Therians: No están locos. No es una moda. Es un síntoma de nuestro tiempo.
Los Therians existen. Marcos, mi hijo menor, me mostró el fenómeno por primera vez y eso me inspiró a escribir sobre este «tema». Y cuando un adolescente en estos tiempos te mira con esa mezcla de indignación y vulnerabilidad, creo que no hay que quedarse quieto. Todo este fenómeno «Therian» y su historia nos dice más sobre nosotros que sobre ellos.
Estoy haciendo algo que siempre hago y me dijeron que no haga: leer varios libros al mismo tiempo. Pero no puedo con mi genio, y entre las lecturas elegidas reabrí un texto que me acompañó en mi adolescencia: El lobo estepario de Hermann Hesse. Como nada es casualidad y todo tiene propósito —algo en lo que creo profundamente—, cuando releía esas páginas sentí lo mismo que la primera vez: ese libro parece escrito para quienes se sienten un poco fuera de lugar en su propia piel. Y vaya que la adolescencia es un continuo de ese sentimiento, ¿o no?
Hay una frase, una sola, que me detuvo en seco. Dice así: «El hombre no es una forma duradera y permanente. Es mucho más un experimento y una transición. No es otra cosa que el puente estrecho y peligroso entre la naturaleza y el espíritu». Me quedé con la palabra: transición. Me vino como anillo al dedo, a mí que profeso la religión del «proceso».
«La pregunta no es por qué alguien quiere sentirse un lobo. La pregunta es: ¿por qué hemos vuelto tan difícil sentirnos humanos?»
Tengan paciencia, ya voy al punto. Pero me son necesarios estos anclajes para que puedan tomar real dimensión de lo que vamos a hablar hoy. El segundo disparador vino de la mano de Marcos, el menor de mis hijos. Con sus imponentes metro noventa y cinco de altura y sus casi dieciocho años, se paró delante de mi escritorio y me dijo: «Che, pa… tenés que ver esto. Y no solo tenés que verlo, tenés que hablar de esto». Su voz tenía el tono de cuando algo le molesta, de cuando alguna injusticia se comete. Es el tono de voz de cuando algo no solo le incomoda, sino que llega a revolverle el estómago. Su voz grave atropellaba las palabras y olvidaba los signos de puntuación. Encendió la tele, puso YouTube y me mostró unos videos.
En los videos básicamente se burlaban, ironizaban o directamente insultaban y se reían de chicos, adolescentes, jóvenes que dicen ser Therians. Que dicen sentirse lobos, gatos, animales. La burla era cruel. Los comentarios, feroces. El sarcasmo y los insultos abundaban. Los medios de comunicación, con su lenguaje provocador, trataban de generar la polémica que alimente su raquítico rating. Y lo que más me dolió no fue la ignorancia: fue la cara de Marcos. Me dijo: «Me hace sentir mal, pa. Los tratan como si estuvieran enfermos solo por sentirse diferentes». Y ahí, viendo su empatía, entendí que no podíamos dejar pasar esto. No podíamos quedarnos mirando. Había que escribir y publicar.
Así que hoy quiero invitarlos a cruzar ese puente del que hablaba Hesse. Quiero que miren esto no desde el prejuicio, sino desde la ciencia, desde el psicoanálisis y, por qué no, desde el corazón.
Ordenando el zoológico
Vamos a ordenar el zoológico, porque hay mucha confusión. Cuando escuchas «Therian», quizás piensas en disfraces, en juegos de rol, o directamente en locura. Y acá está el punto de apoyo de mi texto de hoy: lo que vemos en los Therians no es psicosis. Es un síntoma. Sin-to-ma. Por favor, guarda esa palabra como si fuera un pequeño tesoro: síntoma. Y el síntoma no es enfermedad; es señal de algo. Y como dicen los psicoanalistas a veces, es un organizador.
La identidad Therian no es un delirio clínico; es un síntoma social, psicológico y antropológico que organiza una experiencia interna de estos chicos. No están pidiendo veterinario ni caja de arena en la oficina. Lo que dicen es que, en algún nivel interno, su identidad está vinculada a un animal. Está claro por sus propios testimonios y por los estudios que he leído que no se trata de una cuestión de la biología: es identidad.
«La identidad Therian no es un delirio clínico; es un síntoma social, psicológico y antropológico que organiza una experiencia interna»
Y en una época donde ser humano implica ansiedad métrica, rendimiento constante y algoritmos que nos vigilan… lo animal aparece como la fantasía de una vida sin tanta exigencia humana. Quizás, identificarse con un animal sea una forma de escapar de las reglas agotadoras de nuestra propia especie.
Lo que dicen los datos
El estudio empírico más robusto hasta la fecha es el de Clegg, Collings y Roxburgh, publicado en 2019 en la revista Society & Animals. Y los resultados son verdaderamente reveladores.
Primero: los Therian tienen el criterio de realidad conservado. Estamos hablando de que los Therian culturales saben que biológicamente son humanos. No hay alucinaciones, no hay delirios de transformación física. Eso los diferencia de la teriantropía clínica, que sí es un trastorno psicótico. Acá no hay psicosis. Estos chicos no son pacientes psiquiátricos.
Segundo: neurodivergencia. El estudio encontró que los Therian tienen mayores rasgos de esquizotipia —o sea, mayor apertura a experiencias inusuales— y mayores rasgos autistas, especialmente en lo social y comunicativo. Pero ojo: no es un trastorno consolidado. Es un rasgo. Por favor, cuidado con eso: un rasgo, algo que se acerca pero no es. Por lo cual no es un trastorno que se pueda encontrar en los manuales como la CIE o el DSM.
