El espejo social: Cuando el cariño se vuelve moneda de cambio (Serie «Merecer» Parte 3)

0
44

Cultura, género, clase y algoritmos nos entrenaron para medir el afecto. Una crónica sobre meritocracia emocional y capitalismo del afecto en la era digital.

Si alguna vez sentiste que el cariño hay que ganárselo, que cada vínculo viene con un contrato invisible de rendimiento o que tu valor depende de lo útil que seas, no es un defecto tuyo, el espejo social es el que marca el rumbo. Es un mandato estructural que heredamos. Bourdieu, Federici, Illouz y la cosmovisión andina nos ayudan a leerlo.

No fue la primera vez que notaba la expresión, dos personas antes y esta escena en un bar del centro, —fueron los motores de esta búsqueda que ya lleva, con este; un piloto y 3 entregas—, pasó en un bar de esos que aún tienen mesas de madera y mozos que te conocen por el nombre. Una pareja que discutía me puso en frente el espejo social, estaban en la mesa de al lado. No era una pelea ruidosa, de esas que llaman la atención. Era algo más sutil, de una tensa tranquilidad. Ella decía, con voz cansada: «No es que no te quiera. Es que estoy agotada de tener que demostrar que merezco que me quieras». Él no respondía. Miraba el café como si la respuesta estuviera en el fondo de la taza. Y yo, que debería haber estado escribiendo, me quedé escuchando. Porque esa frase —»merecer que me quieras»— tiene una violencia silenciosa que no es muy difícil de ver, y me generó sentido junto a las otras tres ocasiones que escuchaba a alguien hablar de lo que merece o no merece.

«No nacimos con un contador de méritos emocionales. Lo heredamos. Y ahora los algoritmos lo convirtieron en código binario.»

Lo agresivo-pasivo del momento de esa pareja me llevó hasta Pierre Bourdieu, el sociólogo francés que habló de «violencia simbólica». No es un golpe que deja moretón. Es algo más insidioso: cuando el sistema te hace creer que sus reglas son naturales, que ciertas jerarquías son justas, que tu valor se mide por lo que producís o por cuánto te esfuerzas. Y cuando esa lógica entra a la casa, al aula, a la mesa familiar, se vuelve un filtro invisible. Nos miramos a nosotros mismos con la misma vara con la que nos miraron. «¿Soy suficiente?», nos preguntamos. El punto aquí es que la pregunta ya está mal formulada, porque asume que hay algo que demostrar.

Arlie Hochschild, en su libro El corazón gestionado, describió algo que todos hemos vivido pero que cuesta mucho poner en palabras y mas hablar de ello: el «trabajo emocional». No es algo frío, o distante o mecánico como suena. Es el esfuerzo real que hacemos para calibrar lo que sentimos y lo que mostramos, según lo que el entorno espera. Si creciste aprendiendo que el cariño llegaba cuando estabas disponible, cuando no molestabas, cuando resolvías lo de otros antes que lo tuyo, tu sistema interno grabó una regla: el afecto se negocia. Se paga con anticipación. Se gana con utilidad. Y esa regla, una vez instalada, funciona en piloto automático.

«La meritocracia emocional no se anuncia con cartel. Se instala por repetición: en la escuela, en el trabajo, en la familia. Dejaste de preguntarte ‘¿me quiero?’ para preguntarte ‘¿lo estoy ganando?’.»

Dejé a la pareja en el bar con su conversación en un bucle de reproches, auto reproches y silencios sin solución de continuidad. Salí del bar y caminé sin rumbo. Un anuncio de cuerpo completo me mostraba a una modelo como centro de una publicidad sin texto ni logos, con lo que no supe descubrir que quería venderme. Por esas cosas que hace mi cabeza recordé a Silvia Federici y Nancy Fraser, las feministas que llevan décadas diciendo que el cuidado sostiene la vida pero no entra en las cuentas del «mérito». Se da por sentado. Se espera. Y cuando no llega, se acusa de falta de compromiso. Pensé en todas las personas —mayoritariamente mujeres— que aprendieron a leer el clima emocional de una habitación antes de entrar. Las que organizan, recuerdan, se adelantan, se achican para que otros quepan. Esa carga invisible que se disfraza de «vocación» o de «carácter fuerte». Y me pregunté: ¿qué tiene que ver esto con la pareja del bar?

La respuesta me llegó mientras esperaba el semáforo en rojo. Tiene todo que ver, me dije mientras revisaba mentalmente la respuesta que acababa de llegar a mi cabeza, tratando de verificar que no fuera una respuesta que afirmara mi sesgo de confirmación o que solo sea una articulación caprichosa solo para darme la razón. Porque cuando internalizamos que debemos «ser útiles» para «ser queridos», la ternura se vuelve condicional. Y lo condicional, por definición, se puede retirar. Eso explica por qué, a veces, cuando alguien te ofrece cariño sin pedir nada a cambio, te genera vértigo. No porque desconfíes de la persona. Porque tu mapa interno —ese que se grabó en la infancia, en la escuela, en los primeros trabajos— te dice: «aquí hay una deuda que aún no pagué».

Saqué el celular. No para publicar, sino para chequear algo. Y ahí estaba: tres notificaciones de Instagram. «Tu publicación tiene 5 nuevas reacciones». Cinco y la anterior 1200… que montaña rusa; ¡Uf!. Ni más ni menos. Y sentí —lo confieso con vergüenza— esa pequeña descarga de dopamina,  «1200 alguienes me vieron… o sea que 1200 alguienes me validaron». Cuando caí en cuenta de esa operación no me sentí nada bien. No por la notificación, sino por lo rápido que mi sistema nervioso la leyó como prueba de existencia. No me gustó que esa sea la prueba de mi existencia.

