Magnifica Humanitas: León XIV vs los tecnócratas modernos

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Mientras el Papa publica «Magnifica Humanitas» sobre la custodia de la persona humana en la era digital, el cofundador de PayPal y Palantir compra una mansión en Barrio Parque, Buenos Aires, Argentina. Esta crónica intenta poner en relieve dos visiones del futuro que chocan, y que muestran un tiempo que ya llegó.

La encíclica de León XIV advierte sobre «La Babel digital» mientras Thiel construye su propia torre con base en la capital de Argentina. Entre algoritmos y profecías, entre el Vaticano y Barrio Parque, se juega el futuro de lo humano. Un relato sobre dos hombres que leen el mismo presente con ojos opuestos.

Tengo que comenzar este texto dejando en claro que no soy católico. Con lo cual, lo que sigue lejos está de cualquier sesgo de fe, creencias o religión. También debo decir que conozco muy poco de los ritos católicos, pero sí me veo en la obligación de señalar que admiro a esa institución. Es una de las pocas que superan los mil años de existencia. Claro que, para algunos, tiene más de dos mil. La objetividad histórica —que también tiene posturas en desacuerdo— difiere con los dos mil años de antigüedad: una fecha de creación estaría allí por el siglo IV, y otra postura dice que fue en el siglo XI. Con lo cual, dependiendo de quién hable, la iglesia de Roma puede tener 1000, 1700 años o más de 2000. Lo cierto es que esta institución milenaria ha sobrevivido incluso a verdaderos cánceres internos, como lo fueron los Borgia.

Mi admiración no solo se basa en la capacidad que ha tenido para purgarse y mantenerse, sino en que su doctrina se ha mantenido firme. Con los posibles vaivenes que han obedecido a coyunturas históricas y a las interpretaciones —humanas todas ellas—, atravesadas por contextos y personajes. Sus bases se expresan, entre otras cosas, desde el comienzo de la institución con la costumbre de las encíclicas. Las encíclicas tienen su origen en las cartas circulares que los apóstoles y los primeros obispos enviaban a distintas comunidades cristianas en la antigüedad. Sin embargo, el formato moderno tal y como lo conocemos comenzó a consolidarse en el siglo XVIII, cuando el papa Benedicto XIV publicó la encíclica Ubi Primum en 1740. Y es esa forma de comunicar y posicionarse en y ante los tiempos por la que la Iglesia Católica Romana ha interpelado a los otros poderes y actores de la humanidad, al igual que ella.

En este mes de mayo que acaba de finalizar, se han cumplido 135 años de la Rerum Novarum del papa León XIII —esa encíclica que miró la revolución industrial y propuso interpelar ese fenómeno que maravillaba a Europa—. Ahora, León XIV publica Magnifica Humanitas, su primera encíclica, que tiene como centro una profunda reflexión sobre la inteligencia artificial. ¿Casualidad? Dudo que, en una institución con más de mil años, estas cosas sean obra del azar. Es muy seguro que Prevost haya tenido muy en cuenta la obra de quien el tomara su nombre papal.

Mientras el Papa escribe sobre el cuidado de la persona humana en el tiempo de la IA, Peter Thiel —el fundador de PayPal y Palantir, y quien cree que «la libertad y la democracia son incompatibles»— compró una casa en Barrio Parque, en la capital de Argentina—. Sus hijas ya van a un colegio que queda a unas cuadras de su casa. Y Ud., con toda la razón del mundo, me puede preguntar qué tiene que ver una cosa con la otra, o puede afirmar: «Pablo acaba de encontrar alguna manera de emprenderla contra Thiel». Si se queda y continúa con la lectura, verá que las cosas en apariencia inconexas están profundamente conectadas.

Thiel es una figura central del capitalismo tecnológico contemporáneo, con un patrimonio que ronda los US$27.000 millones. Crédito: La Nación

La encíclica de la inteligencia artificial —así podríamos resumir Magnifica Humanitas— no es un documento más. Son 83 páginas que empiezan con una imagen bíblica: la torre de Babel. «Babel revela así el límite de toda construcción que, por grandiosa que sea, surge de la absolutización de lo humano y de su pretensión de autosuficiencia», escribe León XIV. Y yo pienso en Thiel, en Palantir —que lleva el nombre de las «piedras videntes» de El Señor de los Anillos—, en su ensayo teológico-político donde habla del Anticristo y del Armagedón. Dos hombres, dos torres, dos visiones. Uno desde el Vaticano, otro desde una mansión en uno de los barrios más caros de Buenos Aires.

«Hoy, en cambio, los principales motores del desarrollo son actores privados, a menudo transnacionales, dotados de recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos. El poder tecnológico adquiere así un rostro inédito, predominantemente ‘privado’, y por ello aún más difícil de discernir, gobernar y orientar hacia el bien común.»

