Productividad, cuidados y democracia: lo que el progresismo necesita dejar de soñar

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La desindustrialización no es una crisis pasajera, sino un cambio de época. Y mientras seguimos legislando con nostalgia, el trabajo real ya ocurre en hospitales, repartos y aulas.

Esta crónica recorre algunas de las ideas centrales del libro de Dani Rodrik, Prosperidad compartida en un mundo fracturado, para entender por qué el progresismo y el centro político deben abandonar la ilusión de los Treinta Gloriosos y apostar por un modelo que ponga a las personas en el centro. Sin dogmas, con datos y con la certeza de que el futuro ya está aquí, aunque todavía no lo hayamos nombrado.

La productividad y cuidados definen hoy el pulso de nuestras ciudades, afirma en su libro Rodrik. Esa afirmación dispara mi primera escena imaginada: La pantalla del celular vibra a las 11:47 p.m. en un semáforo. No es un mensaje de un amigo. Es una notificación: “Zona activa. Bono extra si aceptás 3 pedidos en la próxima hora”. El repartidor aprieta el manubrio. Sus rodillas duelen. Su cuenta bancaria espera. Nadie lo obliga con un capataz. El algoritmo basta. Bienvenido al siglo XXI, donde el trabajo ya no huele a grasa de máquina, sino a batería gastada, ansiedad notificada y tiempo robado a la vida.

Lo veo todos los días mientras cruzo la ciudad, y cada vez me pregunto más qué estamos haciendo como sociedad. Dani Rodrik lo plantea con claridad en su último libro «Prosperidad Compartida en un Mundo Fracturado». Aferrarse a la manufactura es abandonar al ochenta por ciento de la fuerza laboral que ya sostiene la vida cotidiana en hospitales, aulas, comercios y servicios de asistencia. La nostalgia no es un programa político ¿alguna vez lo fue?. Es un espejo roto que ya no refleja nuestra realidad, pero que sigue dictando presupuestos y discursos.

“El futuro del empleo reside en los servicios. Concedemos una importancia desmesurada a la industria manufacturera.”
— Dani Rodrik, Prosperidad compartida en un mundo fracturado

Para entender por qué nos cuesta soltar esa imagen, hace falta recordar qué fueron los Treinta Gloriosos. Entre 1945 y 1975, cuando occidente vivió un crecimiento excepcional, pleno empleo y una expansión masiva del Estado de bienestar. La industria era el gran empleador, el salario fijo garantizaba estabilidad y la clase media creía en la movilidad ascendente. Ese modelo dependía de condiciones irrepetibles: reconstrucción de posguerra, energía barata y una demografía favorable. Intentar restaurarlo ni por asomo podría configurar una estrategia, es lisa y llanamente ilusión… y la ilusión, cuando se vuelve política, genera frustración y polarización (¿exclusión?).

Trato de concentrarme en la realidad real de un mundo actual, pero mi imaginación me lleva a un nuevo fantaseo con un futuro que contenga esta imagen: en una guardia nocturna de un hospital público, una auxiliar de enfermería revisa su turno en una aplicación de gestión. La plataforma le ofrece “flexibilidad”, pero le pide aceptar turnos extras con un clic para mantener su puntaje. Sus manos tiemblan por el cansancio acumulado. No hay sindicato que la represente directamente en esa interfaz. Solo hay una pantalla que mide su disponibilidad y la convierte en un dato más. La precariedad ya no se impone, se administra con notificaciones.

Rodrik propone un giro que suena a herejía económica pero que es puro realismo político: el productivismo progresista. No se trata de resignarse a la precariedad de los servicios, sino de elevarlos deliberadamente. La dignidad no es un lujo reservado a la innovación de punta, es un estándar que debe alcanzar a quien cuida, quien enseña, quien reparte y quien sostiene la red invisible del bienestar. Como él mismo señala, si no respondemos a las necesidades de ese ochenta por ciento que no trabaja en tecnología de vanguardia, solo reforzaremos las divisiones que hoy fracturan nuestras democracias.

“La prosperidad compartida no es un residuo del crecimiento, es su condición de posibilidad.”
— Dani Rodrik

El poder, como bien nos recuerda Michel Foucault, no se tiene, se ejerce. Y hoy ya no circula solo en fábricas con supervisores, sino en la microfísica del código. La uberización, ese modelo que transforma a los asalariados en supuestos emprendedores, es la cara contemporánea de una relación laboral que se desdibuja para evadir responsabilidades históricas.

