Entre el dolor del viernes y el milagro del domingo existe un tiempo intermedio donde la vida no se arregla, sino que se atraviesa. Es el sábado de la espera.
Acompañar a quien sufre, hacer de soporte, caminar por sendas de los cerros o simplemente quedarse sentado en silencio frente a lo que ya no se entiende son actos de fe tan válidos como cualquier homilía. Esta crónica recorre un silencio habitado, los descubrimientos mínimos que abren caminos grandes y, sobre todo, la certeza de que en medio del vacío algo nuevo ya está germinando.
El Sábado Santo no se anuncia en el calendario, pero se siente en el aire con una densidad que he percibido desde que tengo memoria y que hace poco he aprendido a nombrar. Mi sala es el lugar donde las ideas toman forma al ritmo de un tiempo que, a mi pesar, se mide por el paso de vehículos cada vez más ruidosos. Cuando por fin el silencio se instala como un huésped muy bienvenido y conocido, aflora el orden para los pensamientos.
Desde mi escritorio, la ventana deja entrar el rumor de la calle no como interrupción, sino como parte de la musicalidad del trabajo. Hace un rato, el algoritmo —ese azar contemporáneo disfrazado de recomendación— me entregó una canción de Hakuna Group llamada Sencillamente. La escuché con la atención lenta de quien no tiene prisa por llegar a ninguna parte. Su letra resume, sin adornos, lo que significa habitar la fe cuando las certezas se desdibujan:
«Creo, Señor, sencillamente / Porque creer es confiar / Y cómo me gusta creerte sintiendo dudas / Sintiendo dudas / Sintiendo dudas».
Sintiendo dudas… lo repite como quien respira. No como consigna, como compañía. Como contraparte de las doctrinas que anuncian la duda como enemiga, no como vía. Cómo me gusta creerte sintiendo dudas es la rebeldía hecha canción ante los gritos desaforados desde los pulpitos que imponen un creer a rajatabla y convierten la incertidumbre en pecado en lugar de camino.
Supongo que a esos «barra brava» de la fe nadie les enseñó que la convicción ajena es un territorio inviolable, un espacio sagrado. Quizás por eso la historia de las creencias está llena de atropellos silenciosos, de violencia. El escritor keniano Ngũgĩ wa Thiong’o lo llamó descolonización de la mente: entender que imponer una visión del mundo no es iluminación, es violencia epistémica. Y Simone Weil, con su ética de la atención, recordó que lo sagrado en el otro exige respeto, no invasión. Entre ambos cruces hay una línea clara: la mente ajena no se conquista, se habita. La fe que se transmite a la fuerza se corrompe antes de nacer. Con esto te estoy contando por dónde voy. Si sigues, es por tu cuenta y riesgo. Sí, esto te lo aseguro, todo lo que estoy escribiendo y lo que pienso escribir, será como si te acariciara. Si vienes conmigo, te voy a cuidar. Como un esposo a su esposa, si sigues, te vas a enterar del porqué uso esa figura.
«Colonizar la mente de otro no es persuasión; es la forma más silenciosa de violencia. La fe no se impone, se habita. Y el respeto comienza donde termina la obligación de creer.»
Este texto no busca persuadir ni convertir. Detesto, casi tanto como al tiempo que se escapa, a los que por todos los medios intentan colonizar la mente —o el lev bíblico, ese corazón que en la antropología hebrea piensa y siente a la vez—. Esta crónica solo quiere narrar lo que ocurre cuando dejamos de exigir respuestas y empezamos a acompañar la pregunta. El respeto comienza donde termina la obligación de creer. No se trata de vaciar el corazón (lev) de incertidumbre, sino de dejar que el otro transite su propio ritmo. La espiritualidad de consumo rápido nos vendió atajos; y nunca un atajo es camino. Por eso un hecho de más de dos mil años nos dejó un sábado entero para aprender a esperar.
