
Desde hace alrededor de tres años, la Argentina está dividida alrededor de un líder inesperado y excéntrico que se ha propuesto, al decir de él mismo, dos objetivos ambiciosos. Uno de ellos, reparar la economía según la receta de una versión extrema del liberalismo, en cuyo centro anida la idea de que el Estado no debe existir. El otro, cambiar la cabeza de los argentinos de modo que nunca más a nadie se le ocurra pensar que el Estado debe resolver los problemas de nadie, por débil que sea. A este segundo aspecto lo llama “la batalla cultural”, en homenaje tal vez inconsciente a un marxista italiano llamado Antonio Gramsci, que fue quien introdujo el término en la política del siglo pasado. En el centro de esa batalla anida otra idea, que ese hombre llamado Javier Milei definió en muy pocas palabras: “La justicia social es una inmundicia”.
A ese señor, que es el presidente —al menos lo será por un tiempo más-, le ha surgido un antagonista, tan inesperado como él mismo. Se trata de la Iglesia Católica y, más precisamente, de su referente más visible, el Arzobispo de Buenos Aires, Jorge Ignacio García Cuerva, quien poco a poco parece ir ocupando a sus anchas el rol que dejó vacío Jorge Bergoglio, nada menos, al asumir el papado. Milei y García Cuerva mantienen las formas. A diferencia de algunos de sus predecesores, el actual presidente concurre a la Catedral el día del Tedeum del 25 de mayo, se arrodilla, se persigna y escucha pacíficamente la homilía de su contraparte. Entonces, debe resignarse a oír algunas ideas que, para su propio credo, el de los anarcolibertarios, son sacrílegas.
Por eso, en la mañana del 25 de mayo de 2026, debió tolerar párrafos como los que siguen:
-“Cuatro hombres acercan a un paralítico a Jesús, alguien que no podía caminar, que no podía pararse por sus propias fuerzas. Hoy también muchos hermanos experimentan estar paralizados en sus esperanzas, en sus oportunidades, en su dignidad. Tenemos la enorme responsabilidad de ayudar a curar tantas parálisis personales, familiares y también sociales, como aquellos cuatro hombres que se hicieron cargo, que no buscaron culpables, sino soluciones”.
-“Ellos podían caminar, y esto los hizo solidarios con el dolor ajeno. La vida seguramente les dio más oportunidades y por eso fueron más sensibles frente al paralítico. No lo dejaron tirado, porque nadie es descartable, nadie es desechable, todos somos importantes. Comenzando por los abuelos, los niños, los enfermos, las personas con discapacidad, los adolescentes y jóvenes atravesados por la droga, los trabajadores informales y precarizados y tantos más”.
-“La sombra de una nube de desmembramiento social se asoma en el horizonte, mientras diversos intereses juegan su partida ajenos a las necesidades de todos. El sálvese quien pueda no es más que la expresión de un individualismo cruel que rompe los vínculos de fraternidad y descompone a la Nación. Porque terminamos siendo solo una suma de individuos en un mismo territorio, donde cada uno piensa en sí mismo y en el propio bienestar”.

Cada palabra refiere a un elemento disruptivo para el presidente. Milei sostiene que la Argentina ha despegado hacia la transformación en una potencia. “La sombra de una nube de desmembramiento social se asoma en el horizonte”, dice, en cambio, García Cuerva. Uno a uno, el obispo refiere a sectores sociales golpeados por la política económica: personas con discapacidad, trabajadores informales, enfermos, abuelos. Se trata, evidentemente, de alguien que no cree que la justicia social sea una inmundicia sino todo lo contrario.
La escena que se produjo durante el Tedeum contiene un evidente choque de percepciones y de valores. Tanto es así que, mientras Milei callaba –tal vez contenía su furia habitual- sus partidarios reaccionaban airadamente. “El mensaje de García Cuerva fue lamentable e injusto con los logros del gobierno. Algunos militan con sotana el regreso del peronismo que nos dejó 57% de pobres. La permanente demonización del individuo, la riqueza y la romantización de la pobreza, los deja siempre en un mal lugar”, tuiteó el diputado “Bertie” Benegas Lynch, junto con un álbum de fotos donde García Cuerva aparece con Sergio Massa, Alicia Kirchner y Malena Galmarini.
El biógrafo presidencial, Nicolás Márquez, fue aún más enfático:
-“Técnicamente, no tiene el menor rigor académico la opinión de un obispillo embrutecido, inmoral y anticristiano. A tal punto esto es así, que el militante García Cuerva se junta jocosamente no con católicos de estricta observancia, sino con malvivientes que militan con él en un partido fundado por un masón que encarceló sacerdotes, quemó iglesias, prohibió las procesiones religiosas, exilió obispos y, como consecuencia de sus herejías, fue formalmente excomulgado en 1955 por Pío XII; me refiero al tirano Juan Perón, de quien el bocón que hoy encabezó el Tedeum es acólito».
“En rigor, este sujeto, García Cuerva, es parte de la camada de herejes infiltrados en la Iglesia que el apóstata Bergoglio colocó en lugares de poder. Su falible y precaria opinión tiene un peso minúsculo y solo nos sirve de guía a los argentinos de bien para ratificar que @JMilei está conduciendo el país hacia un rumbo correctísimo. Mucho me hubiese preocupado que el precitado clérigo kirchnerista elogiara la gestión del presidente. Pero, afortunadamente y para tranquilidad de todos, fue crítico de la misma. ¡Un gran alivio!“

De un lado, entonces, quienes creen que el actual modelo es injusto, abandona a los débiles y que la situación social es agobiante. Del otro, quienes ven en lo que pasa el camino hacia el éxito nacional, que consiste justamente en que el Estado no gaste nada ni ayude a nadie. De un lado, los anarcolibertarios y sus ideas. Del otro, el heredero de un Papa que inició un camino para que la Iglesia abandonara sus rasgos persecutorios e incluyera a “todos, todos, todos”: las minorías, los disidentes, los pecadores, los divorciados, los escépticos, los homosexuales. De un lado, un presidente que se alinea con los poderosos. Del otro, una Iglesia que pretende ser la voz de los rebeldes, de los que “hacen lío”.
Esa confrontación tiene un costado internacional. El mismo día en que García Cuerva pronunció su homilía, el papa León XIV advirtió al mundo acerca de los peligros de la inteligencia artificial y convocó a “desarmarla” o “regularla”. Palabras malditas para los libertarios argentinos, tan alineados como están con Peter Thiel y su gente. León XIV es, además, uno de los más enérgicos antagonistas de Donald Trump y sus bombardeos, que Milei apoya con énfasis. Así que estos contrastes no empezaron ni terminarán en el día de ayer. Algo de eso se transmitió en el recital que dio el cura DJ hace algunas semanas en la Plaza de Mayo. Y volverá a verse si, como parece que va a ocurrir, León XIV visita la Argentina en el mes de noviembre.
Alguna vez, cuando era candidato, Milei dijo que Francisco era un comunista, “el representante del maligno en la tierra”. Luego pidió disculpas, viajó al Vaticano y ahora elude el choque directo con sus herederos. ¿Por cuánto tiempo? Sea como fuere, aquellos fuegos no se han extinguido. Parece algo más que el enfrentamiento entre dos hombres. En cierto sentido, es la batalla cultural en su estado más puro.






