Red Flags: Elegirse antes de empezar; cuál es la verdadera señal de una bandera roja

0
42

las Red Flags no se tratan de que el otro esté roto. Es que vos ya estás encogiéndote para caber, las banderas rojas no avisan del otro, alertan sobre tu conducta

Como muchos y muchas hubo un tiempo en que pensaba que amar era aguantar, esperar, justificar. Hoy entiendo que si, desde el primer encuentro, sientes que tienes que bajar el volumen de tu risa, de tu opinión, de tu dolor… no es amor, no, no es; es una advertencia, que no viene del otro: viene de tu cuerpo, que ya sabe lo que tu mente aún se niega a aceptar.

No voy a empezar diciéndote “hoy voy a escribir de…”. Voy a empezar con preguntas, o sea que voy a comenzar siendo fiel a mi (recuerda esto por favor). Va la primera: ¿alguna vez te sentiste, después de una cita, como si hubieras ido disfrazado de vos mismo? No me refiero a que hayas mentido o engañado. Me refiero a esa sensación sutil, casi imperceptible al principio, de que —sin darte cuenta— fuiste achicando tu voz, tu gesto, tu risa… hasta que apenas cabías en la conversación.

Va la segunda pregunta: ¿Alguna vez le escribiste un mensaje, y antes de enviarlo, lo borraste dos, tres, cuatro veces, porque pensabas que lo que ibas a expresar iba a incomodar… y preferiste callar, solo para que él o ella no se fuera?

La última (por el momento): ¿Alguna vez dijiste “es muy pronto para juzgar”… mientras tu cuerpo ya llevaba tres noches sin dormir bien?

“Las banderas rojas no son advertencias sobre el otro; son recordatorios urgentes de que una parte de nosotros ha comenzado a encogerse para caber en el lugar que no es.”

Esa frase, del psicólogo Ali Fenwick, resume lo que tantos vivimos en silencio. Atención que no se trata de paranoia, ni tampoco es miedo. Es tu sistema nervioso diciéndote: esto no es un espacio para florecer.

Y sí —sí— muchas veces las vemos. No las ignoramos por ingenuidad, las ignoramos por esperanza, esto por se nos han enseñado que el amor duele, que se construye a pesar de, que hay que luchar por él. Pero cuando algo empieza con con mentiras, con caos, con imprevisibilidad estresante, con la sensación de que tenés que demostrar tu valor para ser merecedor de cariño… ¿Cómo se te puede ocurrir imaginar un transcurrir y un final sereno?

Yo conozco a una mujer que, después de su tercera cita con un hombre que no le preguntó ni una sola vez por su trabajo, su familia… por sus cosas, por ella, se fue a casa y se dijo: “Bueno, quizás es tímido. Quizás con el tiempo va a abrirse.” Al mes, ya estaba cancelando salidas con amigas, bajando el volumen de sus opiniones, reescribiendo sus mensajes para no parecer “demasiado intensa”.

No fue que no viera la bandera roja. Fue que la vio… y decidió taparla con esperanza.

“Muchas veces no ignoramos las señales… ignoramos lo que ya sabemos de nosotros mismos. nos traicionamos.”

¿Por qué hacemos eso? para comprender esa conducta es necesario que nos introduzcamos en un concepto que lamentablemente hoy no se enseña en las escuelas, pero que define todo: el apego. Ahora también dejemos en claro algo, y de esto me hago cargo totalmente porque es en algo que creo: El apego no es destino. Es historia.

Si creciste con un adulto que un día te abrazaba y al otro te ignoraba, tu sistema aprendió: “El amor es inestable. Tengo que esforzarme para merecerlo.” Y hoy, cuando alguien te da atención intensa pero inconsistente, tu cuerpo no dice “alerta”. Dice “familiar” dice: esto es amor porque esto es lo que a mi me enseñaron como amor.

Si creciste en un hogar donde las emociones eran peligrosas, hoy, cuando alguien te invita a ser vulnerable, no te sentís visto: te sentís expuesto.

Estas no son fallas. Son estrategias de supervivencia que ya no te sirven, pero que siguen actuando como si estuvieras en la infancia.

“Una persona con apego ansioso idealiza. No porque sea tonta, sino porque prefiere creer en un milagro antes que enfrentar la soledad.”

Pero hay una buena noticia: el apego se puede transformar. No con fuerza de voluntad, sino con conciencia. Con el coraje de preguntarte:
— ¿Estoy eligiendo… o estoy huyendo?
— ¿Estoy amando… o estoy necesitando?
— ¿Estoy construyendo un vínculo… o reeditando una vieja historia con la ilusión de que esta vez sí tenga final feliz?

