“Entonces los fariseos y los saduceos se acercaron, y poniendo a prueba a Jesús, le pidieron que les mostrara una señal (un milagro) del cielo. Pero él les dijo: ‘Al caer la tarde ustedes dicen: “Hará buen tiempo, porque el cielo está rojizo.” Y por la mañana: “Hoy habrá tempestad, porque el cielo está rojizo y amenazador.” ¿Saben ustedes discernir el aspecto del cielo, pero no pueden discernir las señales de los tiempos? Una generación perversa y adúltera busca una señal (un milagro), y no se le dará señal, sino la señal de Jonás.’ Y, dejándolos, se fue.” (Mateo 16)
“Entre fraternidad y economía pareciera existir una cierta aporía. El paradigma de la fraternidad nos remite al amor al prójimo, a la cooperación, a la reciprocidad, a la solidaridad, al altruismo; mientras que el paradigma de la economía nos remite a la productividad, a la competencia, a la eficiencia, a la maximización del interés propio, al egoísmo.” (La fraternidad y la economía en Fratelli tutti, Cristián Hodge).
El Sermón de la montaña y el llamado de nuestro Señor Jesucristo
Desde la perspectiva de la Iglesia Católica, el papa Francisco recomienda la lectura de las Bienaventuranzas del Sermón de la Montaña según San Mateo. “Son la ‘carta de identidad’ del cristiano”, dijo Francisco, “porque describen el rostro y el estilo de la vida de Jesús”.
“El Evangelio nos dice que Jesús, al ver al gentío que lo seguía, subió al monte, se sentó y, dirigiéndose a sus discípulos, proclamó las Bienaventuranzas (Mateo 5, 1-12). El mensaje estaba dirigido a sus discípulos, pero también a la gente, es decir, a los otros, a toda la humanidad. Además, el monte donde predica Jesús nos recuerda al Sinaí, donde Dios dictó a Moisés los diez mandamientos. Ahora, con las Bienaventuranzas, Jesús nos da los ‘nuevos mandamientos’, que no son normas, sino que señalan el camino de la felicidad que él nos propone.”
Cada Bienaventuranza está compuesta de tres partes: inicia con la palabra “bienaventurados” o “felices”, sigue con “la situación en que estos se encuentran” y termina con “el motivo por el cual serán felices”, introducido por la conjunción “porque”.
En la audiencia general del 11 de marzo de 2020, meditando sobre el luminoso camino de la felicidad que el Señor nos ha dado en la primera parte del Sermón de la Montaña titulado las Bienaventuranzas, el Papa llega a la cuarta que dice: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados» (Mateo 5, 6).
Dijo el Santo Padre entonces: “…enfrentamos aquí otro tipo de debilidad, la relacionada con el hambre y la sed. El hambre y la sed son necesidades primarias, se trata de la supervivencia. Hay que subrayarlo: no se trata de un deseo genérico, sino de una necesidad vital y cotidiana, como es la alimentación.” Y nosotros agregamos: lo fue siempre por la propia naturaleza del hombre. Ha sido una realidad de la historia y es, a pesar de los extraordinarios avances tecnológicos y científicos, una realidad del mundo moderno.
“Pero, ¿qué significa tener hambre y sed de justicia? Ciertamente no estamos hablando de los que quieren venganza, al contrario (…)”. Verdaderamente la sociedad humana tiene una necesidad urgente de equidad, verdad y justicia social; recordemos que el mal que sufren las mujeres y los hombres del mundo llega al corazón de Dios Padre. Necesidad, agregamos nosotros, que se opone a la libertad.
“Las Escrituras hablan del dolor de los pobres y de los oprimidos que Dios conoce y comparte. Por haber escuchado el grito de opresión levantado por los hijos de Israel —como nos dice el Libro del éxodo (cf. 3, 7-10)— Dios ha bajado a liberar a su pueblo. Pero el hambre y la sed de justicia de la que nos habla el Señor es aún más profunda que la legítima necesidad de justicia humana que todo hombre lleva en su corazón.”
Las otras Bienaventuranzas que Jesús enseña en esa ocasión son:
“Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. Felices los mansos, porque recibirán la tierra en herencia. Felices los que lloran, porque serán consolados. Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios. Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí. Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron”.
Los signos de los tiempos
Repitamos una vez más: la Argentina era y sigue siendo un país rico. Las sucesivas dictaduras cívico-militares no solo no dejaron gobernar a los breves gobiernos democráticos a partir de 1955, sino que, aunque no necesariamente un gobierno totalitario tiene que ser ineficiente, deshonesto y socialmente injusto, nuestras dictaduras —una conjunción de militares y grupos de civiles— no persiguieron el bien común sino el bien de unos pocos grupos económicos. Persiguieron a los partidos, a los sindicatos y a muchas otras organizaciones libres del pueblo y generaron pobreza. La pobreza extrema la pusieron debajo de la gran alfombra extendida del conurbano bonaerense.