Tercero: Esto es, por lo menos para mí, lo más fascinante: la función buffer. O sea, un espacio, como en las memorias de las computadoras, donde se guardan datos de manera temporal para luego ser procesados o almacenados. Para estas personas neurodivergentes, adoptar una identidad Therian actúa como un amortiguador. Mejora su percepción de autonomía. Les da un lenguaje para explicar sensaciones que antes parecían funcionar como aislantes sociales. Es como si decir «soy un lobo» les permitiera ordenar un mundo interno que el lenguaje humano no lograba capturar.
«Para las personas neurodivergentes, adoptar una identidad Therian actúa como un amortiguador. Mejora su percepción de autonomía»
Y si traemos a Freud a esta conversación, esto cobra otra dimensión. En uno de sus escritos, Freud nombra las tres afrentas al narcisismo de la humanidad toda. En aquel 1917 dice que tres cachetadas ha recibido el humano: la afrenta cosmológica (Copérnico, que afirma y prueba que la Tierra no es el centro del universo), la psicológica (el mismo Freud, que propone que el yo no gobierna la mente) y la biológica (Darwin y su teoría de la evolución).
Darwin nos dijo que nuestro origen no es distinto del de los animales. Que no somos ángeles caídos, sino primos de los monos. Eso a mucha gente la enfada un montón. La cultura occidental pasó siglos negando eso, queriendo ser «mejores» que nuestros hermanos animales, así lo dice Freud. Los Therians, paradójicamente, son los únicos que están abrazando esa afrenta biológica de lleno. No huyen de su animalidad; la reclaman como núcleo identitario.
Lo que sabían los antiguos americanos
Esto no estaría escrito por mí si dejara afuera la espiritualidad, porque algo me llamó mucho la atención. En la cosmovisión andina existe un concepto que resuena fuerte con esto: el Yanantin. Es la idea de que los opuestos no se pelean, se complementan —en algún momento, no lejano, voy a dedicar un artículo completo a ese bello concepto americano—, no hay jerarquía entre lo humano y lo natural; son partes de un mismo todo que se necesitan para estar completos.
Pero vayamos un poco más al norte, a la cosmología mesoamericana, con el concepto del Nahual. En la tradición maya y azteca, el Nahual es un espíritu compañero, a menudo animal, que protege y guía a una persona desde el nacimiento. No es que la persona sea el animal físicamente, pero hay un vínculo espiritual indisoluble. Comparten el camino; es el hilo o la cadena que une a la persona con la naturaleza, uniéndola con ella.
¿Te has dado cuenta? Durante miles de años, las culturas originarias entendieron que hay un hilo invisible conectando al humano con la naturaleza… o sea… nunca ha sido una patología, sino que era sagrado. Y hoy, en 2026, la ciencia, esa actividad que está más llena de preguntas que de certezas, nos revela un panorama que debe ser explorado sin prejuicios. Toma la experiencia Therian y la pone en nuestras manos: y en principio emerge un primer indicador: esta experiencia Therian es una búsqueda de conexión en un mundo desconectado.
En otro artículo en el que desarrollaba cuestiones teóricas y mágicas del amor te comentaba cómo el zorro del Principito ejercía una sabiduría desde el amor. No habla de flechazos ni destinos escritos. Le dice al Principito: «Domesticarme significa crear lazos». Y explica el ritual: «Ven a las cuatro de la tarde. A las tres ya empezaré a ser feliz». El amor, así como la identidad, no es el instante del encuentro; es mucho más que eso. Quizás, como dice Lacan, se trata de un tiempo lógico de tres fases: ver, comprender, concluir. Quizás este tema que hoy ocupa a los medios y las redes sea un vericueto que tiene a la identidad como gran protagonista.
Quizás los Therians nos están recordando algo que olvidamos. Nos están diciendo que quizás la «manada» es más segura que la multitud. Que quizás el instinto es más honesto que el algoritmo.
«Ser humano duele tanto, la exigencia es tanta, la conexión es tan frágil… no me extraña que algunos busquen refugio en otra piel»
Y acá llegamos a la pregunta final. La pregunta que me dejó Marcos mirando esos videos. La pregunta que debería hacernos como sociedad en conjunto. La pregunta no es por qué alguien quiere sentirse un lobo. La pregunta es: ¿por qué hemos vuelto tan difícil sentirnos humanos? ¿Por qué es tan difícil ser humano? Basta mirar algunos acontecimientos y el curso de las cosas, las exigencias incumplibles en cuanto a cuerpos y discursos del sistema. Entonces, si nos damos cuenta de que ser humano duele tanto, si la exigencia es tanta, si la conexión es tan frágil… no me extraña que algunos busquen refugio en otra piel.
La identidad más valiente no es la que se esconde, sino la que, sabiendo el estigma, elige mostrarse. Nosotros deberíamos distinguir esto que algunos menosprecian, de lo que algunos se burlan o toman para la chacota, como un síntoma. Un síntoma de la época, del momento y del rumbo de nuestra civilización. De manera que, una vez entendido como síntoma, podamos hacer algo. ¿Qué? No sé… De verdad que no sé. Me parecería fabuloso llegar a este punto del artículo y decirte: «Esta es la receta, aplíquese y espere… todo va a estar bien». Pero sí sé que todo va a estar bien si entendemos que el síntoma a veces es un organizador. Y si lo miras así, esa postura te puede llevar a la elección plena del respeto por la diferencia.
Porque al final, como decía Hesse, somos un puente. Un puente estrecho y peligroso entre la naturaleza y el espíritu. Y como síntoma de la época, hoy son los Therians los que, al cruzar ese puente sin miedo y sin dudas, nos anuncian que el dolor de lo que se impone para ser humanos, para muchos, ha cruzado el umbral de lo soportable.
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