Neurodiversidad y amor: el arte de tejer puentes sin máscaras

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La Neurodiversidad y amor se encuentran en el territorio donde el silencio no es vacío sino territorio por respetar, donde seis horas de espera no son indiferencia sino procesamiento, donde una frase directa vale más que mil poemas ambiguos: ahí empieza el amor verdadero, cuando honras el lenguaje del otro y a la vez tu propio lenguaje.

Hace unas semanas conocí —a través de un relato que me llegó como tantos otros, en forma de confidencia digital— a Lucía y Mateo. Se encontraron en un taller de fotografía analógica, uno de esos espacios donde el silencio no incomoda sino que nutre. Él le escribió: «Me gustó tu foto del árbol torcido. Si quieres, el martes estoy en la plaza con mi cámara». Ella respondió seis horas después: «Sí. A las cuatro. Llevo mate». Sin corazones. Sin «¿te gusto?». Pero en ese intercambio mínimo latía una intimidad más profunda que cualquier declaración apresurada. Ambos están en el espectro autista. Y sin saberlo, habían hecho algo revolucionario en una era que premia la ambigüedad: habían elegido la claridad. Habían tejido los primeros hilos de un puente.

EL AMOR NO ES FUSIÓN HASTA DESAPARECER. ES TRADUCCIÓN CONSCIENTE ENTRE DOS MUNDOS QUE NUNCA SERÁN IDÉNTICOS.

La ciencia, curiosamente, casi no ha mirado hacia ese lugar, el del amor entre personas neurodivergentes. Damian Milton —psicólogo, sociólogo y autista— señaló en 2012 algo elemental que llamó «problema de la doble empatía»: no es que falte empatía entre personas autistas, es que los códigos de lectura mutua son distintos. Como dos navegantes con mapas trazados en lenguas distintas. Y aquí el tema a articular y conectar: la diferencia de códigos, de lenguaje, la brecha entre personas no es exclusiva del autismo. Todos habitamos mundos internos con gramáticas propias. La diferencia está en el grado. Y en una época regida por la hiperconectividad —que castiga la claridad y premia la ambigüedad como si fuera profundidad— esa distancia se vuelve abismo, con lo cual un puente es una emergencia urgente para la neurodiversidad y amor en el siglo XXI.

En los Andes peruanos cruza el río Apurímac un puente que no es de cemento ni acero. Se llama q’eswachaka. Pende de fibras trenzadas de ichu, una hierba de la montaña. Cada año, las comunidades vecinas se reúnen para desarmarlo y tejerlo de nuevo. Cada familia aporta sus fibras. Cada mano trenza con técnica ancestral transmitida de generación en generación. Nadie exige que el otro abandone su orilla. Simplemente construyen, juntos, el medio para encontrarse. Sin que nadie deje de ser quien es. Ese puente, tejido sin prisas durante más de seiscientos años, es la metáfora que necesitamos hoy para entender la neurodiversidad y amor como complementariedad sin fusión.

«EL AMOR NO ES MEZCLAR DOS AGUAS HASTA QUE PIERDAN SU SABOR. ES TEJER CON FIBRAS PROPIAS UN PUENTE DE ICHU, DONDE CADA PASO HONRA EL TERRITORIO DEL OTRO SIN RENUNCIAR AL PROPIO».

Lo que acabo de citar no es un verso encontrado en un manuscrito quechua. Es una síntesis poética inspirada en la obra de Javier Lajo, pensador andino que ha recuperado el principio del yanantin: la complementariedad sin fusión como ley cósmica. Y resulta que esa sabiduría milenaria ilumina con precisión quirúrgica lo que hoy vivimos en las pantallas de nuestros teléfonos y ofrece mediante su luz una alternativa en lo que hace al ser y estar como personas que necesitan relacionarse.

Laura Hull, investigadora británica, documentó en 2017 algo que trasciende el autismo: cada indirecta, cada metáfora velada, cada «me pregunto si…» exige un esfuerzo cognitivo brutal para descifrar. Como si en cada conversación tuviéramos que traducir simultáneamente del francés al japonés mientras esquivamos balas. Cuando renunciamos a ese juego del desciframiento —autistas o no— algo se libera. Esa liberación, al principio, parece como si se tratara de magia, pero es algo más simple: es alivio. Es poder usar la energía que antes gastabas adivinando intenciones para, simplemente, estar presente. Como cuando Lucía le escribió a Mateo: «Me gustaría verte el martes a las cinco en el café donde merendamos por primera vez». Frío para algunos. Para otros, el regalo más escaso en un mundo que confunde la ambigüedad con la profundidad.

Y el tiempo. ¡Uf, el tiempo! La hiperconectividad nos ha vendido la ilusión de que el amor se demuestra con respuestas inmediatas. Mónica Yergeau, lingüista autista, explica en su libro Authoring Autism que el autismo implica una relación distinta con el tiempo retórico: las emociones no emergen como reflejo, nacen como cosecha lenta.

