La Biblia y el Dron: cuando lo sagrado se convierte en arma de guerra

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Silvana Rabinovich es licenciada en Filosofía por la Universidad Nacional de Rosario, Argentina, Maestra en Filosofía por la Facultad de Humanidades de la Universidad Hebrea de Jerusalén y Doctora en Filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Foto: Radio Universidad (UNT)

⏱️ Tiempo de lectura: 6 – 8 minutos

Silvana Rabinovich desentraña quince años de profecía cumplida de su libro «La Biblia y el Dron»: la instrumentalización de la Biblia hebrea para justificar sus acciones en la Franja de Gaza. Y, entre otras expresiones, nos deja una pregunta que conmueve: ¿Cuántas veces se puede matar a Dios?

En 2010, mientras Israel bombardeaba Gaza tras la Operación Plomo Fundido, la doctora en Filosofía argentina radicada en México comenzó a escribir un libro que hoy parece escrito ayer. Desde Libertad de Expresión en Radio Del Plata, conversamos con Silvana Rabinovich sobre cómo el sionismo judío y cristiano convirtió las escrituras sagradas en manuales militares, y por qué el tanque Merkava lleva el nombre de la visión de Dios como carro de fuego.

Escribo estas líneas mientras recuerdo a Borja preguntándole a la doctora Silvana Rabinovich sobre si el título de su obra guarda relación con ese viejo tango titulado «cambalache» que ponia de relieve la vieja costumbre argentina de poner la Biblia junto al calefón, como si lo sagrado y lo cotidiano pudieran compartir el mismo espacio sin contaminarse. Pero Silvana Rabinovich, que estuvo de visita en Tucumán presentando su libro La Biblia y el Dron y dio una conferencia titulada «Ética y Academia en Tiempos de Genocidio», nos cuenta que en Israel la Biblia ya no está junto al calefón: está dentro del tanque Merkava o en los drones que surcan los cielos; se la instrumentaliza para justificar las bombas sobre Gaza. Ante tanta literalidad que describe tanta blasfemia, la sensibilidad queda expuesta.

La escucho con atención desde el estudio de Libertad de Expresión, el programa que conduce Graciela Núñez en Radio Del Plata junto a Borja Michaelsen y quien escribe estas líneas. Son las 16:04 del lunes 6 de julio de 2024, trece grados en el Jardín de la República Argentina, y tengo la sensación de estar presenciando una de esas conversaciones que, como los buenos vinos o las malas decisiones, mejoran con el tiempo.

El problema es cuando con la secularización se pasa a ser parte de una religión civil, de una religión política que sirve al Estado, y ese Estado es el gran ídolo al que la religión quiso por todas las formas destruir.

— Silvana Rabinovich, filósofa y escritora

Rabinovich comenzó a escribir La Biblia y el Dron en 2010, tras la Operación Plomo Fundido desatada por el ejército israelí sobre la Franja de Gaza entre 2008 y 2009. Desde México, observaba con esa mezcla de horror académico y dolor personal cómo las escrituras sagradas eran instrumentalizadas para justificar el discurso militarista y colonial. Lo que entonces parecía una reflexión más entre tantas, hoy se lee como una radiografía precisa de nuestro tiempo, donde la teología política se ha vuelto un arma tan letal como los drones que dan título al libro.

—Este es un libro en el que yo antepongo un voto de obsolescencia —dice Silvana con una voz cálida—. Ruego que llegue el día en que parezca una ocurrencia mía, una exageración sin asidero en la realidad —remata la doctora Rabinovich.

Pero la gravedad de la situación actual, con casi tres años de genocidio abierto y descarado del pueblo palestino, le han encontrado eco. El uso cínico del argumento teológico-político colonialista, visible desde la Casa Blanca con la oficina de fe de Donald Trump, pasando por Jair Bolsonaro y su compromiso con los evangélicos pentecostales y la teología de la prosperidad, convirtió al libro en una herramienta de lectura urgente. Lo que antes era difícil de entender para muchos, hoy resulta familiar y cercano.

Israel allanó el camino para sus fuerzas terrestres con ataques aéreos a gran escala y demoliciones de bloques de apartamentos en la Franja de Gaza. Foto: Reuter

 

La conversación se desarrolla como un ejercicio de arqueología teológica. Ella lo explica con la claridad propia de una investigadora con años de experiencia y un compromiso irrenunciable con la Ética Aplicada. Nos ilustra: el sionismo judío europeo de fines del siglo XIX, aquel que Theodor Herzl plasmó en su libro Der Judenstaat (El Estado Judío) en 1896, se montó sobre un sionismo cristiano preexistente nacido en Gran Bretaña y exportado luego a Estados Unidos. Desde allí llegó a Latinoamérica, muchas veces de la mano de intereses geopolíticos complejos y de la CIA, como ella misma recuerda.