«Eva Illouz lo llamó ‘intimidades frías’: aprendimos a gestionar el corazón como si fuera una empresa. Calculamos riesgos, medimos retornos, publicamos para validar. Los algoritmos no inventaron esto. Solo lo aceleraron.»

Eva Illouz, la socióloga que escribió Intimidades frías, dice que la intimidad contemporánea se organiza bajo lógicas de rendimiento y riesgo calculado. Parece que estuviéramos repasando un informe de una empresa de análisis de mercado, pero no: estamos hablando de relaciones humanas. Y lo que debería llamarnos la atención es por qué extrapolamos ese lenguaje tan frío al territorio del afecto. Illouz lo deja claro: que nos ubiquemos en un espacio de aparente cálculo no significa que no sintamos. Significa que aprendimos a medir. A comparar. A publicar para validar. A esperar respuestas como quien espera un recibo.

Los algoritmos no inventaron esta dinámica. La aceleraron. Las plataformas cuantifican la pertenencia. Transforman el reconocimiento en métricas visibles. Y nos entrenan, sin que nos demos cuenta, en una economía emocional donde la visibilidad se confunde con valor. Si el post no llega, si el mensaje tarda, si la interacción baja, el sistema nervioso lo lee como pérdida de estatus relacional. No es que seas superficial. Es que el entorno te ofrece un lenguaje muy concreto para medir lo inmedible.

Me senté en un banco de la plaza y dejé el celular en la mochila, se le acabó la batería, tiene mas de 6 años, es momento de cambiarlo, cosa que postergo y postergo ¿será que disfruto de la muerte del dispositivo? con lo cual puedo tener un gesto no heroico de desconexión, y así acceder a un recordatorio físico de que hay otras formas de estar. Porque en la cosmovisión andina —esa que tanto me fascina y que intento entender sin apropiarme— hay un concepto que funciona como contrapeso estructural: el ayni. No se traduce bien como «intercambio». Es más bien un flujo. Una reciprocidad que no lleva contabilidad. Que no dice «te doy para que me des». Dice «cuidamos porque pertenecemos».

Fernando Huanacuni y Raúl Prada Alcoreza lo describen como un equilibrio dinámico. No se gana el derecho a estar. Se ejerce el compromiso de sostener. Silvia Rivera Cusicanqui, desde la epistemología ch’ixi, nos recuerda que esta mirada no borra las contradicciones. Las sostiene. Podemos reconocer que el sistema nos condicionó a medir el afecto, y al mismo tiempo, sostener que la pertenencia no requiere certificación previa. No es una síntesis cómoda. Es una tensión necesaria. Nos permite mirar la herida sin convertirla en destino.

«En la lógica del ayni, el cariño no es un premio por rendimiento. Es un tejido. Y cuando una persona cree que no lo merece, no está fallando: está respondiendo a un entorno que le enseñó a contabilizar lo que debería circular.»

Volví a casa y dejé el celular cargando en mi mesita de luz, listo para que una vez que encienda programe la alarma que mañana me devuelve a la rutina, mientras en el ordenador ya tecleaba esto que estas leyendo, para que sea algo así como un recordatorio de que hay otras formas de pertenecer, ser, estar y poseer. Porque si llegaste hasta aquí leyendo esta crónica, es probable que en algún momento hayas sentido el peso de ese espejo social. El cansancio de demostrar. La fatiga de anticipar. La duda silenciosa que pregunta, una y otra vez, «¿es suficiente?», «soy suficiente?».

Quiero decirte algo con claridad: no necesitas rendir cuentas para recibir ternura. Necesitas recordar que pertenecer no es un logro. Es un punto de partida. Y que los mandatos que heredaste —esos que te dicen que el afecto se gana, que el descanso es pereza, que el cuidado es poco productivo— no son leyes inmutables. Son relatos. Y los relatos, cuando se nombran con cuidado, pierden su fuerza de sentencia, cosa que venimos afirmando en todas las crónicas de esta serie.

La próxima vez que sientas ese vértigo —cuando alguien te quiera sin pedirte nada a cambio, cuando recibas un mensaje sin tener que responder, cuando te ofrezcan presencia sin exigirte rendimiento— respira, ¡eu! vos, si vos; respira. Esa desconfianza, ese miedo es la respuesta de tu cuerpo que aprendió que el cariño es una deuda que tienes que pagar. Pero la deuda no existe. Solo existe el flujo. Y el flujo no pide factura. Solo pide que te dejes llevar, solo pide que te dejes acariciar, con una mirada y con unas palabras que no van a constituir deuda alguna, ni obligación, ni promesa… ni compromiso; solo son parte de un flujo en el que tu puedes estar.

En el próximo episodio de la serie, El círculo que se repite, vamos a mirar qué pasa cuando esa maquinaria interna choca con vínculos nuevos. ¿Por qué a veces huimos del cariño seguro? ¿Por qué repetimos dinámicas que nos duelen, aunque la mente quiera otra cosa? Veremos que el apego ansioso o evitativo no son etiquetas. Son estrategias que el cuerpo aprendió para no perder el hilo. Y entender eso no quita responsabilidad. Quita culpa.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí