
“¡Rodri!”, me pegó el grito desde el pasillo que rodea al estudio de Infobae mientras avanzaba con una caminata que camuflaba con el pecho inflado del viejo porteñismo una leve renguera por los años. “Dame una mano que me pidieron una nota y vos vas a tipear más rápido que yo”, me abarajó. Era normal que en momentos de notas exprés buscara el guiño cómplice de aquellos que había sentado ya en alguna de sus extensas mesas nocturnas, esas que nos había abierto a los pendejos con un amor de abuelo, de padre, de amigo. De gomía.
Llevó sus dos manos a la sien, entrecerró los ojos en uno de sus gestos más característicos y en un suspiro que duró unos segundos lanzó: “Su sonrisa franca, ancha, de blancos dientes alineados, aquellas incipientes entradas en su cabellera castaña, la cara limpia, el gesto cordial, las declaraciones respetuosas, la gratitud al boxeo, la respuesta irrenunciable al espectáculo a ofrecer y la convicción absoluta a darlo todo pero sin negociar el boxeo alojado en su alma. Hubo pocas izquierdas en jab como las de Miguel Ángel Campanino…”. En apenas un abrir y cerrar de ojos me había hecho imaginar un boxeador que, hasta ese día, jamás había visto en mi vida. Me hizo reconfirmar, como pasaba en cada crónica que escribía, en cada anécdota que contaba o en cada discusión que teníamos, su genial don de la palabra. Era Messi y Maradona de la pluma. Lo hacía con naturalidad. Transitaba el mundo con la elegancia de las palabras, siempre con su pañuelo perfectamente doblado en el bolsillo del saco oscuro.
Todavía algún amigo sorprendido se encuentra y reenvía la espléndida síntesis de Diego Armando Maradona en el programa Cada Noche cuando lanzó otra bocanada de perfección. Habíamos hablado muchísimas veces de Diego. De sus luces y sombras. Jamás le habíamos escuchado una genialidad así entre sus otras genialidades. “¿Maradona?”, le tiró el conductor Marcelo Pasetti como si fuese el pase del Negro Enrique al diez en el Azteca en 1986. “¿Cuál? ¿Usted cree Marcelo que hay un Maradona?”, pisó la pelota y arrancó para dibujar en la mente de las personas una obra de arte con las palabras.
La muerte de Ernesto Cherquis Bialo no es una más en la historia del periodismo argentino. Cherquis fue el último periodista deportivo de pie. Tal vez el mejor de la historia en lo suyo. El único que nunca abandonó la especialidad y peleó con su filosofía tan universitaria como de cafetín contra los que buscaron denigrarla. Menospreciarla como si se tratara de algo menor. Sin embargo, con él se terminó una época. La era en la que vivió, la era en la que creó, ya no existe. Se sentó con Maradona en Cuba para escribir su biografía, escuchó a Monzón a metros del ring que lo vio campeón del mundo y en la cárcel, acompañó a Ringo Bonavena en las escenas más dantescas, bromeó con Muhammad Ali o apareció de rebote para ser parte del histórico Fischer-Spassky. No fue simplemente estar, cubrir, narrar lo que veía. Fue transformar en extraordinario lo ordinario, convertir lo extraordinario en celestial. El periodismo es un oficio como cualquier otro, pero sólo unos pocos pueden convertir este oficio en un arte. Y Robinson lo hizo.
Pero si era un monstruo dentro de los límites de la escritura, fue más grande aún en la sobremesa. En el terreno de lo impublicable, en la anécdota, en el debate, en la pausa. Un pescador eximio de las historias que soltaba la tanza para que mordisquearan la carnada y elegía el momento exacto para tirar del hilo y enganchar el anzuelo. El mejor libra por libra.
Fue un amigo amable, un profesor lúdico, un guía certero, un viejo cabrón, un compañero inclaudicable, un peleador inquebrantable. Batalló contra esa enfermedad durante sus últimos años, repitiéndonos que apenas se mejorara nos íbamos a juntar a brindar. Tuvo el cariñoso gesto de decirnos a varios de la redacción que éramos sus amigos, de repetirnos que la nuestra juventud era lo que le permitía seguir vivo, de darnos el espacio para discutir como si estuviésemos a la misma altura. ¡Qué pavada, por favor! Nunca creímos que lo estábamos ayudando, pero siempre sentimos que la distancia entre ese genio y nosotros, los terrenales, era nula. Y así nos regaló algunas de las mejores cosas de este camino, que es poder conocer a talentos de su calaña.
Tal vez sea una falta de respeto a lo que defiendo de la profesión escribir esto en primera persona, pero simplemente es una carta a un maestro que hoy saldrá publicada. Un mentor que nos dio a muchos de nosotros, que hoy lo despedimos, los mejores consejos para ser periodistas. “Lean, vayan al cine, charlen con un amigo, vean una obra de teatro, siéntense en una sobremesa”, insistía como método para que seamos mejores en esto. Decidió irse este viernes 20 de marzo, mientras su Cuervo querido justamente estaba jugando.
Ojalá, Cherquis querido, alguna vez podamos acercarnos a tu arte. Pero lo dudo mucho, porque se fue el último periodista deportivo que quedaba. En nombre de todos los compañeros de deportes, aquellos que ayudaste a formar, buen viaje. Te vamos a extrañar.







