Tres palabras que circulan en podcasts, perfiles de apps y consejos de redes sociales. Una máxima que mi amigo pronunció como un eslogan mientras rechazaba una cita. Lo que descubrí después de consultar a más de cuarenta personas y cruzar esos testimonios con ciencia real, puso luz en ese lugar lleno de claroscuros que son las relaciones humanas y aportó un granito de arena para entender los vínculos. Les presenté la frase: «Cuanto más disponible, menos atractivo» y conseguí el testimonio de varias mujeres, los hombres poco y nada hablaron. Crucé sus voces con Cialdini, Bowlby, Bauman… ciencia real. La verdad sobre la disponibilidad emocional no es la que crees, este artículo te va a sorprender.
Todo comienza en mi oficina… o sea en un bar céntrico de Tucumán, donde me gusta tener mis reuniones por temas laborales, me atrapa el aroma del café, me da una sensación de vitalidad la gente que va y viene, además creo que el café es la bebida dilecta para amenizar todo tipo de conversación. Tomo un café con un amigo mientras desgranamos cuestiones laborales. Es un amigo del que no avalo su comportamiento en cuestiones amorosas —que para mí no son amorosas—, sobre todo porque no son secuenciales sino simultáneas, se entiende, ¿no? Pero como eso hace a la vida privada, no la cuestiono. Él sabe que hay cosas de su forma de proceder que a mí no me gustan y hasta me chocan, pero… es mi amigo. Y la amistad, como el amor, tiene sus zonas de sombra donde uno aprende a no mirar demasiado.
Hablamos y resolvemos cuestiones laborales. Y de repente, le llega un mensaje. Escucha el audio delante mío: la voz de una mujer a la que él frecuenta por cuestiones de trabajo, a la que le soluciona cosas, le ayuda en otras que tienen que ver con el trabajo que él hace y la conoció porque a él lo recomendó un conocido y desde entonces están en contacto, serán unos dos o tres años más o menos. Ella lo invita al cine. Escucha el audio y deja el teléfono. Trata de retomar la conversación conmigo, pero al ver que yo no sigo, me pregunta qué me pasa. Casi que mi voz tuvo tono inquisitorio: «¿No piensas contestar?… Es una invitación para ir al cine en un par de horas. Nosotros terminamos la reunión en media hora. ¿Por qué no contestas?».
«RECHAZÓ UNA CITA CON UNA MUJER QUE LE INTERESA CONQUISTAR ESTANDO A DOS CUADRAS DEL CINE. SU EXCUSA: CUANTO MÁS DISPONIBLE, MENOS ATRACTIVO».
Me dice que no va a contestar. «Así junta ganas». Cuando trabajo, mi linealidad es más pronunciada. Y con más de veinte años de amistad, él se da cuenta de que no comprendo a qué se refiere. Me dice que le va a contestar cuando terminemos. Sigo sin entender por qué no contestar inmediatamente, pero luego supongo que no quiere que yo escuche. Terminamos la reunión algo así como treinta minutos después. Toma el teléfono, al tiempo que dice, como si fuera un eslogan: la importancia de dejar en «visto».
En ese mismo momento le contesta diciéndole que no podía aceptar su invitación porque ya tenía otros planes, y que no estaba cerca. Se lo dice amablemente, con una sonrisa cruzando su cara. No deja abierta la puerta para otra invitación. No agradece la invitación. No se disculpa por no aceptar, ni propone otra salida a modo de reparación. Solo eso. No puedo, estoy lejos, ya tengo planes. Mi amigo ve mi cara de confusión. Y una vez que ha enviado el mensaje, le digo: «No tenés que hacer nada. Te vas a tu casa, y estás a dos cuadras del cine. No entiendo lo que estás haciendo».