León XIV, Encíclica Magnifica Humanitas, n. 5

Leo el artículo de Página/12 del 3 de mayo: «¿Por qué la visita de Peter Thiel es una pésima noticia para la democracia argentina?». El autor, Juan Carlos Lara, escribe que Thiel no es un simple inversor, sino un «empresario teológico-político radical» que busca configurar la infraestructura digital pública argentina. Pero el artículo habla de «visita» y eso ya quedó viejo. Thiel vive acá. Compró una casa y se trajo a toda su familia; se mudó de EEUU a Argentina —eso a Ud. que lee, no me diga que no le hace, aunque sea un poquito de ruido; una mínima disonancia le tiene que producir eso, no diga que no, no me haga sentir tan solo con mi sospecha—. Y mientras tanto, el Papa escribe sobre «desarmar la IA», sustraerla «a la lógica de la competencia armamentística». Me doy cuenta de que, cuando leo esa parte del documento papal, tengo un rictus en mis labios, algo así como una mueca que parecería una sonrisa perpleja —una sonrisa amarga, de esas que te salen cuando te has dado cuenta de que estás frente al abismo—. Pienso que Thiel y León XIV están leyendo el mismo mundo desde coordenadas tan opuestas.

En esa zona de Barrio Parque, el alquiler de una casa premium como la de Dardo Rocha al 2900 ronda los US$15.000 mensuales. Crédito: La Nación

Paolo Benanti —sacerdote católico doctorado en teología moral por la Pontificia Universidad Gregoriana, especializado en nuevas tecnologías e IA y principal asesor del Papa en esas cuestiones— comenta que leyó el último texto de Thiel. Se trata de un ensayo titulado «Viajes al fin del mundo», donde el fundador de Palantir habla del Anticristo, del Armagedón, de Francis Bacon y del manga One Piece. Benanti escribe en El Grand Continent que Thiel «reinterpreta la modernidad científica no como un camino hacia la Ilustración, sino como un proyecto sacrílego destinado a ‘abolir a Dios’ y al azar mismo». Y yo pienso: ¿justo aquí se tuvo que venir a vivir? Después recuerdo la parte del preámbulo que garantiza el derecho de habitar suelo argentino a todo aquél que así lo desee. Sigo preguntándome por qué este hombre vive en Buenos Aires. A esta altura, ¿Ud. no se lo está preguntando?

La Magnifica Humanitas advierte sobre «el eclipse de lo humano», sobre cómo «la técnica se convierte en criterio absoluto» y la persona «corre el riesgo de ser tratada como un dato, un engranaje o una mercancía». Thiel, mientras tanto, ha construido Palantir: «la máquina girardiana que identifica y neutraliza las amenazas antes de que estalle la violencia mimética», según Benanti. Clasificación de personas. Gestión del chivo expiatorio a escala planetaria.

«La inteligencia artificial moderna está más ‘cultivada’ que ‘construida’: los desarrolladores no diseñan directamente cada detalle, sino que crean una arquitectura sobre la cual la IA ‘crece’. Los aspectos científicos fundamentales —como las representaciones internas y los procesos computacionales de estos sistemas— siguen siendo desconocidos.»

León XIV, Encíclica Magnifica Humanitas, n. 98

Leo Magnifica Humanitas y encuentro esto: «En el mundo de la IA nada es inmaterial o mágico. Cada respuesta que parece inmediata y perfecta proviene de una larga cadena de mediaciones, de una extensa red de recursos naturales, de infraestructuras energéticas y, sobre todo, de personas». Y el Papa sigue: «Cuerpos marcados, mutilados, consumidos para que el flujo de los cálculos no se interrumpa». Habla de adolescentes y niños que trabajan en condiciones peligrosas «en la trituración de los materiales de los que se obtienen las tierras raras». Yo pienso en los dispositivos que usamos, en los centros de datos, en el costo humano de la «nube». Thiel se refugia en Buenos Aires —y la lógica más básica me sigue haciendo ruido ante este enclave—, pero Palantir vende su panacea en todo el mundo desde aquí. El centro del imperio de datos se ha mudado a la periferia geográfica. Sigo leyendo Magnifica Humanitas. Ahí, León XIV escribe: «Si una tecnología promete emancipación, pero produce nuevas formas de subordinación global, contradice el principio fundamental de la dignidad de la persona».

