La ciencia detrás de la conducta adolescente en tiempos de crisis: observar, hablar, evaluar para comprender

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La adolescencia no es un diagnóstico, ni la agresividad un destino. Cuando el pánico social reclama respuestas inmediatas, la psicología nos invita a detenernos y observar con rigor. La diferencia entre un pedido de auxilio y un riesgo real se define en la precisión de la evaluación.

Comprender la conducta adolescente en tiempos de crisis no se resuelve con titulares ni con medidas punitivas. Desde los estudios de Radio del Plata Tucumán, en el programa Libertad de Expresión que conduce Graciela Núñez,  con la colaboración de Sebastián Gil Olivares y Pablo Gerez, nos sentamos con la doctora Ana Betina Lacunza para desandar los mitos que rodean el malestar juvenil. Doctora en Psicología e investigadora independiente del CONICET, Lacunza nos recuerda que comprender no es excusar, y que evaluar no es etiquetar. Su labor en la cátedra de Evaluación y Diagnóstico Infanto-Juvenil de la Facultad de Psicología de la UNT nos propone un camino menos urgente pero más profundo, el de la escucha informada y la intervención temprana basada en evidencia.

Evaluar la conducta adolescente en tiempos de crisis exige alejarse de la reacción instintiva y recuperar el tiempo de la comprensión. No buscábamos diagnósticos de último momento ni respuestas simplistas. Queríamos entender por qué, once años después de publicar junto a la doctora Norma Contini y otros docentes e investigadores de UNT el libro: «Agresividad en los adolescentes hoy: las habilidades sociales como clave para su abordaje», los mismos hallazgos hoy resuenan con una vigencia inquietante. La investigación que comenzó con jóvenes de once y doce años reveló entonces que el desarrollo no sigue un solo camino, sino que se moldea según el entorno, los recursos disponibles y las redes de apoyo que cada adolescente logra tejer a su paso.

Evaluar para discriminar cuándo es un malestar transitorio y cuándo ese malestar es un patrón de comportamiento sostenido, considerando otros aspectos de la vida del adolescente, nos permite identificar para intervenir y comprender. — Dra. Ana Betina Lacunza

La evaluación psicológica funciona como una herramienta de precisión que requiere formación específica e instrumentos validados para cada contexto. Desde su lugar como investigadora independiente del CONICET, Lacunza nos explica que diagnosticar no significa aplicar etiquetas universales, sino observar cómo un joven se relaciona con su familia, con la escuela y con su propia historia. Cuando distinguimos entre un malestar transitorio y un patrón de comportamiento sostenido, logramos diseñar intervenciones preventivas que evitan la medicalización innecesaria y priorizan el fortalecimiento de habilidades sociales. Estas conductas aprendidas nos permiten interactuar con respeto, defender nuestros derechos sin dañar al otro y construir vínculos mutuamente satisfactorios.

La prevención supone un trabajo interdisciplinario e intersectorial: no podemos depositar en los docentes o en la familia la responsabilidad exclusiva de comportamientos que expresan trayectorias complejas. — Dra. Ana Betina Lacunza

La familia conserva su lugar como el primer espacio de socialización, donde se transmiten valores, normas y pautas de crianza que sostienen el desarrollo integral. Nos encontramos con que muchos adultos atraviesan una sobrecarga de responsabilidades que limita su disponibilidad emocional, lo que genera un desdibujamiento de los límites necesarios para la convivencia. La doctora nos señala que las medidas correctivas por sí solas no cumplen una función preventiva, ya que la prevención exige un trabajo interdisciplinario e intersectorial que involucre a salud, educación y organizaciones comunitarias. Depositar la responsabilidad exclusivamente en los docentes o en el núcleo familiar ignora la complejidad de las trayectorias juveniles y simplifica un fenómeno que requiere miradas entrelazadas.

