado en una piedra, mirando hacia la ciudad, su figura, su rostro y todo a su alrededor emanaba nostalgia, tenia entre sus manos un sobre amarillento y muy arrugado, todo el desentonaba con el lugar. Me pareció como fuera de lugar, la mañana, a pesar del frio anunciaba un hermoso día de invierno, pero mi curiosidad me pidió que observara detalles de ese cuadro; la carta entre las manos y la mirada perdida en el horizonte. El tacto de sus dedos recorría los filos del sobre como si con ese recorrido algo que había ahí adentro escrito se mantuviera vivo por esa acción, pero la insistencia en esa acción hacia pensar que lo que fuera que el pensaba que estaba en esa carta, ya se había ido.

En ese momento pude verbalizar para mi el contenido de la escena: no solo transmitía nostalgia o la hacia vivir, sino que también en esa misma escena asomaba como si fuera descubierta en un «piedra libre» la biología.

Mi padre reiteraba muchas veces una frase que tardé muchos años en comenzar a comprender: «No somos poetas por capricho: escribimos recuerdos, hermoseamos memoria o la inventamos» yo luego la tomé y la hice mía, pero claro… le hice algunas reformas tomando aportes de autores como Adriel Boals y Kitty Klein: «Lo que decimos, referimos y actuamos es la evidencia de  que en muchos casos quizás, estamos atrapados en la lógica de una memoria incompleta». Entonces cuando una despedida no se dice, cuando un “adiós” se traga, cuando una discusión no encuentra su palabra final el cerebro no lo archiva como recuerdo. Lo guarda como tarea pendiente.

“No recordamos lo que sucedió. Reaccionamos a lo que no terminó.”

Este no es un dicho filosófico. Es una observación clínica respaldada por décadas de investigación. Desde los años veinte, sabemos —gracias a la psicóloga Bluma Zeigarnik— que las tareas interrumpidas se clavan en nuestra mente con más fuerza que las terminadas. Un panadero recuerda mejor el pedido que olvidó hornear que el que entregó con éxito. Una madre recuerda con más nitidez la llamada que no atendió que las mil que sí.

Esa necesidad de completud no se satisface con más tiempo, más mensajes o más esperas. Se satisface con un cierre simbólico: un acto deliberado, ritualizado, que le dice al cerebro: “esto ha terminado”. No es magia. Es neurobiología aplicada.

¿Por qué? Porque el cerebro no distingue entre una tarea de trabajo y un adiós no pronunciado. Para él, ambos son incompletos. Y lo incompleto, en términos evolutivos, es una amenaza latente.


Imaginen una vasija de barro en una comunidad andina antigua. Cuando se agrieta, no se descarta. Se repara con q’uwa: hilos de lana trenzados con resina, cosidos con precisión. Pero si la grieta nunca recibe su cierre simbólico—ese q’uwa que une lo roto con intención—, si la vasija se deja al sol, abierta, con agua a medio derramar—, el barro se seca torcido. La forma se deforma. El recipiente ya no sirve para contener. Solo para recordar la falta.

Así somos nosotros cuando una relación termina sin ritual, cuando se arrastra una incompletitud desde la tierna infancia. Sin un “gracias por lo que fue”. Sin un “lo siento por lo que no pudo ser”. Sin siquiera un silencio compartido.

La neurociencia lo confirma: esas experiencias no se almacenan en el hipocampo —donde viven los recuerdos narrados— sino en la amígdala y el tronco cerebral: zonas más primitivas, asociadas al miedo, al reflejo, a la acción. No recordamos lo que fue; revivimos lo que quedó colgado.

Y entonces, sin darnos cuenta, buscamos en nuevas personas —en una mirada evasiva, en una promesa ambigua, en un “te escribo después” que nunca llega— la oportunidad de terminar lo que alguna vez se interrumpió, se recrea la situación que esta vez si finalizará tal cual se anhela.

“Lo que parece amor es, en rigor, un sistema nervioso intentando, desesperadamente, completar lo que alguna vez quedó interrumpido.”

No es casualidad que muchas personas con infancias donde el afecto llegó de forma irregular —hoy, disponible; mañana, ausente, hoy presente; mañana abandono— sientan una atracción inexplicable por parejas emocionalmente distantes, o parejas que implican un desafío, un «hacer» para «obtener». No las eligen por masoquismo. Las eligen porque ese patrón se siente conocido. Y lo conocido, aunque duela, genera menos ansiedad que lo nuevo.

Es la ley de la familiaridad predictiva: preferimos una tormenta que ya navegamos a un mar tranquilo cuyas corrientes no conocemos. En ese caos repetido, creemos —equivocadamente— que esta vez sí podremos cambiar el final. Que esta vez sí seremos vistos. Escuchados. Contenidos.

Pero repetir no es sanar. Es reabrir la grieta sin el q’uwa andino que cura la vasija.