Te invito a que nos aventuremos a pensar un poco más allá: ¿acaso no todos necesitamos tiempo para procesar lo que duele, lo que alegra, lo que transforma? Mandar un segundo mensaje preguntando «¿viste lo que te mandé?» no acelera el vínculo. Lo quiebra. Porque transforma un espacio seguro en una prueba de desempeño emocional. Amar en su lenguaje es decir, sin drama: «No necesito respuesta ya. Solo quería que lo supieras». Ese permiso es más valioso que cualquier «te amo» apresurado.

RESPETAR EL SILENCIO DEL OTRO NO ES PASIVIDAD. ES CONFIAR EN QUE SU QUIETUD TIENE PROPÓSITO, NO VACÍO.

La coherencia se vuelve entonces el lenguaje más auténtico del apego. Consideremos que siempre, autistas o no, estamos en contextos de diferencia profunda, con lo cual la palabra debería convertirse en contrato, en un pagaré firmado en blanco. Wenn Lawson, psicóloga autista, observó que esta ética de la palabra como compromiso real es una forma de lealtad arraigada en quienes habitan fuera de los códigos mayoritarios. Compararla con estándares neurotípicos no solo es injusto, es pedirle a esa persona que abandone su forma de existir para ajustarse a un molde que nunca le perteneció. Cada «hola» que llega es un acto deliberado. Cada audio grabado, un acto de coraje que debe ser honrado no con condescendencia sino con respeto genuino.

Detrás de muchos silencios late un miedo que muchas veces no alcanza las palabras, no es dicho, pero que sobrevuela los pensamientos, como por ejemplo el terror a lastimar sin querer. «¿Y si no entiendo lo que necesita? ¿Y si digo algo que lo hiera sin darme cuenta?» Esa ansiedad no es exclusiva del espectro. Es la huella de haber vivido en un mundo que premia la ambigüedad pero castiga el error con saña. Liberar al otro de la obligación de «hacerlo bien» es, paradójicamente, la forma más profunda de sostenerlo. Frases como «no tienes que ser perfecta o perfecto. Solo estar» no son clichés de autoayuda. Son anclajes. Porque devuelven la agencia: tu valor no depende de tu desempeño emocional, sino de tu presencia auténtica.

Y aquí quiero contarte algo personal. En mis portadas de redes sociales figura una frase que escribí hace años: «Soy lo que ves, si me ves». Nació de décadas de camuflaje. De aprender, manualmente, qué decir, cuándo callar, cómo sonreír en el momento exacto. Como documentó Hull en 2020, ese esfuerzo de camuflaje —especialmente en quienes han sido diagnosticados tarde— consume recursos cognitivos que luego no están disponibles para la intimidad genuina, para la vivencia social. En mi cabeza se juega un juego muy intenso en cada interacción social. El resultado de ganar o perder puede sentirse definitorio. Por eso no tomes a mal los silencios. No son indiferencia. Son el espacio donde se elige conscientemente cómo traducir mi mundo al tuyo sin perderme en el intento. Con lo cual, si tú, que lees esta columna y sientes que en cada conversación estás traduciendo en tiempo real, no estás roto. No estás dañado. Solo y maravillosamente estás siendo un ser humano explorando los límites de la neurodiversidad y amor.

EL PUENTE Q’ESWACHAKA NO SE CONSTRUYE UNA VEZ. SE TEJE CADA AÑO. PORQUE LOS RÍOS CAMBIAN. LAS ORILLAS SE MUEVEN. Y EL AMOR ENTRE QUIENES PIENSAN DISTINTO —ES DECIR, ENTRE TODOS— ES UN ACUERDO DIARIO DE VOLVER A TRENZAR, CON PACIENCIA Y HONESTIDAD.

Este puente no nace de la fusión. Nace de la traducción consciente. De aceptar que el otro habita un mundo interno con gramática propia. Y elegir, cada día, aprender algunas palabras de su idioma sin pedirle que olvide el suyo. No hablo aquí de sacrificio, de dolor, de anulación ni de negación a uno mismo por otro. Hablo y escribo de dignidad compartida.

El amor no es adivinar. ¡No, no y no! Es preguntar. Escuchar. Ajustar. Y volver a preguntar. Mientras tanto, sigue tejiendo tu puente. Con paciencia. Con fibra propia. Sin máscaras.

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Referencias integradas en la narrativa:
Milton (2012) sobre doble empatía; Hull et al. (2017, 2020) sobre el costo cognitivo del camuflaje; Yergeau (2018) Authoring Autism; Lawson (2020) sobre ética de la palabra; cosmovisión andina del yanantin según Javier Lajo.

Si quieres saber mas del puente Q’eswachaka:

https://es.wikipedia.org/wiki/Puente_…

https://www.nationalgeographic.com.es…

https://www.peru.travel/es/inspirate/…

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