La Batalla por la Atención: Cuando el aula se convierte en un campo de batalla donde nadie gana

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Esta crónica comienza con una profesora de artes plásticas en Murcia, España, que sobrepasada publica un reel donde cuenta el estado emocional en el que se encuentra y la gran frustración que siente. Aida Garrido Santos una docente mas, entre miles en todo el mundo, que sufre los síntomas que resultan de enfrenar la batalla por la atención de los adolescentes. Captar y sostener la atención de los adolescentes es tarea que ha  generando una crisis global que está sacudiendo la educación en todo el mundo, toda Europa y América dan cuenta de ella.

Este no es un relato sobre «los chicos de ahora» ni sobre docentes que no saben enseñar. Es la crónica de una fragmentación silenciosa: la atención adolescente se está desmoronando y con ella, el vínculo pedagógico y otros vínculos. Datos científicos confirman que, por primera vez en décadas, el coeficiente intelectual promedio está bajando en el Primer Mundo y el estudio es muy claro no es una cuestión de genética es una cuestión ambiental. Y mientras tanto, en las aulas, profesores y alumnos comparten la misma trinchera sin saber que el enemigo no está frente a ellos, sino en la grieta que los separa.

El aula es un teatro donde a veces el guion se rompe y los actores olvidan sus líneas. Aida Garrido Santos, profesora de artes plásticas en Murcia, España, lo sabe. Un día cualquiera —o quizás un día demasiado parecido a otros— desenchufó la cámara, apagó la pantalla y se quedó sentada en silencio. No era un ejercicio pedagógico. No era una estrategia didáctica. Era la rendición momentánea de quien dice una frase y recibe quince a cambio, cada una lanzada desde un corrillo (usando sus palabras) distinto, como piedras en un estanque que nunca deja de agitarse, esa es la imagen del aula hoy, nunca deja de agitarse, es una tarea titánica tratar de que los adolescentes hagan foco en algo y sostengan ese foco.

«Yo digo una frase y ellos dicen 15. Cada uno en su corrillo…. parece que no les importa nada, ¡que todo les da lo mismo!»

— Aida Garrido Santos (Dyca), profesora de Artes Plásticas

Aida (su nombre artístico es Dyca) tiene Instagram. En Instagram, como en la vida curada de las redes, aparecen los highlights: los momentos guays, según sus propias palabras, las clases perfectas, los materiales de primera, la cámara cenital con lente gran angular, la iluminación profesional. Pero la realidad, me confiesa, en una conversación que cruza el Atlántico, no tiene nada que ver con los Highlights. «Ya me ha pasado en tres ocasiones de casi salir de clase llorando», me dice con esa naturalidad que solo da la desesperación repetida. «No puedo dar clase. Aunque intentes ser innovadora, enseñarles cosas interesantes… nada: ¡Es que les da igual!».

Llevo ya un tiempo escuchando historias similares. David en Estados Unidos. Dilma en Colombia. Fernando en Brasil, docente universitario que ya no distingue entre secundaria y universidad porque el síntoma es el mismo: una generación que aprendió a consumir estímulos pero no a sostener el foco. Al principio pensé que era una cuestión de método, de didáctica, de esas novedades pedagógicas que se venden como pan caliente en congresos educativos. Pero no. No va por ahí la discusión.

Aida es una docente de alma. Eso se ve en su Instagram, tambien un canal de Youtube y su propia web en los que con muy buenos recursos tecnológicos, currándosela (termino que en España significa trabajar mucho y con gran esfuerzo) y mucha creatividad comparte su conocimiento y se ve la pasión con la que prepara cada clase. Y sin embargo, ahí está, confesándome que su pasión se ha reducido más del 50% en solo cinco años. «Llevo tres años con jornada reducida», me cuenta. «Tuve una completa y lo pasé tan mal que dije no. Sé que gano menos dinero, pero sé que gano en salud». Ganar en salud. La frase resuena como un termómetro de época, como si la docencia se hubiera convertido en una profesión de riesgo donde el cuerpo paga la factura.

«Salgo muerta. Llego a casa con la garganta fundida, sin ganas de hablar. Solo quiero acostarme, pero no puedo: tengo que preparar cosas, corregir. Es agotador mental, psicológica y físicamente.»

