Migajas en la era del vacío: cuando las omisiones duelen más que las mentiras

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Omisiones en el amor: Una persona conocida descubre que perdió algo que nunca tuvo oficialmente. Su dolor nos revela la dos aristas de los vínculos modernos: sin etiquetas no hay reglas,  por un lado y por el otro; la integridad no necesita contratos para existir.

En una ciudad chica donde todos se conocen, las omisiones se descubren tarde o temprano. Esta crónica narra el desencanto de quien creyó en un vínculo sin nombre y encontró solo migajas. Un viaje que va desde el café frío de una conversación íntima hasta la sabiduría de los griegos y la filosofía náhuatl, pasando por la «era del vacío» que describió Lipovetsky. La conclusión mas potente de todo esto fue que, la fidelidad no es una prueba de amor hacia el otro, sino de respeto hacia uno mismo.

Esta frente a mí, compartimos una mesa de café. Su rostro no expresa nada; es la nada de quien no está, o está en plena inmersión en pensamientos, en rumiaciones internas; todas ellas tratando de responder los insistentes «¿y si…?» que en su imaginación, quizás, hubieran hecho que lo que no es, sea.

Solo diré de esta persona que es un conocid@. Tengo autorización para contar su historia bajo dos premisas. La primera, que es la que a mí más me moviliza: contar para que, a través de lo narrado, quienes pasan por algo similar encuentren en la experiencia ajena notas, indicios, huellas, que les permitan pensar y buscar una salida. Y no sentirse tan solos en medio de la experiencia que están viviendo.
La segunda, es la primera que se expresó: somos muchos en un lugar muy chico. Con lo cual nos terminamos conociendo todos y sabiendo todo de todos esto en referencia a la ciudad donde vivo: tiene una población enorme, pero en un territorio muy pequeño. Con lo cual esa afirmación es muy cierta y puedo dar fe de ello. Tarde o temprano resulta que un amigo de un primo conoce a tal, cual o pascual y te enteras de todo, incluso aquello que quisieron ocultar. Y si el chisme fuera deporte olímpico… por aquí tendríamos muchas medallas de oro. Muchísimas.
Y es merced a lo que acabo de contar, que a muchos nos pasa: enterarnos de algo, chocarnos con un hecho que se nos quería ocultar y terminar sabiendo algo que no querían que supiésemos.
Tienes las manos alrededor de una taza que ya está fría. Es una taza de café que funciona de testigo involuntario. De esos que justo pasaban cuando ocurrió el accidente, se quedan mirando, viene la autoridad y le dice: «Usted va a ser testigo». Y ahí se quedan: de mala gana, pero se quedan.
Lo mismo sucede con esa taza de café.
Su rostro desprende mucha tristeza. Aunque sus ojos brillan como cuando un llanto está por asomar, no llora. Pero sí tiene el silencio de quien acaba de darse cuenta de que ha perdido algo que nunca ha tenido. Es el rostro de quien está ante la evidencia de que no hubo, ni hay, nada.
Me dice: «Sé que no había vínculo. Sé que no había nada. Y que no fue una mentira. Sin vínculo y sin una versión contrapuesta, no es mentira… solo hay omisiones. Y si sé eso, ¿por qué me duele tanto?»
«Solo omitió.» En esa frase de dos palabras está el nudo de lo que pasa.
«Solo omitió.» En esa frase de dos palabras está el nudo de lo que pasa. El enganche con alguien que solo da migajas para mantener a la expectativa, mantener el interés —actitud y acción que me produce mucha curiosidad, el porqué de que alguien haga eso con otra persona, pero lo voy a dejar para más adelante. Ahora el tema es otro—: ¿por qué alguien permite que le hagan eso? ¿Por qué termina envuelto en una relación que no es relación, que no le aporta nada y solo le deja incertidumbres y un deseo nunca satisfecho?
Y ahí está la herida. En ese verbo suave: omitir.
Como si lo que no se dice, no existiera. Como si el dolor necesitara un contrato firmado para ser válido.
Se siente idiota. «Se puede tener tanta ingenuidad», afirma. Justo delante de mí, que he decidido abrazar mi ingenuidad no como mecanismo de defensa, sino como parte de mi personalidad, de mi ser ante el mundo. Una parte que, como todas las otras, me va a proporcionar experiencias amargas, pero también dulces.
