El círculo que se repite: Profecías autocumplidas, huida del cariño seguro y el apego como estrategia – Merecer Cap. 4 de 5

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Cuando alguien te cuenta que no puede dejar de esperar a quien le ignora, no estás frente a un auto boicot. Estás presenciando la coherencia interna de un sistema nervioso entrenado en la incertidumbre.

Estamos frente a frente en la mesa del bar, yo solo escucho, lo que dice, lo que cuenta describe con cansancio un patrón: desaparece, no contesta, pero reacciona con un like, el círculo se completa, vuelta a empezar y luego se esfuma de nuevo. Su cuerpo sabe que le hace mal, pero no puede soltarlo. Este relato no es una falla individual ni de un lado ni del otro. Es la puerta de entrada para entender cómo el apego ansioso y el evitativo funcionan como estrategia de supervivencia, cómo la neurobiología predictiva explica la repetición y por qué el cariño seguro puede generar vértigo cuando el mapa interno está calibrado para la intermitencia.


Me lo cuenta con el teléfono boca abajo sobre la mesa, pero primero lo ha silenciado y como si no fuera suficiente lo puso también en «modo avión», como si necesitara apartarlo físicamente de todas las maneras posibles para poder hablar. No hay dramatismo en su voz, no hay victimización ni tampoco sobre actuación. Hay un cansancio que reverbera en todo su cuerpo, de esos que solo aparecen cuando lo somático ya no puede acoplarse a la máscara y dice por la mirada que hay algo que no aguanta. «Sé que me hace mal. Sé que debería dejar de mirar si no contesta. Pero no puedo. Cada vez que desaparece y vuelve con un like para después esfumarse de nuevo, siento que caigo en el mismo pozo. Y sin embargo, sigo ahí.»

«Lo que la cultura diagnóstica llama autodestrucción es, en realidad, la fidelidad extrema de un cuerpo que aprendió a sobrevivir en la incertidumbre.»

Escucho sin interrumpir —es una de las tres cosas que, creo, hago más o menos bien— se me ocurre que esa acción, la escucha, en aparente pasividad es la valla indispensable que contiene cualquier intento de consejo o de diagnóstico (a lo que ni me atrevo pues no estoy ni lejanamente capacitado para ello). Antes de cualquier palabra, pienso que es necesario validar. Porque lo primero es nombrar. Solo me atrevo a una cosa, cuando el silencio ha sido el punto final extendido de su relato, decirle a quien tengo enfrente que esa fatiga tiene origen, que no nació con él, que estoy seguro que la heredó de un aprendizaje relacional que lo entrenó en la intermitencia, para buscarla en su caso, para darla en el caso de la otra persona. Lo que me está describiendo tiene un nombre, aunque la cultura contemporánea lo llame «autoboicot» o «codependencia digital». No lo es. Es coherencia interna. Me mira; el silencio vuelve como un largo punto y aparte.

El cerebro humano, como describen el neurocientífico Karl Friston y el filósofo Andy Clark desde la neurociencia predictiva, no está diseñado para buscar lo óptimo. Está diseñado para minimizar la sorpresa. Escanea el entorno, proyecta lo que va a pasar y se prepara. Si en los primeros vínculos de una persona el cariño llegaba a cuentagotas, si el amor se retiraba sin aviso, si la disponibilidad dependía de su rendimiento o de su silencio, su sistema grabó un mapa. Y ese mapa dice: la conexión es intermitente. La calma, provisional. La seguridad, una ilusión.

Entonces aparece ese like. No cierra nada. No responde. Solo deja una migaja. Y el sistema nervioso, entrenado en la incertidumbre, lo lee como señal de reapertura. La mente quiere alejarse. El cuerpo se queda escaneando la pantalla. No porque quiera sufrir. Porque prefiere un dolor conocido a una calma que no sabe nombrar. El director del centro de estudio sobre trauma de la Universidad de Indiana, Stephen Porges, lo llama neurocepción: la capacidad del sistema para detectar seguridad o peligro sin pasar por el pensamiento racional. Cuando la historia temprana mezcló afecto con exigencia, o cuidado con abandono, la neurocepción calibra el vínculo como zona de riesgo. Y la intermitencia, por mínima que sea, mantiene el circuito abierto.

