Epidemia de soledad: cómo el sistema nos diseñó para estar solos

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La soledad en los espacios de consumo: una paradoja de nuestro tiempo. Foto: Mizzu Cho @nicetomizzu /pexels.com

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La OMS confirma que la soledad mata tanto como fumar 15 cigarrillos al día. No es un fallo personal: es el resultado de haber cambiado las plazas por shoppings y la reciprocidad por la competencia.

Ray Oldenburg y Marc Augé explican por qué perdimos los lugares del encuentro. Datos de suicidio masculino y burnout femenino revelan dos caras de la misma moneda. El Ayni de la cosmología andina como antídoto posible.

Son las 23:30 y la epidemia de soledad tiene rostro de mujer. Ella está en su cama, la luz azul del celular ilumina su fatiga. Tiene 500 contactos en WhatsApp, pero nadie a quien llamar si esta noche el pecho le aprieta demasiado. Cuando bloquea el teléfono, el silencio que cae sobre la habitación es absoluto. Si, parece una tragedia personal y en cierta manera lo es, como tambien es el resultado de un diseño estructural.

La Organización Mundial de la Salud lo viene publicando con insistencia y fogueando campañas que dan cuenta de que la soledad no deseada es tan letal como fumar 15 cigarrillos al día. Un 26% más de riesgo de mortalidad prematura. Y sin embargo, seguimos tratándola como una vergüenza íntima, como el fracaso de una personalidad débil, cuando en realidad es el síntoma más grave de una sociedad que ha decidido demoler sus propios cimientos.

«La soledad no deseada es tan letal como fumar 15 cigarrillos al día»

— Informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS), 2023

El abandono de los «Terceros Espacios» acelera el viraje de una sociedad hacia el individualismo. Foto de Uriel Lu – @urielluphoto /pexels.com

De la plaza al shopping: la muerte del encuentro

Esa opresión en el pecho que siente nuestra protagonista no es casualidad. Es la respuesta biológica a un entorno hostil. Para entender por qué nos sentimos así, tenemos que hablar de dónde pasamos el tiempo. Ray Oldenburg, sociólogo urbano estadounidense, acuñó en 1989 el concepto de «Terceros Espacios» en su obra fundamental The Great Good Place. Eran esos lugares que no son tu casa ni tu trabajo: las plazas, los bares de barrio, las veredas anchas. Lugares donde la conversación era el fin principal, no el medio. Eran gratuitos y te obligaban a cruzarte con el diferente, entablar contacto con el «otro».

Pero algo pasó. Esos lugares están desapareciendo, si es que no han desaparecido ya. Y en su lugar, aparecieron lo que Marc Augé, antropólogo francés, llamó los «No Lugares» en su libro de 1992 Los no lugares: espacios del anonimato. Piensa en un aeropuerto, en una autopista, en un centro comercial. Son espacios diseñados para el tránsito, no para la estadía. Son espacios de anonimato. En un «no lugar», tú no eres un vecino con historia; eres un cliente, un pasajero, un número.

«En un no lugar, tú no eres un vecino con historia; eres un cliente, un pasajero»

— Marc Augé, antropólogo francés, en «Los no lugares» (1992)

La diferencia es brutal, y cuando la pienso siento una inquietud que no me deja. En la plaza, si te caías, alguien te levantaba. En el shopping, si te caes, alguien llama a seguridad para que no molestes a los clientes. Hemos cambiado los lugares de encuentro por espacios de consumo. Y el consumo es, por definición, un acto solitario. Puedes estar rodeado de mil personas en un mall, pero cada una está mirando su propio escaparate. La arquitectura moderna nos repite un mantra silencioso: «Circula, compra, sigue. No te detengas a charlar».

El consumo como acto solitario, rodeados de multitudes, pero aislados. Foto: Th2city Santana – @th2city / pexels.com

Dos caras de la misma moneda: género y soledad

Esta destrucción del tejido social no nos golpea a todos por igual. La epidemia de soledad tiene dos caras, y ambas son mortales. Primero, hablemos de los hombres. Los datos. que son fríos y devastadores, dan cuenta de que en la mayoría de los países occidentales, las tasas de suicidio consumado en hombres son hasta 4 veces más altas que en las mujeres. Según la OMS, más de 400.000 hombres mueren por suicidio cada año en el mundo.

¿Por qué? Porque al hombre se le enseñó que la autonomía es virtud y la vulnerabilidad es pecado. Se le prohibió construir redes de intimidad emocional con otros hombres. El «lobo solitario» no es un héroe; es un hombre que cayó al vacío porque se le enseñó a no pedir la mano. Su soledad es aislamiento físico. Es el silencio que mata.

