El proyecto para renombrar el aeropuerto expone una lógica peligrosa: medir los homenajes por “nivel de conocimiento” y no por coherencia histórica.
El intento de cambiar el nombre del Aeropuerto Internacional Teniente Benjamín Matienzo por Aeropuerto Internacional Juan Bautista Alberdi reabrió un debate que va mucho más allá de una denominación. La iniciativa, impulsada por los legisladores Agustín Romano Norri (Movimiento Radical Tucumán) y Walter Berarducci (Compromiso Tucumán), dejó al descubierto una concepción preocupante sobre cómo se construye la memoria pública.
El argumento que encendió la polémica
En redes sociales, el propio Romano Norri respondió a las críticas afirmando que “no está mal el homenaje a Benjamín Matienzo”, pero que consideran “mejor que la puerta de nuestra provincia al mundo lleve el nombre de Juan Bautista Alberdi, más conocido en la provincia, el país y el mundo”.
La frase no es menor. Reduce el valor de un homenaje histórico a un criterio de popularidad, como si los símbolos públicos debieran funcionar según rankings de reconocimiento y no por sentido, coherencia y función.

Por qué el aeropuerto se llama Benjamín Matienzo
Benjamín Matienzo fue aviador, militar, tucumano y pionero de la aeronáutica argentina. Murió en 1919 intentando cruzar la Cordillera de los Andes en avión, cuando volar era una hazaña extrema. Su nombre está ligado de manera directa al acto de volar, al riesgo, a la innovación y al nacimiento de la aviación nacional.
Que no sea “tan conocido” como Alberdi no lo vuelve menos valioso: al contrario, explica por qué el Estado debe preservar su memoria. Además, aún hoy viven en Tucumán familiares de Matienzo, lo que hace de este homenaje algo vivo, humano y vigente.

Alberdi no necesita reemplazos
Juan Bautista Alberdi es un prócer indiscutido, inspirador de la Constitución Nacional de 1853 y figura central del pensamiento argentino. Su legado es jurídico, político e institucional. Y justamente por eso, ya cuenta con homenajes de máxima jerarquía: ciudades, calles, instituciones y un lugar consolidado en la historia nacional.
El debate no es Alberdi versus Matienzo. El problema es pretender honrar a uno borrando al otro, y hacerlo además bajo el argumento de que “vende más” o “es más conocido”.
La “puerta al mundo”, una excusa débil
Ningún aeropuerto se vuelve más internacional por su nombre. El turismo y la proyección global se construyen con inversión, conectividad, servicios y planificación, no con cambios simbólicos que no alteran la realidad. Medir la identidad de Tucumán por marketing nominal es una simplificación peligrosa.
Memoria o coyuntura
El proyecto deja una pregunta incómoda: ¿Los homenajes deben responder a la coherencia histórica o a la lógica política del momento?
Un aeropuerto que honra a un pionero de la aviación no es un error a corregir, sino una decisión inteligente que conecta función, historia e identidad. Cambiar su nombre porque otro prócer “es más conocido” no fortalece la memoria colectiva: la empobrece.
Tucumán no necesita elegir entre Matienzo y Alberdi. Necesita dirigentes que entiendan que la historia no se reemplaza: se respeta.






