Malos contra malos: Maduro, Trump… Venezuela

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Cuando dos mafias se reparten un país, el pueblo no elige bando: resiste… pero pronto va a tener que tomar decisiones; Maduro, Trump… Venezuela

Es sábado 3 de enero son las seis de la mañana, en Tucumán, mi gata hace modorra sobre el piso de mosaico en formato de tablero de ajedrez de mi sala. Tres horas atrás 150 aeronaves atacaban Caracas. Entre el aroma de mi café y la voces de Totó la Momposina (Colombia), Susana Baca (Perú), María Rita (Brasil) y Residente (Puerto Rico), como contexto comenzó a emerger una verdad incómoda que se volvió ineludible: no hay salvadores. Solo usurpadores con distintos acentos. Así nació este acto de re-existencia frente al ciclo que insiste en repetirse.

A las seis de la mañana, la casa aún dormía. El sol de enero en Tucumán ya ingresa  oblicuo por el ventanal, una brisa misericordiosa apenas mueve las cortinas amarillas, nadie quiere despertar. Mi gata —rubia, atigrada, demandante, intensa— estaba tendida en el mosaico ajedrezado de mi sala, una pieza mas en el tablero, respirando con esa cadencia que solo tienen los que no necesitan justificar su existencia. Frente al escritorio, con la taza de café bien lejos de mi notebook, bien lejos. En el parlante sonaba Latinoamérica de calle 13; comenzé a abrir los diarios digitales y todos al unísono construian una sola linea, casi telgráfica: “Operación Determinación Absoluta. Maduro detenido a las 2:00 a.m., hora de Caracas. Trasladado al USS Iwo Jima. Juicio en Nueva York.”

Tres horas. Tres horas antes de que yo encendiera la computadora, 150 aeronaves habian sobrevolado Caracas atacado la capital de un país americano. Y sin embargo, en la sala, nada se movió. Ni un plato tembló. Ni un pájaro calló.

Soy lo que dejaron / Soy toda la sobra de lo que se robaron…— Latinoamérica (Calle 13)

Fue entonces cuando, Latinoamérica dejo de ser fondo musical y se convirtió en relato actual, la canción toma la forma de una memoria que es dinámica, que se confirma cuando escucho: “Soy lo que dejaron / Soy toda la sobra de lo que se robaron…”, todo se hilvanó: los helicópteros sobre Caracas, el buque bautizado con el nombre de una batalla contra el Imperio japonés, el indulto a Hernández hace semanas, el fantasma del Plan Cóndor en los archivos desclasificados, los 10.000 fusilados que Bachelet documentó y nadie leyó, el olor a chicha en una esquina de la bella, musical y multiforme Barquisimeto, el silencio de Edmundo González Urrutia desde Madrid, las cortinas apenas moviéndose aquí, ahora, como si nada hubiera cambiado.

No era la primera vez… es «otra vez». No un estallido, es una repetición: la compulsión freudiana como destino trágico, como advertencia no escuchada que suena contundente en las voces de Totó La Momposina, de Susana Baca, de María Rita, de Residente, resonando en la quietud de la sala, se iluminó la memoria con luces de un presente que parece repetir un pasado no muy lejano, pensé: no estamos viendo un nuevo capítulo, estamos asistiendo al mismo capítulo, rehecho con mejor tecnología, otros nombres, pero es el mismo guion. Porque, como bien señaló Lacan, nombrar la cosa con inocencia —llamarlo “restauración democrática”, “lucha contra el narcotráfico”, “justicia”— es la forma más eficaz de que la cosa siga ocurriendo.

Perdono, pero nunca olvido.— Latinoamérica (Calle 13)

Yo no quería un héroe esta mañana pero si creo que es necesario —necesitamos— recordar que “Perdono, pero nunca olvido” no es rencor: es la condición mínima para que el futuro no sea una copia mal hecha del pasado; «Perdono, pero no voy a olvidar»
Y mientras la gata se estiraba, lenta, sin prisa, sin miedo, Latinoamérica seguía:

“La Operación Cóndor invadiendo mi nido…”— Latinoamérica (Calle 13)

Sí. Otra vez. Pero esta vez, ya no somos los mismos que mirábamos en silencio. ¿No? O por lo menos tengo esa esperanza, esas ganas.