«Las tasas de suicidio en hombres son hasta 4 veces más altas que en mujeres»

— Organización Mundial de la Salud, datos globales de suicidio

Las mujeres no mueren tanto por aislamiento físico; mueren, metafórica y clínicamente, por sobrecarga. Mientras el hombre se aísla, la mujer sigue siendo el nodo central de la red de cuidados. Pero esa red ya no es recíproca. Es unidireccional. Las tasas de depresión, ansiedad y burnout en mujeres se disparan no porque estén solas, sino porque están «solas acompañadas». Rodeadas de hijos, parejas y padres ancianos que demandan, pero sin tener ellas mismas un «Ayllu» que las sostenga.

El sistema les dijo: «Puedes con todo». Y ellas, a fuerza de caídas, golpes y desengaños, creyeron que «poder con todo» significaba hacerlo sin ayuda. Ambos géneros son víctimas de la misma mentira: que el cuidado no es una responsabilidad colectiva. El hombre muere por no pedir ayuda; la mujer colapsa por no poder soltar la carga.

Sobrecarga femenina: solas acompañadas, rodeadas de demandas sin red de apoyo. El consumo como acto solitario, rodeados de multitudes, pero aislados. Foto de Ron Lach / pexels.com

El respeto irrestricto como indiferencia

Aquí llegamos al punto más incómodo. A menudo escuchamos frases como: «Yo respeto irrestrictamente el proyecto de vida del prójimo». Suena noble, ¿verdad? Suena a libertad. Pero en una sociedad de individuos aislados, esa frase esconde una trampa peligrosa. Cuando el «respeto» se convierte en la excusa para no intervenir, para no preguntar, para no tender la mano, deja de ser respeto y se convierte en indiferencia.

Si veo a mi vecino caer en la adicción y digo «respeto su proyecto de vida, consume porque quiere»… Si veo a una familia en apuros económicos y digo «son pobres porque quieren»… no soy libre; soy cómplice de su destrucción. El individualismo salvaje nos vende la idea de que la libertad es no deberle nada a nadie. Pero la verdadera libertad, la que propone el Ayni andino, es saber que mi bienestar está profunda y directamente conectado con el tuyo.

«La verdadera libertad es saber que mi bienestar está conectado con el tuyo»

— Principio del Ayni, cosmovisión andina

En la cosmovisión andina, no existe el «proyecto de vida individual». Existe el bienestar del Ayllu, la red comunitaria. Si uno cae, la red entera se debilita. Si uno cae, la red entera puede colapsar. Atención: cuando se habla de reciprocidad, no se está hablando de caridad. Reciprocidad es entender que hoy yo te sostengo a ti, porque sé que mañana, cuando mis fuerzas fallen, tú me sostendrás a mí. O, en el mejor de los casos: mientras yo te sostengo, tú me sostienes a mí.

Reconstruir el tejido: la reciprocidad como antídoto contra la epidemia de soledad. Foto de Evilin Silva – @vervii.foto / pexels.com

Reconstruyendo la red

Volvamos una última vez con ella. Son las 23:30. La opresión en el pecho sigue ahí, ha logrado dormir, mañana despertará con las molestias de siempre; como si no hubiera descansado. Ahora, tu que lees esto ahora sabes que esa opresión no es un defecto tuyo. Sabes que ese silencio no es paz, es ausencia de red. Saber es el primer paso. Tomar conciencia de que la epidemia de soledad no es producto de un fallo personal, sino de una comunidad que ha cambiado las plazas por los shoppings, y la reciprocidad por la competencia.

La solución no es bajar otra app de meditación, ni comprar otro curso de «empoderamiento», ni forzar el cuerpo en el gimnasio hasta que no dé mas. La solución es atreverse a romper el hielo. Es tocar esa puerta. Es enviar ese mensaje o hacer esa llamada. Es decirle a una amiga o a un amigo: «No puedo sola. No puedo solo. Necesito ayuda». Es recuperar los terceros espacios, aunque sea creando uno nuevo en la vereda de casa.

Reconocer esto es el primer paso para dejar de sentirnos víctimas y empezar a sentirnos constructores. Pero… ¿es posible hacer esto dentro del sistema económico actual? ¿O el mercado está diseñado precisamente para explotarnos mientras estamos solos y vulnerables? ¿Existe una economía que premie la cooperación en lugar de la competencia? De eso hablaremos en el próximo artículo de esta serie que tiene por título Interdependientes e intenta demostrar la necesidad imperiosa del «otro», lo determinante de tener «registro del otro» y que «Nadie Se Salva Solo».

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