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Yanis Varoufakis lo llamó «tecnofeudalismo». Peter Thiel lo está construyendo. Y Argentina, bajo el gobierno de Milei, se convirtió en el laboratorio perfecto.
Mientras el capitalismo tradicional muere asfixiado, una nueva forma de poder emerge: ya no competimos en mercados, habitamos feudos digitales. Esta es la crónica de cómo un economista griego diagnosticó el fenómeno, cómo un magnate de Silicon Valley lo está ejecutando, y por qué Argentina es el lugar elegido para comenzar a instalar lo que vendría después de la democracia.
En 2017, Peter Thiel financió una ciudad llamada Próspera en Honduras. Tenía sus propias leyes, su propio sistema judicial, su propio sistema impositivo. Era, básicamente, un país dentro de otro país. Cuando tomó el poder el gobierno de Xiomara Castro Sarmiento, miró aquello y dijo «no sé si esto es bueno para nuestro país» y dio por terminado el experimento. Thiel los golpeó con una demanda de diez mil millones de dólares.
«Peter Thiel no se muda a Argentina porque teme el rumbo de Estados Unidos. Eso es lo que te quieren hacer creer, y es exactamente al revés.»
Diez mil millones. La cifra no es un error tipográfico. Es, más o menos, lo que le importa a un hombre como Thiel un país entero, con su gente incluida. Honduras aprendió esa lección de la manera difícil: los hombres como Thiel no tienen un hogar, no tienen nacionalidad, coleccionan jurisdicciones. Coleccionan mansiones, pasaportes, territorios donde las reglas de ninguna nación tengan que aplicárseles a ellos.

Hace un par de semanas visité a un ex profesor, un filósofo y teólogo consumado con una sensibilidad y una capacidad de análisis que en aquellos años en la católica me impulsaron a completar la carrera y que el tiempo ha contribuido a mejorar como si se tratara de los mejores vinos. Entre una charla y otra, me nombró a alguien que yo había escuchado nombrar de pasada cuando la crisis griega de 2015.
El punto es que mi querido profesor había leído un par de artículos míos sobre este, para mí, siniestro personaje: Peter Thiel. Y en consonancia con eso, me recomendó leer el libro de Yanis Varoufakis, Tecnofeudalismo: El sigiloso sucesor del capitalismo —me gusta más el nombre en inglés: Tecnofeudalism: What Killed Capitalism—. El economista griego —el mismo que, como Ministro de Economía en Grecia, enfrentó a la troika europea y se negó a los ajustes salvajes— lanzó en 2023 un concepto revelador: ya no vivimos en el capitalismo.
Lo que tenemos es otra cosa. Algo que mutó mientras hacías scroll en tus pantallas, mientras subías fotos de tus vacaciones, mientras stalkeabas a la chica que te dijo que no, o a tu ex con su nueva novia, mientras consumías o trabajabas, mientras creías que seguías siendo cliente. Y sin solución de continuidad, sin estación intermedia, sin relevo a la vista, te convertiste en la mercancía. Esto lo dije en la charla. Mi profesor cerró los ojos como si un sonido fuerte hubiera sobrevenido, se quedó con los ojos cerrados, moviendo la cabeza levemente haciendo un suave movimiento de «si», como si algo contundente hubiera ocurrido. Luego de unos segundos de silencio, tomó su lapicera, su carpeta, y dijo: «Tengo que anotar esto«, y anotó: «Cuando las redes y las apps nos dicen que es gratis, en realidad lo que sucede es que nosotros somos la mercancía«.
Varoufakis dice que las empresas tradicionales competían por vender productos. Eso era el capitalismo, eso es el capitalismo. Pero ahora plataformas como Google, Apple, Amazon y Meta no compiten por venderte cosas. Compiten por capturar tu atención y controlar el territorio donde vives hoy online. Para Varoufakis, estas compañías funcionan como señores feudales digitales. Porque el verdadero negocio ya no es venderte cosas, es controlar el espacio donde todo ocurre: la información, la visibilidad, la tensión permanente de saber que ya no eres solo el cliente.
«Ya no somos clientes. Somos siervos. Siervos, no ciervos. Aunque la diferencia, al señor feudal digital, le importa poco: del ciervo se alimenta cazándolo; del siervo, consumiéndolo. En ambos casos, el resultado es el mismo: alguien muere para que otro viva. Solo que ahora morimos un poco cada vez que scrolleamos.»
Eres parte del recurso que alimenta este sistema. Y ahí está lo más inquietante: el tecnopoder no necesita prohibirte nada. Le alcanza con decidir qué ves y qué desaparece ante tus ojos. Porque quien controla el algoritmo comienza a controlar la percepción del mundo. Y quien controla la percepción del mundo, comienza a controlar el mundo.