«No buscamos la felicidad en el vínculo, buscamos la predictibilidad. Por eso una migaja digital basta para mantener cautivo un circuito que el sistema ya sabe navegar.»

Con la claridad que caracterizaba sus clases en la facultad de medicina de Harvard la psicóloga Janina Fisher apunta a la culpa y afirma que no repetimos el dolor porque nos guste. Lo repetimos porque el cuerpo intenta completar un ciclo que quedó abierto. La mente quiere otra cosa. El sistema busca el terreno que ya sabe pisar. Esa contradicción no te hace incoherente. Te hace humano. Y entenderla no borra la responsabilidad de tus actos. Pero sí disuelve la vergüenza que suele paralizar el cambio, afirma entre sus conceptos Fisher que además es trainer del John Bowlby Centre, una reconocida organización benéfica y centro de formación especializada en psicoterapia psicoanalítica basada en el apego.

Rompo el silencio con una pequeña afirmación: parece que en el pozo hay soledad pero no es así. Porque no es solo una biografía. Es un ecosistema. La socióloga y docente Arlie Hochschild habló del «corazón gestionado»: ese esfuerzo real que hacemos para calibrar lo que sentimos y lo que mostramos según lo que el entorno espera. Otra socióloga, Eva Illouz, estudió cómo la intimidad contemporánea se organiza bajo lógicas de rendimiento y riesgo calculado. Las plataformas no inventaron esta dinámica. La aceleraron. Transforman el reconocimiento en métricas visibles. Entrenan, sin que nos demos cuenta, en una economía, sí, economía emocional donde la visibilidad se confunde con valor y el valor construye visibilidad.

Un like de dos segundos vale más que una palabra clara. La disponibilidad intermitente se normaliza. Y cuando la vida real pide presencia sostenida, el cuerpo duda, no porque se trate de seres superficiales —que los hay, a montones, pero no es el tema hoy— sino que el cuerpo duda por costumbre, por entrenamiento. El capitalismo del afecto vende conexión inmediata y cobra paciencia con tasas de interés sobre saldo insoluto desproporcionado, más cobro de intereses sobre intereses, una especie de usura emocional. Por eso duele. Y por eso cuesta soltarlo. No es un vicio moral. Es una adaptación a un contexto que premia la urgencia, confunde intensidad con profundidad y llama libertad a la incapacidad de quedarse, de comprometerse, de estar, solo estar, casi nada o casi todo.

«El mercado emocional no solo nos vende conexión inmediata: cobra nuestra paciencia a tasas de usura y nos convence de que ser visibles equivale a valer.»

Pero no cierro la mirada ahí. Porque si todo fuera determinismo, la historia terminaría en cinismo. Y no es el caso. En la cosmovisión andina hay un concepto que ayuda a mirar el ciclo sin fatalismo: kutipay. Se traduce a veces como retorno, pero no se trata de eso, no se trata de retornar, es algo un poquito más complejo, porque es una idea, una concepción que supera a la del círculo cerrado. Es un espiral que progresa, que avanza. Cada vuelta pasa por un punto conocido, pero no desde el mismo lugar.

La socióloga boliviana Silvia Rivera Cusicanqui, desde lo ch’ixi, nos recuerda que podemos sostener dos verdades sin que una anule a la otra: sí, repito lo que me duele. Y sí, estoy aprendiendo a habitar la calma. La noción de ch’ixi, refleja la idea aimara de algo que es y no es al mismo tiempo. Es la lógica del tercero incluido. Un color gris ch’ixi es blanco pero no es blanco al mismo tiempo. Es blanco y su opuesto, negro. El potencial de la desviación es lo que une los opuestos. Por eso en la cosmovisión andina, los opuestos no solo se atraen sino que son complementarios, son lo que son, por la sola existencia de su opuesto: no hay agua, sin fuego; no hay fuego… sin agua.