La religión —cosa que ha hecho daño, me cae muy mal, nada más ciego que un dogma y no hablo solo de iglesias, hay demasiadas instituciones basadas en «religión», pero ese es otro tema—, por medio de su aliada más cercana, la tradición, nos enseñó a saltar del viernes al domingo como si el día del medio no existiera. Pero el Sábado Santo no es un paréntesis vacío. Es el territorio más honesto que tenemos, el más humano. Es el día en que Dios guardó silencio. La antropología y la teología coinciden en llamarlo liminalidad: ese umbral donde lo que eras ya no cabe y lo que serás todavía no aparece. No es un estado que se cura con optimismo de manual ni con rituales de emergencia. Es un espacio que se habita con paciencia. Los sábados no se resuelven, se atraviesan. Y quien se sienta frente a lo que no entiende, sin forzar el milagro ni exigir respuestas inmediatas, está haciendo lo más valiente que un ser humano puede hacer: quedarse.
«Los sábados no se resuelven, se atraviesan. Y el que se sienta frente a lo que no entiende, sin forzar el milagro, está haciendo lo más valiente: quedarse.»
La madrugada del sábado pasado, una persona que atraviesa una separación devastadora vino a casa. No llegó sola. Traía consigo el peso de la mentira, el engaño y la rabia sorda. Le convidé papitas fritas —me gustan tanto que tengo la ilusión de que le hacen caricias al alma— y juguito fresco. Puse la película La cabaña. No por proselitismo, sino porque estoy más que convencido de que el cine a veces oficia de sacerdote sin pretenderlo. Sin hacer spoilers, hay una escena que, para mi humilde opinión, es la segunda más importante. El protagonista, Mackenzie, carga el cuerpo de su hija y, a cada paso, repite: «Te perdono». Se lo dice a un asesino que nunca aparece, ni es capturado ni juzgado. «Te perdono», dice a cada paso mientras lleva el cuerpito de su niña hacia la tumba. «Te perdono», y cada paso pesa mil millones de toneladas. «Te perdono», y el dolor lo atraviesa una y otra vez, pero sigue cargando su pena más profunda mientras insiste. Me doy cuenta de que no hay pedido allí. Es un camino con lo que no lo pide a nadie. Lo dice mientras el mundo se le cae a pedazos.
La película termina. La pantalla devuelve los créditos. No hubo discursos ni consejos bienintencionados. Solo un silencio que no pesaba, pero que por alguna razón aliviaba. Y entonces, sin que yo moviera un dedo ni intentara guiar nada, esa persona pronunció un nombre. Dijo el nombre de quien, frente a un sacerdote, había prometido verdad. Dijo el nombre de quien había roto la confianza. Y junto al nombre, pronunció: «Te perdono». Y lloró. No un llanto de desesperación, sino de alivio. y lo vi… cargando el cadáver de su matrimonio al tiempo que a cada paso pronunciaba el nombre seguido de «Te perdono». Como si una puerta oxidada se abriera apenas una rendija. Una vez mas repitió el nombre junto a un «te perdono», y ese sonido llenó la sala con la certeza de que un proceso comenzaba. Sin sanidad mágica. Solo proceso. Mi querido y amado proceso se hacía presente.
«El perdón no es un acto de olvido, ni una amnistía del dolor. Es la decisión de no dejar que la herida tenga la última palabra, aunque siga doliendo mientras caminas.»
La gracia, esa que la doctrina cristiana llama inmerecida, no pide méritos. Se ofrece. Y nosotros, al nombrarla, empezamos a caminar. No es un premio al esfuerzo, sino un regalo que se posa sin prisa. Lo sé porque lo veo: por gracia, siempre por gracia. Es como una mariposa que va y se posa sobre la palma de una mano abierta que la aloja, la contiene y la espera. No la fuerza, no la apresura. La mano, la gracia, solo está ahí, disponible. Eso es el Sábado Santo: no un vacío que hay que llenar, sino una palma abierta que sostiene lo que está en plena transformación, lo que va a ser testimonio de ese cambio. Eso es la gracia: amor que no demanda mérito, que no acelera el proceso, que simplemente está disponible. Y así llego a la Pascua: no un final feliz impuesto, sino una transformación que germina en la espera, sin ruido, sin prisa, como el aleteo discreto de algo nuevo que ya está aquí.
Fue una madrugada intensa, con silencios llenos de significado y una película que abrió una puerta. Esa misma mañana partí a realizar una de las actividades que más me gustan: caminar por la naturaleza, conectarme con ella y disfrutarla.
