Caso SIRA: cuando la cancha se vuelve la pantalla del poder

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Un expediente judicial traza cómo los permisos de importación, el fútbol y la política habrían tejido una red de operaciones donde los cánticos de la tribuna sirven para cubrir lo que se susurra en los despachos.

Me he limitado a observar, ordenar y contar, tratar de encontrar patrones —cosa que he descubierto, se me da muy bien— y conexiones. Mientras la causa avanza con la lentitud propia de los tribunales, los hilos que sobresalen del expediente sugieren un diseño donde el deporte oficia de cortina y el dólar oficial, de combustible.

El caso SIRA nos obliga a mirar lo que, se nos pide ignorar. Lo que me dispara la mirada el arranque es siempre el mismo: una frase repetida como mantra, pulida en ruedas de prensa y absorbida por millones sin fricción. «Nosotros somos jugadores de fútbol, no venimos a hacer política, no somos políticos. Es una mezcla que no tiene ningún tipo de sentido», dijo recientemente Rodrigo De Paul. Ese discurso hace algo sin decirlo: ejecuta la primera de tres operaciones comunicacionales. Construye una frontera. Deporte aquí, política allá, dos mundos que nunca se tocan. Cada vez que el poder necesitó que la sociedad mirara hacia otro lado, el fútbol estuvo ahí. No de casualidad, por diseño. Pero esta frontera no describe el mundo real; lo construye para que no veamos lo que hay detrás. Y si hay algo que demuestra que esa división es una ficción, es justamente este expediente que hoy recorre los tribunales federales.Rodrigo De Paul: «No somos políticos». Una frase que, según analistas, construye una frontera artificial entre deporte y poder.

Cambiamos el verde del campo de juego por el frío mármol de los tribunales. Allí, el fiscal federal Franco Picardi comenzó a destapar los registros. Y, como advertía Marcellus en Hamlet, «algo está podrido en el reino». Lo que se investiga no es un desliz administrativo menor: habrían sido operaciones sistemáticas, coordinadas entre agencias de cambio, casas de divisas y funcionarios públicos, para extraer dólares al tipo oficial y volcarlos al mercado paralelo, aprovechando una brecha que en algunos picos superó el doscientos por ciento. Todo esto se tramita en sede judicial, sin sentencia firme, pero con indicios documentados suficientes para sostener una causa que ya acumula allanamientos, secuestros de dispositivos electrónicos y declaraciones de imputados colaboradores. Desde mi lugar, solo me he limitado a observar, ordenar y escribir. Hacer esquemas, trazar mapas, poner nombres y flechitas con montos y fechas. La memoria se satura ante la cantidad de datos, pero la mecánica habría sido milimétrica. No fue un robo a mano armada, sino un engranaje burocrático: un permiso, una firma, un cupo habilitado, transferencias sin justificación contable clara, operaciones encadenadas para diluir la trazabilidad y, finalmente, la venta en la calle, donde el billete físico cambia de manos y de precio. Vuelta a repetir, infinidad de veces, como un reloj que nunca se detiene.El fiscal federal Franco Picardi lidera la investigación sobre el sistema SIRA y las presuntas coimas en importaciones.

“Lo que suena obvio no se cuestiona. ¿Quién construye ese sentido común? El poder, a través de sus voces más creíbles.”

Ese circuito habría generado retornos ilegales que oscilarían entre el diez y el quince por ciento del monto total. Varias fortunas amasadas en una autopista donde el peaje es el verdadero protagonista. Y como todo peaje, necesita casetas, guardias y rutas habilitadas. Los chats secuestrados en el celular de Martín Migueles, sumados a la precisión de las investigaciones periodísticas independientes, habrían mostrado pedidos explícitos de «liberar declaraciones de importación» a cambio de porcentajes pactados. En esos mismos registros digitales aparecen figuras como Elías Piccirillo y Francisco Hauque, presuntos coordinadores de la logística financiera a través de ARG Exchange y otras entidades vinculadas. Incluso se menciona en las pericias a una funcionaria del Banco Central apodada en los mensajes como «la vieja del Central», que habría exigido montos adicionales para permitir la continuidad de las maniobras y abstenerse de aplicar sanciones. Nada de esto está probado en juicio oral. Todo esto se investiga. Pero el mapa ya tiene coordenadas claras, y la brújula apunta hacia una arquitectura de poder que rara vez se expone tan crudamente.De izquierda a derecha: Elías Piccirillo, Martín Migueles y Francisco Hauque, señalados como coordinadores de la logística financiera.

