Pensar es un lujo: la nueva desigualdad que nadie quiere nombrar

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No es una cuestión de flojera, vagancia o desenfoque, ni tampoco se trata esa tan de moda “procrastinación”. Se trata de un diseño.

Mientras las élites tecnológicas envían a sus hijos a escuelas sin pantallas, millones de niños crecen inmersos en una dieta constante de estímulos fragmentados. El resultado no es pereza: es una erosión silenciosa de la atención, la memoria y la capacidad de decidir. Y eso está creando una brecha más peligrosa que la económica: la desigualdad cognitiva. En este artículo, recorro las evidencias, las paradojas y una sabiduría ancestral que nos invita a resistir, no con nostalgia, sino con lucidez.

Hace unos días, mientras desayunaba mi platito de frutas obligadas —sí, sigo con algún tipo de restricción que no deja que me acerque a un bollito con chicharrón, ni siquiera puedo pensar… en el bollito—, me di cuenta de algo incómodo: llevaba veinte minutos mirando el teléfono… y no había leído ni una sola oración completa. Solo saltos: un video, una noticia, un meme, un mensaje. Al cerrar el celular, sentí esa extraña sensación: como si hubiera estado en todas partes… y en ninguna.

No es que no quiera pensar. Es que cada vez cuesta más. Y no, no es flojera o vagancia o la tan mentada y actualmente de moda «procastinación». Algo me decía que se trata de una fuerza externa intensional, es decir, diseñada a tal fin: «No pienses».

Hace poco leí un ensayo que me sacudió, el texto estaba firmado por Mary Harrington —una periodista británica cuyos textos publica el New York Times, aunque en realidad aparecieron originalmente en medios como UnHerd—, y decía algo que suena fuerte, pero es cierto: hoy pensamos como comemos comida chatarra: Ultracolorida, ultraprocesada, irresistible… y vacía nutricionalmente.

“La inteligencia sin atención sostenida es como un motor potente sin dirección.”

Durante décadas, celebramos el llamado efecto Flynn: el coeficiente intelectual subía sin parar desde mediados del siglo XX. Parecía que la humanidad se volvía más racional después de la segunda guerra mundial. Pero… pero… pero; desde 2010, algo cambió.

Según el último informe de la OCDE (Survey of Adult Skills 2023), el organismo que diseña, coordina e implementa las pruebas PISA —y que evalúa el desempeño de estudiantes a nivel mundial desde el año 2000—, las habilidades de lectura y comprensión, esas que nos permiten seguir un argumento complejo o recordar una historia, se estancaron y empezaron a caer. Y quienes más retroceden son los más pobres: los sectores más vulnerables, aquellos con menos oportunidades.

Aquí no hay misterio biológico, es simple y llanamente arquitectura social. Para entender la afirmación precedente, podemos citar a la neurocientífica Maryanne Wolf. En su libro Reader, Come Home, ella nos dice que leer un texto largo no es solo “consumir información”, es poner en funcionamiento una tecnología cognitiva que reconfigura el cerebro: fortalece la empatía, la memoria de trabajo, la capacidad de razonar en profundidad. Pero ese circuito cerebral —el de la “lectura experta”— necesita semanas, meses, años de entrenamiento y  hoy, el entorno digital lo socava a cada segundo.

Vamos a traer contundencia a esta conversación, vamos a traer mas datos. En 2016, los neurocientíficos Kep Kee Loh y Ryota Kanai, de la Universidad de Sussex en el Reino Unido, publicaron un estudio que hoy suena profético. Analizaron los cerebros de cientos de adultos jóvenes y descubrieron algo inquietante: a mayor uso intensivo del smartphone, menor densidad de materia gris en la corteza prefrontal, la región del cerebro que nos permite frenar un impulso, planificar el futuro o decir “no” a la distracción.

Vamos a dejar algo claro: no se trata de que el celular “queme neuronas. Se trata de que el cerebro se adapta a lo que le exigimos. Y si lo entrenamos para saltar de notificación en notificación, deja de fortalecer los circuitos del autocontrol. Como escribieron ellos mismos: “El uso frecuente de dispositivos digitales puede estar remodelando nuestras estructuras cognitivas de maneras que aún no comprendemos del todo”.

“Protegen la atención de sus hijos como si fuera oro. Porque saben que la verdadera riqueza del siglo XXI no es el dinero: es la capacidad de pensar en profundidad.”

