La Historia No Se Repite… Pero Rima (Parte 2): Ormuz, el Suez del siglo XXI y la factura que llega a la Argentina

0
54

Hace setenta años, una operación militar mal calculada en Egipto reescribió las reglas del poder global. Hoy, el mismo guion se despliega en el Golfo Pérsico, pero con un final que ya no se dicta desde Washington.

Por alguna razón tengo la costumbre de conectar conductas, miradas, expresiones y hechos. Tengo la firme creencia de que nada viene de la nada y todo tiene razones que, o se ocultan, o se desconocen. Lo que acabo de decir, sumado a la idea de que la historia no se repite pero muchas veces rima, me sirve de marco para compartirles mi lectura de este momento: la crisis de Ormuz no es un conflicto aislado, sino una bisagra que está reconfigurando quién controla la energía, qué moneda financia el comercio y cómo deben moverse las potencias medias. Mientras el dólar se sostiene por inercia y no por confianza, China avanza contrato a contrato. En Argentina, la factura ya llega en combustibles y presión inflacionaria. La pregunta ya no es si estamos lejos del fuego, sino cómo actuamos cuando el mundo cambia de marcha.

Todo arrancó con un golpe de audacia y terminó con una liquidación contable. En noviembre de 1956, Gamal Abdel Nasser —sé que algunos colegas me van a matar por esta comparación, pero no puedo dejar de hacerla; echar leña al fuego muchas veces se me da muy bien, aquí va: Nasser, una especie de «Perón» egipcio— nacionalizó el canal de Suez y Londres, junto a París e Israel, respondió con una operación relámpago que en el terreno avanzó con precisión quirúrgica.

Pero nunca contaron con la astucia de Nasser, que hizo exactamente lo que había que hacer para taponear el objetivo por el que iban ingleses, franceses e israelíes: hundió unos barcos en el canal, que en sus tramos más angostos tiene entre doscientos y trescientos metros, y dijo: «aquí no pasa nadie… mierdas!!!». (El agregado del insulto es mío; pero me juego que algo de eso hubo). Con eso frenó el flujo del petróleo en todo el mundo y provocó que, en los mercados, la libra esterlina cayera estrepitosamente.

La guerra del canal de Suez, el orgullo que cegó a franceses y británicos. © Reuters

 

Washington no solo se negó a tapar la maniobra: le cerró el grifo financiero a Inglaterra. El presidente de Estados Unidos, Dwight D. Eisenhower, vio la oportunidad y no dudó en soltar el salvavidas de plomo a los británicos para tomar la acción que consolidaría la hegemonía del país norte-americano. Sin respaldo, la divisa británica se desplomó, Anthony Eden cayó y el Imperio entendió, tarde, que el poder ya no se medía en buques de guerra, sino en quién garantizaba la liquidez. El dólar heredó la corona. Suez no fue una derrota militar. Fue el momento exacto en que la historia cambió de dueño sin disparar un solo tiro.

“En el siglo XX, la libra colapsó no por falta de tanques, sino por falta de respaldo. Hoy, la pregunta es simple: ¿qué sostiene al dólar si ya no garantiza las rutas de la energía?”

Cuando me preguntan en qué pienso y la respuesta es el silencio, estas son las cosas que dan vueltas por mi cabeza. Por ejemplo, tomar conciencia de que en 1956, mientras el Imperio Británico se despedazaba por consecuencia de lo que sucedía en Suez, un pibe de diez años llamado Donald Trump probablemente estaba haciendo de las suyas en el patio de una escuela de Queens: ocultando útiles a algunos compañeros, pegando chicles masticados bajo los pupitres, fumando a escondidas en el baño. Si sus maestros mencionaron la crisis que estaba reconfigurando el mundo, le entró por una oreja y le salió por la otra (hoy parece que esa actitud mucho no ha cambiado). Setenta años después, ese mismo pibe —ahora con el código nuclear en la mano— vuelve a jugar con fuego en Ormuz. Y esta vez, las consecuencias no le rebotan: nos golpean de lleno.