Y él me dice lo que pasa: «Pablito» —detesto que me digan Pablito, y él lo sabe—: «Es que cuanto más disponible, menos atractivo». Sigue mi cara de perplejidad. No es que no haya escuchado la afirmación, ni que no haya escuchado discursos con respecto a esa afirmación. Pero no entiendo por qué, si ella lo invita, y él hace como dos años que está en el tema de verla, solucionarle cosas y asistirla, una especie de juego de seducción, y a él le interesa ella, yo sé eso, lo he escuchado planear a qué hotel alojamiento la va a llevar «cuando caiga» según sus propias palabras —ahora se entiende el por qué de mi: «no le avalo ciertas conductas», pero es mi amigo— y me anuncia cosas de las que no quiero enterarme y por más que insista en que no me interesa insiste en comunicarlas. El punto es que la mujer le interesa pero… no accede. Nota de nuevo mi actitud de no entiendo. Y me dice nuevamente: «Cuanto más disponible, menos atractivo».
Y se levanta. Rumbo a su casa. A hacer nada. Rechazando una invitación que yo no imagino rechazar. Con lo que me gusta el cine. Ahí tienes el comienzo de mi inquietud. Ahí la madre de esta nueva vertiente de mi ya famosa, multifacética y omnipresente curiosidad. Salí de ese bar con una pregunta dando vueltas. No sobre mi amigo —su vida es su vida—, y yo ya conozco el destino de esa pobre desdichada que lo invita al cine: va a caer en las redes, serán escapadas frenéticas llenas de sexo en hoteles alojamiento o en su dpto. o en la casa de ella, la cuestión durará un par de meses… amor de aquí y amor de allá y parecerá un «qué romance».
«NINGÚN VARÓN QUISO CONTESTAR. COMO SI LA PREGUNTA LOS INCOMODARA, COMO SI RESPONDER LOS EXPUSIERA A ALGO QUE PREFIEREN NO VERBALIZAR».
Y luego desplegará el discurso de: «estoy raro», con el que varias veces lo he escuchado terminar sus relaciones cuando una relación anterior que lo persigue y no resuelve aparece. Pero en fin: es su vida. A mí lo que me inquieta es la frase: «Cuanto más disponible, menos atractivo». Porque esa frase no la inventó él. La he escuchado en podcasts, la he leído en perfiles, la he visto como consejo en redes sociales. Y me pregunté: ¿es cierta? Y ahí consulté a aproximadamente cuarenta personas. Sé muy bien que por rigurosidad la muestra no es significativa ni representativa, pero algo me va a mostrar, eso seguro.
Consulté a hombres y mujeres, de entre veinte y cincuenta años. Y acá viene el primer dato curioso: ningún varón quiso contestar. Ninguno. Como si la pregunta los incomodara, como si responder los expusiera a algo que prefieren no verbalizar. Eso, en sí mismo, me parece un hallazgo. Los hombres no quieren hablar de esto. O no pueden. O no se animan. Solo la avalaron a la frase, pero no se explayaron más allá de un «estoy podrido de eso», un «sí, es tristemente cierta», o un «nadie sabe lo que quiere». Alguno que otro: «Pablo, ¿no tienes nada mejor que hacer, que andar preguntando eso?», «¡Amigo!!! qué capacidad para preguntar cosas que joden, ¿eh?» esas fueron las respuestas de los varones, más o menos, las que puedo reproducir aquí; otras no se pueden reproducir. Pero sí, las mujeres. Ellas sí respondieron.
Más allá de ser de generaciones distintas, todas en mayor o menor medida contestaron a mi pregunta. Y sus respuestas, lejos de ser uniformes, me dieron un mapa mucho más complejo que la frase de mi amigo. Traté de encontrar hilos conductores o regularidades en las respuestas y sí hubo algunas que aportaron mucho a mi búsqueda. Les comento, una de las respuestas muy representativa decía: que para ella, la disponibilidad no es moneda de cambio. Es simplemente un gesto. Me dijo, textual: «Yo soy una persona muy disponible para escuchar, para ayudar, para colaborar y eso no significa nada».
