Los adolescentes hoy en día no crecen con más caos que otras generaciones, crecen en medio de un caos informativo. Lo ven en tiempo real. La protección ya no puede ser un muro: tiene que ser una brújula. Crónica sobre cómo aprender a pensar el mundo sin perder la esperanza en el desayuno.
Hay mañanas en las que el mundo entra a la cocina, sin pedir permiso, mezclado con el aroma del café. Cuando un adolescente baja la mirada y dice «no puedo hacer nada con esto», no está siendo indiferente. Está levantando un muro. Y nosotros, los adultos, tenemos que aprender a ofrecerle una brújula.
En una mañana cualquiera, cuando el aroma del café compite con la urgencia de las notificaciones, los adolescentes construyen su relación con el mundo. No es indiferencia lo que ves en sus ojos bajos. Es un mecanismo de supervivencia. Algo aprendieron sin que nadie se lo enseñara: que el dolor global llega sin analgésico, y que a veces, la única defensa posible es aparentar que no importa.
En algún punto de los últimos años, sin que nos diéramos cuenta del todo, el mundo se metió en los bolsillos de nuestros hijos. Llegó sin aviso, sin edición, sin pausa. Y con él llegó también una pregunta insistente que muchos adolescentes cargan como una mochila demasiado pesada: ¿Qué hago yo con todo esto? No es una pregunta retórica. Es una pregunta urgente, existencial, que se cuela en los desayunos, en los viajes en colectivo, en esos momentos de silencio incómodo cuando las noticias suenan de fondo y nadie sabe muy bien qué decir.
Mientras preparaba el café, Marcos estaba frente a su plato de cereales, su jugo de naranja. Los auriculares puestos a medio volumen, la mirada perdida en algún punto entre la tostada y la pantalla del celular. En mi celular un canal de noticias, anunciaba nuevos bombardeos en Gaza. Él no levantó la vista. Un minuto después, el titular siguiente: inundaciones en Tucumán. Ahí sí dijo algo, sin mirarme, con esa voz plana que usan los adolescentes cuando quieren protegerse del mundo: «Che pa… ¿para qué sirve escuchar esto si no puedo hacer nada?».
No se trata de la típica pachorra adolescente ante las tareas que detestan, ni tampoco es la indiferencia ante «temas que no les importan» por que toma su lugar la indiferencia generacional, ese cliché cómodo que usamos los adultos para no enfrentar nuestra propia impotencia. Mas bien la pregunta remite a un muro levantándose, ladrillo a ladrillo, noticia a noticia. Y yo, que había leído sobre cómo la protección ya no puede ser un muro sino que debemos recurrir a una brújula, me quedé mudo (mucha teoría Pablo, me decía una voz interior, a ver como la acomodas ahora, si ahora, ahora te quiero ver). Porque es fácil escribir metáforas elegantes. Es mucho más difícil traducirlas a la mesa del desayuno, entre el olor a café y la urgencia de un adolescente que necesita entender por qué debería importarle un mundo que parece colapsar en tiempo real.
«Los adolescentes no crecen con más caos que otras generaciones. Crecen viéndolo en tiempo real. Y el cerebro humano no fue diseñado para procesar crisis globales cada tres minutos.»
Lo que Marcos experimenta no es una cuestión de carácter, es en realidad una respuesta biológica lógica a un entorno informativo tóxico. Cuando en menos de cinco minutos su feed le muestra una guerra en Europa del Este, el colapso de una criptomoneda promocionada por un presidente, imágenes de familias desplazadas por inundaciones en su propia provincia y un juicio por corrupción que divide a su país, su cerebro no procesa «noticias». Procesa amenazas. Y ante la amenaza, la biología responde con precisión evolutiva: congelarse, huir, luchar.
El mundo siempre fue caótico, por favor los nostálgicos de «en mis tiempos…» y los fanáticos de «antes nosotros…» no digan que Discépolo se equivocó cuando anunciaba en cambalache «Que el mundo fue y será una porquería ya lo sé». La diferencia es que ahora lo vemos sin edición, sin pausa, sin contexto y en tiempo real. Antes, las noticias tardaban días o semanas en llegar, filtradas por editores, por editoriales, por tiempo. Hoy llegan en segundos, crudas, sangrantes, mezcladas con memes, publicidades de zapatillas y mentiras o imágenes creadas por IA. Y los adolescentes, con esa honestidad brutal que solo tiene la juventud, no preguntan «¿por qué pasa esto?», sino «¿cómo sigo adelante sabiendo que esto pasa?».
«El algoritmo no organiza la información para que sea más clara. Lo hace para que sea más atractiva. Y lo atractivo, en la economía de la atención, casi siempre es lo emocionalmente intenso.»
