La magia del amor está en la elección (y San Valentín lo sabía)

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Estamos a un par de días del 14 de febrero, y una verdad incómoda se asoma entre los chocolates y los peluches con corazones: el amor no cae del cielo como rayo. Nace descalzo, entre la abundancia y la carencia, y su magia no se pierde cuando entendemos sus mecanismos: se reubica en el gesto deliberado de regresar.

Hace unas semanas publiqué un texto que desnudaba los mecanismos del enamoramiento bajo la lupa de la neurociencia. Los mensajes privados llegaron diciéndome: «Me quitaste la fantasía». Pero bajo ese reclamo latía algo más profundo: la posibilidad de que el velo dorado del amor romántico se hubiera rasgado… y a través de esa rasgadura asomara algo más real. Algo que no depende del destino, sino de las manos que deciden sembrar y regar una semilla aun sabiendo que puede secarse. Este es un viaje por Eros, Rilke, Lacan y el Principito para demostrar que comprender el amor no lo desencanta: lo devuelve a donde siempre perteneció, a la tierra donde caminamos descalzos, donde la elección de quedarnos debería ser totalmente consciente.

M

e gusta cuando alguien me escribe para pedir el link de un podcast perdido en el laberinto algorítmico. Me gusta más aún cuando el mensaje llega con un dejo de inquietud: «Necesito revisarlo». A veces esas palabras traen preguntas, otras veces críticas, otras simplemente silencios que hablan. Todas esas modalidades son bienvenidas y agradecidas, porque de una u otra forma significan que las letras o la voz han rozado una fibra que quizás ni el propio remitente sabía que existía. Y cuando ese comentario viene en privado, sin testigos, con el respeto de quien no busca confrontar sino entender… ahí reside uno de los mayores privilegios de escribir: saber que has tocado algo que ha dejado en evidencia una incómoda comodidad o ha acomodado algo que finalmente encontró lugar en la estantería.

Sucedió tras publicar «Tu cerebro no está enamorado: está esperando una señal que nunca llegó». Los mensajes coincidían en una idea: «Pablo, teorizaste tanto el amor que le sacaste la fantasía». Lo debo señalar: ningún mensaje tenía el tono de un reproche. Sí había un meta-mensaje que tardé en reconocer, decodificar y procesar. En principio parecía una especie de melancolía, como si al diseccionar el enamoramiento —dopamina, oxitocina, apego— hubiera arrancado las alas a un pájaro para mostrar sus huesos. Pero esa intuición de tristeza contenía una pregunta que tardó en llegar a mi cabeza: ¿acaso la magia solo existe mientras permanece inexplicable? Y en ese momento me dije:

Comprender el mecanismo no anula la magia: la reubica.

En El Banquete, Platón pone en boca de Diotima una genealogía reveladora: Eros no es dios pleno. Es daimon, un ser intermedio —ni humano ni divino—, hijo de Poros (Abundancia) y Penia (Carencia). Nació descalzo y borracho en la fiesta del nacimiento de Afrodita, diosa de la belleza y la sensualidad. El amor nace sin herencia ni trono. No posee la belleza: la desea porque sabe que le falta. Y en esa conciencia de carencia reside su poder. Quien ama sin saber qué busca vaga en círculos. Quien ama consciente de su hambre camina con dirección. El amor verdadero no nace de la saturación ciega, sino de la lucidez sobre lo que nos falta… y la valentía de buscarlo sin pretender poseerlo.

Rainer Maria Rilke, en sus Cartas a un joven poeta, lleva esa idea a la cotidianidad con una precisión que ilumina lo que en materia de relaciones suele permanecer en sombras: «El amor no consiste en entregarse el uno al otro y fundirse. El amor es una oportunidad para que dos personas se protejan mutuamente, se cuiden y se dejen espacio». Y en otro pasaje de la misma carta escribe la frase más citada con razón: «El amor consiste en que dos soledades se protegen, se tocan y se saludan». No somos mitades que buscan completarse. Somos dos soledades enteras que eligen caminar juntas, respetando el territorio del otro como quien respeta la frontera de un país hermano.

«El amor consiste en que dos soledades se protegen, se tocan y se saludan».