— Aida Garrido Santos (Dyca), profesora de Artes Plásticas

Cuando el cuerpo habla —o en este caso, se desploma— es porque algo en el sistema está pidiendo pausa. Pero el aula, esa máquina del tiempo que no se detiene, no siempre permite pausas.

Mientras Aida describe este desgaste, yo pienso en un estudio que leí hace unos meses. Apareció en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), en esa publicación firmada por Bratsberg y Rogeberg en 2018 se confirmaba algo que muchos venían intuyendo, y que siempre que se mencionaba tomaba la forma de chiste fácil y descalificante: por primera vez en décadas, el coeficiente intelectual promedio está bajando. No en cualquier lugar. En Noruega, Dinamarca, Finlandia, Francia. El primerísimo Primer Mundo.

Michel Desmurget, neurocientífico del Institut National de la Santé en Francia, lo dice con claridad quirúrgica: los «nativos digitales» son la primera generación con un CI menor que el de sus padres. No porque sean menos capaces. Sino porque su atención —esa moneda cognitiva que usamos para aprender, para conectar, para estar— está siendo fragmentada, capturada, dispersada por un ecosistema que no fue diseñado para la profundidad.

Aquí debería abrir un paréntesis y explicar qué significa «economía de la atención». Suena a término de manual, a concepto de sociólogo encerrado en una torre de marfil. Pero no lo es. Es simple: vivimos en un mundo donde tu atención es el producto, voy a usar un ejemplo, que quienes me conocen personalmente me han escuchado usar muchas veces, el ejemplo comienza con una pregunta a ti que estas leyendo estas líneas: ¿WhatsApp es gratis? si, va a ser tu respuesta; si claro que WhatsApp es gratis, basando tu respuesta en que a Meta, la empresa dueña, no le entregas dinero por usar la app de mensajería, pero yo te diré que en este mundo capitalista nada es gratis, entonces si te dicen que es gratis… la mercancía, lo que se intercambia, lo que se compra y vende: pues eres tu.

A ver vamos un poquito mas profundo con esto: cada notificación, cada scroll, cada video de quince segundos está diseñado para capturar un fragmento de tu tiempo cognitivo y venderlo. Y los adolescentes, esos protagonistas de experimentos involuntarios de la era digital, son los conejillos de indias.

«Cuando la atención se fragmenta, la retención se debilita. Y cuando la retención se debilita, el vínculo se vuelve frágil. Sin atención no hay retención. Sin retención, no registras al otro.»

Aida lo intenta todo. Cambia a los alumnos de sitio ocho o nueve veces. Intenta parejas mixtas. Les permite escuchar música con auriculares mientras trabajan, un privilegio que ella disfrutaba cuando era estudiante con su MP3. «Creo que es algo positivo para ellos», me dice. Pero no funciona. Todo el mundo habla, todo el mundo está levantado, y ella constantemente dice «no, no, no, no». Las amonestaciones les dan igual. Las amenazas también me causa gracia su expresión con en su acento español: «Les importa un pimiento», da risa, pero por muy poco tiempo, muy poco, si dimensionas la gravedad de la afirmación: «a mi adolescente nada le importa nada… nada retiene su atención».

El primer día de clase, Aida habla de respeto. Del compañero, al profesor, en el aula, en la calle. «Sin respeto, no vamos a ninguna parte», les dice. Pero al día siguiente, se les ha olvidado. «¿Qué está pasando?», se pregunta. «No se retiene la información». Y ahí está la clave, el nudo gordiano que nadie quiere cortar: el olvido no es solo de los alumnos. Es sistémico.

Recuerdo una conversación con Fernando, docente brasileño. «Ya no es un problema de la secundaria», me dijo. «Es una generación que aprendió a consumir estímulos, pero no a sostener el foco». Y entonces, como quien enciende una luz en un cuarto oscuro, entendí: no es una batalla de alumnos versus profesores. Es una batalla compartida contra un enemigo invisible.