Se pregunta por qué le duele tanto si «no eran nada». Yo me animo a pensar que el «nada» es algo de lo que se dio cuenta, que leyó en la otra persona, que vio en la otra persona, pero que no asumió como premisa de esa dinámica. Es por eso que, al enterarse de las omisiones, en cuanto a acciones, tiempo y espacio… le duelen. Y le duelen mucho. Ahí está el nudo, la cuestión de hoy: la omisión en nombre del no-vínculo manifestado, no clarificado y desdibujado intencionalmente por las migajas que se dejan caer.
Pero para entender por qué duele, voy a tener que mirar atrás en el tiempo unos dos mil quinientos años. Es un viaje al pasado un poco largo, pero vale la pena. Estoy seguro de que esta exploración nos puede traer luz. Porque el amor… ¡el amor! Siempre dando vueltas por estos lugares… El amor, no fue siempre esta confusión líquida que a veces llena e intenta habitarnos en estos tiempos. Para los antiguos griegos, amar no era una sola palabra, ni un impulso ciego que lo abarcaba todo. Era un mapa preciso del alma humana, de la psiquis del ser humano.
Ellos distinguían con claridad milimétrica cinco formas de amar. Eros, que era el deseo que enciende y atrae. Philia, el afecto que nace entre iguales. Storge, ese vínculo silencioso que crece en la familiaridad. Pragma, el amor que aprende a permanecer y construye con el tiempo. Y Ágape, la forma de amar que se entrega sin esperar retorno. Eran cinco maneras de nombrar algo que, en realidad, nunca fue simple. Y si no, pregúntenle a Alcibíades, que llega todo borracho al banquete que describe Platón y, ante tanto pensamiento ordenado, abstracto, ideal sobre el amor y sus formas académicas pulcras desgrana todos sus pareceres.
Alcibíades llega encarnando al ser humano común y corriente y expresa en su discurso toda la realidad, la emoción y el desorden propio de nuestra especie. Claro que está borracho, como ya he señalado en le párrafo anterior. Pero una cosa en común tienen los niños, los locos y los borrachos: dicen la verdad. Y por aquí asoma la otra cuestión: «Si no te digo todo, no estoy mintiendo. Si omito, no estoy en falta. Como no somos nada, aunque si; dejo las migajas con las que te tengo en estado de interés en mi, pero; eso no me obliga a mostrarme completamente ni a decirlo todo de mí… Omito, pero no miento. Mi conciencia (¿mi moral?) está tranquila.»
El problema con este amor moderno es que nosotros hemos terminado metiéndolo todo dentro de la misma idea. Por esa cuestión de resumir tan nuestra, de acortar pasos, de ahorrar energía. Esperamos que una sola relación contenga todo al mismo tiempo: pasión constante, amistad inquebrantable, cuidado incondicional y compromiso eterno. Pero el amor, como entendían los antiguos, no siempre aparece de una sola forma. A veces empieza como impulso, otras como compañía, otras como una decisión.
Y cuando no hay definición clara, cuando la relación no tiene nombre, hay algo que sí es muy claro: tampoco hay reglas. Y cuando no hay reglas, la omisión se disfraza de libertad. Y proporciona una especie de anestésico moral. Que aunque el omitente —no existe la palabra «omisor/a» que use en el podcast aunque a mi me suena mas correcta que omitente que tiene como un peso jurídico que no quisiera que la crónica tome, pero corrección mediante; cabe la aclaración—, por más liberales, progresistas, modernos, desprendidos, superados, superadas y ajenos a toda norma que quieran parecer, siempre necesitan de esa anestesia moral. Si no, no se explica la acción de omitir. Y claro, aunque asoma la explicación: «Yo no tengo que dar cuenta de todo lo que hago, mi vida es mi vida»… este argumento se cae ante la claridad de la omisión como mecanismo para ocultar una acción que bien saben alejaría a esa persona que, por alguna retorcida conducta, quieren mantener cerca con migajas.
Estoy más que interesado en explorar esta conducta, pero no me voy a desviar del tema de hoy: omisión y mentira.
