Maquiavelo no murió: cómo su idea de la libertad desnuda la farsa libertaria de Trump, Milei y Davos
Hace exactamente 515 años, 8 meses y 25 días, Nicolás Maquiavelo dejó de respirar en Florencia. Pero su espíritu no se fue. Está ahí, en cada intento de confundir la ética con la ideología, en cada discurso que llama “libertad” a la entrega del Estado a las corporaciones, y en cada farsa que se viste de verdad para evitar el conflicto real.
Hoy temprano, mientras aún resuenan las voces de Donald Trump amenazando con quedarse Groenlandia y de Javier Milei anunciando en Davos que “Maquiavelo ha muerto”, reabrí viejos apuntes de facultad, porque en medio del teatro global, alguien tenía que recordar lo que Maquiavelo dijo de verdad: que la libertad no está en manos de los poderosos, sino del pueblo. Y que el mayor peligro no es el tirano que abusa del poder, sino el sistema que nos convence de que renunciar a pensar es lo más práctico.
La verdadera lección de Maquiavelo y la libertad no ha muerto. Sí, su cuerpo murió el 21 de junio de 1527, cuando dejó de respirar en su casa de Florencia, pero fue a partir de esa fecha que el espíritu de su obra cobró características propias de la inmortalidad. Con lo que la afirmación del lunes 20 de enero de 2026, cuando Javier Milei anunció en Davos, ante la mirada atenta del establishment mundial —es decir, banqueros y CEOs—, que “Maquiavelo ha muerto”, roza el ridículo.
Lo dijo como quien entierra una molestia, como si con esa frase pudiera borrar quinientos años de pensamiento político, o sea: política, esa ciencia que tanto incomoda al señor presidente. Claro que el cuerpo de Maquiavelo está muerto, hace 515 años, pero mal que les pese, el pensamiento de Maquiavelo sigue vivo, quizás no en algunos discursos oficiales, pero sí en el sentido común de mucha gente que se hace preguntas buscando las conexiones y la lógica que expliquen el cierre de fábricas, la apertura indiscriminada a las exportaciones, el crecimiento de algunos bancos, el recorte a la educación universitaria y la virtual desaparición de la formación técnica secundaria. Y todo esto ocurre mientras el Estado, que debería regular, establecer y garantizar reglas claras e igualdad de oportunidades, tiene un “Ministerio de Desregulación”.
Mientras Milei hacía malabares disfrazados de jerga académica tratando de enterrar simbólicamente a Maquiavelo en los Alpes suizos, en Estados Unidos aún resonaban las consecuencias del asesinato del miércoles 7 de enero de Renee Nicole Good, madre de tres hijas, asesinada por un agente del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE). Al principio, la administración Trump la deshumanizó, tachándola y calificándola de “agitadora pagada” y parte de una “red radical de izquierda”, sin pruebas, solo con sospechas convenientes sembradas. El hecho revelador ocurrió días después, en una conferencia de prensa, cuando Donald Trump cambió el tono. No pudieron ocultar un dato: los padres de Renee, especialmente su padre, eran seguidores entusiastas de MAGA, la organización política de Trump, y también apoyaban su gobierno. “Era totalmente pro Trump. Amaba a Trump, y es terrible”, dijo el presidente estadounidense, y añadió, con una extraña mezcla de esperanza y desconexión: “Espero que el padre todavía se sienta de esa manera”.
“ERA TOTALMENTE PRO TRUMP. AMABA A TRUMP, Y ES TERRIBLE.”
— Donald Trump
La empatía de Trump no nace del hecho en sí —una mujer ciudadana estadounidense, residente legal, profesional universitaria y madre de tres hijas, muerta por un agente federal—, sino de la lealtad ideológica percibida. Su compasión es tribal, no universal. Y eso revela algo profundo: el presidente de Estados Unidos mide el acceso a la dignidad humana según si uno es o no adepto a él. Dicho de otra manera: la dignidad humana ya no es un derecho incondicional, sino una condición negociable según el bando al que pertenezcas. Si estás con ellos, eres víctima. Si estás contra ellos, eres amenaza. La verdad deja de importar; lo que cuenta es la narrativa que refuerza la cohesión del grupo.
Esta lógica es la misma que operó días después, el 17 de enero, en la Casa Blanca, cuando María Corina Machado —galardonada con el Premio Nobel de la Paz 2025 por su lucha por la democracia en Venezuela— le entregó a Trump su medalla como gesto de “reconocimiento a su trabajo”. Trump lo celebró en Truth Social: “Un gesto maravilloso de respeto mutuo”. Pero el Instituto del Nobel, con sede en Oslo, respondió al día siguiente con firmeza: “El premio es inseparable de la persona que lo recibe. Un galardonado no puede compartirlo ni transferirlo. El Premio Nobel de la Paz tampoco puede ser revocado… pero tampoco cedido”. Aunque la medalla física puede venderse o regalarse —como hizo el periodista ruso Dmitry Muratov, donando lo recaudado a niños ucranianos—, el honor, la historia y el significado permanecen ligados al ganador original. Lo que ocurrió en el Salón Oval no fue una cesión legítima, sino una puesta en escena: una farsa que busca vestir de gloria ajena a una figura ávida de reconocimiento.
“LA ESCENA SHAKESPEARIANA ES, EN EFECTO, LA EXPRESIÓN DE UN DELIRIO.”
— Élisabeth Roudinesco
Así lo denominó la psicoanalista francesa Élisabeth Roudinesco: una “puesta en escena grotesca”, una “obra de teatro shakespeariana” que construye una realidad paralela sin vergüenza ni temor al ridículo. No es locura clínica, explicó ella, sino delirio organizado. Y no sé qué es peor: si la locura o un delirio organizado y colectivo en el Salón Oval de la casa más poderosa de la Tierra. Me quedo con esa duda, y espero que usted me acompañe en este recorrido, mientras en otra parte de sus declaraciones Roudinesco afirmaba que todo ese acto se trata de la sustitución deliberada de lo falso por lo verdadero, que engaña, confunde, alimenta el caos y es altamente funcional para imponer un nuevo orden simbólico.