El adolescente solo hay que entenderlo en su complejidad y en su contexto, y a partir de ahí también hacer intervenciones que sean adecuadas a los entornos en los que intervienen. — Dra. Ana Betina Lacunza

El entorno socioeconómico influye en el desarrollo de las habilidades sociales, pero no determina el comportamiento de manera lineal ni absoluta. Los estudios realizados en nuestra provincia nos muestran que, si bien los contextos vulnerables pueden presentar mayores déficits en el control de impulsos o en la consideración hacia los pares, la capacidad de liderazgo y el espíritu de iniciativa mantienen una presencia constante entre todos los estratos. Betina Lacunza nos insiste en que afirmar que un joven proveniente de una zona carenciada desarrollará conductas violentas por defecto constituye un error metodológico y una injusticia social. La vulnerabilidad se combina con factores protectores, y es precisamente en esa intersección donde la psicología del desarrollo encuentra su mayor utilidad para diseñar políticas públicas y programas de acompañamiento escolar.

No es una ecuación lineal decir que por vivir en una zona vulnerable un adolescente será violento. Hay que considerar todo el entramado en el que está inserto, combinando factores de riesgo con factores protectores. — Dra. Ana Betina Lacunza

La escuela puede asumir un rol de detección temprana cuando se implementan instancias que permitan identificar indicadores de riesgo sin caer en la estigmatización. Nos aclaran que no se trata de replicar el modelo de evaluación clínica individual en aulas con cuarenta estudiantes, sino de generar procesos colaborativos donde los profesionales de la investigación trabajen junto a los equipos educativos. En la cátedra de evaluación y diagnóstico infanto-juvenil que integra en la facultad de psicología en la UNT, los futuros psicólogos aprenden que la intervención de un profesional psicólogo es un acto relacional que requiere paciencia, formación continua y humildad epistemológica. Estas prácticas nos ayudan a reconocer cómo los factores de riesgo se combinan, cómo se compensan y dónde resulta necesario fortalecer las redes de contención antes de que el malestar se consolide.

La publicación de referencia sobre agresividad juvenil, que hoy vuelve a demandarse por parte de educadores, psicólogos y estudiantes, nos recuerda que la ciencia avanza cuando el conocimiento se vuelve socialmente válido y transmisible. Lacunza nos comparte que la disciplina exige un trabajo continuo de validación de instrumentos, transferencia de hallazgos y adaptación a las realidades locales para garantizar que las intervenciones respondan a necesidades concretas. Cuando comprendemos que el adolescente debe consolidar su identidad, conformar redes de apoyo y construir un proyecto de vida, entendemos que la prevención supone espacios de participación real y no solo discursos paternalistas.

Las medidas de endurecimiento normativo y las respuestas institucionales inmediatas suelen generar un debate intenso que, sin embargo, deja de lado la necesidad de escucha activa y acompañamiento prolongado. Nos proponemos recuperar la idea de que la convivencia armónica se sostiene en la transmisión de pautas claras, en la presencia adulta consciente y en la construcción colectiva de herramientas socioemocionales. La doctora Lacunza nos invita a mirar más allá del titular, a reconocer que cada conducta juvenil expresa una historia que merece ser interpretada con rigor, y a confiar en que la evaluación psicológica bien ejercida sigue siendo la brújula más confiable para transitar la conducta adolescente en tiempos de crisis.

La violencia escolar no se borra con un decreto ni se contiene con muros más altos. Se atraviesa con palabras que nombran sin etiquetar, con adultos que recuperan su lugar de referencia sin autoritarismo, con profesionales que se niegan a reducir una historia a un informe. Detrás de cada hecho que nos sacude hay un adolescente que ha caminado largo, a veces solo, demasiado solo, a veces mal acompañado, buscando un lugar donde ser visto por un otro.

La ciencia psicológica no promete milagros, pero sí nos entrega un método: observar con calma, escuchar sin prejuicios, evaluar para intervenir a tiempo. Si caminamos por esa senda, la crisis deja de ser un punto final para convertirse en un umbral (¿en una oportunidad?). Y en ese tránsito, cada gesto de contención, cada dato validado, cada aula que se transforma en espacio de escucha de circulación de la palabra, nos acerca a una adolescencia que no necesita ser encerrada a la fuerza, sino comprendida, abrazada, alojada, contenida en amor, nada más, nada menos: en amor.

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