Y sigue ahí. Está en ese lugar, si poder salir de ese laberinto que ha formado un vínculo sustentado en esa falta de reglas.
Porque vivimos en una época donde todo flota y nada pesa. Una época en la que nada significa nada: «yo puedo hacer tal o cual cosa, pero eso no significa nada»; una especie de lavamos vincular. Donde justamente los vínculos son líquidos: se adaptan al envase (o se escurren por imperio de conductas evitativas) pero no contienen nada.
Esta persona quizás creyó que en esa «no-relación» había Eros. Quizás hasta puso de su parte Ágape. No tuvo en cuenta que la gran mayoría, operaban bajo la lógica del vacío.
Esta confusión no es casualidad; es estructural. A finales del siglo XX, el mundo cambió sin que nadie lo notara del todo. Después de guerras, revoluciones y promesas rotas, la humanidad estaba agotada. Las utopías murieron y en su lugar la humanidad buscó y encontró un remplazante: el bienestar. El filósofo Gilles Lipovetsky lo describió en 1983 como «La era del vacío».
Empezaba una nueva época: la del individuo hedonista, pendiente de su imagen y de sus emociones. Ya no había que luchar por cambiar el mundo, sino por sentirse bien en él. Durante siglos la gente encontraba sentido en lo colectivo, pero el siglo XX lo rompió todo. La religión perdió autoridad, la política se llenó de corrupción y la vida se volvió más cómoda, sí, pero también más solitaria.
Hemos aprendido a anestesiar el dolor, pero también la alegría. Y ese es el vacío del que hoy deberíamos estar hablando.
El capitalismo entendió rápido cómo llenar ese hueco. Si ya no creíamos en Dios ni en la revolución, podíamos creer en nosotros mismos. ¿Cómo? Comprando cosas. La publicidad se dio cuenta de que podía tomar técnicas de la psicología y no tardó en cambiar su lenguaje. De ofrecer productos para solucionar una necesidad, se pasó a vender productos que daban identidad al consumidor. Y cuando llegaron las redes sociales, el consumo dejó de ser solo material. Ahora consumimos experiencias, imágenes, causas, figuras. Una historia de Instagram sustituye a una conversación real. Todo parece auténtico, pero casi nada deja huella. Hemos aprendido a anestesiar el dolor, pero también la alegría. Y ese es el vacío de que hoy deberíamos estar hablando: el de una humanidad que consiguió todo lo que quería, pero olvidó para qué lo quería.
En ese vacío, es en el que se siente la estafa. Por lo que hace y no dice, o dice a medias. Y porque el mundo lo ha normalizado.
Porque es claro, y esta es la respuesta más común, por la que se pasa a ser quien está del lado incorrecto de la vida: le dijeron que si no hay compromiso, no hay traición. Que la moral es flexible. Que la verdad depende del contexto.
Pero hay algo que el vacío no puede disolver. Y eso es lo que intento decirle mientras la taza se sigue enfriando.
Porque en realidad, la fidelidad, la lealtad y la honestidad no nacen del amor que sientes por el otro, sino del amor que te tienes a ti. Es disciplina del alma. Es respeto a tu palabra. Es congruencia con tus valores. Es inteligencia emocional en acción.
La fidelidad y la lealtad no son una prueba de amor hacia otra persona, sino una prueba de integridad personal. No dependen de si hay un título, un anillo o un contrato de exclusividad. La integridad es lo que haces cuando nadie te ve, y lo que mantienes incluso cuando el otro no lo exige. Te pueden omitir parte de la realidad, contar a medias la historia, porque el mundo lo dice: «Está bien, todo está bien mientras no hay mentira explícita». Pero la integridad no busca vacíos legales; busca coherencia interna. Ahí es donde arranca el vínculo verdadero: contigo mismo, siendo y diciendo un mismo discurso. Eso es integridad.
La integridad no busca vacíos legales; busca coherencia interna. Ahí es donde arranca el vínculo verdadero: contigo mismo.
Y aquí me permito una pausa, un desvío necesario. Porque mientras los griegos nombraban el amor con cinco palabras, y en estos tiempos lo comprimimos en una sola, en estas tierras americanas hubo quienes entendieron la verdad de otra manera. No como correspondencia semántica, sino como arraigamiento.

