Fútbol y política: un matrimonio exitoso, y escandaloso

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Donald Trump muestra una tarjeta roja (¿profesía?) en el Despacho Oval en presencia de Infantino. Foto: Reuter

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Futbol y política un matrimonio que ha llamado la atención de ganadores del premio Nobel como Acemoglu que soñó con integración y es utilizado de personajes como Trump que no dudó en llamar a Infantino para pedir «justicia». Crónica de una hipocresía anunciada donde el fútbol dejó de ser un juego para convertirse en espejo de nuestras democracias fracturadas.

Francia celebró a Zidane como héroe nacional y ahora vota por quien promete deportar a sus hijos. El fútbol prometió integración; entregó negocio. Esta es la historia de cómo el Mundial 2026 desnudó la gran mentira: que el deporte puede con la política. Spoiler: no puede.

Paris, 12 de julio de 1998. Vi a Zidane levantar la copa. Recuerdo la imagen como si fuera ayer: los Champs-Élysées repletas de una Francia que por primera vez se veía a sí misma como quería ser: negra, blanca, árabe. Black-Blanc-Beur. Veintiocho años después, Marine Le Pen llega segunda en las presidenciales francesas prometiendo deportaciones masivas. El mismo país que abrazó a Zidane —hijo de argelinos— ahora debate si los jugadores de origen africano «cantan bien el himno». La promesa del fútbol como laboratorio de integración se rompió como cristal barato. Y yo, que crecí escuchando que el fútbol era «solo un juego», me pregunto cuándo nos mentimos tan descaradamente.

«El fútbol es una lección contra los discursos extremistas», escribió Daron Acemoglu, Premio Nobel de Economía 2024. Se equivocó en algo fundamental: asumió que el fútbol es un espacio autónomo. No lo es.

Daron Acemoglu —sí, el economista que ganó el Nobel por demostrar que democracia y capitalismo se necesitan mutuamente— se puso a estudiar los mundiales. Su conclusión era hermosa: equipos multiétnicos como Francia, Bélgica o Inglaterra generan orgullo nacional. La diversidad y la pertenencia pueden convivir, decía. «El éxito de jugadores con ascendencia diversa demuestra que la integración social y el orgullo nacional no solo pueden coexistir, sino que lo hacen de forma natural y espontánea», escribió en un análisis que leí mientras tomaba café, ingenuo yo, creyendo que todavía existían los análisis desinteresados.

 Zidane levanta la Copa del Mundo en 1998. Foto: Reuter

Pero Acemoglu cometió un error de principiante: ignoró que el fútbol contemporáneo no es un fenómeno natural. Es un campo de batalla político. Y el 1 de julio de 2026, esa batalla se volvió escandalosamente visible.

Ese día, Donald Trump llamó a Gianni Infantino. No es un rumor: tres fuentes (tal y como manda la ortodoxia periodística) lo confirmaron al New York Times. Fox News lo publicó. El presidente de Estados Unidos hablando con el presidente de la FIFA sobre un partido de fútbol. Cuatro días antes, Folarin Balogun —delantero estadounidense de origen nigeriano— había recibido tarjeta roja directa contra Bosnia. La FIFA fue clara ese mismo día: «Las tarjetas rojas no se apelan». El artículo 66.4 del Código Disciplinario es terminante: expulsión significa suspensión automática. Bélgica lo citó textualmente en su protesta formal, como quien le recuerda la Constitución a un dictador, ingenuos ellos, creyendo que hay chance de una revisión imparcial.

«Las tarjetas rojas no se apelan», dijo la FIFA el 1 de julio. El 5 de julio, invocó el Artículo 27 —nunca usado dentro de un Mundial— y suspendió la sanción de Balogun. Cuatro días. Eso tardó la política en doblarle la mano al reglamento.