—La idea misma de un «Estado Judío» es un oxímoron —nos dice—, una contradicción entre los términos. Y es en esa tensión donde comienza a gestarse el problema.

Para entender la magnitud de esta contradicción, hay que remitirse a la tradición profética hebrea. Cuando los ancianos de Israel van con el profeta Samuel a pedirle un rey «como todos los pueblos», Samuel les advierte con desesperación: «Ustedes tienen la suerte de no tener un rey porque tienen a Dios, y eso asegura la igualdad entre todos ante Él». Pero los ancianos insisten. Quieren un rey visible, tangible, como los demás pueblos. Y entonces surgen Saúl, David, Salomón… y otros. La monarquía humana como traición a la soberanía divina.

¿Cuántas veces se puede matar a Dios? No por quienes destruyen los tanques, sino por quienes los crean para la destrucción.

— Silvana Rabinovich, reflexionando sobre los tanques Merkava

Rabinovich no habla desde la abstracción académica. Su análisis se nutre de ejemplos concretos que golpean por su potencia simbólica. Nos cuenta que la industria armamentística israelí fabrica un tanque llamado Merkava. Y aquí viene el golpe teológico: Merkava es el nombre con el cual los cabalistas designan la visión del profeta Ezequiel en el primer capítulo de su libro. En esa visión ominosa y trascendente, Dios se manifiesta como un carro de fuego, una merkava celestial.

Tanques Merkava IV de Israel en la Franja de Gaza. Foto: EFE/Abir Sultan

Cuando uno lee en los partes de guerra que Hezbollah ha dañado o destruido tanques Merkava, las resonancias teológicas son brutales. La pregunta que ella se hace y nos comparte, con una mezcla de lucidez y dolor, es contundente: «¿Cuántas veces se puede matar a Dios?».

Esa pregunta no es retórica. La autora la responde trayendo al encuentro al poeta palestino Mahmoud Darwish, cuyo poema El discurso del indio el penúltimo ante el hombre blanco —traducido por un equipo plurilingüe de la Universidad Nacional Autónoma de México que incluyó lenguas originarias argentinas como el kolla y el quechua— contiene versos que funcionan como una denuncia atemporal:

Para ustedes su creador y para nosotros el nuestro.
Para ustedes su fe y para nosotros la nuestra.
Entonces no entierren a Dios en libros
que, como ustedes pretenden, les han prometido una tierra sobre nuestra tierra,
y no hagan de su creador un chambelán de la corte del rey.

Rabinovich toma esas palabras y las aplica a la realidad contemporánea: quienes matan a Dios no son quienes destruyen los tanques, sino quienes los crean para la destrucción. Disputarle a Dios la soberanía, explica, es una forma de matarlo, porque en la tradición judía ese término únicamente puede atribuirse a la divinidad, que es Ribón Olam, el soberano del mundo.

“La Biblia y el dron”: cuando el desvío de la lengua forma parte del conflicto

 

El libro, prologado por el filósofo argentino-mexicano Enrique Dussel —maestro de Rabinovich y figura central del pensamiento decolonial latinoamericano—, fue publicado por primera vez en 2012 y actualizado en 2019, con una edición definitiva en 2020. Pero lo inquietante es su vigencia. En 2010, cuando Rabinovich comenzó a escribirlo, el dron era una figura novedosa, casi futurista. El director de Siglo XXI Editores en México le preguntó en aquel entonces: «¿Pero quién va a saber lo que es un dron?».

Hoy, quince años después, los drones se venden en supermercados y cualquiera puede pilotear uno. Los videos de ataques y destrucción protagonizan las redes sociales. Gobiernos como el iraní utilizan drones acuáticos y aéreos para tomar el control del estrecho de Ormuz y doblarle el brazo a Estados Unidos. Lo que antes era ciencia ficción, hoy es rutina bélica.

—Me acuerdo que el director en aquel momento me dijo: «¿Pero quién va a saber lo que es un dron?» —ríe Rabinovich cuando rememora aquel hecho—. Y fíjense cómo ahora todo el mundo sabe lo que es un dron.

Amar al prójimo como a ti mismo no es un imperativo de sentimiento afectivo, sino querer que el otro tenga todo lo que yo también quiero para mí. Y eso lo cambia todo.

— Silvana Rabinovich, sobre el mandamiento del Levítico

Rabinovich profundiza en un punto que resulta central para comprender la trama completa: la secularización del hebreo. Ella aprendió la lengua con amor, de la mano de su abuelo, y considera que hubo un error grave al querer volverla secular —es decir, no religiosa—, cuando proviene de un ámbito estrictamente sagrado. Lo que ocurre, explica con la precisión de quien ha estudiado los debates de los años veinte del siglo pasado, es que retorna de manera violenta lo sagrado reprimido.