El sol pegaba fuerte, es cierto, y por esa razón la escuché varias veces exclamar «¡qué calor!» mientras caminaba a mi lado. Pero de repente, como quien recuerda algo que debía comentar, me dice: «Ayer aprendí algo nuevo de la Biblia». Giro levemente la cabeza y trato de ver sus ojos detrás de los anteojos oscuros. Logro adivinar un brillo especial, entre satisfacción y novedad hallada para confirmar una postura. Hay algo en sus labios, una sonrisa a lo Gioconda. Su tono cambia casi imperceptiblemente, pero hay algo académico que logro distinguir en la afirmación que siguió: «Siempre citan la parte de la Biblia que dice: «Mujeres, honren y amen a sus esposos», pero muchos se olvidan de lo que sigue, que afirma: «Hombres, honren y amen a sus esposas, como Cristo ha amado a la iglesia y se entregó por ella». O sea que deben ser capaces de dar la vida por sus esposas». Así es, tal cual lo dice la carta a los Efesios en el Nuevo Testamento.
No era un discurso de género ni una consigna moderna. Era la alegría tranquila de quien confirma que lo sagrado no es jerarquía, sino reciprocidad. Al final de la afirmación, su tono deja de ser académico y su voz refleja cierta satisfacción. Continua en su rostro esa sonrisa leve, producto de la confirmación de una fuente irrefutable de lo que había sido solo opinión o postura. Yo escucho en silencio. Finalmente digo: «De eso se trata. Así debería ser» y me quedo repasando la conversación, mientras disfruto profundamente de su descubrimiento, su aprendizaje, su confirmación. Ahí en ese momento es que decido el tono de esto, si es que llegaba a consumarse en un texto, decir cada cosa en amor, con el cuidado del que habla ese descubrimiento, de esa delicada y amorosa reciprocidad que es capaz de darlo todo por el otro, del cuidado y resguardo.

María Magdalena no huyó del sepulcro; se quedó. Probablemente estuvo el viernes, y también el sábado, preparando hierbas, esperando sin garantías. Qué cosa el Creador con las mujeres: ¿se dieron cuenta de que Él siempre las busca? Él va a ellas. En toda la Escritura es así, mientras que a nosotros nos manda a movernos, a ir a buscar, a atravesar desiertos. Ella, la que camina a mi lado, tiene algo de María Magdalena. Se parecen. Hacen algo parecido en su transcurrir: no dejan de lado su tarea y, al mismo tiempo, habitan el silencio, esperan, aguardan y finalmente confirman.
«La fe no es un monólogo que exige obediencia, sino un diálogo donde la duda no estorba, acompaña. Y el descubrimiento no rompe la certeza, la confirma.»
Hoy amaneció lluvioso y fresco. Muchos niños buscaron y recibieron huevos y conejos. Muchas familias intentarán que la mesa no se fracture por creencias o posturas. Y muchos cargarán en silencio con duelos que este otoño parece corporizar. No es un día mágico. Es, como casi todos, un día humano. Y precisamente ahí, en lo ordinario y a veces pesado de la vida, late el anuncio: donde hubo noche, amanece esperanza; donde pareció haber un final, brota vida nueva. La resurrección no exige que cambiemos de vida de un día para otro, sino que vivamos el hoy como quien sabe que, al final, la luz no se apaga. Que en medio de lo roto, algo nuevo ya está germinando.
A veces pensamos que la espiritualidad exige certezas absolutas antes de dar un paso. Pero la experiencia, y la tradición cristiana más honda, dicen otra cosa. La canción lo resume sin adornos: creer es confiar cuando los sentidos callan. Esperar es descansar cuando el miedo aprieta. Y amar es entregarse sin exigir retorno, incluso cuando el corazón está frío y la ruta parece borrosa.
La Pascua no solo es el domingo, es también el Viernes Santo, y atraviesa el Sábado. No borra las heridas, las transforma desde dentro. Y ese amor del que te he hablado, el que lo entrega todo a quien no lo pide, el que está disponible sin condiciones ni contratos, hace posible entre humanos lo que tanto nos cuesta: confiar sin garantías, quedarse sin certezas, perdonar sin olvido, amar sin exigir retorno. Saber que no estamos solos. Y que, aunque todavía no veamos el horizonte y parezca que no hay camino, seguir: Sencillamente. 
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