Violencia y Adolescencia: Una aproximación que explica porqué esas dos palabras últimamente aparecen juntas.

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Una nota con la psicóloga Valeria Caballero no pone blanco sobre negro: Violencia y adolescencia no es equivalente a patología. La agresividad es recurso humano. La violencia, en cambio, es la fuerza sin límite. Ella, Valeria, nos ayuda a analizar dos hechos: En Tucumán, un adolescente llevó un arma cargada al colegio, En Santa Fe otro adolescente asesina a un compañero. No son cuestiones aisladas: Son síntomas que nos interpelan como sociedad.

Desde Libertad de Expresión venimos siguiendo esta problemática no como un tema de ocasión, sino como una línea editorial que nos interpela como comunicadores. Hemos hablado con la Dra. Norma Contini sobre adolescentes y lo que sucede en el aula, gracias a una providencial nota con la Dra. Anna Lembke hemos explorado el déficit de dopamina en cerebros saturados de estímulos, hemos reflexionado sobre la batalla por la atención adolescente hablando con docentes al borde del colapso y la desigualdad cognitiva fue el puntapié inicial. Porque entendemos que la violencia escolar no es un episodio aislado, sino la punta de un iceberg que requiere mirada rigurosa, no sensacionalista.

En la modernidad líquida de la que hablaba Bauman, los vínculos se vuelven frágiles, desechables, como contactos en la agenda de un celular. Y en ese escenario, aparecen juntas violencia y adolescencia —esa etapa sensible a las condiciones históricas y sociales— se convierte en un termómetro de nuestro tiempo. Hace un par de semanas un adolescente asesinaba a un compañero en una escuela en Santa Fe. El lunes pasado, en una escuela de San Miguel de Tucumán, un adolescente de 17 años ingresó con un revólver cargado con seis balas. No disparó. Pero el hecho, por sí solo, ya es un llamado de atención. Y un llamado de atención no surge de la nada, sino de una trama compleja donde se entrelazan la familia, la escuela, la sociedad y, sobre todo, la palabra —o su ausencia—.

«La agresividad constituye una capacidad humana para oponer resistencia a las influencias del medio. La agresión es un acto efectivo dirigido hacia algo o alguien. La violencia es ejercer una fuerza excesiva para causar daño.»
— Valeria Caballero

Fue en ese marco que conversamos con la psicóloga Silvina Valeria Caballero, quien integra el equipo de investigación de la Dra. Norma Contini y ha trabajado en terreno durante años analizando estas variables en nuestra provincia. Valeria, con la solvencia de quien ejerce en el Sistema Provincial de Salud, nos ayudó a desandar conceptos que suelen confundirse en el debate público. Porque antes de juzgar, hay que comprender. Y para comprender, hay que nombrar con precisión.

La distinción entre agresividad, agresión y violencia no es un ejercicio académico: es una brújula ética. Si confundimos los términos, confundimos las respuestas. Castigar sin entender es repetir el error. La agresividad, nos dice Valeria Caballero, es un recurso necesario para la supervivencia; es lo que nos permite decir «no», poner límites, afirmar el yo. El problema surge cuando esa capacidad se transforma en acto agresivo o, en su extremo, en violencia: la fuerza sin límite, la que busca someter o destruir.

«Ningún niño nace con una tendencia agresiva que uno pueda identificar. La forma en que nos relacionamos con los demás se aprende. Y el primer lugar donde se da ese aprendizaje es la familia.»
— Valeria Caballero

Aquí aparece el concepto de habilidades sociales, ese megaconstructo del que hablaba Curran, que no es otra cosa que el conjunto de conductas que nos permiten interactuar de modo mutuamente satisfactorio. No son rasgos de personalidad, son comportamientos aprendidos. Y como tales, pueden enseñarse, modificarse, potenciarse. La Batería de Socialización para Adolescentes (BAS-3), utilizada por el equipo de Contini en Tucumán, permite identificar fortalezas y déficits en dimensiones como Consideración con los demás, Autocontrol, Liderazgo, Retraimiento y Ansiedad social.

