Izquierda y derecha, kirchnerismo y mileismo, hutus y tutsis: los bandos cambian, pero la arquitectura del odio permanece idéntica. Un domingo de mates y música trajo claridad a mi pregunta de por qué el tribalismo político nos divide y los extremos de bandos opuestos se parecen más entre sí que a los moderados de su propio lado.
La mañana en Tucumán está pasada por agua; la brisa y el fresco se cuelan por mis ventanas entreabiertas. El mate humea en mi mano izquierda mientras en los parlantes suena Alors On Danse, ese himno electropop de Stromae que invita a bailar con alegría. Cuando un pensamiento me ronda y no lo puedo desanudar, organizo archivos —organizar mi placar lleva cinco minutos, demasiado poco para pensar, esa no es opción—: organizo archivos de texto, excels, bases de datos, fotos… música, como quien ordena recuerdos. Y de pronto, sin cambiar de intérprete, comienza a sonar Papaoutai. La letra me detiene: «¿Dónde estás, papá?». De curioso, busco la biografía de Stromae y encuentro la grieta por donde mis pensamientos anudados se desenredan: su padre, ruandés, desapareció en 1994 en el genocidio étnico de Ruanda. Cierro los ojos. La música sigue. Y entonces todo se conecta: el tribalismo no necesita uniformes ni fronteras; opera con el mismo manual para fabricar enemigos, sin importar el bando.
Son las siete de la mañana. La llovizna es insistente y algunos techos de chapa devuelven la sonora danza de las gotas golpeando el zinc. En mi sala, el olor a mate recién cebado se mezcla con el maullido de Yulgi, mi gata, que antes de ponerse en modo alfombra a mis pies da sus rutinarias vueltas alrededor del sillón. Stromae, en Alors On Danse, canta que bailamos para olvidar, para pagar las cuentas, para no pensar. Pero yo traiciono la letra y pienso. El viernes pasado repasaba unos textos sobre Edward Bernays, hijo de una hermana de Martha —¿qué Martha?—, nada menos que la esposa de Sigmund Freud.
Bernays, que en 1928 con base en la teoría desarrollada por su tío escribió Propaganda, descubrió algo sencillo e inquietante: en democracia o en totalitarismos, la opinión pública se moldea como un producto de consumo. En este punto, la razón tiene poco que ver, porque el elemento a moldear son los deseos; y las herramientas para esa tarea son los miedos y la repetición. No pude dejar de recordar a Goebbels, quien tomó esas ideas y las convirtió en cinco reglas de hierro para comunicar y hacer que las masas adhirieran a las ideas del régimen. Esas cinco reglas son: apelar siempre a las emociones, repetir hasta que la mentira suene a verdad, nunca mostrar el cuadro completo, atacar sin descanso y, sobre todo —siempre, sobre todo—, elegir un enemigo concreto para denigrar. Alors On Danse termina. El silencio dura tres segundos. Y entonces suena Papaoutai.
«Dites-moi d’où il vient / Enfin je saurais où je vais»
(Díganme de dónde viene / Y entonces sabría dónde voy)
La voz de Stromae es frágil sobre un ritmo que invita a moverse. Canta en francés, pero el dolor no necesita traducción. Parecería que todas las madres del mundo se parecen: Guillermina repetía «el que busca encuentra»; Stromae, en su canción, retrata: «Mamá dice que cuando uno busca bien, siempre terminamos encontrando». Él busca a su padre. Un arquitecto ruandés llamado Pierre Rutare que un día de abril de 1994 subió a un avión que lo llevó a un destino trágico: una muerte expresión de la más profunda irracionalidad fundada en la razón del odio al diferente.
Una serie de eventos generados por años de siembra de la diferencia como base para el ejercicio del poder desembocaron en el asesinato del presidente ruandés Habyarimana. Con su muerte, se esfumó la poca cordura que quedaba. Los milicianos hutus salieron a las calles con machetes y listas de tutsis a asesinar. En los puestos de control, bastaba abrir el documento de identidad para sellar una sentencia: si decía «tutsi», el asesinato ocurría ahí mismo. Hombres hutus casados con mujeres tutsis fueron obligados a matar a sus propias esposas. Doscientas cincuenta mil mujeres fueron violadas. Ochocientas mil personas fueron asesinadas en cien días: tres cuartas partes de una etnia entera. Y entre ellas, Pierre, un padre que nunca volvió a abrazar a su hijo.

«Où t’es, papa, où t’es?»
(¿Dónde estás, papá, dónde estás?)
Cuento mis pensamientos y veo que poco a poco van devolviéndome un sentido. Los cuento mil veces, como Stromae cuenta sus dedos en la canción. Y me pregunto: ¿cómo es posible que los opuestos terminen usando el mismo manual? Hace unos meses, un funcionario acusó a un empresario de encabezar un golpe de Estado porque el dólar subió tras una elección. Sin pruebas. Solo sospecha manipulada por un periodismo militante. La acusación se esparció como reguero de pólvora: redes, medios, llamados a investigarlo penalmente. Lo escalofriante no es el episodio. Lo conmovedor es reconocer que bajo otro gobierno, con otros colores, la misma maquinaria funcionó de manera idéntica: el banquero es responsable de que suba el dólar porque es un golpista; el periodista que critica es enemigo; el empresario que piensa distinto es traidor.
La ideología cambia de color de bandera, pero los extremos comparten una arquitectura de control emocional de sus adeptos totalmente idéntica: identidad fusionada con una bandera, obediencia ciega al líder, desprecio al contrario, alergia visceral al gris. No importa si tu preocupación es la «patria» o los «derechos humanos». No importa si a tu adversario le importa lo mismo. Por el hecho de ser adversario, dejó de ser alguien con quien debatir para convertirse en una amenaza existencial. Y entonces el manual de Goebbels es quien marca el ritmo de la música que estás bailando.
Lo que el régimen nazi impuso como lógica de su comunicación es la misma lógica que los colonizadores belgas sembraron en Ruanda al estampar «hutu» o «tutsi» en los documentos. Los DNI de los ruandeses a principios del siglo pasado eran una invitación a la segregación. Esa lógica es la misma que hoy los algoritmos amplifican. Un estudio de 2018 publicado en la revista Science analizó cientos de miles de tuits y descubrió que los mensajes que despiertan indignación o miedo —como llamar «golpista» o «traidor» a alguien— se difunden hasta un 70% más rápido que los neutros. El algoritmo premia lo que nos altera. Uno de los creadores del botón «retweet» lo confesó años después: fue como «darle un arma cargada a un niño de cuatro años». El tribalismo digital opera con las mismas reglas que el tribalismo ancestral: divide, identifica al enemigo, y moviliza.