Este pueblo no se ahoga con marullo / Y si se derrumba, yo lo reconstruyo.— Latinoamérica (Calle 13)

La madrugada del sábado 3 de enero de 2026 no trajo luz, sino una operación militar de precisión inédita en la historia reciente de América Latina: 150 aeronaves despegaron desde veinte puntos distintos, helicópteros y drones sobrevolaron Caracas, y en cuestión de horas Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, fueron apresados en su residencia, trasladados al buque USS Iwo Jima y finalmente llevados a Nueva York, donde hoy enfrentan cargos por conspiración narcoterrorista en el Distrito Sur de Manhattan. La operación, bautizada Determinación Absoluta, fue comandada por el general Dan K. Kanne y anunciada por Donald Trump como el inicio de una “transición ordenada, segura, adecuada y juiciosa” —una frase que, si la leemos con cuidado y sin necesidad de análisis muy profundos, solo con cuidado, no promete democracia, sino administración: Estados Unidos se hará cargo de Venezuela, con Marco Rubio y Pete Hegseth al frente, de un país que ya no gobierna Maduro, pero que tampoco gobierna su pueblo.

Que Maduro no era legítimo no es una opinión, es un hecho. Doce años al frente de una maquinaria de fraude, represión y corrupción transnacional —más de 10.000 ejecuciones extrajudiciales según el informe Bachelet, presos políticos en el Helicoide, elecciones fraudulentas en 2018 y 2024 que ni sus aliados pudieron disfrazar— lo convierten en uno de los dictadores más grotescos de la historia venezolana, pero grotesco de pleno, como ejemplo tragicómico valga el decreto por el cual adelanto la navidad en Venezuela. Su ilegitimidad no otorga legitimidad a quien lo derroca. Trump no actuó movido por la defensa de los derechos humanos, sino por una mezcla de oportunismo geopolítico y retórica populista: primero invocó el narcotráfico —el mismo que acaba de perdonar a Juan Orlando Hernández, condenado por ser socio directo del Chapo Guzman— y luego, con una extraña nostalgia imperial, resucitó una acusación de 1977: “Nos robaron el petróleo”. Como si la estatización de la industria petrolera por Carlos Andrés Pérez —un acto soberano, reivindicado por naciones enteras en el mundo postcolonial— fuera un crimen que justificara medio siglo después una ocupación militar.

Que Trump haya indultado a Juan Orlando Hernández el 28 de diciembre de 2025 —apenas cinco días antes de lanzar la Determinación Absoluta contra Maduro— no es una coincidencia, sino una revelación. Hernández, condenado a 45 años por la justicia estadounidense por convertir Honduras en una plataforma logística del Cártel de Sinaloa, recibió sobornos directos de Joaquín “El Chapo” Guzmán: hasta dos millones de dólares por cargamento, aviones presidenciales para transportar cocaína, y bases militares como zonas de tránsito seguro. El mismo tribunal que lo juzgó —el Distrito Sur de Nueva York— es el que ahora acusa a Maduro. No se trata, entonces, de coherencia jurídica, sino de selectividad estratégica: el narcotráfico no es un crimen universal, sino un cargo político, desplegado solo cuando sirve para deslegitimar al adversario y justificar la toma del control.

No se vende.
No puedes comprar mi vida.— Latinoamérica (Calle 13)

Aquí late la colonialidad del poder en su forma más actualizada: ya no se invoca abiertamente la Doctrina de Seguridad Nacional ni el Plan Cóndor —aunque su ¿fantasma? aún recorre los pasillos del Pentágono y el departamento de estado de EEUU—, sino una relectura distorsionada de la Doctrina Monroe, ahora convertida en una lógica de esferas de influencia donde América es para Estados Unidos, Europa para Rusia, y el Sur Global, un tablero de recursos por repartir, pero supongo que Putin y Trump se hacen los desentendidos y deben tener muy en cuenta a China… que mira y pregunta por su tajada.

Maduro, por su parte, tampoco fue una anomalía; fue la consecuencia lógica de una trayectoria que comenzó con Chávez y que, bajo la retórica (solo eso, discurso, relato, pose, fachada, escenografía, solo eso) del socialismo del siglo XXI, construyó un régimen híbrido: populista, militarizado, extractivista y profundamente autoritario, que no sólo se alimentó del petróleo, sino de la complicidad internacional —desde Boris Johnson hasta ciertos sectores de la política argentina— que aceptaron sus «maletas» mientras miraban hacia otro lado o acomodaban el discurso. No es una lucha de buenos contra malos. Es malos contra malos: una mafia del poder local, profundamente arraigada, enfrentada a una mafia imperial, que no necesita ocupar territorio con soldados en las calles para imponer su lógica: le basta con controlar los flujos de capital, petróleo y narrativa.

