Un nuevo tipo de fascismo está emergiendo en el mundo: ¿por qué ya no basta llamarlo populismo?

0
56

Descartada la paranoia y descartada la exageración dramática; lo que venía rumiando desde hace tiempo me lo han confirmado, cada uno por su lado, dos voces que nunca se hablan: una desde la literatura y la poesía, la otra desde la frialdad de la estrategia global. Y no son voces en mi cabeza —sino en los diarios, los informes y los libros que todos podemos leer.

El “nuevo fascismo” ya no es una metáfora literaria ni una exageración política. El domingo pasado, un artículo en El País de Madrid —replicado en muchos otros medios internacionales— me dio la primera señal. Casi al mismo tiempo, tropecé con el informe anual de riesgos globales de la consultora más influyente del planeta. Ambos apuntaban al mismo epicentro: Estados Unidos. Y ambos usaban palabras que creíamos enterradas en los libros de historia. Aquí cuento por qué eso debería importarnos a todos, incluso aquí, en Tucumán.

Se me ha acusado de tener sangre de pato, o peor, no tener sangre, por mi elección de la tranquilidad ante situaciones que podrían denominarse caóticas, no suelo entrar en pánico. Tras un camino recorrido como docente —enseñando, escribiendo, analizando discursos políticos— aprendí a distinguir entre ruido y señal cosa que un decano radio-operador de LV 7 me lo enseñó cuando con 18 años pise la emisora por primera vez: “Frente a ese micrófono, elegí si vas a ser ruido o señal, nene». Hoy, frente a este teclado, sigo tratando de ser señal y no ruido.

Era domingo por la mañana el café emitía ese vaporcito tan bonito que llenaba con su aroma mi sala mientras navegaba por la edición digital de El País. Allí estaba: “Un nuevo tipo de fascismo que afecta al mundo entero, firmado por Siri Hustvedt, ella no habla de “extrema derecha”. Habla de nuevo fascismo como categoría analítica.

Hustvedt no es politóloga ni activista. Es novelista, ensayista, Doctora en Filosofía de la Universidad de Columbia en New York, Premio Príncipe de Asturias, y Doctora Honoris Causa de varias universidades. Su mundo es la literatura, no la geopolítica. Y sin embargo, lo que escribió resonaba con una precisión inquietante.

“El fascismo puede definirse como una forma de comportamiento político que se caracteriza por la obsesión por el declive, la humillación o el victimismo de la comunidad y el culto compensatorio a la unidad, la energía y la pureza.”

— Siri Hustvedt, citando a Robert Paxton

Esa definición no es suya. La toma de Robert Paxton, historiador estadounidense y autor de Anatomía del fascismo, considerada la obra de referencia sobre el tema. Pero Hustvedt no se limita a citar. La extrapola a nuestra actualidad hiperconectada y convulsionada, y afirma algo contundente: ya no basta con llamar “populismo autoritario” a lo que está ocurriendo en el corazón mismo del orden liberal occidental.

Porque cuando un movimiento abandona las libertades democráticas y persigue con violencia redentora y sin restricciones legales objetivos de limpieza interna y expansión externa (¿Venezuela?), estamos ante otra cosa. No ante un desvío temporal, sino ante una transformación estructural.

Esa misma tarde, por casualidad, no la voy a ir de investigador periodístico, ¡no! —o por diseño del algoritmo—, encontré la presentación pública del informe Top Risks 2026 de Eurasia Group. Allí estaba Ian Bremmer, licenciado en Ciencia Políticas, y Doctor en Ciencias Políticas de la Universidad de Stanford, fundador de Eurasia Group; ahí estaba explicando sin cortes publicitarios ni suscripciones de por medio los diez mayores riesgos para el planeta para este 2026 . Sus análisis los consumen gobiernos, bancos centrales y multinacionales. No opina: diseña mapas de navegación para quienes manejan el poder real.

Y en el primer lugar de esa lista aparecía: “Revolución política en Estados Unidos”.

“Estados Unidos finaliza 2026 y no puede clasificarse plenamente como una democracia representativa tradicional.”

— Informe de Eurasia Group, Ian Bremmer

La frase no viene de un ideólogo, sino de un estratega cuyo negocio depende de acertar. Bremmer describe cómo, en un segundo mandato hipotético, se ha acelerado la despolitización del Estado: funcionarios purgados o promovidos por lealtad (un presentador de TV es ministro de guerra) no por mérito; agencias independientes neutralizadas; el Departamento de Justicia y el FBI convertidos en instrumentos del poder ejecutivo.