Jacques Lacan retoma este hilo con una fórmula que suena a paradoja pero late como verdad desnuda: amar es dar lo que no se tiene a quien no lo es. No se trata de regalar chocolates o promesas vacías. Es ofrecer nuestra propia carencia —esa grieta que nos define como sujetos deseantes— a otro que, lejos de ser el espejo que nos devuelva la plenitud, también habita su propia ausencia. Reconocer que el otro no vendrá a salvarnos de la soledad es el gesto de mayor vulnerabilidad, pero también de mayor lucidez y madurez emocional. Porque ese reconocimiento nos permite sostenernos en la distancia justa y murmurar sin palabras: te ofrezco mi falta, no para que la llenes, sino para que caminemos juntos sabiendo que ninguna plenitud nos aguarda… y aun así elegimos el camino.

El zorro del Principito, sin haber leído los textos barrocos de Lacan, sabe muy bien de qué se trata. Este personaje no habla de flechazos ni destinos escritos. Le dice al niño: «Domesticarme significa crear lazos». Y explica el ritual con una sencillez que desarma los apasionamientos nacidos de la necesidad de ocultar las propias carencias: «Ven a las cuatro de la tarde. A las tres ya empezaré a ser feliz». Ese es el secreto que el marketing de San Valentín nunca contará: el amor no es el instante del encuentro. Es la decisión de regresar cada tarde a la misma hora, sin garantías ni expectativas, solo con la certeza de que el otro merece el ritual. Saint-Exupéry lo resume en una frase que atraviesa décadas: «Amar no es mirarse el uno al otro; es mirar juntos en la misma dirección».

Amar es dar lo que no se tiene a quien no lo es.

Los textos sagrados guardan una revelación . En hebreo bíblico, lev —corazón— no es el órgano de las lágrimas. Es el asiento de la inteligencia, la voluntad, la decisión ética. Tanto en el Antiguo Testamento —Deuteronomio 6:5— como en el Nuevo Testamento —Marcos 12:30— se afirma con claridad que el principal mandamiento es: «Amarás a Dios con todo tu corazón». Ese «corazón» no significa «con todos tus sentimientos». Significa «con toda tu capacidad de entender, elegir y actuar». El Corán —en la Surah Al-Hajj (La Peregrinación), Aleya 46 (22:46)— pregunta: «¿Acaso no han viajado por la tierra para que sus corazones comprendan y sus oídos escuchen?». , es decir: ¿no tienen mente que les ayude a comprender, a entender, a asimilar?

Ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento Jesús pide que amemos con el estómago de las emociones, sino con el corazón-mente: esa facultad integrada donde sentir y pensar se funden en acción. El amor consciente no es frío. Es completo. No elige a pesar de saber, sino porque sabe.

Este 14 de febrero no celebremos el amor que nos cae encima como rayo —ese instinto que solo busca solventar traumas no gestionados, heridas que terminan hiriendo a inocentes. Celebremos el amor que construimos con las manos llenas de tierra: el mate servido en una bandeja sin que lo pidan, el almuerzo compartido por cuidado del otro, el silencio que no necesita rellenarse. El amor que, como la vasija andina reparada con q’uwa, teje sus grietas con hilos de lana y resina… y descubre que por esas grietas ya no se escapa el agua: además entra la luz.

Por las grietas reparadas con q’uwa es donde entra la luz.

El Principito, frente al jardín de cinco mil rosas idénticas a la suya, comprende algo definitivo: «Mi rosa es única en el mundo porque yo la he regado. Porque la he puesto bajo un globo. Porque la he abrigado con un biombo. Porque he matado las orugas para ella». No es única por su belleza objetiva. Es única porque él eligió regarla aun cuando era vanidosa, aun cuando mintió, aun cuando no lo elegía del todo. La hizo única con su elección. Y él se hizo único para ella con su presencia.

Eso es el amor consciente: no el flechazo que cae del cielo, sino el acto cotidiano de decir «eres mi rosa» cuando el mundo entero muestra cinco mil iguales. No porque seas perfecta. Sino porque hoy, a las cuatro de la tarde, puedes decidir volver. Y a las tres, ya empezaré a ser feliz —no por magia ciega, sino por elección lúcida. Porque ninguna ecuación neuronal explica por qué, entre todos los caminos posibles, elegimos este. Solo el corazón-mente lo sabe: ese órgano antiguo que no siente sin pensar, ni piensa sin sentir. Y que, en su silencio, murmura: te elijo. Aunque no me elijas del todo. Aunque tengas grietas. Aunque las heridas de ayer todavía duelan. Te elijo. Hoy y mañana y pasado: elijo elegirte.    

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