¿Por qué creemos que no merecemos amor? La ciencia detrás del «no creo merecerlo»

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Tres personas distintas, en tres momentos diferentes, me dijeron casi con las mismas palabras «no merezco cariño», no creían merecer cariño. Algo me dolió por dentro al escucharlo. Y como siempre que algo duele de verdad, decidí no quedarme quieto. Así nació esta serie: un viaje por la psicología, la sociología y hasta la filosofía andina para entender que esa voz que nos dice «no soy digno» no es una verdad, sino un aprendizaje. Y lo que se aprendió, se puede desaprender.

Escucha el episodio completo de «Conectando» antes o después de leer esta crónica: Haz click aquí.

Hay cosas que te golpean cuando menos lo esperas. Los que siguen estas letritas que publico de vez en cuando, saben que a mí me pasan cosas que podemos denominar «no comunes», pero lo que dio comienzo a esta serie de artículos que iré publicando no tiene como base uno de esos «eventos» sino que la curiosidad nació de un dolor. Hace muy poquito: en tres momentos distintos pero casi simultáneos, con tres personas distintas, escuché la misma frase de la que todavía tengo el eco susurrándome en mi mente: «no creo merecer cariño». Y no se tú, pero yo, sentí tristeza con esa afirmación y un dolor que no alcanzo todavía a comprender del todo.

Desde pequeño, por imperio de Doña Guillermina y Don Romualdo aprendí que si algo duele así, de esa manera que te incomoda el alma, vale la pena mirarlo. Así que, en lugar de quedarme en la sensación, empecé a indagar. Me hubiera encantado preguntarle a estas personas, pero las agendas, las eventualidades, las distancias y en parte mi respetuoso silencio que hace que no me meta donde no me llaman solo me dejo la opción de curiosear y de ahí a comenzar a hacerme preguntas, pues… no hay casi distancia, así que las preguntas fluyeron con la insistencia de quien busca una llave en la oscuridad.

Si alguna vez has pensado que no mereces cariño, que el afecto hay que ganárselo, merecerlo o pagarlo con silencio, con sumisión o con sobre-exigencia, haciéndote pequeño para no estorbar o agrandándote para poder con todo, quiero que sepas algo antes de cualquier explicación: no es un defecto tuyo. No es una falla de carácter. No viniste con una pieza faltante de fábrica. Es un aprendizaje relacional. Y lo aprendimos para sobrevivir.

«No es que no merezcas cariño. Es que aprendiste, en algún momento, que mostrar necesidad era peligroso.»

La pregunta que nos trae aquí parece simple, pero tiene raíces profundas: ¿cómo llegamos a creer que no merecemos cariño? No vamos a responderla con frases de autoayuda ni con mantras de validación rápida. Vamos a recorrerla con evidencia, con historia, con mirada crítica. Y lo haremos sin patologizar el dolor, sin convertir la herida en una identidad.

Porque lo que sentimos como «no merecer» no nace en el vacío. No viene de la nada ni ha sido implantado como un chip antes de que nacieras. Se teje en la infancia, se refuerza en la cultura, se normaliza en la economía —sí, escribí economía y parece un extravío, pero hay fundamento para esto, ya llegaremos a ese punto—. Y a veces, el no merecer se sostiene simplemente porque nunca nos enseñaron otra forma de pertenecer al mundo.

Los mapas invisibles que cargamos

La psicología del desarrollo lleva más de medio siglo documentando cómo se instala esta creencia. John Bowlby, un estudioso que dedicó su vida a entender cómo nos vinculamos, demostró algo fundamental: no nacemos sabiendo si somos dignos de cuidado. Lo aprendemos a través de las respuestas que recibimos cuando lloramos, cuando necesitamos, cuando fallamos.

Bowlby hablaba de «modelos internos de trabajo», que es una manera elegante de decir que el cerebro va construyendo mapas inconscientes. Y esos mapas dicen cosas como: «si me porto bien, quizá me quieran» o «si muestro necesidad, estorbo». No son pensamientos conscientes. Son como el sistema operativo que corre en segundo plano y decide todo sin que te des cuenta.

Janina Fisher, una psicóloga clínica que sabe mucho de trauma y vergüenza, recuerda una diferencia que parece pequeña pero es enorme: la vergüenza no es lo mismo que la culpa. La culpa dice: «hice algo malo». La vergüenza dice: «soy malo». Y cuando la vergüenza se vuelve crónica, el merecimiento se vuelve un concepto ajeno un concepto extraño, como un idioma que nunca aprendiste a hablar.

«La culpa te permite reparar. La vergüenza te paraliza porque te hace creer que el problema sos vos, no lo que hiciste.»

El sistema nervioso, en lugar de buscar conexión, se organiza para minimizar el riesgo de ser visto tal como eres. Es importante dejar en claro que todo esto no es patología. Es adaptación. Como explica Gabor Maté en su libro El mito de la normalidad, lo que llamamos «síntomas» son, muchas veces, estrategias de supervivencia que tuvieron sentido en contextos donde el cariño era escaso, impredecible o transaccional.