«Maman dit: Travailler c’est bien / Bien mieux qu’être mal accompagné, pas vrai?»
(Mamá dice: el trabajo es bueno / Mucho mejor que estar mal acompañado, ¿verdad?)
Stromae repite la pregunta como un mantra: «¿Dónde estás, papá?». Desde el profundo dolor por un padre ausente, la canción me lleva a reflexionar sobre todo lo que desaparece cuando confundimos opuestos con extremos: el diálogo, la duda, ese espacio donde nacen los acuerdos. En Ruanda, después del horror, hubo un encuentro documentado por la BBC entre Emmanuel —un hombre que admitió haber matado a nueve personas— y Juliette, cuya familia él ayudó a exterminar. Emmanuel pasó siete años preso. Al salir, buscó a Juliette y le pidió perdón. No es un final feliz, pero sí es un gesto, quizás mínimo en un mundo roto.

No puedo esquivar las preguntas: ¿Dónde están mis gestos mínimos? ¿Dónde está el coraje de señalar lo que no procura el bien? ¿Dónde está la escucha al otro sin la intención de convencerlo, sino para entenderlo? Los moderados somos mayoría. El problema con nosotros es que callamos. Son pocos los que habitan los extremos, pero gritan tan fuerte que nos convencieron de que nuestras voces no cuentan, de que el futuro lo definen ellos, desde los extremos. Vamos a dejarlo en claro: moderación no es tibieza. Para nada. Es la convicción de que un país, la comunidad, la patria —y la patria es el otro— valen más que la defensa irracional de mi posición sin importar los costos. Cuidar el terreno y las reglas —la democracia— vale más que imponerse en una discusión cuando el acuerdo está más cerca que la confrontación. Porque es claro que los verdaderos opuestos no son izquierda y derecha: son el fanatismo y el diálogo. Y el tribalismo es el terreno fértil donde el fanatismo crece.
«Tout le monde sait comment on fait les bébés / Mais personne sait comment on fait des papas»
(Todo el mundo sabe cómo se hacen los bebés / Pero nadie sabe cómo se hacen los papás)
La canción termina. El mate se enfría en mi mano. Yulgui está en modo alfombra a mis pies. Afuera, Tucumán sigue su cansino ritmo dominguero bajo una lluvia de verano persistente y una brisa que mueve mis cortinas amarillas, aliviando las jornadas que pasaron y dando fuerzas para las que vienen. La lluvia es música que acompasa el murmullo de una ciudad chiquita, capital de una provincia chiquita al norte de un país del sur de América, una ciudad que intenta vivir en paz mientras el mundo que viene nos quiere convencer de que el otro es enemigo, que el otro en tanto distinto es portador de una alteridad negativa: una amenaza que debe ser contenida, silenciada, eliminada para que nuestro mundo siga siendo nuestro.
Pienso en Bernays y Goebbels, en los manuales que nunca caducan porque el instinto tribal sigue ahí, dormido bajo una delgada capa de civilidad. Pienso en los que hoy señalan enemigos imaginarios desde la izquierda o desde la derecha, sin darse cuenta de que comparten el mismo guion. O lo saben, y ahí me doy cuenta de que mis ojos se entristecen, porque usan esa lógica sabiendo que solo buscan sus propios beneficios.
Entonces entiendo. La grieta que encontré para desanudar todas estas rumiaciones mías es ventanilla: entra aire, entra luz. Y lo escribo: la democracia no se salva eligiendo bando. Se salva eligiendo humanidad. ¿Cómo? Con gestos mínimos. Por ejemplo, la decisión cotidiana de no compartir el insulto, de no descalificar, de reconocer en el otro a un ser humano y no reducirlo a bestia. Se salva con el gesto mínimo de preguntar, una y otra vez, aunque incomode hasta bordear el dolor: «¿Dónde estás?». No es solo por un padre ausente. Es por la democracia, ese frágil equilibrio de civilidad que nos une como pueblo, como comunidad, y que estamos dejando escapar entre los dedos mientras los extremos se abrazan en su odio mutuo, creyendo que son opuestos cuando en realidad son tan iguales, tan parecidos, tan idénticos, y lo único que tienen de diferente es su logotipo. El tribalismo nos roba el futuro cuando nos convence de que el otro es el problema.
Y hoy Stromae, con su «¿Dónde estás, papá?», me inspira a formular dos preguntas que los opuestos están empeñados en que olvidemos. Por eso las repito. Y quisiera que tú, ahí donde estás, también te las formules en silencio:
¿Dónde estás, democracia?
¿Dónde estamos nosotros mientras los extremos se parecen cada vez más en medios y objetivos?
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