Y sin embargo —y aquí es donde Latinoamérica de Calle 13 se vuelve brújula ética, no adorno—, entre estas dos formas de usurpación persiste un cuerpo que no se rinde:

Soy lo que dejaron / Soy toda la sobra de lo que se robaron…

Maduro no surgió de la nada. Nació en la sobra: en la desconfianza tras décadas de corrupción criolla, en la promesa vacía de redistribución, en la frustración de un pueblo que vio cómo sus riquezas se esfumaban mientras sus hospitales se caían a pedazos. Pero eso no lo redime. Solo explica… y explicar no es justificar.

Perdono, pero nunca olvido.— Latinoamérica (Calle 13)

Esa línea —tan breve, tan definitiva— condensa toda la memoria histórica que hoy se quiere borrar. Perdona, porque el rencor paraliza; pero nunca olvida, porque sin memoria no hay soberanía. El Plan Cóndor: fue la arquitectura represiva que permitió que Estados Unidos entrenara, financiara y coordinara dictaduras en Argentina, en Chile, Uruguay, Paraguay, en Latinoamérica, legitimadas bajo el eslogan del anticomunismo y la defensa del modo de vida occidental. Hoy, cuando Trump anuncia una “ocupación” —sí, usó esa palabra— y nombra a Hegseth, un ex presentador de Fox, sin la más mínima  experiencia militar, como jefe de facto de Venezuela, no es casualidad que el recuerdo de la operación Cóndor me sobrevuele, no como operativo, sino como un dispositivo lógico, una lógica: la de quién decide, desde afuera, qué es “ordenado”, “seguro”, “adecuado” y “juicioso” para un pueblo que ni siquiera fue consultado.

En este punto pienso que ya no se trata de resistencia, esa está en actos mínimos y cotidianos, creo que ante la urgencia y la gravedad de lo que ha sucedido en Caracas la madrugada del sábado 3 de enero de 2026, se trata de buscar los mecanismos como región que nos ubiquen en un proceso de re-existencia y creo —de nuevo la palabra «creo» que habla de mi fe (que tema por estos días)— que ese proceso no está ni en el palacio de Miraflores ni en la Casa Blanca, sino en esa tenacidad silenciosa que no puede ser indultada ni capturada:

Tú no puedes comprar el viento / Tú no puedes comprar el Sol… / Tú no puedes comprar mi alegría / Tú no puedes comprar mis dolores.— Latinoamérica (Calle 13)

El maíz y la papa sigue sembrándose y cosechándose en los valles andinos, los tambores resuenan en los barrios populares de Caracas aún sin luz, un siku rompe el silencio de la puna y las abuelas guardan semillas en las mancas; ahí está la resistencia cotidiana. Y en medio del desastre, una frase suena como promesa y como advertencia:

Este pueblo no se ahoga con marullo / Y si se derrumba, yo lo reconstruyo.— Latinoamérica (Calle 13)

Porque al final, como dice la canción en su clímax ético —no romántico, no folclórico, sino político—:

Aquí se respira lucha
Aquí estamos de pie
No puedes comprar mi vida
— Latinoamérica (Calle 13)

Y mientras dos mafias se reparten el mapa, mientras los elefantes pelean, como dice un refrán indio: la hierva es la que sufre, está en manos de una conciencia colectiva, de un retorno al origen de un mirar lo que es una filosofía real, aunque la academia con base europea lo niegue y no le de el estatus, una filosofía de lo Latinoamericano la que puede emerger de una vez por todas como el anclaje y rumbo para que el pueblo deje de caminar pensando que no tiene piernas y por fin retome su papel como protagonista de su destino.

Si este texto resonó en vos, escuchá Latinoamérica una vez más —no como fondo, sino como brújula. La canción sigue viva, como sigue vivo el pueblo que la canta:
Latinoamérica — Calle 13, Totó La Momposina, Susana Baca, Maria Rita.

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