
Cargar al paralítico. Hablando sin metáforas y citando La Biblia, como libro que lo ordena todo, el arzobispo Jorge García Cuerva se dirigió al presidente, a sus ministros y a sus asesores, en un lenguaje llano y despojado. “Acompañar al que sufre, ayudarlo a levantarse, cargarlo”. Esto no pone en juego el paradigma de la libertad individual, sino que edifica el otro pilar de una república sana: el de la armonía colectiva.
Cuerva encarnó en palabras a los que sufren por esta Argentina. Los que tienen voto pero no consiguen ser escuchados. Los que acompañaron los nuevos vientos y fueron desatendidos. Es inédito: por primera vez en la historia de nuestra democracia, vemos que aquellos que la pasan mal (los que no llegan a fin de mes, los uberizados a duras penas, los jubilados ajustados, los que se quedan sin remedios, nuestro vecino, nuestros amigos), están callados. El griterío y la furia son patrimonio de los que tienen, de los que se pelean por las miserias del dinero y del poder, mientras que los hundidos bajan la cabeza y van como pueden a donde pueden.
Son los paralizados, según Cuerva, “en su esperanza, en sus oportunidades y en su dignidad”. No salen a la calle a protestar. Implosionan en silencio, en el interior de sus casas, se lamentan una noche y al otro día vuelven a empezar. Es el drama de puertas adentro que sucede, a pesar de las encuestas, de las estadísticas, del boom de la energía y de las discusiones mediatizadas. Una penuria que respira a la sombra de los insultos que proliferan en X.
La voz de todos los postergados se replicó en cada frase del prelado. El presidente, sus ministros y sus asesores lo miraban en silencio. ¿Tomaban nota o pensaban en el próximo posteo? ¿Habrán hecho mella esas definiciones o los asistentes estaban diseñando en 140 caracteres el próximo agravio para el rival de turno de esta semana?

Entonces Cuerva, con respeto y sin alardes, pero también con un timbre de dolor, invitó a ser cuidadosos con las palabras. A desarmar el lenguaje y despojarlo de todo lo que lastima. Palabras hirientes, usadas como si no significaran nada, para castigar al enemigo. La piña verbal al oponente genera un daño colateral de indignación y pena que parece mentira que cierta clase política no pueda leer. Si lo hacen a sabiendas, entonces les cabe una sola definición: la de malas personas.
Pero el arzobispo fue más allá. Los identificó frente a sus teléfonos o delante de las pantallas de sus computadoras. No hicieron falta ni nombres ni apellidos, pero es fácil ver el camino que conduce hasta los rostros de quienes debían recibir ese mensaje. Les dijo: “Viven de privilegios; alejados del común de la gente, perdieron la sensibilidad con los que sufren, critican a los que intentan hacer el bien. (…) Haters de hoy, sentados frente a una computadora de su escritorio, o cómodamente instalados delante de una pantalla para hacer terrorismo de las redes, descalificando, difamando. Qué vigencia tienen las palabras del Papa León cuando decía en febrero de este año: los invito a abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz».
Las palabras de Cuerva en este 25 de mayo de internas políticas a flor de piel irrumpieron para recordarle al Gobierno que el sueño de la Patria fue sobre todo el deseo de un grupo de hombres que se pusieron de acuerdo en algo esencial: la conformidad recíproca, la empatía, la solidaridad, la amabilidad y el amor al prójimo sea del color que sea. Cuando Cuerva dice que los próceres de la historia dieron la vida por la libertad, está diciendo al mismo tiempo que esos mismos hombres ayudaron a los desahuciados a caminar. No hacia un lugar distinto o menor, sino hacia el mismo destino común que nos esperaba a todos: el de un país razonable, celebrado y compartido. Sin agravios ni aberraciones.