Los tlamatinime, los sabios nahuas que estudió Miguel León-Portilla en su obra fundamental La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes, no buscaban la verdad en la coincidencia entre palabra y cosa. Para ellos, neltiliztli —lo que traducimos como «verdad»— significaba «estar bien arraigado», «tener fundamento». Algo era verdadero no porque describiera la realidad, sino porque estaba firmemente enraizado en teotl, la fuerza sagrada que sostiene el cosmos.

Y para saber si una persona era «verdadera», los nahuas miraban su in ixtli, in yollotl: su rostro y su corazón. No el rostro anatómico, claro, sino la fisonomía interior, lo que saca a alguien del anonimato; ni el corazón como órgano, sino como fuente de dinamismo, de querer, de anhelo. Tener «un rostro sabio y un corazón firme» era haber desarrollado carácter, juicio, integridad. Era haber caminado la vida sin perder el equilibrio sobre la tierra resbaladiza.

Para los antiguos nahuas la verdad no es un contrato, no tiene ese carácter, ni mucho menos es una etiqueta o una especie de rótulo la verdad es cultivo interior.
Tener «un rostro sabio y un corazón firme» era haber desarrollado carácter, juicio, integridad.
Más al sur, en la cosmovisión andina, el Ayni —principio de reciprocidad sagrada— gobernaba las relaciones humanas y cósmicas. No se trataba de un intercambio comercial, sino de una ética del dar-recibir-devolver que tejía comunidad. Como explica Macario Coarite Quispe, el Ayni «tiene contenido ético, dado que se exterioriza en los sujetos la intencionalidad de regir la conducta de los demás» entonces para esta manera de entender el mundo la verdad no es algo opcional; es el tejido mismo de lo humano.
Hoy, en cambio, vivimos bajo la lógica inversa: la omisión como libertad, el silencio como estrategia, la ambigüedad como refugio. Nos dijeron que si no hay contrato, no hay compromiso. Que si no hay etiquetas, no hay reglas. Que si no hay testigos, no hay falta.
Pero la integridad —esa que los nahuas llamaban neltiliztli, y los incas como Ayni— no espera testigos no necesita de contratos.
Así que busco su mirada, intento el instante de la mirada, trato de generar una profunda conexión y le digo:
No eres una persona tonta por haber esperado la versión completa de los hechos en un terreno indefinido. Mira cómo, de una y otra manera, la verdad se muestra, sale a flote, aparece, se te presenta. Como la historia completa te muestra la realidad, incluso haciendo que las omisiones dejen de ser tales y te muestren una realidad que de alguna manera te estabas negando a ver, mostrando quizás una ceguera voluntaria de tu parte, ¿no?
Reafirmo que no eres un persona tona. Eres un alguien con anclajes antiguos en un mundo moderno. Alguien que todavía cree que las palabras pesan. Que los silencios también hablan. Que la lealtad es un valor interno, no moneda para un intercambio.
El dolor de hoy no es solo por la acción. Es por darte cuenta de que vivimos en una época que cambia profundidad por distracción.
No te castigues por haber querido algo real en un mundo de espejos. La próxima vez, quizás no hay que buscar etiquetas, pero sí establecer bordes, límites, un campo, un terreno. Buscar congruencia. Buscar a alguien cuya fidelidad no dependa de lo que ustedes sean, no claro que no, pero si que sepa muy en claro quién es quién cuando se está en soledad frente al espejo.
Porque el amor, en cualquiera de sus cinco nombres griegos, siempre, pero siempre requiere verdad para respirar y la verdad en su concepción náhuatl o inca… implican una manera distinta de respirar.
Y tú… Tú mereces aire… puro.   

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