Setenta años después, ese mismo mecanismo se repite en el estrecho de Ormuz, pero con un protagonista distinto en la butaca de atrás. Como bien recuerda Federico Fubini en un extenso reportaje en El Grand Continent, la analogía con Suez no es poética, es estructural. Casi el treinta y ocho por ciento del petróleo marítimo mundial pasa por Ormuz. Para que tomes mayor dimensión, salgas del frío número y a riesgo de que me reclames redundancia o repetición, voy con esta expresión: un poco menos que la mitad del petróleo del mundo, un tercio de los fertilizantes (para producir alimentos) y una quinta parte del aluminio bruto pasan por ese corredor.

Daños sufridos por el petrolero Al-Salmi, con pabellón kuwaití, tras un ataque iraní el 31 de marzo de 2026. © AP/SIPAs

 

Si Estados Unidos no logra reabrirlo, o si su opinión pública rechaza el costo humano, la fe en la divisa verde empieza a resquebrajarse. No se trata de quién gana una batalla, sino de quién sigue siendo el garante del flujo. Vamos de nuevo con una vulgaridad bien argentina para que la dimensión real de lo que sucede en el dichoso estrecho quede clara (académicos recalcitrantes, pasen al siguiente punto y seguido): la cosa es quién pone los garbanzos, los tejos, los porotos, la moneda, el efectivo… quién pone la plata para que el flujo continúe. Y ahí es donde entra la jugada silenciosa (bien silenciosa) de Pekín.

“China no quiere derrocar al dólar. Quiere que el mundo pague en su moneda, contrato a contrato, hasta que salir del dólar cueste menos que quedarse.”

China no busca un enfrentamiento frontal. Su estrategia es otra: cultivar una imagen de estabilidad racional mientras, en los hechos, mantiene la palanca. Varios informes coinciden en que Beijing facilita a Teherán su sistema de navegación BeiDou y herramientas de reconocimiento con las cuales bombardear, hundir y atacar con precisión quirúrgica, aunque mantiene una neutralidad formal impecable. Es el mismo esquema que observé en Ucrania desde 2022: suministrar lo decisivo sin firmar el acta.

Al mismo tiempo, acumula reservas estratégicas que le permiten actuar como proveedor de último recurso y presiona, con paciencia, para que los contratos petroleros del Golfo se facturen en yuanes. Y ahí está la cuestión: pasamos de dólares a yuanes como moneda de cambio. No me digas que si llegaste a este punto de la crónica el círculo se estaría cerrando, ¿no? O ¿sí? No busca desplazar al dólar de un día para el otro, claro que no, pero… pero… pero… lo erosiona, acuerdo a acuerdo, como hace quien desgasta una piedra con agua constante. Si quieren ejemplos de la tan famosa «paciencia china», están servidos.

Buques mercantes y petroleros en el Golfo Pérsico, cerca del estrecho de Ormuz. © Reuters

“Suez no fue un fracaso militar. Fue una prueba de liquidez. Ormuz es lo mismo, pero con yuanes en juego y fronteras más difusas.”

El problema, claro, es que el dólar no se cae porque sí. Como bien apunta Rafael Ramos en La Vanguardia, la divisa estadounidense se mantiene fuerte por inercia, no por confianza. No hay alternativa líquida y convertible que la reemplace hoy. El yuan no es libre, el euro carece de respaldo militar unificado y el oro sirve como refugio, no como medio de pago diario. Por eso, el costo de abandonar el dólar sigue siendo alto.

Pero ese costo no es fijo. Baja con cada swap bilateral (swap, palabrita que te tiene que estar sonando junto con el nombre de nuestro país y el de China), con cada reserva central diversificada, con cada país que decide no mirar más hacia Washington para cerrar un contrato. Y mientras Trump juega al all-in (jugada del póker, muy arriesgada) geopolítico, confiando en que su dominio sobre los mercados absorberá cualquier retroceso, la realidad le recuerda una vieja lección: los imperios decadentes cambian dominio a corto plazo por legitimidad a largo plazo.

Entonces llegamos a este punto y no me digas que, después de lo que vengo enumerando, el relato histórico no se vuelve espejo. En 1956, el Reino Unido aceptó su subordinación a Estados Unidos y se convirtió en un socio leal pero secundario. Francia, en cambio, eligió el camino de De Gaulle: autonomía estratégica, integración europea y disuasión propia. Dos caminos, dos destinos. Hoy, las potencias medias enfrentan la misma encrucijada. ¿Se alinean por defecto o construyen margen? Mi criterio es que la respuesta no está en los discursos, sino en los balances, en las cadenas de suministro y en la capacidad de leer el tablero sin ilusiones, es decir con mucho realismo.