Aquí completo yo el razonamiento: no significa nada en términos de juego de seducción, pero escuchar, estar, sí significa algo mucho más valioso que un juego de seducción o conquista. Y aclaró: «No creo que tenga que ver con lo disponible. No me arriesgaría a decir que porque alguien está disponible sea de alguna manera inapetecible». Para este grupo de mujeres, debo decir, muy variadas en todos los aspectos, la atracción funciona con dos llaves: lo intelectual y lo corporal. «No puedo tener una sin la otra», dijo una de ellas. «Si hay cerebro pero no hay química, no avanza» afirmó otra. «Si hay química pero no hay pensamiento» dijo una de las consultadas, me llamó la atención el uso de la palabra pensamiento. La disponibilidad, simplemente, no entra en la ecuación. Es un dato neutro.
«EL PROBLEMA NO ES QUE ESTÉ DISPONIBLE. ES QUE NO TIENE NADA QUE OFRECER. NO HAY CONVERSACIÓN PROFUNDA. NO HAY ALGO QUE LA INVITE A QUEDARSE».
Esto me resonó, porque contradice la lógica de mi amigo. Para ellas, estar disponible no es rebajarse. Es solo… estar. Como si el simple acto de estar ya fuera suficiente, como si la presencia no necesitara justificación ni estrategia. Una segunda agrupación de mujeres generó una respuesta más densa, más consciente de los mecanismos en juego. Ellas sí creen que hay algo de verdad en la frase, pero con matices importantes. Una afirmó: «La gente te respeta más cuando no la ves a menudo. La cercanía puede causar faltas de respeto o, en todo caso, falta de interés».
Pero acá viene lo interesante. Cuando la cuestión requirió profundidad, lo que realmente le apaga el interés no es la disponibilidad en sí, sino la disponibilidad vacía. ¿Cómo es eso? Pues dicen que se pierde el interés en alguien cuando manda mensajes todo el tiempo, pero no son mensajes con sustancia. Son: «Hola, ¿cómo estás? ¿Comiste algo? ¿Qué haces?». Y una de ellas afirmó textualmente: «No por el hecho de que esta persona me manda mensajes todo el tiempo, sino por el hecho de que no tengo nada que me dé curiosidad para hablar con esta persona». O sea: el problema no es que esté disponible. Es que no tiene nada que ofrecer. No hay conversación profunda. No hay algo que la invite a quedarse.
Pero hay otra capa en estas respuestas. El tema de la vulnerabilidad. Una respuesta decía: «Nadie se quiere mostrar vulnerable. Es como que vivimos en esa coraza de no sentir del todo». Y habló de «sacarse el chaleco antibalas» solo con personas seleccionadas. Esto me llevó a pensar: ¿y si la indisponibilidad no es estrategia de seducción, sino mecanismo de defensa? ¿Y si nos hacemos los difíciles, no porque nos haga más valiosos, sino porque nos protege de salir lastimados? Este mismo grupo de mujeres habló de los patrones. De cómo a veces buscan en el otro lo que faltó en la infancia. Y de cómo la terapia ayuda a no elegir por patrón.
«¿Y SI LA INDISPONIBILIDAD NO ES ESTRATEGIA DE SEDUCCIÓN, SINO MECANISMO DE DEFENSA? ¿Y SI NOS HACEMOS LOS DIFÍCILES NO PORQUE NOS HAGA MÁS VALIOSOS, SINO PORQUE NOS PROTEGE DE SALIR LASTIMADOS?».
Pero algo que me quedó dando vueltas fue la afirmación de que: una vez que pasa la etapa del enamoramiento, una vez que la rutina se instala, la persona deja de verte con «los ojos de conquista». Y eso, es como «una estafa». El tercer grupo que logré aislar sí estaba compuesto por la mayoría de mujeres de entre veinte y treinta años. Y sus respuestas fueron más directas, más cortantes. Ellas sí creen en la frase, pero no como regla universal. Decían cosas como: «Sí, obvio. Yo creo que mientras uno más disponible se muestre para el otro, y sí, deja de ser tan atractivo».
