Self-Made: La Mentira del Individualismo que Nos Vendieron

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Nadie se hace solo. La ciencia lo confirma, la sabiduría andina lo sabe desde hace siglos, y sin embargo seguimos aplaudiendo la farsa del emprendedor que «no le debe nada a nadie».

Primera entrega de una serie que desarma el individualismo tóxico con datos científicos, filosofía política y cosmovisión originaria. De Sarah Blaffer Hrdy al Ayni, un viaje por la red invisible que nos sostiene y que el neoliberalismo quiere hacernos olvidar.

Son las nueve de la noche y nuestro personaje —al que no voy a ponerle nombre porque podría ser cualquiera, podría ser yo mismo en otro universo— sube una foto a Instagram. Su home office impecable, la laptop de última generación, una taza de café de especialidad. Escribe «Working» —siempre en inglés, como si el éxito necesitara pasaporte— y agrega: «Cuando quieres, puedes. 10 años de esfuerzo, sin ayudas, sin recomendaciones. escribe el hashtags: Self-made  y agrega un emoji del cohetito:🚀».

«El self-made man es, literalmente, un error biológico. Ningún ser humano sobrevivió su infancia sin la ayuda de otros.»

Recibe 347 likes en veinte minutos. Corazoncitos verdes en WhatsApp. Comentarios: «¡Crack!», «Eres un ejemplo». nuestro personaje sonríe, satisfecho, apaga el celular y se queda mirando el techo. Pero hay algo que no dice el post, que esa realidad que exhibe es tan falsa como los espejos que, según Borges en algún texto, «abominan porque multiplican el número de los hombres». nuestro «Crack» no es self-made. Nuestro ejemplo  está sostenido por una red invisible que él no ve… o no quiere ver.

Su madre le cocinó hasta los 28 años. Estudió en una universidad pública gratuita financiada por un país completo. Su primer trabajo se lo consiguió el amigo del padre de su novia. Las calles por las que viaja, la electricidad que lo ilumina, son logros en comunidad. Su socia hace el 70% del trabajo operativo y gana la mitad. La empleada doméstica que va dos veces por semana es quien realmente sostiene que su departamento funcione.

Y nuestro personaje no es el único. Escuchamos ese discurso en todas partes: «Si te esfuerzas, llegas. El que no triunfa es porque no quiere. Yo sola pude, ¿por qué tú no?». Políticos que recortan servicios públicos e influencers que venden cursos de «cómo ser millonario» sin mencionar que partieron con herencia familiar. Empresas que celebran el emprendedurismo mientras precarizan derechos laborales. Y nosotros, repitiendo como un mantra: «No le debo nada a nadie».

La biología no miente (esta es la excepción, pero… todos mienten [Dr. House])

Para entender por qué el «self-made» es una farsa, hay que hablar con la ciencia. Y la ciencia —esa que Galeano decía que «a veces olvida que está hecha por humanos»— tiene una noticia devastadora: biológicamente, el lobo solitario humano no existe. Y si existiera, estaría muerto.

La antropóloga Sarah Blaffer Hrdy lo explica en su obra fundamental Madres y otros: los seres humanos somos «criadores cooperativos». A diferencia de casi todos los demás primates, los bebés humanos nacemos «prematuramente». Si esperáramos a desarrollarnos como un chimpancé, el parto sería físicamente imposible. Por eso nacemos inmaduros, dependientes, absolutamente vulnerables.

«Ningún ser humano, en la historia de la especie, ha sobrevivido a la infancia solo con su madre biológica.»

Hemos sobrevivido gracias al alloparenting —cuidado aloparental— este concepto impolia el cuidado de: abuelos, tíos, hermanos mayores, amigos de la tribu que cargan, alimentan y protegen al bebé. Nuestra capacidad de empatía, de leer las intenciones del otro, de cooperar, no es un «extra» cultural. Es nuestra estrategia de supervivencia evolutiva. El cerebro humano no se diseñó para competir en soledad; se diseñó para sintonizar con otros cerebros.

El antropólogo Christopher Boehm va más lejos. Demuestra que las sociedades cazadoras-recolectoras eran igualitarias no por ser ángeles pacíficos, sino por «dominancia inversa» (no saben la sonrisa que me generó ese concepto, sonrisa del mundo mundial): si un individuo intentaba erigirse como el lobo alfa y acaparar recursos, el grupo se coaligaba para deponerlo. El individualismo extremo era castigado porque ponía en riesgo a la tribu. En otras palabras: nuestros antepasados habrían detestado a los influencers de LinkedIn, esto último es mío nada que ver el Dr. Boehm.

La trampa de género (esta es la prisión, pero… a todos nos joden por igual [RuPaul]).

Entonces, si biológicamente somos interdependientes, ¿por qué celebramos la independencia como la máxima virtud? Aquí es donde el relato del «sálvese quien pueda» se cruza con el género, y nos lastima a todos por igual.

Para los hombres, el mito del self-made se traduce en autonomía tóxica. Se nos enseña (aquí me incluyo, yo también entro en el catálogo) que pedir ayuda es de débiles. Que deben ser el «proveedor», el «roble», el que resuelve solo. Resultado: la epidemia de soledad masculina —el horroroso número de suicidios, de lo que vamos ha hablar en la parte 2 de esta serie—. Los hombres, bajo la presión de «hacerse a sí mismos», pierden sus redes de amistad íntima en la adultez. No pueden ser vulnerables. Y cuando caen, caen al vacío.