Thiel lleva años diciendo que cree que la democracia es ineficiente, que el país debería manejarse como una empresa, por élites tecnológicas. Pero en Estados Unidos no puede hacerlo. Por lo pronto, y aunque ese peligro que tienen de presidente —Donald Trump— se esté empeñando en romperlas, las instituciones de los Estados Unidos resisten, por lo pronto le ponen freno. Las empresas de Thiel viven básicamente de contratos con el gobierno, es decir, del Estado, esa entidad que tanto detestan estos especímenes autopercibidos como libertarios. El hombre está ganando. Thiel está con todas las cartas ganadoras en la mano. No huyes de un país cuando tienes todas las cartas en la mano.
Y no me vengan con que es por los impuestos de California. En los Estados Unidos, si no quieres pagar los impuestos de California, te mudas a Florida. Te mudas a Texas. No desarraigas a toda tu familia y no andas buscando un tercer pasaporte. Esta excusa es tan ingenua y pueril como decir que encontré mis ahorros en bitcoins en un pendrive que pensaba que había perdido, ¿no?.

«Milei está desmantelando el Estado a propósito. Y Thiel, que cree que la democracia es ineficiente, encuentra en Argentina el terreno perfecto para construir lo que viene después.»
La pregunta real, la primera que me viene a la cabeza —y seguro que no es la mejor, pero es la que ahora tengo—, es: ¿qué le ofrece Argentina que Estados Unidos no? O al menos, todavía no. Para mí la cuestión viene por aquí: el presidente Milei está desmantelando el Estado argentino a propósito. Está vaciando organismos, regulaciones. Está achicando el Estado día tras día. O sea que, de buenas a primeras, aquí en el Sur continental Milei, el presidente de Argentina… el presidente (el mero mero) ya le está allanando el terreno.
Así que no, no está huyendo de Estados Unidos. Está construyendo lo que viene después de la democracia, y lo está construyendo en el lugar donde la democracia está siendo seriamente demolida y su principal institución soporte, el Estado, está siendo vaciado para luego desmoronarlo. Y se está haciendo ciudadano para que nadie pueda tocarlo.

«Está construyendo lo que viene después de la democracia en el lugar donde ya se está desmoronando. Y se está haciendo ciudadano para que nadie pueda tocarlo.»
Esa es la verdadera historia. La historia que no te van a contar. Esta, creo, es la historia que falta en muchos medios de comunicación. Porque mientras Varoufakis pone las palabras —tecnofeudalismo, siervos de la nube, control algorítmico— tratando de que, por medio del conocimiento, accedas a un ejercicio de una ciudadanía consciente, Thiel pone manos a la obra y hace: ciudades privadas, demandas millonarias, ciudadanía estratégica.
Y nosotros, tú y yo, en el medio, scrolleando. Alimentando al señor feudal digital. Siervos, no ciervos. Aunque, pensándolo bien, la distinción es semántica: ambos terminan en el mismo plato. Solo que el ciervo muere una vez. El siervo muere todos los días, un poco, cada vez que alguien decide qué ves y qué desaparece ante tus ojos.
Borges escribió sobre laberintos y espejos. Galeano sobre los de arriba y los de abajo. Si vivieran hoy, probablemente escribirían sobre esto: un laberinto de algoritmos donde los espejos nos reflejan como datos, donde los de arriba coleccionan países mientras los de abajo scrolleamos hacia nuestro propio desvanecimiento. El tecnofeudalismo es el fin del capitalismo y no es algo superador. Es algo peor: es el capitalismo que se creyó sus propios cuentos de hadas, bebió las pócimas de sus druidas y se convirtió en el dragón que ahora acosa e intenta devorar el reino, para sentarse en el trono del señor feudal.