Pero también afirmaban: «Más el hombre tiene ese instinto de querer conquistar. Entonces, si uno muestra demasiada disponibilidad, deja de ser interesante por una cuestión de dominio». Y acá hay algo clave: esta afirmación no habla de relaciones establecidas. Habla del momento del cortejo. «Obviamente —dijo una de ellas—, también estamos hablando en un contexto donde dos personas están conociendo o se interesan mutuamente. Porque creo que, si ya estás en pareja y tenés que seguir con esa sensación, bueno, hay una cuestión que no está sana». O sea: la frase funciona al principio. Pero si necesitas mantenerla en una relación ya formada, algo no está bien.
También este grupo afirmó que no muestran disponibilidad casi nunca. Y que le pasa que cuando no atienden llamados o mensajes, los hombres insisten. Pero cuando acceden a algo, ya sea una cita o una salida, a veces los hombres retroceden. Y hay un filtro que para todas es innegociable: la inteligencia. «No salgo con gente que no me interesa, que no me parece inteligente». Y muchas agregaron algo así como: «Si yo veo que está pidiendo atención y que necesita salir y que se siente solo… ni loca». Para ellas, para este tercer grupo, la disponibilidad que mata el atractivo es la que nace de la necesidad. No la que nace de la elección.
Y acá es donde decidí cruzar estos testimonios con lo que dice la ciencia. Porque si mujeres de tres generaciones distintas sienten esto, algo habrá estudiado alguien. Un psicólogo social llamado Robert Cialdini escribió un libro en los ochenta que se hizo clásico. Habla de los principios de la persuasión. Y uno de esos principios es el de escasez: las oportunidades parecen más valiosas cuando su disponibilidad es limitada. O sea: mi amigo del bar, sin saberlo, estaba aplicando un principio de psicología social, que traspasa casi inmediatamente al campo del marketing como si el corazón tuviera un departamento de compras que evalúa costos y beneficios antes de autorizar cualquier transacción emocional.
En los años setenta, unos investigadores llamados Walster, Walster y Berscheid hicieron un estudio sobre esto. Investigaron el fenómeno de «hacerse el difícil». Y sus hallazgos sugieren que la selectividad es atractiva, pero con matices: un individuo es más deseable cuando es selectivo con los demás, pero accesible para el sujeto interesado. La indisponibilidad generalizada no atrae; asusta. Mi amigo no leyó el estudio. Pero intuyó algo: no ser disponible con ella, pero sí con otros. Eso genera la percepción de escasez.
Un ejemplo: estados o historias en redes personales donde me muestro trabajando, en reuniones, solucionando cuestiones de clientes, mostrando el «work in progress»: progreso de proyectos, juntas, etc. y un detalle: nunca es una selfie, el susodicho o la susodicha nunca o rara vez aparecen… ¿estás pensando en algunos ejemplos en este momento? La psicología evolutiva, de la mano de David Buss, nos recuerda que, en el juego ancestral de la selección de pareja, la selectividad funcionaba como señal de alto valor. Si alguien estaba «demasiado disponible», inconscientemente podía leerse como: «no tiene otras opciones». Hasta acá, la frase de mi amigo tiene un grano de verdad. Pero solo en la superficie. Y solo al principio. Porque el deseo inicial se alimenta de incertidumbre. Pero el amor… el amor necesita otra cosa. Necesita certeza. Necesita suelo firme donde pararse sin caer.
«LA DISPONIBILIDAD QUE NACE DE LA PLENITUD ES UN LUJO, NO UNA BARATIJA PARA DESCARTAR. LA QUE NACE DEL VACÍO ES LO ÚNICO QUE DEBERÍA PREOCUPARNOS».