La democracia, que supimos conseguir por la lucha obrera y los cambios geopolíticos hemisféricos, derrota de Malvinas incluida, llegó en 1983 y una gran ilusión resurgió en el corazón del pueblo. El anuncio de los ideales en el preámbulo de la Constitución Nacional entusiasmó a propios y extraños. El pueblo no esperaba milagros monumentales, pero sí trabajo digno, tierra, techo, colegio, club y salud para todos. Los gobiernos radicales y peronistas, lejos de satisfacer las grandes necesidades y en lugar de ayudar a sacar a los hermanos y hermanas de la pobreza, continuaron con las políticas económicas neoliberales, oscilaron entre achicar y engrosar el Estado, produjeron quebrantos en la industria y desocupación, aumentaron la pobreza y la corrupción se tornó estructural, politizaron la justicia, envilecieron el Congreso y, en lugar de superar las causas de la injusticia social, las aumentaron. Sustituyeron el trabajo formal por el trabajo en negro y la desocupación la encubrieron con el asistencialismo. En vez de cuidar a los trabajadores elevando su condición social, alternaron políticas económicas de desorden fiscal con períodos de remate de los bienes del Estado. Se sucedieron leyes de derogación y de restauración de los principios del derecho laboral, condenando a la producción y al trabajo a un triste destino.
Los indicadores de entes oficiales declararon en el año 2010 un índice de pobreza en la región del 31,4%. En nuestro país, el Observatorio de la UCA acusaba un índice de 20/25%, que en 2020 llegó al 40,9% y en 2025 marcó el 36,3%. Más de 16.000.000 de pobres, 20 millones de almas víctimas de la falta de cultura política y fraternidad. Prelación de fines particulares o de sector por encima del bien común.
Este es el signo de los tiempos.
Gera dice que el sujeto en la determinación del signo de los tiempos es el pueblo. El pueblo que cada sociedad supo construir. La construcción de un pueblo demanda acciones cotidianas que tienen como propósito el “bien común”. Ese “construir pueblo” se repite generación tras generación —dice Francisco— y agrega: se construye con acciones cotidianas, hazañas o empresas que tienen en mira el bien común. No es un mero acto electoral, ni la multitud de gente, ni la suma de un público en una plaza… “la construcción de un pueblo es un trabajo lento y arduo que exige querer integrarse y aprender a hacerlo hasta desarrollar una cultura del encuentro en una pluriforme armonía” (Papa Francisco, EG 220). Pero recordemos que la democracia es el gobierno del pueblo, poder o autoridad del pueblo. Pueblo es la gente, todos los que compartimos el gran edificio moral, material, jurídico e institucional en el que vivimos y nos desarrollamos. Ese edificio, así como se construye con acciones y voluntades individuales y colectivas, se destruye con acciones disolventes. El propósito de la construcción de una vida en común es que todos vivan bien y se desarrollen en armonía y fraternidad. Cuando ese no es el propósito, sino el de empobrecer oprimiendo al pueblo y sometiéndolo al espiral de la pobreza, allí donde los sectores medios descienden a los segmentos pobres y los pobres a los extremadamente pobres, la reacción del pueblo argentino se ha hecho sentir y el pueblo no tarda en expulsar a los malos dirigentes. En nuestro país es frecuente que el propósito debido o declarado sea particular, extraño y no común al interés del pueblo.
La doctrina del bien común fue desarrollada por Platón, Aristóteles, San Agustín, Santo Tomás, entre otros autores clásicos. Como señalaba el Estagirita, el bien social que tal doctrina propone no ha de ser trascendente a la sociedad y al ciudadano, sino algo a su alcance, algo que ellos puedan realizar y del que puedan beneficiarse. Esto deberá realizarse respetando el pluralismo social y sin perjuicio de los fines últimos de tipo político que habrán de ser diversos, pero deben desarrollarse en el marco de la unidad. Unidad en la diversidad, dice el papa Francisco.
“Nuestra política no ha estado muchas veces al servicio del bien común”, decía el cardenal Bergoglio
“Nuestra política no ha estado, muchas veces, decididamente al servicio del bien común” —decía el cardenal Jorge Bergoglio, observando la realidad argentina en su homilía titulada “Nosotros como ciudadanos, nosotros como pueblo”, en ocasión del Bicentenario del Cabildo Abierto del 25 de mayo de 2010—. Y proseguía diciendo (la política): “…se ha convertido en una herramienta de lucha por el poder que sirve a intereses individuales y sectoriales; y no ha sabido, no ha querido o no ha podido poner límites, contrapesos, equilibrios al capital para erradicar la desigualdad y la pobreza, que son los flagelos más graves del tiempo presente”.
El camino de la moralización de la política
El bien común no siempre será el mismo para unos que para otros. Los fines serán comunes para un grupo y no lo serán para otros, o unos se beneficiarán más que otros. Siempre hay una pluralidad de fines. Armonizar los fines de unos grupos con otros de tal forma de integrarlos —como decimos— en una unidad en la pluralidad es la tarea de los políticos y de los dirigentes sociales. No es un buen político ni un buen constructor quien sigue la teoría schmittiana del amigo-enemigo y fractura a los grupos sociales jugando a crear brechas sociales y especulando con eso.
Hay que reconocer que es difícil el camino que implica la moralización de la política. El papa Francisco no idealiza al Estado ni a la política, él dice que la acción debe ser valorada por comparación al fin que se propone. Si de lo que se trata es lograr el bien común, podrá ser una acción moralmente buena siempre que no emplee para ello un medio que provoque un mal mayor. Si el bien común beneficia a unos y perjudica a otros, hay que poner los intereses en la balanza. El fin al que se ordena la acción debe ser justo y formar parte del pluralismo social.
Una política que esté alejada de la realidad es tan mala política como aquella que sacrifica un bien común para lograr un bien particular. La medida debe ser el resultado de una justa ponderación de las circunstancias y los valores en juego, teniendo presente que la realidad es superior a la idea, la unidad es superior al conflicto y el todo es superior a las partes y a la suma de las partes.