Con esto en claro, llegamos a un punto crucial: el cerebro no se reprograma con afirmaciones. Se reconfigura con experiencia relacional corregida. Es decir, con momentos repetidos donde alguien te sostiene sin pedirte que te reduzcas. La neuroplasticidad no es mágica; es social.

Cuando el sistema te enseña que el afecto es un premio

Y si esto ocurre en el plano individual, ¿qué pasa cuando miramos hacia afuera? Porque la creencia de que el cariño se «gana» no es solo familiar. Es estructural. Pierre Bourdieu, un sociólogo francés que entendió como pocos cómo funcionan las jerarquías, llamó a esto «violencia simbólica»: cuando las estructuras sociales se internalizan hasta parecer naturales, como el aire que respiras.

Si creciste en un entorno donde el valor se medía por rendimiento, donde el descanso era «pereza», donde el cuidado era invisible o se daba por sentado, no es extraño que hayas traducido afecto en mérito. Es como si te hubieran enseñado a hablar un idioma donde «te quiero» significa «me demostraste que vales la pena».

La antropología del cuidado y la sociología de las emociones con obras como la de Arlie Hochschild, en su libro El corazón gestionado, muestran cómo el capitalismo emocional nos enseña a mercantilizar lo íntimo. Otra autora en esta misma línea es Eva Illouz, en Intimidades frías, documenta cómo la intimidad contemporánea se organiza bajo lógicas de rendimiento, comparación y riesgo calculado. Nancy Fraser y Silvia Federici, desde el feminismo marxista, nos recordaron que el cuidado siempre ha sido estructuralmente desvalorizado porque sostiene la reproducción social sin entrar en el circuito del «mérito».

«El sistema necesita que creas que el cariño se gana. Así trabajás más, exigís menos y nunca te permitís descansar.»

Entonces, ¿quién nos dice que el cariño se gana? No solo las familias. Lo dicen las escuelas que premian la obediencia sobre la vulnerabilidad. Lo dicen los mercados laborales que exigen disponibilidad emocional ilimitada. Lo dicen las plataformas que cuantifican la validación en likes. Lo dice un sistema al que le conviene borrar la distancia entre productividad y dignidad.

Cuando internalizamos esto, la pregunta «¿soy digno de amor?» se vuelve un examen perpetuo que rindes a cada momento de tu existencia en todos los ámbitos en los que interactúas. Y en los exámenes, siempre hay alguien que reprueba.

Dos formas de entender el valor: el yo aislado y la red

La filosofía occidental moderna, desde Descartes hasta el neoliberalismo contemporáneo, ha operado con una ontología del individuo autónomo. El valor se construye por contraste: yo existo porque me distingo, me demuestro, me justifico. Emmanuel Levinas, sin embargo, invirtió esa lógica: para él, la ética no nace del mérito, sino del rostro del Otro. El Otro no pide que te ganes su cuidado; su sola presencia te interpela a responder. Martha Nussbaum, en La fragilidad de la bondad, sostiene que la vulnerabilidad no es un defecto a superar, sino la condición misma de una vida humana plena, pero claro ante el requerimiento de personas que puedan con todo, que resuelvan todo, ¿quién quiere mostrarse humano?

Pero hay otra forma de entender el valor. Una que no nace en la escasez, sino en la red.

En la cosmovisión andina, no existe la idea de un «yo» aislado que deba demostrar que es merecedor. Existe el ayllu: la comunidad viva que incluye humanos, ancestros, tierra, agua, cerros. Y dentro de ese tejido, rige el ayni. No es intercambio comercial. No es «te doy para que me des». El ayni, como explican Fernando Huanacuni y Raúl Prada Alcoreza, es reciprocidad cósmica: un equilibrio dinámico donde el cuidado es inherente a la pertenencia. No se gana. Se ejerce, siendo y estando; tal y como me lo expresaba Doña Virtudes, una anciana tejedora de San Antonio de los Cobres, cuando luego de un tiempo de ausencia, llegué a su casa, me abrazaba y repetía: Ñuqanchik kachkanchik algo así como siempre hemos estado y siempre hemos sido, yo no dejaba de ser parte de la red por mi ausencia, siempre fui y sigo siendo parte de los afectos.

«En la lógica andina, no se trata de ‘ser digno’. Se trata de ‘estar en relación’. El cariño no es un premio; es un flujo.»

Como dice Silvia Rivera Cusicanqui desde la epistemología ch’ixi, lo andino no sintetiza opuestos; los sostiene en tensión. En esta lógica, la pregunta «¿merezco cariño?» o la afirmación «no creo merecer palabras dulces» carecen de sentido, no tienen lógica, son ininteligibles —ahí está, emerge, parte de la explicación de por qué me duele: no puedo entender—. No son preguntas válidas dentro de ese tejido; son situaciones imposibles. El cariño no es un premio. Es un flujo. Y cuando una persona cree que no lo merece, no es que esté rota. Es que se ha desconectado del flujo… o, quizás, la han desconectado.

La tarea, entonces, no es «arreglarse» para volverse merecedora. Es recordar cómo volver a tejerse dentro de la red.

El camino que viene: cinco crónicas para desarmar la creencia

Por eso este artículo, esta crónica no va de «superar» ni de «activar lo que te mereces». Va de comprender. De nombrar. De devolver al contexto lo que nos hicieron creer que era un defecto personal.

Mi móvil principal es la curiosidad, las ganas de entender. Y me di cuenta de que la cuestión del merecimiento no se agota en una sola entrega. Así que a esta primera crónica la van a acompañar cinco más. Déjame contarte brevemente el camino que viene:

Episodio 1: El origen invisible. Vamos a mirar hacia atrás, a la infancia. Exploraremos cómo frases como «no llores» o «ya eres grande» se traducen, con el tiempo, en esquemas de defectividad («vacíos» o «limitaciones» en la capacidad de sentir o expresar emociones para eso uso el término: defectividad). Hablaremos de apego, de invalidación temprana, y de por qué el cerebro prioriza la coherencia antes que el bienestar. Es decir: por qué preferimos un dolor conocido a una seguridad desconocida.

Episodio 2: La maquinaria interna. Diferenciaremos la vergüenza tóxica de la culpa funcional. Veremos por qué sentir culpa por lo que hiciste puede ser útil, pero sentir vergüenza por lo que eres paraliza. Y entenderemos cómo el trauma emocional termina alojándose en el cuerpo, y por qué la autocompasión no es indulgencia… es regulación nerviosa pura.

Episodio 3: El espejo social. Saldremos de lo individual para mirar el entorno. ¿Por qué la sociedad nos hace creer que el cariño hay que ganárselo? ¿Qué tienen que ver el trabajo, las redes sociales, el género? Analizaremos cómo la meritocracia emocional se instala en aulas, oficinas y pantallas.

Episodio 4: El círculo que se repite. Abordaremos las profecías autocumplidas. ¿Por qué huimos del cariño seguro? ¿Por qué a veces atraemos dinámicas unidireccionales? Veremos que el apego ansioso o evitativo no son destinos… son estrategias que el cuerpo aprendió y que se pueden desaprender.

Episodio 5: Desaprender, no «arreglarse». Exploraremos procesos terapéuticos con evidencia, modelos relacionales y prácticas comunitarias que reconstruyen la pertenencia sin exigir perfección. No te voy a dar tareas para «ser mejor». Voy a intentar por todos los medios que puedas ver que hay caminos reales para volver a sentir que perteneces, sin tener que demostrar nada.

Si llegaste hasta este punto del texto, estoy muy seguro de que no es casualidad. Quizás porque, en algún momento, también te preguntaste por qué te cuesta tanto recibir cariño. O por qué, cuando llegaba, sentías que debías devolverlo con interés, o mejor no avanzar para no deber nada. O por qué terminas en agotamiento por tener que demostrar que vales la pena.

Quiero decirte algo con claridad y ojalá lo puedas adoptar y hacer tuyo: no necesitas volverte «merecedor» o «merecedora» para recibir afecto. Necesitas recordar que ya eres parte de un tejido. Y que los hilos rotos no se arreglan tirando de ellos. Se reparan con paciencia. Con testigos. Con alguien que quiere estar, que mira y escucha. Seguro hay alguien dispuesto a acompañarte, ayudarte a que decidas hacer pequeñas correcciones de mirada.

Este primer artículo no te va a dar fórmulas. Te va a ofrecer marcos. Porque cuando entendemos de dónde viene una creencia, deja de ser una verdad absoluta. Se convierte en un relato. Y los relatos se pueden reescribir.

Hasta aquí esta crónica que hará las veces de piloto, tenemos una serie por delante y espero que juntos podamos recorrerla. Mientras tanto, a modo de cierre, te dejo una pregunta amorosamente envuelta para llevar. Cuando estés en la tranquilidad de tu casa, en tu sala o en el silencio de tu habitación, sácala de su envoltorio. Contémplala con cuidado, con esperanza. Y si quieres, empieza a ensayar una respuesta, o simplemente deja que te acompañe mientras caminas.
La pregunta es esta: ¿qué pasaría si, en lugar de preguntarte si mereces cariño… o de afirmar que no te lo mereces, comenzaras a preguntarte: cómo aprendiste a desconectarte de él?

⚠️ Disclaimer: Este contenido es educativo y no sustituye acompañamiento terapéutico profesional. Si estos temas activan memorias difíciles o malestar significativo, por favor busca ayuda de un/a profesional de la salud mental o redes de apoyo cercanas. La sanación relacional es un proceso comunitario que requiere acompañamiento especializado.

Escucha el episodio completo «¿Quién nos enseñó que el cariño se gana?» en YouTube:
https://youtu.be/q3RefwULQVk?si=NwyzkoBVZJ7RvUNt

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