En este punto le pedí ayuda a la sociología. Dos pensadores, Eva Illouz y Zygmunt Bauman, han escrito sobre esto. Illouz, autora del éxito «¿Por qué duele el amor?», dice algo incómodo: hemos importado la lógica del mercado al amor. Evaluamos costos, beneficios, alternativas. En ese esquema, la disponibilidad excesiva se lee como «inflación de la oferta»: si hay mucho de ti, de vos, baja el precio. Bauman lo llama amor líquido: vínculos altamente maleables, tratados como bienes de consumo. Si aparece algo «mejor» o si la relación requiere esfuerzo, se desecha. La indisponibilidad, entonces, no es estrategia de seducción; es armadura contra el miedo a ser reemplazado.
Y en este contexto, aparecen conductas como el ghosting, el breadcrumbing, el gaslighting, el love bombing, toda esa chatarra emocional de la que ya hemos hablado en otra crónica en Libertad de Expresión. No son casualidades. Son tácticas para mantener el control en un juego donde todos temen perder. Pero si el mercado no es el lugar del amor… ¿Dónde lo encontramos? En este punto del podcast es donde la psicología del apego, con John Bowlby y Sue Johnson, nos da la otra cara de la moneda. La seguridad emocional no se construye con misterio. Se construye con disponibilidad consistente. La persona que ama de verdad no juega a desaparecer; está.
No hablo de un juego o de una actitud de control obsesivo disfrazado de «te cuido», sino de estar para sostener. Johnson lo dice claro: la accesibilidad emocional es uno de los pilares del amor que dura y, aunque esto puede parecer a primera vista como «aburrido» —y esto tiene que ver con la historia de cada uno—, este amor es lo opuesto a la ansiedad. Y volvemos al matiz que era común a los tres grupos de mujeres: no es lo mismo disponibilidad por carencia —«te necesito para existir»— que disponibilidad por elección —«tengo mi vida, pero elijo compartir mi tiempo con vos»—. La primera agota. La segunda, la disponibilidad por elección; debería enamorar, debería… pero con tantos corazones rotos y experiencias negativas… entre humanos a veces eso… es imposible.
La frase original, entonces, solo es cierta si la disponibilidad nace del vacío. Si nace de la plenitud, es justo lo contrario: es un lujo, no una baratija para descartar. Y para cerrar, quiero compartirte algo que leí. No es de un académico. Es de alguien que vive esto. Y en eso que leí hay frases que de verdad me atravesaron porque, debo confesar, adhiero fervorosamente a ellas, porque reconocen que, en el afán de no perder, terminamos perdiendo lo esencial. Dice así: «Hoy en día vincularse es cada vez más confuso. Como si todos quisieran algo pero sin decir qué. Como si nadie quisiera sentir demasiado».
Y después pregunta: «Desde cuándo amar se volvió una estrategia. Eso de medir cuánto damos, cuánto mostramos o cuánto ocultamos para no espantar al otro». Y hay una frase que me quedó dando vueltas y hice mía: «Yo extraño los vínculos que no te hacían pensar tanto. Los que se sentían y punto. Che, me gustás. Che, me importás. Te quiero, te extraño, te quiero ver». El texto cierra diciendo que, mientras todos le siguen huyendo al amor, hay unos pocos que aún con el corazón roto todavía creen que vale la pena querer sin miedo. Salí de mi oficina, digo… salí de ese bar con una pregunta. La sigo teniendo, ojo. No creo en respuestas absolutas; no las hay. Sí creo en la construcción de un conocimiento es siempre provisorio.
Lo que ahora tengo y sé, es que la respuesta no está en la frase. Está en lo que hay detrás de la frase: «Cuanto más disponible, menos atractivo». Mi amigo se fue a su casa a hacer nada, habiendo estado a solo dos cuadras del cine, donde una mujer ve una película sola. Yo me quedé pensando: ¿Qué gana alguien que rechaza una invitación al cine por estrategia? ¿Y qué pierde alguien que acepta, aunque eso lo ponga en el cuadrante de lo disponible? Tal vez por ahí esté la pregunta, ahora. Tal vez ahí resida una verdad para descubrir. No cuánto mostramos. Sino por qué nos da tanto miedo mostrar lo que realmente sentimos. 
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