Hay una parábola quechua que habla del pachakuti: el momento en que el mundo se vuelca. No es el fin del mundo, sino su reordenamiento. Un pachakuti no ocurre porque todo se destruya, sino porque algo viejo —una injusticia, un silencio, una herida no nombrada— por fin se nombra en voz alta. Y al nombrarlo, se rompe su poder.

Eso es lo que sucede cuando decidimos cerrar nosotros mismos, sin esperar al otro o haciendo que ese otro que abandonó, que dejó que se fue dejando la incompletitud esta vez sea actuado por un nuevo personaje, que poco y nada sabe de ese patrón.

Porque —y esto es crucial— el cierre simbólico no es un acto relacional. Es un acto neurológico y simbólico. No necesitás que la otra persona regrese para decir lo que no dijo. Necesitás tú, frente al espejo, frente a una hoja en blanco, frente a una fogata, decir: “Esto ha terminado”.

“Cuando pronunciás en voz alta —solo o frente al espejo— ese es el momento del Cierre simbólico: ‘esto ha terminado’, no estás cerrando una relación. Estás recuperando tu autoridad narrativa.”

La neurociencia lo respalda: cada vez que recordamos algo, ese recuerdo entra en un estado frágil, maleable, durante unos minutos. Es la ventana de reconsolidación. Ahí, podemos reescribir su carga emocional. No su hecho —eso sería negación—, sino su significado.

Escribir una carta que no se envía. Plantar una flor donde solías esperar. Quemar una foto. Enterrar una piedra en la tierra húmeda mientras pronuncias una frase. Son actos aparentemente simples. Pero activan redes cerebrales de control ejecutivo —ese “yo” que decide— y desactivan la red del vagabundeo mental, donde las historias inconclusas dan vueltas como perros sin dueño.

Por favor, les ruego que en este punto no piensen que estoy hablando o celebrando o instigando al esoterismo, lo que impulso en este punto es la realización de un ritual neurobiológico.

¿Por qué es necesario este ritual? a ver… cómo plasmarlo para que no suene duro pero si resuene en tu sistema… creo que esto manera puede ser liberador: no estás atrapado, atrapada, estás entrenado estás entrenada. Tu cerebro aprendió, en algún momento, que el amor se gana con esfuerzo, con espera, con sufrimiento. Pero eso no es amor. Eso es condicionamiento, es estímulo y respuesta es asociacionismo puro porque y en esto no creo que puedas estar en desacuerdo: El amor seguro —el que calma, el que nutre— no activa la alarma. Silencia el ruido interno. Calma la ansiedad. Abraza y tranquiliza la ansiedad.


La cultura respalda de alguna manera la idea de que lo que duele es profundo ergo; cuesta, con lo que además de profundo es valioso, que eso dificultoso, tortuoso y sufrido va a tener un destino de recompensa, que todo este esfuerzo va a generar un cambio, pero, el cuerpo no miente: en relaciones, caóticas, inciertas, nacidas de una anomalía, el cortisol —la hormona del estrés— se mantiene elevado. El corazón late desordenado. El sueño se fragmenta. El hipocampo —ese archivo de la memoria personal— pierde volumen.

Parce pasión, parece amor, pero no… solo es trauma acumulado tratando de cerrar algo que quedó abierto. Se siente, se vivencia, se palpa, como si fuera «el amor» y aquí el mecanismo de negación, de «yo soy yo» entra a jugar fuerte y seguimos buscando en lo tóxico una señal de esperanza. Porque la intensidad se asocia a una idea totalmente distorsionada y acomodaticia de intimidad, la adrenalina que brota a mares refiere a un tipo de apego altamente desordenado.

Claro que hay otra forma que se desprende, que condenso de lo que transmiten varios escritos de Paul Ricoeur, un filósofo que tanto admiro:

“La identidad no es lo que me ha ocurrido, sino lo que hago con lo que me ha ocurrido.”

concretamente Ricoeur dice: «el yo se construye a través de la narración de la propia vida, uniendo pasado y presente para proyectar un futuro, donde los eventos se interpretan y se les da sentido, permitiendo la continuidad a pesar del cambio, es decir, somos la historia que nos contamos sobre nosotros mismos y cómo damos forma a nuestras experiencias». Entonces, no se trata de borrar el pasado. Se trata de decidir que ya no vas a dejar que una ausencia, un abandono, una exigencia de tu pasado, de tu infancia que hoy casi ya no tiene nombre gobierne tu presente.

La verdadera ruptura ocurre cuando elegís el cierre simbólico: dejas de hacer que un otro se encarne en este nuevo personaje, dejas de esperar que ese otro del pasado vuelva… Ocurre cuando vos, por primera vez, dejas de esperar que vuelva… y construís, con tus propias manos, el altar donde enterrar lo que nunca tuvo nombre, pero sí tuvo peso.

Y si, hay un duelo para hacer, pero no es solo eso es también fidelidad a vos mismo a vos misma.   📱 Sígueme en:

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