¿Por qué un sistema tan grotesco pudo operar a la vista de todos sin generar un escándalo masivo inmediato? Aquí es donde entra la tercera operación comunicacional del discurso deportivo: el desplazamiento. El sistema le dice a la sociedad dónde poner la mirada. Mire el gol, mire la camiseta, mire el partido. Porque mientras la tribuna vibra hacia allá, no se ve lo que ocurre aquí. Una institución con causas judiciales abiertas, reuniones en mansiones privadas, autorizaciones que se firman en pasillos sin testigos. El discurso no miente: simplemente lo aleja de la vista. Y si seguimos el hilo de lo que la mirada debía ignorar, el fútbol deja de ser un simple distractivo y se convierte, irónicamente, en la sala de máquinas. La supuesta manipulación de este sistema de importaciones no solo habría terminado en los bolsillos de los operadores financieros; habría tenido a la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) como correa de transmisión principal.

“Cada vez que el poder necesitó que la sociedad mirara para otro lado, el fútbol estuvo ahí. No de casualidad, por diseño.”

ARG Exchange y Sur Finanzas: las entidades que habrían funcionado como corredores entre el dólar oficial y el mercado paralelo.

El puente financiero habría sido Sur Finanzas, una empresa de Ariel Vallejo, íntimamente ligada al político bonaerense Martín Insaurralde, señalado por analistas como un gran gerente del juego clandestino en la provincia. Esa financiera no solo habría salvado a clubes endeudados, sino que habría canalizado sumas de origen diverso, incluyendo, según versiones que circulan en el expediente, fondos vinculados a apuestas ilegales en el fútbol de ascenso. Un mercado que, por lógica, no prospera sin la complicidad de quienes designan a los árbitros. Es ahí donde aparecen Claudio “Chiqui” Tapia y Pablo Toviggino, máximas autoridades del ente rector.La quinta de Villa Rosa, atribuida al tesorero de la AFA: escenario de reuniones donde se habrían mezclado contactos judiciales y fiestas.

La quinta de Villa Rosa, atribuida al tesorero de la AFA, habría figurado en los registros como escenario de encuentros donde se mezclaban contactos judiciales, gestiones políticas y fiestas electrizantes. Un excolaborador habría rescatado un pendrive con esas intimidades; se dice que solo trascendió el cinco por ciento del material. Carecería de valor jurídico inmediato, quizás, pero su peso político sería incalculable. De nuevo: no hay condena. Hay investigación. Y la investigación, a veces, es el primer espejo donde se refleja la arquitectura real del poder.Claudio «Chiqui» Tapia y Pablo Toviggino, máximas autoridades de la AFA, bajo investigación por presuntas maniobras irregulares.

¿Cómo se sostiene la impunidad de una entidad atravesada por tantas sospechas? Aquí actúa la segunda operación de la que hablábamos al principio: la naturalización. «Es una mezcla que no tiene ningún tipo de sentido», insistió el futbolista. No dijo «elijo no hablar de política»; instaló que la pureza del deporte es una ley natural, casi geográfica. Y el truco es que lo que suena obvio no se cuestiona. ¿Quién construye ese sentido común? El poder, a través de sus voces más creíbles. Y en ese espacio naturalizado, la AFA opera sin fricciones, blindada por la pasión que apaga el pensamiento crítico. Tanto es así que la dimensión política del entramado —si los indicios se confirman— resulta escandalosa. Según documenta la investigación periodística, parte de esas fortunas generadas por las importaciones habrían servido para financiar campañas electorales simultáneas de supuestos adversarios. No solo la de Sergio Massa, quien conducía el Ministerio de Economía mientras se implementaba el sistema, sino también, según versiones que circulan entre dirigentes y que el periodismo documenta con prudencia, la de Javier Milei.Sergio Massa y Javier Milei: supuestos adversarios en 2023 que, según versiones, habrían compartido fuentes de financiamiento.

“Decir que no se hace política es, en efecto, el acto político más efectivo de todos. Porque la comunicación no funciona por lo que se quiere decir, funciona por lo que se construye mientras se habla.”

¿El puente hacia el oficialismo? Dirigentes cercanos a Massa lo habrían admitido en privado: intendencias del conurbano habrían recibido fondos para sostener candidaturas libertarias y dividir, de ese modo, al electorado opositor. Los nombres que surgen como posibles intermediarios son pesados: Guillermo Michel, el poderoso director de Aduana durante la gestión Massa; o Sergio “Nono” Vargas y Carlos Kikuchi, operadores que hoy militan en la línea libertaria y que en su momento orbitaban alrededor de Karina Milei. Incluso el actual ministro de Justicia, Juan Bautista Mahiques —un hombre de la propia AFA—, sería visto por analistas como un movimiento estratégico diseñado para controlar los daños de estas causas en los juzgados. Figuras como Alejandro “Turco” Calián, operador señalado en los expedientes, o el excomisario arrepentido Carlos “Lobo” Smith, son solo piezas de un tablero donde los supuestos enemigos de ayer compartieron, según los papeles, la misma logística.Karina Milei y Juan Bautista Mahiques, actual ministro de Justicia: el vínculo entre el poder actual y la AFA en el centro del debate.

Eduardo Galeano lo escribió mejor que nadie: «El fútbol es la única religión que no tiene ateos». Y en la devoción, el pensamiento crítico se apaga. No porque la gente sea menos inteligente, sino porque la pasión funciona así: se siente antes de pensar. En ese espacio, el hincha no solo acepta el mensaje, lo amplifica y lo defiende. A eso se le llama capital simbólico: el poder de construir realidad en millones de cabezas. Figuras como los máximos ídolos del fútbol no llegaron a ese pedestal por casualidad, y no reconocer ese poder tampoco es un acto inocente. Para quien intente navegar este mar de nombres, fechas, siglas y operadores, el terreno es denso. Las notas que sustentan esta crónica son textos largos, densos y, quizás por eso, poco difundidos o de cierta dificultad para el lector promedio. El trabajo de Carlos Pagni en La Nación, el de Daniel Santoro en Clarín y la investigación publicada en Diario El Norte exigen lectura pausada y cruce de fuentes. Quizá por esa misma densidad, por pedir paciencia y no un clic rápido, no circulan con la virulencia de los titulares efímeros. Pero están ahí. Y en la paciencia del lector está la diferencia entre el ruido y la información.

Ni cerca está el cierre de esta investigación, que más parece el guion de una serie de suspenso que un expediente administrativo. Solo he tratado de cartografiarla. Porque el Caso SIRA no es una novela: es un procedimiento judicial en curso. Y los expedientes no terminan con un giro de guion, terminan con un veredicto, con un fallo firmado por jueces que aún no han dicho su última palabra. Hasta entonces, solo queda observar, contrastar y recordar que en el fútbol, como en la política, hay silencios que pesan más que todo un estadio gritando. Frente a este mapa de conexiones, esa frase que escuchamos al principio queda completamente desnuda. «Decir que no se hace política es, en efecto, un acto político». Porque la comunicación no funciona por lo que se quiere decir; funciona por lo que se construye mientras se habla. Mientras tanto, la pelota sigue rodando. Y el poder, como siempre, espera que sigamos mirando hacia donde nos indican.

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