De buenas a primeras, parece que docentes y alumnos estamos en trincheras enfrentadas. Parece que esa es la batalla. Pero te propongo mirar de nuevo. Porque a veces, el enemigo no está frente a nosotros. Está en la grieta que nos separa. Y su mayor victoria no es el ruido. Es que dejemos de vernos como aliados.

En una antigua sabiduría El Hijo ora al Padre pidiendo por nosotros, si, por ti, por ellos, por mi y en esa oración repetía: «Que sean uno. Como tú y yo somos uno» (Jn 17: 21), siempre me pareció una oración de una belleza profundamente amorosa. No es una imposición. Es una invitación. Un recordatorio de que el registro del otro no es frase de manual de auto-ayuda, el registro del otro atraviesa la experiencia humana, ergo: la educación, en su esencia más profunda, es un acto de comunicación un acto de comunión es un acto en el que nos hacemos uno, docentes y alumnos somos maravillosamente: uno.

«El enemigo no es el adolescente. Son las condiciones que capturan su atención. Cuando la atención se fragmenta, la cura no es más control. Es más conexión.»

A veces el sistema colapsa. No por falta de vocación, sino por exceso de demanda emocional. Aida me cuenta que hubo un momento en que dos chicas se pusieron a insultarse y a gritarse en medio del aula. «Me quedé fría», me dice. «¿Pero esto está pasando? ¿Qué hago?». Porque sí, somos docentes, somos expertos en nuestra materia. Pero Aida no es experta en psicología. En el máster aprendió cosas sobre la adolescencia, sobre psicología, pero «pinceladas», me aclara. «Yo tampoco tengo, ni me siento, ni muchos compañeros profesores nos sentimos capacitados para gestionar estas cosas».

Y en medio del caos, Aida toma una decisión que no está en ningún manual pedagógico. Apaga sus cosas. Se queda tranquila para no ponerse a llorar. «No me está escuchando nadie, pues vale. Yo apago mis cosas y ya está». Y entonces, algo mágico sucede: todo el mundo se calla. «Parece que entendieron que yo lo estaba pasando mal», me cuenta.

A veces la estrategia más poderosa no es insistir. Es detenerse. Es mostrar la humanidad. Porque el respeto no siempre nace de la autoridad. A veces nace de la empatía.

Después de ese día, Aida sube un video. No el de la clase perfecta, con materiales de primera y tecnología de punta. Sino el del cansancio, la frustración, la duda. «Me sentí bastante hipócrita», me confiesa. «Últimamente había compartido muchas cosas positivas en mis redes sociales sobre la educación. Y entonces dije: creo que es importante también enseñar estas cosas. Las sombras de ser profesora. La otra cara de la moneda».

La excelencia no niega el cansancio. La pasión no borra el desgaste. Mostrar ambas caras no es debilidad. Es honestidad. Y en un mundo que nos pide curar, filtrar, perfeccionar cada imagen, la honestidad es un acto de rebeldía.

Aida Garrido Santos enseña artes plásticas en Murcia. Usa una cámara cenital con lente gran angular, iluminación profesional, materiales de primera. Sus videos inspiran a miles. Pero en su aula con sus 32 adolescentes, se encuentra con la misma pregunta que nos hacemos en todo el continente americano al igual que en Europa: ¿Cómo sostenemos la atención en un mundo diseñado para dispersarla?

¿Cómo hacemos que la comunidad educativa deje de echarse culpas y vea al verdadero enemigo en todo esto: los sistemas y dispositivos que están destruyendo la capacidad de sostener la atención de nuestros adolescentes?

Este episodio —esta crónica, esta investigación— es solo el comienzo. Porque la atención no es un recurso infinito. Es un vínculo. Y como todo vínculo, requiere cuidado, presencia y, sobre todo, reconocimiento mutuo.

Quiero agradecer a la profesora Aida Garrido Santos por la valentía de mostrarse ante sus miles de seguidores y ante otros miles más que vimos su vulnerabilidad, su humanidad. Y con eso nos está llamando poderosamente no solo a decirle «vamos, compañera, no aflojes», sino a hacer algo. Tal como su respuesta a uno de esos mensajes: «Gracias. Ya estoy lista para la próxima batalla».

Porque esto apenas está comenzando.

📱 Te propongo seguir a Aida (Dyca) en:

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