Si el cerebro no busca la felicidad sino la coherencia, repetimos el dolor no porque nos guste, sino porque es el único mapa que conocemos. Una crónica sobre la trampa del merecimiento y el refugio de la pertenencia.
El objetivo es desaprender, no arreglarse porque la meritocracia emocional nos convenció de que el afecto es una línea de llegada. Desde la neurobiología hasta la cosmovisión andina, un recorrido para desarmar la creencia de que hay que ganarse el derecho a ser querido y aprender, de una vez por todas, a dejar entrar lo que no se cobra.
Quién nos enseñó que el cariño se gana. La pregunta quedó flotando en el aire, pero también queda flotando la idea de desaprender, no arreglarse, ambas dan vueltas desde que comenzamos esta serie. Y desde entonces, no hizo más que rebotar. El “no llores” de la infancia se tradujo, por una de esas paradojas que solo la psique humana es capaz de sostener, en una voz sorda que nos persigue hasta la adultez obligándonos a pensar: “no lo merezco”. Es el eco de una vergüenza que se confundió con identidad. Bajamos al cuerpo y vimos cómo la culpa se había instalado como un clima interno, perpetuo, un invierno portátil. Luego ampliamos la lupa y allí estaba el espejo social: la meritocracia emocional, los algoritmos midiendo el afecto, la cultura transformando el abrazo en una transacción.
Hoy no vengo a cerrar el círculo. Primero, porque nunca estuvo cerrado. Segundo, porque nadie salva a nadie y yo, lamento informar, no soy la excepción. Nada me gustaría más que salvarte, pero a fuerza de intentarlo con quien no quiere, finalmente acepte la dura realidad que impone mi Fe Protestante: «la salvación, es personal». Así es que solo puedo recordar a quien lee que lo que llamamos “defecto de fábrica” fue, y es el resultado de un aprendizaje relacional. Y los aprendizajes no se borran con alcohol en la herida. Hay que ampliarlos de manera de lograr un tejido distinto.

La comprensión no reprograma. Que te aprendas la teoría y la repitas a la perfección no te va a servir de nada. Lo que reprograma es, lisa y llanamente, una experiencia relacional nueva.
Si llegaste hasta aquí sabiendo por qué repites, por qué huyes, por qué el cariño seguro te da vértigo, y aun así sientes que no alcanza con saberlo, quiero que sepas que eso no es un fracaso. Es tu sistema nervioso pidiendo clima, no explicaciones. La neurobiología predictiva lo muestra muy claramente y sin rodeos: el cerebro no busca la felicidad. No. Lamento la mala noticia. Lo que busca tu cerebro y el de cualquier persona, es coherencia. Si el afecto llegó con condiciones o condicionamientos, el sistema calibró el amor como zona de trueque, de intercambio y si claro que eso es incoherente, pero es la coherencia que tu cerebro aprendió. Y cuando aparece una presencia sin contabilidad, el cuerpo salta. No por ingratitud. Por coherencia interna, porque el patrón no se corresponde con lo que ya conoces. Esa presencia que ama sin condiciones es una anomalía, y el cerebro repite: “No lo merezco”.
Janina Fisher afirma en sus estudios que no repetimos el dolor porque nos guste. Lo repetimos porque el sistema intenta cerrar un ciclo que quedó abierto en el pasado. La mente quiere un vínculo distinto; el cuerpo, ese conservador empedernido, busca el terreno que ya sabe pisar. Esa contradicción no te hace incoherente. Te hace profundamente humano. Entenderla no borra la responsabilidad, pero disuelve la vergüenza que suele paralizar el cambio.
Y en este punto de la crónica vamos a ira hacia un territorio que a mí me maravilla. Es el encuentro de las miradas donde sobran las palabras, como en los mejores relatos de Borges, donde el laberinto no se resuelve caminando, sino mirando desde otro ángulo. Para desarmar la lógica del merecimiento, la cosmovisión andina nos deja clarísimo que nada tiene que ver el mérito. Solo hay una vara: la pertenencia. El concepto del ayllu no te pide que estés entero para ser parte. No te exige estar libre de grietas. Te sostiene mientras te recompones mientras la herida sana. Es una red de seres vulnerables que se saben parte de un mismo tejido.
El ayni no lleva la cuenta de quién dio más, o quién «se lo ganó». Es el flujo natural de dar y recibir sin tener la calculadora a mano, sin la planilla del debe y el haber.
El ayni es la contracara del capitalismo utilitarista. Cuando el amor se vive como ayni, deja de ser moneda de cambio y se vuelve clima. Lo ch’ixi, en su belleza de lo alto y lo bajo, nos enseña que podemos sostener dos verdades: sí, aprendimos a desconfiar; y sí, el cuerpo puede aprender la calma. No hay síntesis rápida. Hay tensión productiva. El kutipay nos dice que la creencia del castigo cíclico se desmorona, porque es una espiral: volvemos al mismo punto, pero con más tierra en los pies, con más historia respirando. Y la wawa, la semillita que no pierde esperanza, nos recuerda que no es tiempo de exámenes de mérito. Es tiempo de suelo, agua y tiempo.

Las estructuras que nos enseñaron que el amor era rendimiento son aprendizajes. Y los aprendizajes, dice Daniel Siegel, se pueden desaprender, pero, no se trata de borrón y cuenta nueva, eso en la mente es imposible desde lo netamente humano, lo que hay que hacer es ampliar. Cuando un cerebro que anticipa el abandono se encuentra, una y otra vez, con presencia que no se retira, con calma que no exige rendimiento, las redes predictivas comienzan a actualizarse. Justo hace unos días fui a ver una adaptación musical del Principito, recordé cuanto amo esa obra y como viene a mi rescate, no con autoayuda barata, sino que llega siempre con un conocimiento que vive en uno, pero que olvidamos y guardamos. Lo que Siegel afirma se puede ejemplificar con el zorro del Principito, que aprendió a ser domesticado con la presencia constante, sólida e íntegra de un día a la vez. Desaprender es dejar de pelear con la estrategia de supervivencia. Es empezar a preguntarle: ¿qué intento proteger?
La desprogramación de los patrones de apego no se hace en soledad ni con voluntad aislada. Se teje con testigos, con comunidades que sostienen sin exigir un intercambio.
Si el cariño no se gana, no se mide, ni se merece… ¿qué pasaría si dejáramos de preguntarnos si lo merecemos, y empezáramos a preguntarnos si estamos dispuestos a dejarlo entrar? Sin condiciones, sin contabilidad, sin pedirnos permiso para ser humanos. O mejor aún: ¿y si el amor, el cariño, las palabras dulces, no son monedas que se ganan con buen comportamiento, sino lenguajes que el cuerpo reconoce cuando, por fin, deja de traducirlos como amenaza?

Este es un umbral, no un final. Si estas palabras activan memorias difíciles, busca acompañamiento profesional. La regulación nerviosa es un proceso lento, relacional y profundamente humano. No hay atajos. El ciclo no se rompe con fuerza. Se deshace con testigos. Con presencia que no exige prisa. Con cuerpos que aprenden que la seguridad no es un examen.
De nuevo; no este último capítulo de la serie no es un final, no se escribir finales (por eso vivo peleado con el tiempo) esto es un umbral que puede también configurarse como si fuera un clima. Y en un clima, no se pregunta si la semilla lo merece. Se pregunta si el suelo está dispuesto a sostenerla, alojarla, abrazarla y ayudarla a germinar.
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