Ahora, déjame contarte una parábola que me relataron unos pastores en Santa Catalina en la puna de jujeña, a menos de dos kilómetros de Sarcarí otra comunidad pastoril pero ya en territorio boliviano, hace ya unos años atrás, una noche helada bajo un cielo lleno de estrellas, los ancianos contaban historias de antes y recordaban los concejos de los abuelos y abuelas, uno de ellos dijo:

Imaginá un río de aquí, finito que de noche se congela pero de mañana retoma su cauce, que lleva agüita fría, que es claro y que ha nacido en la montaña. Un día, una piedra cae al centro de su cauce. Al principio, el agua la rodea a la piedra como si la abrazara, no la rompe, no la discute. Pero con el tiempo —lento, constante, sin prisa— el río la desgasta. No por violencia, sino por presencia. Por seguir siendo agua, por seguir siendo rio, por ser fiel a su identidad, por ser fiel a si mismo.

Esa piedra es la red flag. No tenés que gritarle. No tenés que empujarla. Solo —y aquí está lo más difícil en estos tiempos de soledad estructural— no dejar de ser río.

Porque cuando te mantienes fiel a tu fluir —cuando seguís hablando, cuando seguís riendo fuerte (o bajito) como a vos te gusta reír, cuando no dejas de decir lo que piensas— la piedra ya no importa: o se mueve… o el río encuentra otro camino… o la desgasta con su paso constante.

“Eso es elegirse. No es egoísmo. Es coherencia cósmica.”

En la cosmovisión andina, hay un concepto precioso, que de solo pensarlo me hace sonreír de felicidad: Ayni. No es dar para recibir. Es dar desde lo que uno es… y recibir lo que alimenta lo que uno es. Es lo que se comunica entre dos personas que se ven.

Cuando alguien no te ve,  no es maldad. Es que tu Kamaqla energía vital que anima y da potencia a todo ser; tu deseo esencial— no encuentra eco en su mundo. Y eso no es fracaso. Es incompatibilidad natural, pero cuando en el otro tu Kamaq hace eco en el suyo… lo vas a sentir, te aseguro que lo vas a sentir.

Como el sol y la luna: ninguno está roto. Solo no comparten el mismo cielo al mismo tiempo, aunque, y no me digan que no lo han visto, hay veces que la luna y el sol comparten el mismo cielo y eso es un evento maravilloso, como me decía una anciana en la misma Santa Catalina la tarde que partí de allí, mientras decía leerme las hojas de coca: Eres agua y vas a abrazar el fuego y el fuego te va a abrazar y ninguno de los dos va a dejar de ser lo que es… Todavía no entiendo del todo esas palabras pero las recuerdo ahora y me ayudan a ilustrar esta imagen de las compatibilidades e incompatibilidades; y afirmar que en cuestiones de relaciones; nada es ciencia exacta.

Retomo, vuelvo: entonces… ¿Cómo empezamos a escucharnos antes de que duela? Tres cosas pequeñas, cotidianas, poderosas:

1. Pregúntate, después de ver a alguien: ¿me siento más yo… o menos yo?
2. Observa la brecha entre lo que dice y lo que hace.
3. Dale tiempo al tiempo… pero nunca des tu paz.

Si esta historia te tocó… si en algún momento te viste en esa mujer que borraba mensajes para no incomodar… entonces sabes de lo que hablo.

Y antes de cerrar, una aclaración ética: este texto no es un manual. Es apenas una guía pequeñita; mínima, para conocerte, verte, navegar en tus conductas con más claridad y menos culpa. Pero si sentís que la herida es más profunda, que el patrón es más arraigado, que el dolor ya no te deja respirar… busca ayuda.

En Argentina, el sistema público de salud ofrece atención en salud mental en hospitales, centros comunitarios y programas especializados. Y sí, hay profesionales brillantes trabajando ahí, con vocación y rigor. No dejes que el miedo o la vergüenza te alejen de quien puede caminar a tu lado sin juzgarte.

Y si caminas desde la fe, no subestimes el poder de una comunidad de sana doctrina, ¿Cómo saber si es sana doctrina? en ese espacio no te van a pedir que finjas que estás bien, sino que te acogen justo en la grieta. Seguro, cerca de tu casa, hay una. No tenés que tenerlo todo claro. Solo acercarte. Sentarte. Decir: “Estoy buscando.”

Porque sanar no es solo entender tus patrones. También es recordar que no estás solo. Que hay manos que se tienden…y un Creador que no espera que te arregles para acercarte, sino que te encuentra justo ahí, en el desorden, en el caos, en la caída, en la duda, en el cansancio de querer tanto y sentir tan poco.

No te quedes solo. No te quedes sola.
La Salud Mental y La Fe no son fórmulas mágicas son Pro-ce-so, que a su vez es un camino en comunidad; entonces; ¿caminamos juntos? ¿si?.


📱 También me puedes seguir en:

▶️ YouTube: @PabloHGerez
📷 Instagram: @pablohgerez
🐦 X (Twitter): @phgerez

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí