No eres la tormenta, eres el cielo: El arte de habitar tus emociones

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La conexión entre el cuerpo, las emociones y la naturaleza.

⏱️ Tiempo de lectura: 8 – 11 minutos – Puedes escuchar el podcast haciendo click aquí

De la gestión emocional a la sabiduría del cuerpo: habitar tus emociones, un viaje entre la neurociencia y la cosmovisión andina

La ciencia occidental nos enseñó que el trauma se aloja en el cuerpo, pero seguimos atrapados en la creencia de que debemos controlar lo que sentimos. Mientras la neurociencia confirma que las emociones no se pueden eliminar con fuerza de voluntad, la sabiduría ancestral andina nos invita a dejar de ser la muralla que reprime y convertirnos en el territorio que acoge. Un recorrido por el arte de habitar las emociones en lugar de gestionarlas.

Hay lugares en el cuerpo donde se archiva lo que la boca no se atreve a pronunciar. No hablo de órganos en el sentido anatómico —el hígado, el estómago, el páncreas—, sino de esa tensión fantasma que se instala en la garganta cuando tragas palabras, del nudo ciego en el pecho que aparece cuando finges que todo está bien, de esa espalda que carga un peso que no le corresponde.

A veces, esa tensión se vuelve tan cotidiana, tan parte del paisaje interno, que dejas de sentirla dejas de habitar tus emociones. Hasta que un día, en el silencio de la noche o en medio de una discusión que parece no tener importancia, el cuerpo dice «basta». Y te preguntas: ¿por qué reaccioné así? ¿Por qué este miedo paralizante? ¿Por qué esta rabia que no parece mía?

Persona meditando en la naturaleza con los ojos cerrados
La meditación y la conciencia corporal son herramientas para reconectar con las emociones reprimidas.

Inmediatamente, tu mente racional —esa que siempre tiene un diagnóstico a mano, un código para encuadrar, una etiqueta aunque lo niegues— busca el trastorno. Busca la culpa. Pero hay algo que no encaja en ese diagnóstico. Algo que se te escapa entre los dedos cuando intentas analizarlo.

Porque has leído sobre inteligencia emocional, has hecho ejercicios de respiración, has intentado «gestionar» lo que sientes. Has tratado de domar la emoción como si fuera un animal salvaje que necesita ser encerrado en la jaula de la lógica. Y sin embargo, la emoción sigue ahí. O peor aún: se ha transformado en un síntoma físico.

Hoy quiero que exploremos juntos la gran confusión moderna sobre lo que sentimos. Y de cómo, quizás, la única forma de sanar no es gestionando la emoción, sino cambiando el lugar desde el que la miramos.

«No eres la tormenta. Eres el cielo que la contiene. No puedes liberarte de la emoción si crees que la emoción eres tú.»

Durante los últimos siglos, la psicología y la ciencia occidental nos han dado un regalo inmenso: nos han enseñado que el trauma y las emociones no resueltas no son fallas morales, sino que se alojan en el cuerpo. El psiquiatra Bessel van der Kolk, en su obra fundamental El cuerpo lleva la cuenta (2014), demostró científicamente cómo el trauma se inscribe en nuestra fisiología, modificando nuestra arquitectura neural y hormonal.

Pero al mismo tiempo, nos han impuesto una idea muy limitante: la de que la emoción es un evento interno, un glitch en tu sistema nervioso, algo que te pasa a ti y que te define. Desde entonces, nos hemos pasado la vida tratando de reparar nuestras emociones. Tratando de curar nuestra tristeza. Tratando de eliminar nuestra ansiedad.

Pero dime, sinceramente: ¿alguna vez has logrado eliminar una emoción a fuerza de voluntad? ¿Alguna vez has conseguido que la rabia desaparezca solo porque racionalizaste que no debías sentirla?

La mente es una herramienta maravillosa para entender la mecánica del dolor. Es excelente para nombrar lo que sientes, para entender de dónde viene, para trazar mapas de tu historia. Pero es pésima para liberarlo. Porque la mente quiere resolver. Y las emociones no son problemas a resolver. Son energías a transitar.

Las montañas andinas, donde la cosmovisión ancestral entiende las emociones como energía viva que fluye, no como algo que debe ser controlado.

Aquí es donde comienza la primera parte de nuestro viaje: desarmar la idea de que tú eres lo que sientes. Creemos que si sentimos miedo, somos personas miedosas. Creemos que si sentimos rabia, somos personas violentas. Hemos fusionado nuestra identidad con el clima de nuestro interior.

Pero la vida no es un diagnóstico clínico. Y tú, por más que te hayas etiquetado en mil terapias, no eres tus etiquetas. Tú no eres la tormenta. Tú eres el cielo. No puedes liberarte de la emoción si crees que la emoción eres tú.

Entonces, ¿qué hacemos? Si no somos nuestras emociones, y si la mente no puede eliminarlas, ¿dónde reside la libertad?

La respuesta es mucho más antigua que el psicoanálisis. Mucho más antigua que la neurociencia. La respuesta vive en la sabiduría de la tierra. En la cosmovisión andina, las emociones no son eventos psicológicos internos. Son Kawsay: energía viva. El cuerpo no es una máquina que almacena traumas. El cuerpo es Pacha: un territorio sagrado, un espacio-tiempo.

Y las emociones no se «quedan» en el cuerpo porque el cuerpo sea un almacén. Se estancan porque nosotros, sin darnos cuenta, construimos diques. Cerrar el pecho, apretar la garganta, tensar la espalda —esa puntada en el estómago, ¿la recuerdas?— es dejar de ser el territorio y empezar a ser la muralla. Y cuando la emoción choca contra la muralla, se pudre. Se vuelve herida antigua. Y empieza a hablar por nosotros, reaccionando ante personas que no tienen la culpa de nuestro dolor.

«El cuerpo es Pacha: un territorio sagrado. Las emociones se estancan porque construimos diques, no porque el cuerpo sea un almacén.»

Imagina esto: por un momento, dejas de intentar arreglar lo que sientes. No hay análisis. No hay juicio. No hay «no debería sentirme así». Simplemente te sientas en el territorio de tu propio cuerpo. Y dejas que el clima pase. Sientes la tristeza entrando aquí —en el pecho, en los ojos—. Y en ese espacio de apertura, donde el cuerpo deja de ser una muralla y vuelve a ser un valle, la emoción empieza a fluir.

Empiezas a sentir lo que hay que sentir. Y es ahí, en esa frontera de la entrega, donde la emoción deja de ser un dueño tiránico y empieza a ser un mensajero.

Pero este cambio de «ser la emoción» a «habitar el territorio» no solo te libera a ti. Te libera de la culpa. Porque cuando crees que eres tu miedo, el miedo se convierte en tu identidad. La tristeza se convierte en tu carácter. La rabia se convierte en tu personalidad.

Es la trampa del ego emocional: la creencia arrogante de que tu dolor es lo que te hace único, de que si sueltas tu tristeza, te quedas sin nada. Piénsalo. ¿Cuántas veces has dicho o pensado: «Es que yo soy así, soy muy intenso, soy muy sensible»? O todo lo contrario: «Soy insensible, soy fría, soy frío». Es la lógica del «para mí». La emoción existe para definirme. Para darme un lugar en el mundo.

Pero cuando dejas de ser la emoción y empiezas a ser el espacio que la acoge, ocurre un cambio de paradigma brutal. Descubres que la tristeza no viene a quedarse. Viene a cruzar. No es tu identidad. Es un río que pasa por tu territorio. No estás hecho de agua. Estás hecho de la orilla que permite que el agua corra.

Y cuando entiendes esto, la pesadez existencial que a veces te aplasta empieza a disolverse. Porque te das cuenta de que no eres un contenedor de traumas. Eres parte de un flujo inmenso y sagrado. El Ayni: esa reciprocidad que significa que si tú le das espacio a la emoción, ella te da su mensaje, y luego se va. No como una transacción, sino como el aliento. Como el viento.

El Ayni andino: la reciprocidad sagrada. Como el río que fluye, las emociones vienen a cruzar, no a quedarse.

La cuestión es el terror que tienes cuando piensas en abrir el pecho, la sensación de que si dejas entrar la tristeza, te vas a ahogar. El Ayni es cuando dejas de intentar contener el río y empiezas a dejar que fluya.

Sé que esto suena muy poético. Y quizás, tu mente racional —esa que necesita controlar— esté diciendo ahora mismo: «Sí, muy bonito, pero si suelto la rabia en el trabajo me despiden». «Si dejo entrar el miedo, no voy a poder pagar las cuentas». «Si no me aferro a mi ansiedad, voy a perder el control».

Y es cierto. Tienes que vivir en sociedad. Tienes que actuar con prudencia. No se trata de actuar cada emoción que sientes. Se trata de no negar que la sientes. Se trata de integrar. Esa unión de sentir y comprender es lo que llamo habitar la emoción.

De entender que puedes ser un profesional responsable, una persona prudente, un adulto funcional, y al mismo tiempo ser un territorio que permite que la lluvia caiga, que el trueno retumbe y que luego salga el sol —ese sol que tanto te gusta—. Que puedes caminar por la ciudad con el pecho apretado y, al mismo tiempo, reconocer que esa presión es solo un clima pasajero, y no tu geografía eterna.

Al final, lo que buscamos cuando decimos que queremos «conectar» no es conectar con una versión idealizada de nosotros mismos, una versión sin miedo, sin rabia, sin tristeza. Conectar es volver a casa. Es volver a habitar tu propio cuerpo sin miedo a lo que lo atraviesa. Es volver a sentir que eres el espacio sagrado donde la vida ocurre, y no un campo de batalla donde luchas contra ti mismo.

Y cuando logras eso, aunque sea por un instante, aunque sea solo por una respiración consciente, el juicio se disipa. Porque el juicio vive en la mente. Y el cuerpo… el cuerpo solo sabe alojar, contener, abrazar.

«Conectar es volver a casa. Es habitar tu propio cuerpo sin miedo a lo que lo atraviesa.»

Así que la próxima vez que sientas que una emoción inmensa te invade y quieres escapar de ella… Detente. No busques la salida en tu cabeza. Baja. Siente los pies en el suelo. Siente la emoción en el pecho. Reconoce que no eres tú.

Porque como decían unos ancianos en un poblado enmarcado por montañas, en el medio de un lugar donde el cielo besa la tierra: no eres tu tristeza, no eres tu miedo, no eres tu rabia. Y tú no estás aquí para ser tus emociones. Estás aquí para sentirlas.

Y cuando por fin lo entiendas, cuando por fin dejes de ser la muralla y te conviertas en el valle, vas a sonreír —con esa sonrisa bonita que niegas tan seguido—. Vas a sonreír porque te darás cuenta de que la libertad que buscabas en el control, en la negación, en la huida, siempre estuvo ahí. En tu capacidad de ser el espacio. En tu respiración. En tu apertura.

Y en ese instante de claridad, de paz absoluta, vas a poder despedirte de esa emoción, de ese miedo, de esa rabia que te estaba visitando. Te vas a despedir de ella, pero… No con un adiós definitivo, porque en la naturaleza nada se va para siempre, todo es un ciclo. Es una despedida parecida a una promesa.

Con la certeza de que, en cada respiración consciente, en cada momento en el que eliges ser el territorio en lugar de la muralla… Te vuelves a encontrar con tu propia inmensidad.

Hay una palabra ancestral que encierra esta verdad. Un concepto que no sirve para aferrarse a lo que se va, sino para confiar en lo que vuelve. Me gusta cómo suena, porque vuelvo allí: donde el cielo besa la tierra, donde el aire es poco pero bonito, donde una abuela me abraza al tiempo que de sus labios llenos de arrugas sabias sale un sonido que me aloja, me contiene, más allá de si estoy llegando o me estoy yendo.

«Tupananchiskama: hasta que nos volvamos a encontrar. La emoción que hoy sueltas no se pierde, se transforma.»

Suena algo así como Tupananchiskama, wawita. Y cada vez que lo recuerdo, entiendo que las emociones son como estaciones. En la cosmovisión andina, el tiempo no es una línea recta donde lo que se va se pierde para siempre. El tiempo es un ciclo. Es una espiral.

Por eso, Tupananchiskama no es un simple «hasta luego». Es una promesa cósmica. Significa: «Hasta que nos volvamos a encontrar». Es la certeza de que la emoción que hoy sueltas no se pierde. Se transforma. Y volverá, quizás con otra forma, quizás con otro nombre, pero tú ya no serás lo mismo.

El universo no conoce las represiones absolutas. Solo conoce los flujos. Solo los intervalos entre una emoción y otra. Así que cuando sientas de verdad, cuando dejes de ahogar lo que vive dentro de ti y simplemente lo dejes pasar, estás aceptando que la vida no se trata de estar siempre en calma, sino de confiar en el ciclo.

Con la tierra. Con tus ancestros. Con tu propia historia. Con la Fuente.

Con la certeza de que, en cada respiración, en cada momento en el que eliges ser el espacio donde la emoción puede ser sentida y finalmente liberada… Estás volviendo a casa.

Y te despides de este instante, sabiendo que no es un final.

Tupananchiskama, wawita. Hasta que nos volvamos a encontrar.

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