“La distancia geográfica no protege de la dependencia estructural. Cuando el mundo redefine sus flujos, la factura siempre llega primero a quienes tienen menos colchón.”

Se queman gases residuales en la refinería nº 2 del yacimiento de gas y condensados de South Pars, situado en el puerto de Asalouyeh, al norte del golfo Pérsico, en Irán. © Saeid Arabzadeh/MEI/SIPA

 

Y por casa, ¿cómo andamos? esta sería la pregunta que debería hacer que el mapa se reordene, donde el impacto toca suelo argentino. Los números de las últimas semanas no mienten. El petróleo superó los ciento dos dólares por barril, el gas natural licuado se disparó un cincuenta por ciento y el dólar rebotó hasta los mil cuatrocientos treinta y cinco pesos en el Banco Nación. El riesgo país rozó los seiscientos puntos, su techo en lo que va del año.

Un reporte de Citi fue claro: economías con bajas reservas de divisas, como la nuestra, enfrentan mayores riesgos de fuga de capitales. Mientras tanto, el noventa por ciento del transporte local depende del camión y el ochenta y cuatro por ciento de la matriz energética tira de combustibles fósiles. La Ley Bases y el RIGI cambiaron las reglas del juego, priorizando la exportación sobre el autoabastecimiento, y las respuestas oficiales entre el “orden macroeconómico” y el “no habrá cimbronazos” chocan contra una realidad que no perdona: si el barril se mantiene alto, la inflación importada se filtra por todos los poros de la economía.

Pero la cuenta no es solo económica. Como advierte Marcelo Biasatti en sus análisis para Cadena 3, hay que dejar de lado el “pensamiento mágico” de creer que lo que pasa en el Golfo nos roza de lejos o, peor, que ni nos toca. Las fronteras argentinas son escandalosamente porosas, y no me lo contaron, he podido entrar y salir del país en varios puntos sin que nadie se diera cuenta, y perdón por lo auto referencial. Entonces es dable pensar que los elementos duales circulan sin filtros claros y tecnologías accesibles como los drones llegan por paquetes con fines que poco tienen que ver con el uso civil.

Manipulación de contenedores en el puerto comercial de Vladivostok. © Yuri Smityuk

 

Una visión adulta de la política exterior no implica tomar partido, creo firmemente y me hago cargo que no es tiempo de expresiones obsecuentes como tomar el slogan o las siglas del movimiento interno republicano de Trump M.A.G.A (Make America Great Again) e importarlo a nuestra realidad M.A.G.A (Make Argentina Great Again), no es tiempo de expresiones de, reitero; tal vergonzante obsecuencia, sino asumir que toda postura tiene consecuencias operativas. Antes de cerrar, recuerdo esa premisa fundamental: reforzar controles, coordinar logística, blindar cadenas críticas y alinear discursos con capacidades reales. No es paranoia. Es madurez estratégica. Con dos antecedentes de haber sido blanco del terrorismo internacional, nuestra actitud debería ser exactamente esa.

Suez le enseñó al mundo que quien no garantiza rutas, pierde moneda y, con ella, hegemonía. Ormuz podría enseñarnos a nosotros que quien no asume consecuencias, pierde margen. La historia no se repite, pero rima con una precisión que ya no podemos ignorar. Hace unas semanas se me ocurrió que el estrecho de Ormuz, con los papeles cambiados, se parecía mucho a la épica historia de las Termópilas, de los 300 espartanos; y ahora, revisando la historia más reciente, me doy cuenta de que la rima resuena fuerte con lo que sucedió en Suez.

La pregunta no es si estamos lejos del conflicto. La pregunta es: ¿estamos listos para leer el tablero con los pies en la tierra, o seguimos apostando a que el viento de afuera no nos mueve el techo?

📱 También puedes seguirme en:

▶️ YouTube: @PabloHGerez
📷 Instagram: @pablohgerez
🟢 Spotify: @Conectando
🐦 X (Twitter): @phgerez

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí