La estrategia china: la paciencia que conquista calendarios

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Mientras en Washington se debaten aranceles y en el Pacífico se despliegan portaaviones, en Tafí Viejo, la segunda ciudad más poblada de Tucumán —una ciudad de cerca de 86.000 habitantes en el corazón del NOA— se preparan para festejar el Año Nuevo Chino, la estrategia china en acción.

No hubo tanques, no hubo fuego de artillería, no hubo infantería pisando el terreno. Nadie invadió. Simplemente, un día, el calendario chino se volvió parte del nuestro. Así, sin disparar un tiro, sin exigir un voto, China no solo conquista mercados: conquista fechas. Y las fechas, como sabían los cronistas medievales, son el territorio más íntimo de una cultura.

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n el gráfico que precede este párrafo se puede apreciar como hace veinticuatro años, el mundo era azul. Un mapa de 2000 mostraba a casi todos los países con Estados Unidos como principal socio comercial: desde el Cono Sur hasta el África subsahariana, el imperio norteamericano tejía su red con la certeza de quien cree haber llegado al fin de la historia. Hoy ese mapa es rojo. La estrategia de China ha logrado superar a EEUU en cantidad de socios comerciales en todo el planeta y no lo ha hecho por medio de una invasión, ni por un golpes de Estado (como el tristemente célebre plan Cóndor, y como prueba de esto este link hacia la web del ministerio publico fiscal) sino porque mientras Occidente debatía el terrorismo tras el 11-s, China construía puertos en Perú, trenes en Kenia y tendía kilómetros de fibra óptica en Laos. Mientras Washington enviaba tropas a Irak, Beijing enviaba ingenieros a Shenzhen. Se podrá argumentar que la diferencia estaba en los recursos, discusión mas que atendible, pero en realidad estoy seguro de que la diferencia está puesta en el horizonte temporal.

Occidente olvidó una virtud que alguna vez fue central en su imaginario espiritual: la paciencia. En el libro de Gálatas (Cap 5 versos 22-23), el apóstol Pablo enumera los frutos del Espíritu: «amor, alegría, paz, amabilidad, bondad, fidelidad y en medio de ellos la paciencia». La palabra griega original —makrothymia— no alude a una espera pasiva, sino a una fuerza activa: la capacidad de sostener el alma en el tiempo largo, de sembrar sabiendo que otros cosecharán. San Agustín la llamó «virtus activa»: no resignación, sino resistencia creativa. Pero el capitalismo tardío secularizó esa virtud hasta convertirla en defecto. Hoy la paciencia se percibe como lentitud; la prisa, como eficiencia. Los ciclos electorales de dos años, los resultados trimestrales, el scroll infinito: Occidente aprendió a gestionar el presente y perdió la brújula del futuro.

«Mientras EE.UU. invadía Irak, China construía puertos.»

China, en cambio, nunca abandonó el tiempo largo. No por misticismo budista —su régimen es materialista hasta la médula— sino por una sabiduría estratégica milenaria teñida de confucionismo y taoísmo. Deng Xiaoping, artífice de la apertura de 1978, acuñó la máxima «taoguang yanghui»: mantener perfil bajo, acumular fuerza en silencio. Durante treinta y cuatro años, China actuó como alumno aplicado: entró a la OMC en 2001 prometiendo seguir las reglas, mientras Occidente creía ingenuamente que el comercio liberal democratizaría al gigante asiático. En ese tiempo, China construía. Zonas Económicas Especiales en Shenzhen, Zhuhai, Shantou y Xiamen se transformaron de pueblos de pescadores en «Silicon Valleys» en una generación; la metamorfosis estaba en marcha y en occidente ni nos enteramos.

En 2012, Xi Jinping rompió el silencio. En su primer discurso como líder supremo, declaró que había llegado el momento de mostrar las capacidades. Quien crea que esta acción era el devenir de la arrogancia, le erraba por mucho al motivo del anuncio, no era ni mas ni menos que una fase mas del cumplimiento de un plan. Belt and Road Initiative —la nueva Ruta de la Seda— desplegó su red de infraestructura por 150 países. Su arma más sutil y efectiva no fueron los préstamos ni los ferrocarriles: fue el calendario. Institutos Confucio en universidades latinoamericanas, festivales del Año Nuevo Lunar en barrios, danzas del dragón en plazas municipales. Las pruebas materiales están a nuestro alcance: En Tafí Viejo, los días 19, 20 y 21 de febrero de 2026, se celebrará por primera vez el Año Nuevo Chino; el año del Caballo de Fuego (Estaré allí. No me perderé ese momento). Los festejos no son por decreto presidencial, sino por tejido cultural paciente: intercambios académicos, presencia de comerciantes chinos como el Gran Bazar que ya operan en San Miguel de Tucumán, una diplomacia que no exige, sino que se acomoda, negocia y se amiga con la cultura local.

«Olvidamos que la paciencia no es esperar sentados. Es sembrar sabiendo que otros cosecharán.»

Este modo de expansión no es nuevo en estas tierras. Antes de la colonización española, el Tawantinsuyo —el imperio inca— creció no por conquista violenta, sino por alianzas estratégicas que se cerraban y celebraban bebiendo chicha. Los quipus registraban no solo tributos, sino pactos: los pueblos anexados conservaban sus dioses, sus lenguas, sus rituales, y así quedaban integrados a la red de caminos y reciprocidad andina. El Cuzco no borraba culturas; las tejía. La colonización europea, en cambio, impuso su calendario a sangre y fuego: borró el Inti Raymi, prohibió el culto al sol, reemplazó los ciclos agrícolas andinos por el santoral católico. China no repite ese error. No exige que abandonemos el 25 de mayo ni el 9 de julio; simplemente se integra con respeto a las tradiciones locales, sumando el 17 de febrero —inicio del Año Nuevo Lunar— al calendario afectivo de Tafí Viejo y al de muchas ciudades en todo el mundo. A esta altura de la crónica, se nota la diferencia abismal: destruir memorias versus sumarse a ellas.

Claro que esta paciencia estratégica tiene su reverso oscuro. El término «diplomacia de la deuda-trampa» fue acuñado en 2017 por el académico indio Brahma Chellaney, pero la realidad es más matizada que el mito. En Sri Lanka, el puerto de Hambantota —construido con préstamos chinos— fue cedido en 2017 a una empresa estatal china por 99 años tras la insolvencia del país. Sin embargo, solo el 10% de la deuda externa de Sri Lanka provenía de China; el resto era occidental. El error no fue impuesto por Beijing, sino cometido por el presidente Mahinda Rajapaksa, quien impulsó el proyecto como símbolo de desarrollo sin evaluar su viabilidad comercial. Hoy Hambantota es un fiasco económico pero una ancla geopolítica china en el Índico. En Zambia, en cambio, el ferrocarril TAZARA —construido en los años 70 con ayuda china sin intereses— nunca generó una «trampa»: fue un gesto de solidaridad del Mao tardío hacia naciones recién independizadas, y hoy se renueva con un acuerdo de 1.400 millones de dólares sin condicionalidades políticas. La verdad es incómoda: China no siempre impone deudas predatorias, pero sí aprovecha con frialdad las debilidades estructurales de Estados frágiles. La makrothymia china no es virtud cristiana; es cálculo geopolítico investido de paciencia. Y en Xinjiang, esa misma paciencia se despliega como vigilancia étnica sistemática; en nuestras costas, como flotas pesqueras subsidiadas que depredan aguas argentinas más allá de la milla 200.

«Pero la impaciencia no es exclusiva de potencias hegemónicas; también es el veneno cotidiano de las democracias frágiles.»

Occidente tampoco practica la paciencia del Evangelio, y Argentina es su espejo más fiel. En veinte años, seis planes económicos radicalmente distintos se sucedieron sin dejar tiempo a ninguno para madurar: el posconvertibilidad kirchnerista (2003-2007) con superávit fiscal y crecimiento del 8% anual; el agotamiento del modelo con cepo cambiario y conflictos con el campo (2008-2015); la apertura gradual de Macri que eliminó controles pero naufragó en la crisis del 2018 con el FMI como salvavidas; el paréntesis pandémico de Alberto Fernández con un acuerdo precario con el Fondo; y finalmente el shock libertario de Milei desde 2023, con recesión, dolarización de facto y una recuperación frágil en 2025-2026. Cada gobierno llegó convencido de que el anterior había cometido un error histórico que debía corregirse de inmediato. Ninguno preguntó: ¿Qué sembramos hoy para que nuestros nietos cosechen? Mientras China proyecta hasta 2049 —centenario de la República Popular—, nosotros seguimos discutiendo si el próximo mandato será de izquierda, derecha o caos. La impaciencia argentina además de triste rasgo cultural; es un sistema político diseñado para premiar lo urgente y castigar lo sostenible.