Para las mujeres, el mito mutó. Antes era «el ángel del hogar»; ahora el capitalismo y cierto feminismo liberal y funcional al corporativismo, les ha vendido el «síndrome de la supermujer» o el «puedo sola». Se les repite por el medio que esté al alcance que para ser feministas y exitosas deben tenerlo todo: la carrera, el cuerpo perfecto, la crianza respetuosa, la casa impecable. Y lo peor: que si no lo logran, es por «falta de empoderamiento» o «falta de disciplina».

«El ‘puedo sola’ no es libertad; es el individualismo disfrazado de empoderamiento.»

Mientras el algoritmo nos aplaude, los índices de burnout en ambos: hombres y mujeres, la ansiedad y la depresión, insisto: en ambos hombres y mueres de entre 18 y 50 años se disparan. Les aseguro que no estoy exagerando ni me estoy convirtiendo en un profeta del desastre, solo basta mirar con atención para advertir las consecuencias materiales y clínicas de cargar en soledad un peso que siempre debió ser comunitario.

América tienen la palabra (¿o es un eco milenario que resuena y nos llama?)

Para salir de esta trampa, necesitamos cambiar los anteojos con los que miramos el mundo. Y aquí llega a nuestro auxilio lo que me atrevo a llamar la cosmovisión originaria americana. En los Andes, el concepto fundamental no es el individuo, es el Ayllu. El Ayllu es la red de parentesco, de tierra, de espíritus y de comunidad. En el Ayllu, el «Yo» no existe sin el «Nosotros».

Y para mantener ese tejido vivo, existe el Ayni. El Ayni es mucho más que «hoy por ti, mañana por mí». Es la ley sagrada de la reciprocidad. Es el principio que sostiene el equilibrio del universo. Pero no romantizamos: el Ayni no era una utopía relajada. Era un sistema de obligaciones mutuas exigentes. En un entorno hostil de gran altitud (3500 MSNM), si no reciprocas, la comunidad muere.

La botánica indígena Robin Wall Kimmerer —de la nación Potawatomi— lo explica bellamente: el mercado occidental opera bajo una «Economía de la Escasez» (donde siempre falta, hay que acumular y competir), mientras que las cosmovisiones originarias operan bajo una «Economía de la Gratitud» (donde la tierra y la comunidad dan, y uno responde con reciprocidad).

En la economía de la gratitud, la riqueza no es cuánto acumulas, sino cuántas relaciones de reciprocidad mantienes. Cuando el personaje de nuestro ejemplo, si, ese que pone en ingles los textos de sus post en redes, dice «no le debo nada a nadie», desde la perspectiva del Ayni, está diciendo algo trágico: está desconectado de la red de la vida. Está en quiebra relacional, está solo… está muerto.

Desarmar el mito (un día cualquiera, como este, con unos mates y mucha paciencia)

¿Cómo aplicamos esto un día cualquiera? El primer paso es hacer visible la red invisible. La próxima vez que logres algo, no te preguntes solo «¿Cómo lo logré?». Pregúntate: «¿Quiénes me sostuvieron para que esto fuera posible?»

¿Quién cultivó tu comida? ¿Quién enseñó a leer a la persona que te contrató? ¿Qué batallas de los trabajadores de los años 40 lograron que hoy tengas aguinaldo?(claro que si tienes la bendición de tener un trabajo registrado) ¿Quién cuidó a tus hijos para que pudieras tener esa reunión?

«Tu disciplina existe, tu talento existe. Pero son las semillas; la red invisible es la tierra y el agua.»

Reconocer la red invisible no es borrar tu esfuerzo. Tu disciplina existe, tu talento existe, tus pocas horas de sueño son reales. Pero son las semillas; la red invisible es la tierra y el agua sin las cuales esa semilla jamás habría germinado. Asumir la interdependencia te quita la arrogancia del éxito y la vergüenza del fracaso.

Porque si todo es una red, cuando te va bien, hay que agradecer y reciprocar. Y cuando te va mal, no es porque seas un «fracasado» irreparable, es porque la red falló o necesita ser tejida de nuevo.

Manos entrelazadas de diferentes personas - interdependencia

Epílogo (con promesa de continuación [imposible pensar que esto termina aquí])

El mito del self-made es la mentira más cara que nos han vendido. Nos ha hecho creer que la libertad es no necesitar a nadie, cuando en realidad, la verdadera libertad es poder elegir en qué red de interdependencia quieres habitar.

No somos islas. Somos nodos en una red inmensa. Y como dice el saber andino: «Nadie es dueño de la cosecha, solo de su trabajo». Lo que somos, lo somos con otros.

Pero… ¿qué pasa cuando esa red se rompe? ¿Qué pasa cuando el sistema político y económico decide activamente destruir el tejido comunitario para vendernos un supuesto «respeto irrestricto al proyecto de vida del prójimo» como base de un individualismo salvaje?

De eso vamos a hablar en el próximo capítulo. Porque si en este capítulo hablamos de que biológica y culturalmente nadie se hace solo, en el siguiente vamos a ver cómo la soledad se ha convertido en la epidemia y la herramienta de control más peligrosa de nuestro tiempo.

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