Los estudios locales, en los que la psicóloga Valeria Caballero ha participado activamente como coautora de los capítulos sobre contexto socioeconómico, muestran que el entorno impacta en el desarrollo de estas habilidades. Los adolescentes de nivel socioeconómico bajo informan menores comportamientos de interés por sus pares, menor control de las situaciones sociales y mayor impulsividad. Pero hay un dato esperanzador: la dimensión Liderazgo no varía significativamente entre estratos. Es como si la capacidad de iniciativa y espíritu de servicio fuera un universal psicológico, una ventana de oportunidad para intervenir.

«Ser leal no implica ser cómplice cuando veo a un par que maltrata a otro. Ahí el discurso de los adultos es muy importante, porque somos nosotros quienes tenemos que tratar de devolver al adolescente esa idea.»
— Valeria Caballero

La escuela, entonces, no puede ser un depósito de chicos mientras los padres sobreviven entre cuatro o cinco trabajos. Pero tampoco puede asumir sola lo que es tarea de toda la comunidad. El Ministerio de Educación de Tucumán fue reconocido como Embajada de la Paz por su programa de mediación escolar; existe un programa nacional de habilidades socioemocionales que busca bajar en cascada a las provincias. Sin embargo, como señala Valeria, que desde su especialización en salud social y comunitaria registra una amplia trayectoria y conocimiento nos señala que un protocolo establecido a nivel de prevención no está regulado de manera explícita. Lo que sí está claro es la necesidad del trabajo intersectorial entre Salud y Educación: los psicólogos que trabajan en atención primaria pueden identificar factores de riesgo asociados a comportamientos impulsivos y diseñar programas de entrenamiento al interior de las escuelas.

Aquí es donde nuestra entrevistada nos viene al encuentro con la teoría del aprendizaje social de Bandura, ese psicólogo canadiense que demostró que aprendemos no solo por experiencia directa, sino por observación. El refuerzo vicario: vemos las consecuencias de una conducta en otro y ajustamos la nuestra. Es por eso que el modelado familiar es clave. Si en casa se resuelven los conflictos con gritos o golpes, el adolescente aprende que esa es la forma. Pero también aprende, por fortuna, cuando ve empatía, escucha, respeto, cuando se le enseña a «registrar al otro».

«Lo que nosotros llamamos habilidades sociales, que son los recursos que tenemos para relacionarnos con los demás en el marco de un respeto recíproco, es algo que se aprende. Y por ende, se desaprende a través de programas de entrenamiento. Con lo cual, hay una luz de esperanza en este camino.»
— Valeria Caballero

El caso del adolescente con el revólver en Tucumán no puede reducirse a una etiqueta diagnóstica. Como señala Valeria, no se trata de romantizar al agresor ni de demonizarlo sin comprender el contexto. Se trata de escuchar. De entender que detrás de un acto hay una historia, una trama familiar, un contexto social. Y que la justicia, cuando convoca a peritos en salud mental, debería escuchar sus informes no como opiniones, sino como evidencias construidas con rigor.

En un mundo donde los niños decodifican el lenguaje comprensivo antes que el expresivo, como nos recuerda Valeria desde su experiencia clínica, la escucha activa se vuelve un acto político. Escuchar al adolescente, al niño, al que sufre, no es concesión: es justicia. Y en esa escucha, las habilidades sociales asertivas —esa capacidad de expresar pensamientos y sentimientos de modo directo, efectivo y apropiado, respetando los derechos de los demás— se convierten en una herramienta de prevención primaria de la salud mental.

La crónica de este tiempo exige que no nos quedemos en el titular. Que no celebremos la detención como un final, sino que la leamos como un comienzo: el comienzo de una conversación necesaria sobre cómo criamos, cómo educamos, cómo acompañamos a quienes están en ese río revuelto que es la adolescencia.

Al final, como diría Galeano, la utopía está en el horizonte: caminamos dos pasos, ella se aleja dos pasos. Pero si caminamos, la utopía nos hace caminar. La utopía no es un fin en sí, no es un destino, no se trata de llegar, se trata de avanzar. Y en ese caminar, cada palabra que elegimos, cada concepto que aclaramos, cada historia que contamos con rigor y con alma, es un paso más hacia una sociedad que no solo castiga, sino que comprende; que no solo reprime, sino que transforma, que no etiqueta o clasifica, sino que contiene y aloja.

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