«Y cuando esa impaciencia se vuelve política de Estado, su reverso no es solo ineficacia: es crueldad calculada.»

Esta impaciencia occidental se vuelve especialmente cruel cuando se dirige contra los más vulnerables. En su segundo mandato, Donald Trump desató desde enero de 2025 una ofensiva sin precedentes contra migrantes mediante ICE (Immigration and Customs Enforcement): en los primeros seis meses, más de 236.000 personas fueron detenidas en redadas masivas en ciudades santuario, supermercados y hasta escuelas. Aviones militares trasladaron a deportados en medio de la noche; familias fueron separadas sin proceso judicial; el terror se convirtió en herramienta de disuasión. No hay un intento de reformar el sistema migratorio de raíz —una tarea que requeriría décadas de consenso—, sino la satisfacción instantánea de un electorado ansioso. La prisa occidental no solo genera guerras preventivas y sanciones apresuradas; también se vuelve contra sus propios ciudadanos en nombre de una pureza nacional ficticia. Mientras China construye puertos en Perú con una visión de 30 años, Washington construye muros en la frontera con una visión de 30 días. Reitero la paciencia no es pasividad: es la única forma de sembrar para quienes vendrán después.

«La paciencia occidental se secularizó hasta convertirse en impaciencia. La china se politizó hasta convertirse en arma.»

 ¿Qué nos queda, entonces?; No imitar el autoritarismo de largo plazo, sino redescubrir en nuestra propia tradición Latino-Americana y Occidental-Cristiana la capacidad de pensar en generaciones, pero ¿cómo? me dirá Ud. que con paciencia china ha llega hasta aquí (cosa que agradezco mucho) una pista está en el cristianismo olvidado, la carta que escribió el apóstol Pablo a los Gálatas —y no tiene que leer toda la carta, con el capítulo 5, versos 13, 14 y 15, es suficiente—; una idea le va a quedar (son solo 1 minuto) estoy seguro.

¿No le place la cuestión Occidental-Cristiana? perfecto, hay otra vertiente que también apunta hacia el mismo lugar, es ese mismo punto en la sabiduría andina que entendía el tiempo como Pachakuti: no línea recta, sino ciclo donde pasado y futuro se abrazan y la libertad es bien preciado. El Tawantinsuyo no se construyó para el próximo trimestre; construyó para los nietos de sus nietos. Esa es la lección que China aplica con frialdad estratégica y que nosotros perdimos al confundir la velocidad con la sabiduría.

Este fin de semana, cuando los tambores junto a los gongs suenen en Tafí Viejo y los sonidos y sabores milenarios nos inviten a participar de un encuentro cultural siguiendo el camino y el ritmo ancestral del dragón, te pido algo: no asistas como espectador distante. Ve, disfruta, diviértete, van a ser jornadas hermosas, estoy seguro. Observa cómo los colores rojos y dorados se entrelazan con el verde de las yungas de nuestro Tucumán. Escucha el contraste entre el erke andino y los gongs chinos. Y pregúntate: ¿estamos ante una colonización cultural silenciosa o ante una oportunidad para recordar algo que perdimos? ¿estamos ante la oportunidad de recordar como debe ser el «ser» en base a la enseñanza china? re-aprender, recapturar, la capacidad de esperar. De sembrar sin exigir cosecha inmediata, de valorar la libertad. De entender que los imperios no se construyen con cañones, sino con calendarios compartidos.

«China no vino a cambiar nuestro pasado. Vino a ocupar nuestro futuro. Y el futuro, como sabían los incas, se cultiva con paciencia.»

Quizás en esa danza del dragón, entre el verde de los cerros de nuestro NOA y el eco de los tambores, podamos recuperar lo que un día fue nuestro: la certeza de que el tiempo largo no es enemigo del presente, sino su raíz más profunda. Y que febrero, en Tafí Viejo, ya no será solo el mes previo al comienzo de clases, será también el mes en que aprendimos —de nuevo— a esperar. Yo voy a estar allí, entre los tambores, los gongs y los limoneros, entre la tranquilidad y la belleza de Tafí Viejo, a redescubrir juntos qué significa sembrar para quienes vendrán después.

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