El 5 de julio, la FIFA invocó el Artículo 27, una cláusula nunca usada dentro de un Mundial, y suspendió la sanción de Balogun. Cuatro días. Eso tardó la política en doblarle la mano al reglamento. Mientras tanto, Argelia espera respuesta desde el 19 de junio a su queja formal por la falta de Messi que merecía roja y no fue ni amarilla —con esto, seguro, me voy a ganar algún comentario de anti-patriota—. Dos casos. Una misma jugada. Distintos apellidos. Distintos resultados. La matemática del poder, que no es matemática: es geopolítica en acción.

Aquí es donde debo nombrar responsables. Porque el fútbol no es un fenómeno natural. Es una construcción política con actores concretos, y cada uno tiene su cuota de culpa:

La FIFA sabe exactamente lo que hace. Admite fallas técnicas en el VAR cuando le conviene. Cobra mil millones de pesos por liberar los palcos del Estadio Azteca mientras gentrifica el barrio. Prohíbe el español en conferencias de prensa —luego rectifica cuando la presión es insoportable— y convierte las pausas de hidratación en espacios publicitarios. Vende boletos a 11 mil dólares mientras habla de «fútbol para todos». Es un insulto a la inteligencia, pero es un insulto que compramos, pagamos y hasta gozamos —si puse gozamos a conciencia, total, del calibre de esa palabra y de su significado psicoanalítico, bien a propósito lo he hecho y lo volvería hacer—.

 Impactante marco de público en el Mundial 2026: ya asistieron más de 2,3 millones de espectadoresidane. Foto: Reuter

Los gobiernos llaman por teléfono. Trump no es una excepción; es la regla hecha visible. Cuando México falla, cuando Argentina protesta, cuando Bélgica cita artículos, el mensaje es claro: el reglamento aplica hasta donde el poder político lo permita. Es la ley de la selva con corbata y protocolo diplomático; no me diga que no, y haga cara de esto es solo un espectáculo, porque arranco con detalles del caso AFA en la argentina y este texto en vez de 1800 caracteres trepa a 3000 sin despeinarse.

Las federaciones callan. Bélgica es la única que emite un comunicado citando el artículo 66.4. Colombia, con cinco goles anulados por VAR —récord histórico—, no recibe respuesta. Alemania, eliminada por un gol anulado en el descuento, acepta el fallo. Senegal, Irán, Argelia: todos presentan quejas formales. Ninguno obtiene respuesta. El silencio federativo es complicidad. Es el pacto de los que saben que mañana pueden necesitar el mismo favor.

Colombia tuvo cinco goles anulados por VAR. Alemania fue eliminada por un gol anulado en el descuento. Argelia espera respuesta desde junio. Bélgica cita artículos. FIFA no responde. El silencio es complicidad.

Los árbitros obedecen. Saben que sus carreras dependen de la FIFA. Saben que una decisión «incorrecta» pero políticamente conveniente puede significar el fin de su trayectoria. No son inocentes; son engranajes. Y como todo engranaje, pueden ser reemplazados si se oxidan.

Los medios normalizan. ESPN transmite comerciales durante las pausas de hidratación. Forbes celebra los «250 millones en publicidad» como si fuera un logro. La BBC informa sobre los boletos de 11 mil dólares como dato curioso, no como escándalo. El periodismo deportivo se convirtió en relaciones públicas del espectáculo. Y yo, que escribo esto, soy parte del problema: necesito que leas esto que lo compartas y el SEO y las estadísticas de lectura suban para que mi editora no diga: «Pablito, otra vez tirando bombas».

Nosotros, los hinchas, pagamos. Compramos el boleto, encendemos la tele, compramos la camiseta. Nos indignamos en redes sociales pero seguimos consumiendo. Somos el mercado que sostiene esta maquinaria. Somos la contradicción ambulante que denuncia la corrupción mientras financia la corrupción. Hipócritas —Yo, el primero de todos… como decía Pablo en alguna de sus epístolas— con cotillón al completo de su selección nacional de fútbol.