Y aquí viene el sálvese quien pueda (o quien sepa): mientras nosotros luchamos por que nuestros hijos lean algo, aunque sea las instrucciones del paquete de fideos antes de meterlos al agua —ni hablar de un folleto, una revista o un libro— los ingenieros de Silicon Valley envían a los suyos, a sus hijos, a escuelas Waldorf sin pantallas. Bill Gates, Evan Spiegel, los gerentes de Meta (Facebook, Instagram, Whatsapp): todos firman contratos con sus niñeras prohibiendo el uso de celulares. Pagan miles de dólares para proteger a sus hijos y sus nietos de lo que a nosotros ellos mismos nos venden como “libertad”: la distracción permanente.

Coincidencia; no, tu sabes que no hay coincidencia. ¿Conspiración? no sé, solo puedo afirmar que si se trata de una nueva forma de desigualdad. No ya debido a los ingresos o por el monto en las cuentas bancarias, sino por el acceso al silencio, a la lentitud, al detenerse y poder tomar la posibilidad de ejercer el pensamiento como acto soberano, claro que esto tiene consecuencias políticas, porque una sociedad que pierde la capacidad de leer textos largos, seguir argumentos o recordar su historia se vuelve vulnerable. Prefiere “vibraciones” antes que hechos. Quiere videos que “humillen” al adversario, no análisis de políticas públicas. No es casual que la Generación Z muestre un apoyo decreciente a la democracia: ¿por qué defender un sistema que exige paciencia, cuando el mundo ofrece satisfacción inmediata?

“El sabio no es el que habla más, sino el que sabe cuándo callar para que la tierra le hable.” — Fernando Huanacuni Mamani

En América, antes de 1492, ya teníamos otra lógica. Como dice el pensador Aymara Pablo Mamani Ramírez, «en nuestras comunidades ancestrales —incluidas las del territorio argentino, mal que les pese a algunos— “hablar sin haber escuchado al viento es como sembrar en tierra seca”. El silencio no era vacío. Era preparación. Era respeto. Era sabiduría.

En la cosmovisión andina existe un principio llamado Yanantin: la complementariedad entre opuestos. No se trata de elegir entre lo rápido y lo lento, entre lo alto y lo bajo, entre lo superficial y lo profundo, entre la luz y la oscuridad, entre el sonido o el silencio… sino de saber cuándo usar cada uno. Hoy, el mundo solo celebra la velocidad. Y en esa vorágine, perdemos la palabra verdadera.

Recuperar el pensamiento profundo no es volver al pasado, para nada, es lisa y llanamente resistir. ¿Cómo? Por ejemplo: guardar el teléfono aunque el mundo estalle a fuerza de notificaciones. Es leer un párrafo entero y no pensar en el tiempo como capital sino como espacio de disfrute. Es sentarse cinco minutos en silencio y dejar que el aburrimiento geste algo nuevo.

“Quien no puede pensar, no puede elegir. Y quien no puede elegir, no es libre.”

Estamos ante una bifurcación civilizatoria. De un lado, un mundo de profundidad: donde el lenguaje es preciso, la memoria colectiva y la democracia exige esfuerzo. Del otro, un mundo de superficie: todo inmediato, todo emocional, todo descartable… te voy a hacer la pregunta que repetía un conductor de la TV de los 2000 en argentina: «y vos: ¿de qué lado estas?.

Sí, claro que se trata de cuidar a nuestros niños y nuestros jóvenes, pero también se trata de desmontar un sistema que convierte la atención humana en mercancía, en moneda de cambio en dato comercializable, en variable económica.

Una pregunta, hoy solo una: ¿Whatsapp es gratis? Piensa bien la respuesta, porque estás en un mundo donde nada es gratis, cierto es que no pagas con efectivo o transferencia el servicio de Whatsapp con lo que si Whatsapp no te cobra nada; ¿la mercancía no serás tu?. Y al pensamiento sobre tu respuesta súmale esta imagen, imagina el mundo como si fuera un restaurante y tu asistes a ese local; pero resulta que no estas en ninguna mesa; ¿entonces? tienes que saber que «Si no estás en tu silla sentado a la mesa… seguro estas en el menú«.

¿Te parece que hoy arranques haciendo algo radical?: elegir, hoy, pensar. No por vanidad sino por amor, por amor a la verdad, por amor a los otros, por amor a ese futuro que aún no ha perdido la capacidad de preguntarse y seguir buscado la respusta a: ¿y si hay otra manera?   


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