
Casi no se le conoce la voz. Solo se la ha visto en contadas ocasiones, como en los festejos de un título con la selección argentina, como el del Mundial de Qatar, o en alguna gala de premios. Pero Elisa Montero es un pilar detrás de Lionel Scaloni, su esposo. Es, por ejemplo, quien lo empujó a despojarse de la nostalgia tras retirarse y animarse a lanzarse como entrenador. Fruto de su amor, tienen dos hijos: Ian (nacido en 2012) y Noah (clase 2016).
Poco se sabía también sobre la historia de su relación. Apenas alguna declaración del director técnico, como su relato en una nota con Cadena Cope, en enero de 2023. “Me casé con una mallorquina. Cuando vine a jugar en 2008 conocí a la que hoy es mi esposa. Se llama Elisa. La conocí en una gira en Mallorca. Ya teníamos nuestra edad. Ella 30 y yo 31. Me tenía que volver a Italia, porque estaba cedido por Lazio. Estuve cuatro meses para encontrar su teléfono. No había Instagram, nada. No fue fácil. Ella jugaba vóley y toqué todos los clubes para ver si la conocían, nadie me pasaba su teléfono. Cuando lo conseguí pasaron 3 meses. Y me tenía que volver a Italia. Empezamos a hablar, a salir. Yo me tenía que volver y le dije que me tenía que volver, que me gustaría que venga. Y a los dos meses vino conmigo. Allá tuvimos a Ian, nuestro hijo mayor, y después al más chiquito, Noah, que nació acá en la isla”, comentó entonces.
Poco se sabía del nacimiento del vínculo, pero hoy se sabe todo, y de la voz de los protagonistas. En la biografía oficial de Scaloni, escrita por el periodista Diego Borinsky, tanto el Gringo como Elisa dieron a conocer los detalles de aquel crush. Y probaron que, en el campo de juego como en la vida, el ex mediocampista es incansable. Y no da una por perdida.
“La conocí en Mallorca, en un restaurant. Teníamos una cena con el equipo y ella estaba con sus compañeras de vóley. La vi y fue un flechazo. Cuando pasó con una amiga al baño, la encaré. Charlé dos minutos, o menos, le hice las típicas preguntas. Nada, no me dio ni pelota. Muy borde, como dicen acá, antipática, seca. Pero a mí me gustó y me quedé con la idea. Yo no había tenido casi noviazgos, uno solo y nada serio”, comenzó su versión el orientador en el citado libro.
“Empecé a buscar su teléfono para contactarla. Volví al restaurant, pregunté quién había hecho la reserva, ahí me contestaron que era de tal club de vóley, pero no me querían dar ningún teléfono. Rompí los huevos 20 días hasta que me dieron el contacto de una compañera de Elisa. Pero no había caso, no me pasaban su número, era un círculo muy cerrado, hasta que aflojó, la llamé, quedamos, empezamos a charlar, todo muy tranquilo y relajado. Yo tenía 30 años; ella, 28. Era algo serio”, continuó.
“Llevó un tiempito. El tema es que, a los pocos meses, cuando la relación ya estaba encaminada, se terminaba mi cesión en Mallorca y tenía que volver a la Lazio. Elisa, además, trabajaba en Olivetti, la empresa de sus padres, la de las máquinas de escribir. No era un filtro fácil de superar. Antonio, mi suegro, es un tipo de costumbres antiguas, muy culto, muy lector. Cuando llegó el momento de la presentación y fui a comer a su casa, sus padres se dieron cuenta que iba en serio”, concluyó su semblanza.
Elisa, en la obra, le sumó condimentos a aquella escena del restaurant. “Fue un día de semana; yo no era de salir, pero mis compañeras de vóley me comentaron que había un sitio nuevo y fuimos a cenar. Estaba el equipo de fútbol de Mallorca, pero yo no tenía idea de quiénes eran, de hecho cuando volví por la noche y le comenté a mi padre que había intercambiado unas palabras con un futbolista de apellido Scaloni, me dijo: ‘¡Pero cómo no lo conoces, Elisa! Si es muy bueno y tal’. Ni lo había oído nombrar», prologó la osada maniobra para abordarla de quien hoy es su esposo.
“Estábamos cenando y el camarero me trajo una rosa. ‘Se la entrega un chico de la mesa aquella’, me dijo, pero no me especificó quién. En un momento fui al baño, se acercó Leo y me preguntó si me había gustado la rosa. Yo, ni pelota, ja ja. Le dije ‘gracias’ y hasta ahí”, describió la primera oleada fría, que no auspiciaba esperanzas.
“No tenía idea de que había pedido mi teléfono hasta que una amiga me dijo ‘Elisa, hay un chico que la está llamando a la del bar todo el tiempo para que le dé tu teléfono’, pero en ese momento no quería saber nada con nadie. Y supongo que en algún momento aflojé. Me llamó y ahí empezamos a hablar, porque era muy simpático. Es muy simpático. Tiene unas bromas de estas que te agarran, muy alocado, íbamos en el coche, metía canciones argentinas y se ponía a cantar como si fuera Pavarotti, muy suelto, muy natural, muy transparente”, se explayó sobre cómo se fue poniendo la casaca sentimental de La Scaloneta.
“Yo tenía dos curros: con mis padres en Olivetti por las mañanas, pero tenía que pagar una hipoteca y, como no me daba, me puse a trabajar en Zara por las tardes. Y de repente caía Leo en la tienda. Yo trabajaba en la parte de hombres, por ahí estaba doblando pantalones y de golpe se me aparecía preguntando algo y yo le decía: ‘¡Pero qué haces aquí’. Muy bien, hubo mucha atracción», cerró su versión de los hechos.
Luego, lo conocido: la apuesta por la mudanza en pareja a Italia, el nacimiento de Ian, la llegada de Noah de vuelta en Mallorca… Y su mano invisible para que empezara a dirigir. ¿Qué hubiera sido de la selección argentina sin Elisa?
“Llega un momento en que dejas de jugar y estás medio perdido, los días se hacen muy largos, no sabes qué hacer, no tienes horarios que cumplir. Ya lo has visto: él es eléctrico, es un nervio y necesita activarse. Entonces, claro, le dijimos: ‘Venga, buscamos algo, vamos a hacer cosas’. Y la bici también lo salvó, tiró para adelante”, detalla en la biografía.
No por nada, tras el hito en Qatar 2022, el entrenador posteó una foto con su amor, los dos sentados en la plataforma en la que se realizó la premiación. Le adosó una leyenda, escueta, pero lo suficientemente contundente: “Simplemente gracias, Eli”.