Mi mente, siempre navegando por la fantasía y mi imaginación, le hace la segunda a este futuro imaginado: en un depósito logístico de las afueras, un operario escucha una voz sintética que le marca el ritmo. El sistema le propone desafíos: “Si alcanzas 400 bultos antes de las 14, desbloqueás un bono”. No hay cadena humana, solo gamificación. El trabajador se auto-exige para sobrevivir, internalizando la presión como mérito personal. La extracción de datos se ha convertido en la nueva plusvalía, y el control se vuelve invisible, flexible y permanente.

Foucault lo dejó bien en claro: el poder no reprime, produce. Y hoy produce sujetos que se creen —si, leíste bien; puse «se creen», o sea se mienten, se engañan, se convencen, se piensan— autónomos mientras cargan con todos los riesgos. ¿Cómo salimos de este callejón sin romantizar el pasado ni aceptar la precariedad como destino natural? Rodrik insiste en que la tecnología, incluida la inteligencia artificial, debe democratizarse. No puede seguir siendo un privilegio de las élites intelectuales y las grandes corporaciones. Debe convertirse en una palanca de equipamiento para quienes no tienen títulos universitarios, en herramientas que aligeren la carga administrativa, que mejoren la formación continua y que devuelvan tiempo y agencia a los trabajadores.

“La uberización es la síntesis de una época histórica caracterizada por la expansión de la precarización del trabajo de un lado, y el avance tecnológico bajo el comando de un capital financiero hiperconcentrado, del otro.”
— Análisis sobre economía de plataformas y control algorítmico

De nuevo, galopa libre mi cabecita, mientras hojeo el libro de Rodrik, no puedo dejar de imaginar esta escena: en un barrio del conurbano, una docente de primaria intenta digitalizar sus materiales con una computadora de diez años y una conexión inestable. La plataforma educativa le exige subir calificaciones, asistir a cursos virtuales y reportar indicadores en tiempo real. La promesa tecnológica llega como exigencia, no como apoyo. La productividad y cuidados no son conceptos enfrentados; cuando se diseñan bien, se potencian para dignificar. Y eso requiere lo que podríamos llamar dispositivos intencionales: combinaciones de prácticas, normas y tecnologías pensadas para producir empleo decente, no solo eficiencia abstracta.

Ninguna política aislada basta si el marco global sigue dictando que competir es más importante que cuidar. Aparece en este tablero el fantasma de 1944, no el patrón oro ni el dólar convertible, sino el espíritu de Bretton Woods. Aquel acuerdo que reunió a cuarenta y cuatro países para establecer que la economía mundial debía servir a las economías nacionales, y no al revés. Los Estados debían tener margen para experimentar, corregir desequilibrios y priorizar el bienestar interno sobre la competitividad externa. La hiperglobalización invirtió esa brújula durante décadas, convirtiendo a los gobiernos en gestores de mercados desregulados.

“El papel de la economía internacional es responder a las necesidades de las economías nacionales, y no al revés.”
— Dani Rodrik

Recuperar hoy ese espíritu no es aislarse, es recuperar la soberanía estratégica —lindo concepto «soberanía estratégica» por si algún/a se anima a desarrollarlo conceptualizarlo y socializarlo; soberanía estratégica— para que la transición ecológica y el empleo digno dejen de ser presentados como dilemas incompatibles. El progresismo lúcido y el centro político que quieran evitar la deriva autoritaria deben entender que la democracia no se debilita solo por discursos de odio o instituciones fracturadas. Se erosiona cuando el trabajo deja de garantizar pertenencia, cuando los jóvenes aceptan que nunca alcanzarán el nivel de vida de sus padres.

Soy consciente de que el libro de Rodrik plantea un camino posible, pero también veo que un capitalismo salvaje ya opera a toda marcha en las apps de servicios. El algoritmo no espera a que legislemos. Escala, optimiza, extrae y normaliza la auto-explotación como si fuera naturaleza. La brecha entre la propuesta y la realidad no se cierra con buenos diagnósticos, se cierra con voluntad política, con regulación inteligente y con la convicción de que el trabajo digno no es un gasto, es el cimiento de cualquier sociedad que pretenda llamarse democrática.

Rodrik en su trabajo: «Prosperidad Compartida en un Mundo Fracturado» no ofrece recetas mágicas, pero sí un marco ético claro: cambiar la historia que nos contamos sobre qué vale la pena y hacia dónde caminamos. No se trata de elegir entre innovación y justicia, entre ecología y empleo, sino de diseñar sistemas donde la productividad y cuidados sirvan a la vida. La próxima página no la dictará Wall Street ni Silicon Valley, la escribiremos nosotros cuando dejemos de medir el progreso en toneladas exportadas y empecemos a medirlo en horas de sueño recuperadas, en licencias pagas, en cobertura médica y en la certeza de que el trabajo es un espacio donde la vida merece ser vivida.

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