Soledad: la epidemia silenciosa que la OMS acaba de declarar emergencia global

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El vacío que se siente en medio de la multitud no es un capricho del alma. Es un diagnóstico clínico con nombre propio: soledad estructural.

La Soledad nueva epidemia según la OMS: el organismo internacional acaba de soltar un dato que suena a ciencia ficción pero nada tiene de fantasía. Es un llamado de atención que muestra con crudeza el estado de las relaciones interpersonales hoy en día. Una de cada seis personas en el planeta —el 16,7% de la humanidad— sufre soledad crónica. Entre adolescentes la cifra escala a una de cada cinco; el 20%. Y las mujeres jóvenes registran los niveles más altos jamás documentados. Vivimos en la era de la hiperconexión digital y, paradójicamente, del aislamiento emocional más profundo de la historia reciente. WhatsApp, Instagram, TikTok: mil hilos que nos atan a pantallas y ninguno que nos sostenga cuando las ausencias en el alma hacen que el cuerpo duela.

La reunión transcurre con normalidad aparente. Risas cruzan el aire como mariposas de papel. Alguien cuenta un chiste, otro responde con una anécdota. Estás ahí, físicamente presente, rodeado de cuerpos que respiran el mismo oxígeno que tú. Y de pronto —sin que nadie te haya ofendido, sin que te hayan excluido— sientes un vacío tan denso que podría medirse en gramos. No se trata de un giro metafórico en el relato: es una ausencia física, una presión en el pecho que dice: nadie aquí está contigo. No es que te ignoren. Es que todos están ausentes a la vez, como actores que repiten sus líneas sin saber que el telón ya cayó.

La OMS lo define con una frase que merece repetirse hasta que su real sentido haga nido en la mente: «La visibilidad no es presencia». Puedes tener mil contactos en el celular y no sentirte sostenido por ninguno. Puedes publicar cada instante de tu vida y no ser visto por nadie. Esa brecha entre lo que mostramos y lo que realmente somos en el encuentro con otro es el epicentro de esta epidemia silenciosa.

Cuando hablamos de soledad crónica no estamos nombrando una tristeza pasajera. Estamos mencionando un factor de riesgo comparable al tabaquismo: se asocia con depresión, ansiedad, enfermedades cardiovasculares y está detrás de casi 900.000 muertes anuales en el mundo. Sí: 900.000 personas mueren cada año, y el responsable no es un virus, sino la ausencia sostenida —qué paradoja— de un vínculo que las sostenga. Es como si cada día desaparecieran dos aviones llenos de pasajeros y nadie declarara estado de emergencia.

Aquí, justo en esta parte de la crónica, hago gala de mi ingenuidad y formulo la primera pregunta en voz alta: ¿qué nos pasó?

La respuesta suena a discurso propio de un short de autoayuda en YouTube o un reel en Instagram: el sistema nos enseñó a administrar el yo como una marca comercial. A premiar la autosuficiencia con eslóganes como «yo primero» disfrazados de empowerment. A exhibir fortaleza constante mientras enterramos la fragilidad en el sótano del alma. Pero nunca nos enseñó a quedarnos en silencio con otro sin ansiedad. Nunca nos enseñó a pedir ayuda sin sentirnos fallidos. Aprendimos a producir contenido. No a construir presencia.

Sigo con mis preguntitas: ¿y el contexto? Bien, gracias. Ciudades con muchos lugares donde estar pero pocos donde ser; donde detenerse. Trabajos que exigen disponibilidad permanente pero castigan la presencia real. Apps que venden «conexión» mientras desaparecen los espacios donde el encuentro no tiene agenda. Hasta nuestras instituciones —escuelas que priorizan el rendimiento sobre el cuidado, iglesias que predicen certezas en lugar de sostener dudas— han perdido en muchos casos la capacidad de tejer encuentros sin cálculo. La soledad ya no es una circunstancia individual. Es la resultante lógica de un sistema que convirtió la relación humana en un recurso efímero, intercambiable, medible en likes, capitalizado en followers.

Y mientras reflexiono sobre esta brecha entre estar y acompañar, me viene a la mente Gabriela Mistral en el umbral de su duelo infinito. En 1909, a los veinte años, Lucila Godoy Alcayaga —todavía no era Gabriela Mistral— recibió la noticia del suicidio de Romelio Ureta, el hombre que amaba. Él se había disparado frente a su propia puerta. Ella tardó días en saberlo. Y trece años en escribir una sola línea. Cuando por fin rompió el silencio, nació Desolación, y en su primer poema dejó estas dos preguntas que aún hoy me atraviesan: «Dime, ¿qué tienes tú que no acabas de irte? / ¿Qué tienes tú que no acabas de venir?». No es la soledad del desierto lo que describe. Es la del umbral: esa presencia que no llega ni se va, ese casi que pesa más que la ausencia pura. Y es exactamente ahí donde late nuestra epidemia contemporánea: no estamos solos porque falte gente a nuestro alrededor, sino porque nadie —a pesar de estar ahí— logra cruzar ese umbral y sostenernos de verdad.