No hay síntesis rápida. Hay tensión productiva. Hay paciencia para notar que el patrón ya no manda. Solo recuerda. El psiquiatra Daniel Siegel lo describe como integración: cuando un cerebro que anticipa el abandono se encuentra, una y otra vez, con presencia que no se retira ante la prueba, con calma que no exige rendimiento, con palabra que no condiciona… las redes predictivas comienzan a actualizar. No de un día para otro. No sin retrocesos. Pero el tejido se modifica cuando el entorno ofrece material distinto para predecir. Las redes neuronales, las redes de significado se modifican, se actualizan y, valga la redundancia, se resignifican.

No se trata de corregir el apego. Se trata de acompañarlo. De dejar de pelear con la estrategia de supervivencia y empezar a preguntarle: ¿qué intentabas proteger? ¿qué temías perder? Los dos mayores referentes de la psicología de la compasión Kristin Neff y Paul Gilbert muestran que la regulación nerviosa no se fuerza con disciplina. Se entrena con tono interno distinto. Con pausa. Con permiso para temblar sin juzgarse. La autocompasión no es un mantra —todo bien con el hinduismo o corrientes new age, pero para esto no basta una mesa de masajes, musiquita al son de un sitar y repeticiones, no está mal, pero no basta— la autocompasión comienza con el acto de hacer circular la palabra que propicia un estado fisiológico de baja amenaza. Y la baja amenaza es el único suelo, el único, donde el patrón puede aflojar.

«La fuerza de voluntad no reeduca un sistema nervioso asustado; solo el clima de la baja amenaza tiene la llave para que el patrón decida soltar.»

El teléfono sigue boca abajo y en «modo avión». Nos levantamos y caminamos un par de cuadras a esa hora en la que la ciudad acalla sus voces y aquieta el movimiento cuando las luces de las aceras multiplican sombras y algunos destellos en las ventanas de los departamentos invitan a pensar en hogar, comunidad, compañía, comunión.

Mientras le daba un abrazo de «hasta luego» solo atiné a decirle: No eres una grieta ni la grieta en tanto rotura te atraviesa y constituye, algo que todos muchas veces olvidamos. y cerré la idea: estás en transición. Y la transición no se mide por la ausencia de recaídas. Se mide por la calidad de la mirada que te das cuando vuelves a caer para luego levantarte.

Nos despedimos después de ese abrazo, caminé lento, el frío apareció sin invitación, subí mi shemagh hasta mis ojos, la noche comenzaba a caminar libre en las veredas, puse mis manos en los bolsillos de mi campera, llegué a un esquina donde el semáforo me indicaba que me detenga, me detuve en la acera a punto de pisar la senda peatonal, yo quieto y ningún vehículo cruzando, por costumbre, por obediencia, ahí estaba, esperando la señal exterior para avanzar mientras algo en mí me decía: puedes avanzar, no viene ningún vehículo. Todavía faltaban 30 segundos, cuando rompí la espera innecesaria. Y crucé. La noche envolvió mi caminata y mis pensamientos.

Los ciclos no se rompen con fuerza, de una vez, con alguna palabra mágica o un toque providencial. Los ciclos se rompen con testigos que escuchen, que estén, que abracen sin prisa, sin exigencias, sin imponer moldes. Siendo consciente de que para reiniciar no es necesario estar «sano», «completo», «sin grietas» sino que esas son categorías a las que aspirar, siempre en compañía. Con cuerpos que aprenden, uno a uno, que la seguridad no es un examen. Es un clima.

Si en algún momento estas palabras activan memorias difíciles, si la sensación de estar atrapado en el mismo lugar te resulta abrumadora, por favor, busca acompañamiento profesional o redes de apoyo cercanas. La desprogramación de estos patrones no se hace en soledad ni con voluntad aislada. Se teje con testigos, con profesionales formados en enfoques informados en trauma, con comunidades que sostienen sin cronometrar. La regulación nerviosa es un proceso lento, relacional y profundamente humano. No hay atajos.

En esta anteúltima entrega de la serie «Merecer» te dejo una pregunta, no para resolver hoy. Para dejarla respirar contigo, esta es: si tu patrón no es un castigo, sino una estrategia que ya cumplió su función… ¿qué pequeño gesto de curiosidad podrías ofrecerle hoy, en lugar de exigencia?

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