 Macri, Leo Mateu (CEO fundador de Red Carpet Agency, una agencia de relaciones públicas y comunicación especializada en posicionamiento) y Gianni Infantino. Foto: FIFA

Volvamos a Francia. El equipo que juega el Mundial 2026 tiene a Kylian Mbappé, hijo de inmigrantes cameruneses y argelinos. Tiene a Aurélien Tchouaméni, de origen camerunés. Tiene a Ousmane Dembélé, de origen mauritano. Millones de franceses los celebran cuando ganan. Pero esos mismos millones votaron por candidatos que prometen reducir la inmigración, prohibir símbolos religiosos, «proteger la identidad francesa». La misma sociedad que aplaude a Mbappé en el estadio apoya políticas que rechazan a los Mbappé que aún no han nacido.

El fútbol no es la solución al extremismo. Es su espejo. Y lo que refleja es, por lo menos, incómodo: celebramos la diversidad cuando gana partidos, pero la rechazamos cuando llega a nuestros barrios, nuestras escuelas, nuestras ciudades. Es la paradoja francesa, sí, pero también es la paradoja argentina, la paradoja estadounidense, la paradoja de todas las democracias occidentales que se dicen inclusivas mientras construyen muros.

Acemoglu tenía razón en algo: el fútbol muestra que la integración es posible. Pero se equivocó al ignorar que el fútbol contemporáneo es, ante todo, un negocio. Y los negocios no tienen ideología; tienen intereses. La FIFA le dio a Trump el «Premio de la Paz» —una ridiculez, un acto de obsecuencia que de verlo da vergüencita (cringe: como dicen los chicos hoy), un verdadero delirio—, en diciembre de 2025. En julio de 2026, Trump entregará el trofeo de la final. Cincuenta eurodiputados pidieron investigar el conflicto de interés. La FIFA no respondió. Por supuesto que no es corrupción, solo estamos ante un  modelo de negocio.

«La FIFA le dio a Trump el ‘Premio de la Paz’ en diciembre. En julio, Trump entregará el trofeo de la final. Cincuenta eurodiputados pidieron investigar el conflicto de interés. FIFA no respondió. No es corrupción. Es el modelo de negocio.»

¿Qué hacemos? Podemos seguir indignados en redes sociales mientras se siguen vendiendo y comprando boletos de 11 mil dólares. Podemos celebrar a los Jiménez, a los Mbappé, a los Balogun, mientras aceptamos que sus federaciones son instrumentos políticos. Podemos creer que el fútbol es «solo un juego» mientras gobiernos, corporaciones y federaciones lo usan como herramienta de poder… y por amor de Dios no salgan con eso de que política y futbol no tienen nada que ver… por favor.

O podemos nombrar a los responsables. Exigir transparencia. Boicotear cuando sea necesario. Recordar que cada vez que pagamos una entrada, cada vez que encendemos la tele, estamos votando por este modelo. La paradoja francesa no es solo sobre inmigración. Es sobre hipocresía. Celebramos lo diverso en la cancha, pero lo rechazamos en la vida. Denunciamos la corrupción, pero la financiamos. Queremos fútbol limpio, pero aceptamos reglas que se doblan por una llamada telefónica y sobre todo si nos benefician.

El fútbol es político. Siempre lo fue. La pregunta es: ¿de qué lado estamos? Yo, por mi parte, sigo escribiendo. Ustedes, sigan leyendo. Y ojalá —solo ojalá— algún día alguien haga algo más que leer y escribir.


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Fuentes consultadas:

New York Times, Fox News, BBC, Forbes, ESPN, FIFA Código Disciplinario (Artículos 66.4 y 27), comunicados oficiales de las federaciones de Bélgica y Argelia, UNAM sobre gentrificación del Estadio Azteca, análisis de Daron Acemoglu sobre mundiales y diversidad, Le Monde sobre ascenso de la extrema derecha en Francia.

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