Esta idea se conecta con una intuición que Borges hubiera celebrado: cuando se intenta sepultar lo sagrado bajo el cemento de la secularización, lo sagrado no muere; resucita como fantasma, como pesadilla, como tanque Merkava. Es el retorno de lo reprimido, pero en versión militarizada.

La autora también recuerda que el mandamiento «amarás a tu prójimo como a ti mismo», que se encuentra en el Levítico (19:18), no implica un imperativo de sentimiento afectivo, sino una disposición ética concreta. Amar al prójimo es querer que el otro tenga todo lo que yo también quiero para mí. Y eso, dice, lo cambia todo. El problema sobreviene cuando esa enseñanza se convierte en parte de una religión civil, de una religión política al servicio del Estado.

—Ese Estado es el gran ídolo al que la religión quiso por todas las formas destruir —me dice, y en su voz escucho ecos de Walter Benjamin, de Franz Rosenzweig, de toda esa tradición judía que rechazó la idolatría del poder terrenal.

Rabinovich menciona el trabajo del artista argentino León Ferrari, que expuso con crudeza la complicidad de la Iglesia con la dictadura militar en Argentina, como ejemplo de que estos fenómenos no son ajenos a nuestra historia. Las cruzadas, la conquista de América con la Biblia en una mano y la espada en la otra, los discursos militaristas contemporáneos: todos beben de la misma fuente.

Formación de una gran cantidad de tanques Merkava IV israelíes en el sur de Israel. Foto: Reuter

 

Hay algo de Galeano en la forma en que Rabinovich cuenta esta historia. Como si cada tanque Merkava destruido fuera una pequeña venganza de la poesía contra la prosa del poder. Como si Darwish, desde su tumba, siguiera escribiendo versos que se clavan como drones en la carne del ocupante.

—Hoy están queriendo destruir las mezquitas para reconstruir el templo de Salomón —afirma con un tono entre reflexivo y asombrado.

Y uno piensa en Saúl, que no quiso entregar el reinado a David; en David, asesinando a un general para acostarse con su mujer; en Salomón, a quien se le atribuye sabiduría pero que fue el peor rey que tuvo Israel. Para cerrar esta lista, basta nombrar a Herodes Antipas para ver cómo la corona separó al pueblo de su fe y de Dios. La historia bíblica como advertencia: cuando el pueblo exige un rey como todos los pueblos, termina con reyes cuyo destino parece ser traicionar a su pueblo.

Yo antepongo un voto de obsolescencia: ruego que este libro pase a ser algo pasado y que parezca una ocurrencia mía. Lamentablemente, no es así.

— Silvana Rabinovich, sobre la vigencia trágica de su libro

Mientras despedimos a Silvana y pienso en esta conversación, me doy cuenta de que Rabinovich tiene razón en algo: este no es un libro del año ni del año pasado. Es un libro que fue concebido hace quince años, publicado en 2013, actualizado en 2019 y reeditado en 2020. Y, sin embargo, parece escrito ayer. O peor: parece escrito mañana, como una profecía que se cumple en tiempo real.

Silvana Rabinovich es investigadora del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM y miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Su línea de investigación es Ética aplicada desde una perspectiva interdisciplinaria. Foto: UNAM

 

Y mientras alguien siga convirtiendo a Dios en chambelán de la corte del rey, habrá quienes, como Silvana Rabinovich, se encarguen de recordarlo. Con la paciencia de quien enseña Biblia hebrea. Con el dolor de quien ve profanado lo que aprendió con amor de manos de su abuelo. Con la lucidez de quien sabe que, a veces, los libros nacen de urgencias que incomodan y terminan volviéndose proféticos.

Y uno, desde el estudio de Radio Del Plata, solo puede esperar que llegue ese día que Rabinovich anhela: el día en que La Biblia y el Dron parezca una ocurrencia, una exageración sin asidero en la realidad. Pero mientras tanto, mientras los tanques Merkava sigan llevando el nombre de Dios y los drones surquen los cielos de Gaza, este libro será necesario. Como un recordatorio, como una advertencia, como un acto de resistencia; como una voz que clama en el desierto y que te hace mirar, aunque te incomode, hacia lugares como la Franja de Gaza, donde lo enunciado se materializa en un genocidio absurdo, obsceno y negado, sobre todo negado, con el intento de invisibilizarlo.

Al final, la pregunta de Rabinovich resuena como un eco que no termina de apagarse: ¿cuántas veces se puede matar a Dios? La respuesta, triste y lúcida, es que seguimos matándolo. Cada vez que convertimos lo sagrado en arma. Cada vez que hacemos de Dios un chambelán de la corte del rey. Cada vez que olvidamos que, como dice Darwish, no deberíamos enterrar a Dios en libros que prometen tierras ajenas.

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