En esto pensaba cuando me encontré con el informe de la OMS. Ese mismo día me sucedió algo que me invitó a experimentar. Era mediodía en la capital tucumana, la ciudad ardía de calor y de furor. Vi a un adolescente, no más de dieciséis años, sentado en uno de los bancos de calle San Martín, esos que están en la vereda, teléfono en mano, pulgar deslizándose sin pausa —¡qué velocidad!, pensé—. A su alrededor, el bullicio del mediodía: autos, vendedores, el rumor de las motos. Él estaba solo en medio de la multitud, en el centro de la quinta ciudad más poblada de Argentina, pero no era la soledad romántica de los poetas. Era otra cosa: su cuerpo estaba allí, pero sus ojos —esos ojos que parecían vacíos por la cantidad de estímulos de la pequeña pantalla— estaban en otra dimensión, en otro lugar. Como si todo su cuerpo fuera una cáscara vacía que alguien olvidó recoger.

Me detuve. No le hablé. Solo me senté a su lado en silencio, a un metro de distancia. No lo miré. Tampoco saqué mi celular. Pasaron unos minutos. Me quedé ahí quieto, en paz. Sin mirarme, guardó el teléfono. Suspiró. Algo, estoy seguro, le dijo: «a tu lado hay un alguien». Y por primera vez sus ojos tocaron el mundo real: el árbol del frente —y el otro «arbolito», el que vende moneda extranjera—, el cielo, los sonidos. Su mirada recorrió desde mis zapatillas hasta mi cara; ensayé una sonrisa y solo le pregunté: «¿todo bien?». No dijo nada en ese momento. Pero algo se rompió en el aire. La conversación comenzó con «¿a qué jugabas?» y terminó con las pocas ganas de ponerse a estudiar las tres materias que se había llevado. El encuentro arrancó con un silencio compartido que no exigió nada y llegó hasta lo que hoy pesa en su realidad.

Ahí está la grieta por donde entra la esperanza. Porque la soledad no se cura sumando contactos ni forzando conversaciones. Se combate con tres cosas escasas como el agua en el desierto: espacios seguros donde mostrar la fragilidad sin juicio; escucha real —esa que no espera su turno para hablar—; y vínculos que no exigen eficiencia, donde el simple hecho de existir juntos ya es suficiente.

Esto aplica también a la obsesión contemporánea por la «marca personal». El problema no es ser visible. La problemática se torna amenaza cuando en realidad lo que se busca es aprobación, perseguir números que validen, hablar para todos sin hablar con nadie. Una marca viva —como una persona viva— no busca su validación por medio del aplauso. Lo que busca es coherencia con su verdad, conexiones reales que, aunque sean pocas, sostengan cuando el mundo se pone pesado… y vaya que estos días el mundo tiene como costumbre ponerse pesado.

La OMS llama a esto «epidemia». Esta afirmación es un diagnóstico que debería dispararnos una pregunta urgente: ¿qué tipo de vida estamos construyendo si nos mantiene cada vez más conectados y, al mismo tiempo, más solos? No tengo la respuesta completa. No la tengo y me encantaría tenerla porque, si así fuera, la escribiría justo aquí. Pero sé esto: hoy puedes elegir una conexión pequeña pero real. Un mensaje sin esperar respuesta. Una pregunta sincera: «Hola, tú. ¿Cómo estás?». Sin performance. Sin pose. Solo porque quieres que alguien sepa que existe quien piensa en ella o en él.

No puedo cerrar esta crónica sin dejar en claro una postura ética: si esta soledad ya no es pasajera —si altera tu sueño, tu apetito, tu capacidad de mirar a los ojos—, por favor, busca ayuda profesional. Un profesional en salud mental en el sistema público o privado no es un lujo: es un derecho. Y si hoy la soledad te empuja al camino de la duda y anhelas encontrar una fe, búscala en una comunidad que no venda certezas baratas ni exija perfección, sino que te sostenga en la duda, en la fragilidad, en el silencio.

Porque ni la soledad ni la esperanza deberían transitarse solos. Ambos caminos —el del vacío y el de la luz—, vaya hermosa paradoja, necesitan de una mano que te acompañe, que te tome y se deje tomar.

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