Su frontera está delimitada por las murallas y en la Plaza San Pedro, por la franja de travertino que une las dos alas de la columnata. Crédito: Bigstock

Hay un párrafo de la Rerum Novarum que León XIV cita implícitamente. León XIII escribió en 1891: «Júntase a esto que los contratos de las obras y el comercio de todas las cosas están, casi por completo, en manos de unos pocos, de tal suerte que unos cuantos hombres opulentos y riquísimos han puesto sobre los hombros de la innumerable multitud de proletarios un yugo casi de esclavos». Ciento treinta y cinco años después, León XIV escribe: «Hoy, en cambio, los principales motores del desarrollo son actores privados, a menudo transnacionales, dotados de recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos». La historia se repite. Esta vez no es la fábrica; esta vez se trata de algoritmos. Thiel es uno de esos «pocos». Palantir es una de esas empresas que «definen condiciones de acceso, reglas de visibilidad, formas de relación e incluso oportunidades económicas», dice la encíclica. Y lo hace desde Buenos Aires —si sé muy bien que soy temático, a morir, tozudo me decía mi papá, tenaz me han dicho en un intento de dulzura para conmigo, pero es que la insistencia nace de la alarma, por eso sigo insistente con la pregunta sobre porqué está aquí ese señor—. No es casualidad que el arquitecto de esta nueva Babel digital busque cobijo en nuestras latitudes: quizás la periferia del mundo le parezca el lugar más seguro para observar el colapso que él mismo predice.

«Desarmar la IA significa sustraerla a la lógica de la competencia armamentística, que hoy ya no es sólo militar sino económica y cognitiva. Desarmar no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano. Significa sustraerla a los monopolios, hacerla discutible, refutable, y por tanto habitable.»

León XIV, Encíclica Magnifica Humanitas, n. 110

Benanti, en la publicación de El Grand Continent, escribe que Thiel ve el mundo a través de Watchmen de Alan Moore: «Ozymandias o la guerra nuclear». Es decir, un gobierno mundial tecnocrático que imponga orden mediante el control, o el caos total. «Thiel parece vislumbrar una ‘esperanza’ dialéctica: la posibilidad de que el colapso de este orden Leviatán —a manos de fuerzas caóticas y vitales que encarnan una forma de piratería existencial— pueda inaugurar una nueva era de libertad». Pero Benanti advierte: «esta esperanza resulta ser un espejismo». Y yo pienso en Magnifica Humanitas y en su propuesta: «reconstruir Jerusalén«, como Nehemías, «piedra por piedra» (Nehemías 2:17), con «responsabilidad compartida». Dos ciudades, dos amores, dice León XIV citando a Agustín de Hipona (San Agustín para los católicos): «el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la celestial». Thiel construye Babel desde Barrio Parque. El Vaticano llama a reconstruir Jerusalén.

Responsabilidad compartida: Dos ciudades, dos amores; Babel o Jerusalén. Crédito: redcenit

Magnifica Humanitas termina con el Magnificat de María: «Dios ya ha hecho proezas con el poder de su brazo, ya ha dispersado a los soberbios, ha derrotado a los poderosos, ha elevado a los humildes, ha colmado de bienes a los hambrientos» (me conmueve esto, me hace latir muy fuerte el corazón cuando lo escribo, y cuando lo releo tengo una paz especial; creo que lo que siento se llama esperanza). Es la inversión del paradigma de Thiel, que cree que «la democracia y la libertad son incompatibles» y que solo una élite tecnocrática puede salvarnos. León XIV escribe: «María, la madre de Dios, se convierte en ‘poetisa y profetisa de la redención’, porque de sus labios brota ‘el himno más fuerte e innovador que jamás se haya pronunciado'».

Yo cierro esta crónica pensando en Buenos Aires, en Barrio Parque, en el Vaticano. Pienso en dos torres: una de datos y algoritmos, otra de solidaridad y comunidad. Thiel ha plantado su bandera en la capital de mi país —y el ruido sordo de esa presencia me sigue inquietando, no creo haberle encontrado el agujero al mate, con mi insistente pregunta: ¿Qué hace ese tipo aquí?—. Ya no me pregunto tan insistentemente qué hace un profeta del colapso tecnocrático viviendo aquí en el sur de América; creo que la respuesta está en su torre de datos. Así que como siempre me sucede una vez encaminada una pregunta nace otra, la pregunta ahora es otra, y está en el último párrafo.

El Papa escribe desde Roma. Y nosotros leemos, los que pensamos, los que todavía creemos que «el tiempo es superior al espacio», como diría el Papa Francisco, tenemos que elegir: ¿Babel o Jerusalén? (la nueva pregunta) La Magnifica Humanitas ya dio su respuesta y ofrece un camino claro. Ahora, como a lo largo de la historia, es el momento del libre albedrío y, claro está, de sus consecuencias.

«María no sólo nos enseña a ver la obra invisible de Dios, sino que dirige también nuestra mirada ‘a los puntos de fractura de la humanidad, allí donde se produce la distorsión del mundo, en el contraste entre humildes y poderosos, entre pobres y ricos, entre sacios y hambrientos’.»

León XIV, Encíclica Magnifica Humanitas, n. 244

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