Aquí está el núcleo de la cuestión: la protección ya no puede ser un muro. Tiene que ser una brújula. El muro promete seguridad pero aísla y genera fragilidad. La brújula, en cambio, no elimina el terreno difícil, da orientación para transitarlo. El muro dice «no pases»; la brújula dice «aquí estás, y allá es el norte, ¿a dónde quieres ir?».
Pero, ¿Cómo se traduce esto en la práctica? ¿Cómo se le explica a un adolescente de diecisiete años que vive en una ciudad del interior de Argentina que debería importarle Ucrania, Gaza, Epstein, las inundaciones en Tucumán, la policía migrante en Estados Unidos, la estafa de la criptomoneda $LIBRA y el juicio por los Cuadernos?
No empezando por las respuestas. Empezando por las preguntas.
Jonathan Haidt, en La generación ansiosa, documenta cómo las redes sociales han reconfigurado la experiencia adolescente. Hans Rosling, en Factfulness, nos enseña que el mundo no es tan catastrófico como lo pintan los titulares, aunque tampoco sea justo. Daniel Kahneman, en Pensar rápido, pensar despacio, explica por qué nuestro cerebro prefiere las emociones fuertes a los análisis complejos. Citar autores es fácil. Lo difícil es articular todos esos conceptos y posarlos suavemente en la mesa del desayuno.
«Entender el mundo no es perder la esperanza. Al contrario: cuando aprendés a mirar con calma, historia y pensamiento crítico, los titulares dejan de ser ruido y empiezan a convertirse en preguntas.»
Así que la próxima vez que tu adolescente diga «no puedo hacer nada con esto», en lugar de darle una clase de geopolítica, puedes probar con algo simple. Puedes preguntar: «¿Qué parte de esta noticia creés que es un hecho y qué parte parece una interpretación?». O: «Si esta historia la contara otro medio, o desde otro país, ¿creés que sonaría igual?». O incluso: «¿Quién podría beneficiarse de que vos te sientas impotente con esta noticia?».
No son preguntas para que se convierta en analista internacional. Son preguntas para que deje de ser espectador del caos y empiece a habitarlo con criterio, porque querido papi y mami; tu adolescente no va a estar exento ni eximido del caos. Para que entienda que los conflictos rara vez tienen un solo culpable o una sola explicación. Que las decisiones internacionales suelen estar guiadas por intereses, no por emociones. Que las narrativas públicas muchas veces simplifican historias que en realidad son muy complejas.
«No tenés que entenderlo todo hoy. Pero sí podés empezar a hacer mejores preguntas. Y las preguntas son siempre el inicio del pensamiento crítico.»
Y así, caso por caso, noticia por noticia, podemos construir esa brújula. Con las inundaciones en Tucumán, podemos hablar de cambio climático, deforestación irresponsable en nombre de bonitos barrios cerrados que benefician a pocos y perjudican a muchos y cual es el papel de la gestión pública. Con el caso Epstein, de cómo distinguir entre hechos judiciales confirmados y especulaciones mediáticas y explorar lo oscuro y torcido de ciertos seres humanos. Con Ucrania, podemos proponernos conocer como las ambiciones y caprichos de los autócratas avanzan por sobre el derecho internacional y de por qué la velocidad de la información distorsiona la percepción de «quién gana». Con Gaza, de cómo validar el sufrimiento humano sin caer en propaganda. Con la policía migrante en Estados Unidos, de qué voces están siendo amplificadas y cuáles silenciadas. Con $LIBRA, de cómo evaluar riesgos cuando se usa la confianza para estafar. Con los Cuadernos, de qué diferencia hay entre acusación, opinión y sentencia.
No es un curso acelerado de ciencias políticas. Es un entrenamiento en humanidad. En cómo sostener el dolor del mundo sin que te aplaste. En cómo transformar la angustia en criterio, la información en juicio, la conexión en compromiso.
Volví a mirar a Marcos. Todavía estaba con los auriculares puestos, pero ahora sí me miraba. Esperando, quizás, una respuesta que no fuera un sermón. «No tienes que resolverlo todo, Marcos», le dije, finalmente. «Solo tienes que aprender a pensarlo. Y eso ya es hacer algo».
Mi adolescente morochito, de pelo afro y un metro noventa y seis sonrió levemente; en sus ojos vi la profundidad de siempre. No sé si esas palabras sirvieron de algo. Pero sé que la próxima vez que llegue un audio, una noticia, un titular catastrófico, vamos a tener al menos esto: la posibilidad de preguntar antes de congelarnos. La posibilidad de elegir la brújula por sobre el muro.
Y quizás, solo quizás, eso sea suficiente para empezar; «Hijo mío, no tienes ni debes resolverlo todo, no… solo piénsalo, pausadamente, sin urgencias; solo piénsalo» 
📱 También puedes seguirme en:
▶️ YouTube: @PabloHGerez
📷 Instagram: @pablohgerez
🟢 Spotify: @Conectando
🐦 X (Twitter): @phgerez