Y en medio de ese teatro global, aparece Milei en Davos, citando la Torá como si fuera un manual de política económica. “La parashá Bo describe cómo Moisés se enfrenta al Faraón, símbolo del poder opresor del Estado”, dijo. Luego enumeró las últimas tres plagas: langostas (hambruna), oscuridad (pérdida de claridad) y muerte de los primogénitos (destino de una sociedad que niega la libertad). Y concluyó: “La analogía con lo que ocurre hoy en Occidente es tremendamente clara”.
¿Y saben qué? Creo que tiene razón al afirmar que lo que ocurre en los capítulos 7 al 12 del libro de Éxodo en el Pentateuco judeocristiano se parece a lo que hoy pasa en Occidente. Porque ese Faraón no es el Estado social; el Faraón es el Estado que no registra al pueblo, que lo reduce a servidumbre y esclavitud, que lo considera “capital humano”, que se ausenta cuando más se lo necesita.
No puedo dejar de preguntarme: ¿y si el verdadero opresor no es quien regula, sino quien se retira? El Faraón de hoy no construye pirámides con látigos, sino con spreads financieros, con recortes en salud y educación, con la promesa de que “el mercado se autorregula”.
Ese Faraón no reprime con soldados, sino con la indiferencia. Y su plaga más silenciosa no es la langosta, sino la desesperanza de quienes ven cerrar sus fuentes de trabajo mientras se celebra en Davos que “la inflación bajó”. Su oscuridad no es la falta de luz, sino la incertidumbre de no saber si mañana habrá comida, si el hospital atenderá, si la universidad seguirá abierta. Y la muerte de los primogénitos es la de una generación que heredará un país desmantelado.
“LOS NOBLES DESEAN DOMINAR; EL PUEBLO, NO SER DOMINADO.”
— Nicolás Maquiavelo, Discursos sobre la primera década de Tito Livio
Maquiavelo nunca dijo que “el fin justifica los medios”, ni en El Príncipe ni en Discursos sobre la primera década de Tito Livio, su obra más importante. Jamás escribió esa frase; no aparece en ninguna de sus obras. Es una invención posterior, útil para justificar cualquier arbitrariedad. Lo que sí escribió, con una claridad incómoda, es que la libertad debe estar en manos del pueblo, no de los poderosos de turno. Que el conflicto entre grandes y plebe no es un mal, sino la fuente de las mejores leyes. Que una república fuerte nace cuando el pueblo tiene voz, no cuando se le dice que su única libertad es elegir entre consumir o desaparecer.
Entre varias crónicas a las que he tenido acceso, la de Marc Vidal ha sido una de las más lúcidas. En ella, el cronista deja en claro lo que este Davos 2026 ha significado: las élites ya no pretenden liderar el futuro; se conforman con evitar perder el control del presente. Trump llegó con amenazas de aranceles y reclamos sobre Groenlandia, luego pareció dar marcha atrás —con Donald nunca se sabe—, como si el mundo siguiera siendo un tablero imperial. Milei, con su discurso de “renacer de la libertad”, en el que, pretendiendo un tono académico y citando fuentes a mansalva, trataba de convencer a lo más capitalista del globo de las bondades del capitalismo, evitó mencionar que en Argentina la industria cayó un 8,2 %. Ambos, Trump y Milei, comparten algo esencial: confunden su ideología personal con la ética universal. Para Milei, la “ética judeocristiana” y el anarcocapitalismo son una sola cosa. Para Trump, su instinto es ley.
Pregunto: ¿el peligro son ellos? ¿De verdad? O el peligro está en nosotros. En nuestra disposición a aceptar como verdadero algo solo porque se repite, asignar a la comodidad la categoría de necesario y a todo lo que venga con un membrete o sello oficial como indiscutible. Como decía Marc Vidal desde los pasillos helados de Davos: “Somos nosotros quienes sostenemos esas estructuras sin quererlo, a base de pequeñas renuncias cotidianas”. Cada vez que delegamos el juicio en un algoritmo, en un titular sensacionalista, en un gurú económico, en una secta ideológica, alimentamos el engranaje.
“CUANDO ALGO PASA DE SER IMPUESTO A PARECER NECESARIO, YA HAN GANADO.”
— Marc Vidal
La libertad no se pierde con golpes de Estado; esa es una forma antigua, ya desusada. La libertad se evapora en la comodidad de no cuestionar; se la roban sin violencia, bajo el disfraz de la eficiencia, la seguridad, la modernidad. Y se recupera, poco a poco, cuando alguien decide mirar el sistema y decir: “A partir de ahora me niego a repetir ese gesto automático”.

No somos tornillos dentro de una máquina. Somos grietas en una pared antigua. Y basta una sola grieta que se ensanche en el lugar preciso para que todo el muro tenga que replantearse. Maquiavelo no ha muerto, no señoras y señores, para nada. Está ahí, en cada uno de los que lee, piensa, duda, actúa. En cada uno de los que recuerda que la verdadera libertad no es la ausencia de Estado, sino su presencia justa; porque el Estado es la Patria, y la Patria es el Otro.
La historia no siempre se derrumba. A veces, por imperio de las preguntas y por la urgencia de una realidad que ya no puede ser “relatada”, no le queda otra alternativa que simplemente dejar de ser historia y convertirse en hoy, en presente, y por conversión de esa función dejar de sostener lo mismo de siempre. Y ese es el momento en que comienza lo nuevo.