Nada de esto suena ajeno. Basta mirar más cerca: cuando en Argentina un decreto (PE-DNU 941/2025) otorga poderes especiales a una agencia de inteligencia —burlando controles parlamentarios y judiciales—, no estamos ante un caso aislado. Estamos ante el mismo patrón: la captura del Estado para usarlo como arma contra los “enemigos”, reales o inventados. El escenario cambia; la lógica, no.

Lo más inquietante no es que dos personas digan lo mismo. Es que vienen de mundos opuestos. Hustvedt escribe desde lo más exquisito del arte de las letras y desde la profundidad de Dickens. Bremmer vende informes a Goldman Sachs. Uno habla de “culto a la masculinidad”; el otro, de “pérdida de independencia operativa”. Pero ambos señalan el mismo fenómeno.

“Los medios deben dejar de usar la palabra ‘conservador’ para referirse a personajes que no están conservando nada, sino destruyendo el gobierno, atacando universidades y fabricando mentiras oficiales sin parar.”

— Siri Hustvedt

Hustvedt tiene razón: el conservadurismo clásico defiende instituciones. Lo que vemos hoy no conserva nada. Destruye para construir un orden nuevo. Para afirmar esta observación nos viene como anillo al dedo el pensamiento  del politólogo Giuliano Da Empoli, en su libro La hora de los depredadores: afirma que el poder ya no se ejerce desde la estabilidad, sino desde el caos deliberado. Los nuevos líderes no prometen orden; generan incertidumbre para luego presentarse como únicos capaces de controlarla.

Basta ver cómo los seguidores de ciertos movimientos (MAGA por Ejemplo) venden tazas, calzoncillos e incluso armas con imágenes de sus líderes como Iron Man o Superman: un anciano frágil transformado en superhéroe a prueba de balas. Nos alejamos de la política como arte del diálogo y entramos en la mitología del redentor invencible.

Mientras leía, recordé un posteo reciente de Viktor Orbán: “El orden mundial liberal se está desmoronando. La era de las naciones ha comenzado.” Orbán, aliado de Putin y admirador de ciertos estilos de mando, no es un observador neutral. Es parte del cambio. Y su frase confirma lo que tanto Hustvedt como Bremmer advierten: ya no se trata de competir dentro de reglas. Se trata de quemarlas.

“A nadie se le ocurriría hoy decir que si unos grupos de judíos se hubieran sentado a conversar amigablemente con Hitler, se habría podido evitar el Holocausto.”

— Siri Hustvedt

Con esa imagen brutal, Hustvedt cierra su argumento: no todo conflicto se resuelve con diálogo. A veces, el llamado al “diálogo” sirve para normalizar lo inaceptable. Como en los años treinta, cuando Europa cedió territorios a la Alemania nazi pensando que así se evitaría la guerra, esta decisión no solo no apaciguó al régimen Nazi, sino que por el contrario lo alimentó.

Todo esto me llevó a M. El hijo del siglo, del italiano Antonio Scurati: una biografía novelada de Mussolini escrita como un thriller. Uno lee cómo el Duce manipulaba emociones, se vestía de salvador y prometía purificar la nación… y no puede evitar ver los ecos. No es que la historia se repita (en serio: ¿no?). Pero ciertos patrones —el culto al líder, la humillación nacional, la violencia como redención— reaparecen con perturbadora familiaridad.

No escribo esto para asustar. Escribo para alertar con claridad. Porque formar opinión en este mundo exige rigor, no reacciones viscerales. Y porque, como docente, sé que el primer paso para resistir cualquier forma de autoritarismo es nombrarla con precisión.

Dos voces de trayectorias opuestas —una progresista, literaria, crítica; la otra centrista, técnica, estratégica— han coincidido en señalar el mismo riesgo global. Son voces de mundos casi antagónicos, que describen el fenómeno con palabras distintas pero igual gravedad. Cuando análisis tan dispares en origen, método y lenguaje convergen en una conclusión idéntica, ya no se trata de coincidencia. En mi experiencia, cuando diagnósticos procedentes de fuentes tan alejadas confluyen, no es azar. Es, lisa y llanamente, una advertencia.

El fascismo del siglo XXI no viene con camisas pardas. Viene con memes, con superhéroes de cómic, con discursos que mezclan religión, raza y resentimiento. Y a veces, viene avalado por quienes deberían protegernos de él.

Pero también viene con resistencia. Hustvedt lo dice al final: “La resistencia es fundamental.” Y en eso, al menos, poetas, estrategas y este humilde cronista coincidimos: frente al caos deliberado, la claridad y la resistencia son el camino diferencial.   

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí