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Cuando la tecnología corre y la ética camina… lento, muy lento; O de porque Peter Thiel es un peligro

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De la Villa Diodati en 1816 a las oficinas de Palantir en 2025: dos siglos separan a Mary Shelley y su advertencia literaria de Peter Thiel y su creación antidemocrática, pero los une la misma pregunta incómoda. ¿Qué pasa cuando creamos cosas que no podemos entender ni controlar?

La Tecnologia corre y la ética camina por eso en julio de 2025, el Pentágono se apresuró y firmó un contrato de 10.000 millones de dólares con una empresa de Silicon Valley. Muy pocos medios la destacaron. Para este cronista fue como si la advertencia de Frankenstein dejaba de ser ficción, se actualizaba y dejaba las costuras y los tornillos y tomaba la forma de algoritmos, contratos estatales y un creador que cree que la democracia es un obstáculo para la libertad.

En junio de 1816, el hemisferio norte no tuvo verano. La erupción del volcán Tambora en Indonesia había cubierto la atmósfera de ceniza y el sol apenas lograba atravesar el velo gris que oscurecía los cielos de Europa. Atrapados por la lluvia incesante en la Villa Diodati, junto al lago de Ginebra, un grupo de jóvenes se refugiaba en la lectura de relatos de fantasmas. Entre ellos estaba Mary Godwin, de dieciocho años, quien más tarde sería conocida como Mary Shelley. Lord Byron, el poeta rebelde y escandaloso de la época, anfitrión y dueño de casa, lanzó un desafío: que cada uno escribiera una historia de terror. De esa noche helada, entre velas y lecturas fantasmales, nació Frankenstein o el moderno Prometeo.

El mundo de Mary Shelley era un mundo en ebullición. La Revolución Industrial estaba en pleno apogeo: las máquinas de vapor transformaban la producción, el ferrocarril comenzaba a acortar distancias que antes parecían insalvables, y la ciencia prometía respuestas a preguntas que durante siglos habían pertenecido exclusivamente al dominio de la religión. Las máquinas eran para aquella época lo que la inteligencia artificial es hoy: una promesa fascinante y aterradora al mismo tiempo. Había una incertidumbre palpable en el aire, una sensación de que el progreso científico avanzaba más rápido que la capacidad humana para comprender sus implicancias. Mary Shelley, con apenas dieciocho años, captó esa ansiedad de su tiempo y la plasmó en una novela que, dos siglos después, sigue siendo mucho más que una historia de terror.

«Mary Shelley, con apenas dieciocho años, captó la ansiedad de su tiempo: el progreso científico avanzaba más rápido que la capacidad humana para comprender sus implicancias.»

Victor Frankenstein, el protagonista de la novela, es el arquetipo del científico obsesionado con demostrar su superioridad. Logra lo imposible: crear vida a partir de materia inerte, ensamblar un ser a partir de restos humanos y animarlo con una chispa vital. Pero en el momento en que su criatura abre los ojos, Victor hace lo que hacen los cobardes: se da a la fuga. No se hace cargo. No le pone nombre. No le enseña nada. No asume ninguna responsabilidad, ni económica, ni moral, ni emocional. Su única ambición era demostrar que podía jugar a ser Dios, pero nunca se detuvo a pensar en las consecuencias de su invento. Quería la gloria de la creación sin el trabajo de hacerse cargo de lo que había creado.

La criatura de Frankenstein no nace siendo un monstruo. Es un ser que lo único que desea es conexión, pertenencia, alguien que lo reconozca como propio. Pero la sociedad lo rechaza sistemáticamente por su apariencia grotesca. Lo golpean, lo expulsan, lo tratan como algo horroroso. Y es precisamente en ese rechazo constante donde se forja su monstruosidad. Porque el otro nos define todo el tiempo: desde que nacemos, nuestros padres, por ejemplo nos ponen un nombre, una identidad, un lugar en el mundo. El monstruo de Frankenstein es la negación absoluta de todo eso: ni siquiera tiene nombre. Es la encarnación del abandono, del rechazo social convertido en violencia.

Libros antiguos y velas sobre mesa de madera, atmósfera del siglo XIXEl contexto de 1816: literatura, oscuridad y el germen de una advertencia que sigue vigente. Foto: Unsplash

Lo que Mary Shelley estaba denunciando con su novela iba mucho más allá de una simple historia de terror gótico. Estaba señalando un peligro que se volvería cada vez más relevante con el paso del tiempo: la tentación humana de jugar a ser Dios sin tomar el trabajo completo; o sea: hacerse cargo. De crear cosas sin estar a la altura del verdadero creador, produciendo así seres imperfectos que inevitablemente se vuelven contra nosotros. Ese fue el momento histórico en el que dejamos de tenerle miedo a lo que venía de afuera —los demonios, los monstruos mitológicos, las fuerzas sobrenaturales— y empezamos a comprender que el verdadero monstruo lo creamos nosotros mismos, con nuestras propias manos, en nuestros laboratorios y fábricas.

«Dejamos de tenerle miedo a lo que venía de afuera y empezamos a comprender que el verdadero monstruo lo creamos nosotros mismos, con nuestras propias manos.»

La historia de los últimos dos siglos es un catálogo interminable de invenciones científicas que nos llevaron a la catástrofe porque la ciencia corrió más rápido que la ética. Cada desastre tiene su propia historia, su propia cadena de negligencias, ambiciones desmedidas y advertencias ignoradas. Pero todos comparten el mismo patrón: alguien creó algo sin pensar plenamente en las consecuencias, y cuando llegó el desastre, siempre se buscó culpar a la tecnología, nunca al creador.

Cuando la ciencia fue más rápida que la ética, hicimos la bomba nuclear. El Proyecto Manhattan reunió a las mentes más brillantes de una generación para lograr lo que parecía imposible: liberar la energía del átomo. Lo lograron en tiempo récord, bajo la presión de la guerra, sin un debate ético profundo sobre las implicancias de crear un arma capaz de extinguir a la humanidad. Cuando la bomba explotó en Trinity, Nuevo México, en julio de 1945, J. Robert Oppenheimer recordó una frase del Bhagavad Gita: «Ahora me he convertido en la Muerte, el destructor de mundos». Pero cuando las bombas cayeron sobre Hiroshima y Nagasaki, matando a más de 200.000 personas, la responsabilidad se diluyó entre «las necesidades de la guerra» y «la inevitabilidad del progreso científico».

Cuando ignoramos advertencias técnicas por presión política, pasó el Challenger. El 28 de enero de 1986, el transbordador espacial Challenger se desintegró 73 segundos después del despegue, matando a los siete astronautas a bordo. Los ingenieros de Morton Thiokol habían advertido claramente que los anillos tóricos del cohete no funcionarían correctamente a bajas temperaturas. Pero la NASA, bajo presión política para mantener el cronograma y demostrar la «rutinización» del espacio, ignoró las advertencias. La decisión de lanzar no fue técnica; fue política. Y siete personas pagaron con sus vidas la arrogancia de quienes creyeron que el cronograma era más importante que la seguridad.

Tierra vista desde el espacio, representación de creación y responsabilidadCrear sin hacerse cargo: la tentación de jugar a ser Dios sin asumir las consecuencias. Foto: Unsplash

Cuando perforamos más profundo que nunca, pasó Deepwater Horizon. El 20 de abril de 2010, la plataforma petrolera Deepwater Horizon de BP explotó en el Golfo de México, provocando el peor derrame de petróleo en la historia de la industria. Once trabajadores murieron en la explosión, y durante 87 días, millones de barriles de petróleo se vertieron en el océano, devastando ecosistemas marinos y economías costeras. La investigación posterior reveló que BP había tomado atajos peligrosos para ahorrar tiempo y dinero, ignorando múltiples señales de advertencia. Una vez más, la búsqueda de ganancias y la arrogancia tecnológica prevalecieron sobre la prudencia y la responsabilidad ambiental.

Cuando creímos que la física negociaba con la burocracia, pasó Chernobyl. El 26 de abril de 1986, el reactor número 4 de la planta nuclear de Chernobyl explotó en lo que hoy es Ucrania, liberando una nube radiactiva que se extendió por toda Europa. La catástrofe fue el resultado de una combinación letal: un diseño defectuoso del reactor, operadores mal entrenados que realizaron una prueba de seguridad sin comprender los riesgos, y una cultura burocrática soviética que priorizaba el cumplimiento de protocolos sobre la seguridad real. Los bomberos y trabajadores que acudieron al lugar murieron por exposición a la radiación, y miles de personas fueron evacuadas de una zona que sigue siendo inhabitable casi cuatro décadas después.

Cuando subestimamos a la naturaleza, pasó Fukushima. El 11 de marzo de 2011, un terremoto de magnitud 9.0 y el tsunami subsiguiente golpearon la costa de Japón, provocando el colapso del sistema de refrigeración de la planta nuclear de Fukushima Daiichi. Tres reactores sufrieron fusión nuclear, liberando material radiactivo al medio ambiente. La Tokyo Electric Power Company (TEPCO) había ignorado repetidamente las advertencias de que los muros de contención eran insuficientes para un tsunami de gran magnitud. La arrogancia de creer que la tecnología podía controlar las fuerzas de la naturaleza, combinada con la negligencia corporativa y regulatoria, resultó en una de las peores catástrofes nucleares de la historia.

Cuando penalizamos el prestigio sobre la viabilidad real, pasó el Concorde. El avión supersónico Concorde fue durante décadas un símbolo del prestigio tecnológico anglo-francés, capaz de cruzar el Atlántico en menos de tres horas. Pero el proyecto siempre fue económicamente inviable: consumía cantidades exorbitantes de combustible, generaba un ruido ensordecedor que le prohibía volar sobre tierra firme, y solo era accesible para una élite millonaria. Cuando ocurrió el accidente del vuelo 4590 de Air France en julio de 2000, matando a 113 personas, se hizo evidente que el Concorde era más un juguete de prestigio que un medio de transporte sostenible. El prestigio había cegado a los ingenieros y políticos sobre la realidad económica y ambiental del proyecto.

«Cada desastre comparte el mismo patrón: alguien creó algo sin pensar plenamente en las consecuencias, y cuando llegó el desastre, siempre se buscó culpar a la tecnología, nunca al creador.»

Cuando el ego pesó más que la presión del océano, pasó OceanGate. En junio de 2023, el submarino Titan, operado por la empresa OceanGate Expeditions, se desintegró bajo la presión del océano Atlántico mientras intentaba llegar a los restos del Titanic, matando a las cinco personas a bordo. Stockton Rush, el CEO de OceanGate, había ignorado repetidamente las advertencias de expertos en ingeniería submarina sobre la seguridad del casco de fibra de carbono que había diseñado. Priorizó la innovación disruptiva y la reducción de costos sobre los protocolos de seguridad establecidos, creyendo que su visión era superior al conocimiento acumulado de décadas de ingeniería naval. El ego de un hombre que se creía más listo que la física básica cobró cinco vidas.

Todos estos desastres, separados por décadas y continentes, cuentan la misma historia: Frankenstein no habla de un monstruo que se salió de control. Habla de un creador que no estuvo a la altura de lo que creó. El verdadero horror no reside en la criatura, ni en la máquina, ni en el algoritmo. Reside en ese instante preciso en el que el ser humano descubre que tiene el poder de crear cosas más rápido de lo que puede comprenderlas, y mucho más rápido de lo que puede responsabilizarse por ellas. Creamos con entusiasmo desbordante, ignoramos las advertencias de los cautelosos, y cuando inevitablemente llega el desastre, nos lavamos las manos como Pilatos.

Peter Thiel. Foto: La Nación (https://www.lanacion.com.ar/conversaciones-de-domingo/peter-thiel-teologo-del-deseo-y-el-apocalipsis-nid03052026/)

Después de este rodeo por las evidencias de lo que ocurre con muchas de las cosas que creamos, llegamos al protagonista de este texto: Peter Thiel quien es un magnate tecnológico nacido en Frankfurt en 1967, criado en Estados Unidos desde su primer año de vida, y una curiosidad que quizás muchos de los que leen ya saben pero que es muy importante tener en cuenta: Thiel no es ingeniero, no es programador, no es economista, no es matemático, ni físico, tampoco es diseñador, no, Thiel es licenciado en filosofía y doctor en derecho… tenga en cuenta este dato que no es menor.

Nuestro protagonista se ha formado y ese ha convertido en la encarnación contemporánea de Victor Frankenstein, pero con una diferencia crucial: Thiel no solo crea; también posee los medios para vaciar la democracia desde adentro. Thiel hizo su primera fortuna cofundando PayPal y siendo el primer inversor externo de Facebook. Pero su proyecto más controvertido es Palantir Technologies, fundada en 2003 y nombrada así en honor a las «piedras videntes» de El Señor de los Anillos de Tolkien: artefactos que permiten ver el futuro y observar cosas distantes.

Palantir no es una empresa de software cualquiera. Es una máquina de vigilancia y control que ha obtenido contratos multimillonarios con el Pentágono, la CIA, el ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas) y gobiernos de todo el mundo. Su tecnología se utiliza para rastrear inmigrantes indocumentados, para operaciones militares en zonas de conflicto, y para lo que la empresa llama «control digital total»: la capacidad de monitorear, analizar y predecir comportamientos a escala masiva. Pero lo verdaderamente inquietante no es lo que hace Palantir, sino quién está detrás y qué piensa sobre la democracia.

Peter Thiel ha declarado públicamente, en múltiples ocasiones y por escrito, que «la democracia es incompatible con la libertad«. Que «el proceso democrático trabaja sistemáticamente contra la libertad». Que el verdadero conflicto del siglo XXI no es entre izquierda y derecha, entre dictadura y democracia, sino entre tecnología y política. Thiel pertenece a una corriente ideológica conocida como «iluminismo oscuro» (Dark Enlightenment), que propone reemplazar las democracias liberales por lo que llaman «monarquías corporativas» o «ciudades-empresa», donde los ciudadanos serían reemplazados por accionistas o empleados, y el gobierno sería ejercido por un CEO asistido por inteligencia artificial.

Peter Thiel según Sabat de La Nación (https://www.lanacion.com.ar/conversaciones-de-domingo/peter-thiel-teologo-del-deseo-y-el-apocalipsis-nid03052026/)

«Thiel ha declarado públicamente que ‘la democracia es incompatible con la libertad’ y que el verdadero conflicto del siglo XXI es entre tecnología y política.»

Y no son solo palabras. Thiel y su red de aliados están construyendo activamente ese mundo. En julio de 2025, el Departamento de Defensa de Estados Unidos firmó un contrato de 10.000 millones de dólares con Palantir Technologies, presentado oficialmente como una medida de «eficiencia administrativa» que consolidaba 75 acuerdos de adquisición separados en un único paquete. Pero bajo el lenguaje tecnocrático se escondía algo mucho más profundo: el software de Palantir se convirtió en el sistema operativo por defecto para la inteligencia en el campo de batalla, la logística militar y los sistemas de personal. Lo que parecía una simplificación burocrática era en realidad una entrega estratégica de funciones militares fundamentales a una firma privada cuyo fundador cree abiertamente que la democracia es un obstáculo.

La línea entre contratista privado y funcionario público ya no existe. Ejecutivos de Palantir y Anduril (otra empresa del ecosistema Thiel especializada en drones autónomos y sistemas de guerra) ocupan hoy cargos clave en la Casa Blanca, el Departamento de Defensa y agencias federales. Michael Kratsios, exejecutivo del equipo de Thiel, dirige la Oficina de Política Científica y Tecnológica de la Casa Blanca. Michael Duffey, otro exejecutivo de Anduril, fue nombrado subsecretario del Ejército mientras aún poseía un millón de dólares en acciones de la empresa. La Unidad 211 del Pentágono nombró tenientes coroneles a cuatro ejecutivos tecnológicos de Silicon Valley en junio de 2025. La distinción entre buscar beneficios privados y defender la nación ha sido eliminada deliberadamente.

Thiel es también socio y financiador del vicepresidente JD Vance, a quien apoyó con 15 millones de dólares en su campaña al Senado en 2022, la mayor donación individual de la historia para un candidato senatorial. Ambos financian redes sociales y plataformas que promueven figuras como Nick Fuentes, quien niega el Holocausto y promueve ideas neonazis, y Curtis Yarvin, ideólogo del movimiento «maga» que considera que la democracia es un «sistema perimido, obsoleto y podrido» que debe ser reemplazado por un gobierno corporativo. Thiel se hizo ciudadano de Nueva Zelanda porque cree que el colapso civilizatorio es inminente —producto de la llegada del Anticristo, según sus creencias— y quiere tener un refugio donde escapar cuando todo se derrumbe.

Mientras tanto, en Europa, servicios de salud pública como el National Health Service británico dependen de la tecnología de Palantir para gestionar historiales clínicos, medicamentos y datos sensibles de millones de ciudadanos. Gobiernos europeos persiguen la «autonomía estratégica» justo en el momento en que sus infraestructuras críticas están siendo reconfiguradas para depender de plataformas estadounidenses cuyos ejecutivos socavan activamente la democracia europea. Elon Musk, socio ideológico de Thiel, ha intervenido activamente en apoyo al partido Alternativa para Alemania (AfD), de extrema derecha y filonazi. Lo que comenzó como una utopía libertaria para evadir al Estado se ha transformado en una apropiación autoritaria de sus entrañas.

Tecnología digital y servidores, representación de Silicon Valley y control de datos
Palantir, la empresa de Peter Thiel, es la materialización de su creencia mas difundida: «La democracia es un obstáculo para la libertad». Foto: Unsplash

Y ahora, Peter Thiel está en Buenos Aires, compró una casa, se instaló con su familia y planea estar aquí por tres meses. Le hago una preguntita a usted que lee estas líneas: ¿no le produce cierta incomodidad esa presencia? Se reunió con funcionarios de la cancillería argentina, con Santiago Caputo, y hoy se sienta a la mesa del presidente Javier Milei. No es casualidad. Los tecnoautoritarios de Silicon Valley encuentran eco en los libertarios argentinos que, aunque no lo digan explícitamente, comparten la idea de que la democracia liberal es un obstáculo para el «verdadero cambio». Thiel no necesita convencer al votante argentino; solo necesita firmar contratos. Porque para ejercer el poder no basta con ganar elecciones; hay que controlar la infraestructura.

Pensamos y decimos ingenuamente: «No va a pasar nada, es solo tecnología, es solo eficiencia, es solo progreso». Y no pasa nada hasta que pasa… y siempre pasa. Después, cuando llega el desastre, buscamos desesperadamente a quién culpar. Siempre culpamos a la creación: a la bomba, al reactor, al algoritmo, a la plataforma. Nunca al creador. Nunca al usuario. Nunca a nosotros mismos por permitirlo, por celebrarlo, por invertir en ello, por votar por quienes lo hacen posible. Ya se escuchan los «yo no lo voté».

Cada vez que la ciencia avanza más rápido que la ética, no estamos innovando. Estamos repitiendo el mismo error de Victor Frankenstein, pero con mejor tecnología. Estamos creando monstruos sin nombre, sin responsabilidad, sin límite. Y cuando esos monstruos se vuelvan contra nosotros —cuando los algoritmos tomen decisiones que no comprendemos, cuando los drones autónomos identifiquen objetivos sin intervención humana, cuando la vigilancia total se convierta en control total— no podremos decir que no lo vimos venir.

Porque cuando la tecnología corre a velocidad de luz y la ética apenas camina, el final nunca es el progreso. Es el abandono. Y el abandono, tarde o temprano, siempre vuelve. Como monstruo.

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