No eres la pieza, eres el barro: El oficio de recordarse

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La escena resume el eje de esta crónica: el trabajo como oficio que forma, y no como carrera que agota. Foto: [reemplazar según guía de imágenes]

⏱️ Tiempo de lectura: 8 – 10 minutos

Del trabajo que agota al trabajo que forma: un alfarero, dos fatigas y lo que la cosmovisión andina sabe de nosotros. Un viaje entre Marx, Arendt, Han y la memoria del barro

La modernidad convirtió el trabajo en una carrera y al trabajador en una pieza medible y reemplazable. Pero en un taller de los Andes, un alfarero todavía distingue entre vender piezas y vender las manos, y una palabra —Anayawaka, «recuerda quién eres»— funciona como remedio contra la amnesia. Esta crónica recorre las dos fatigas, el horno que quiebra lo apurado y el oficio de recordarse, entre la crítica occidental del trabajo y la sabiduría de la tierra.

Me escapo cada tanto. No lo anoto en la agenda, porque la agenda es precisamente el lugar del que huyo: una prisión administrativa donde cumplo condenas de cuarenta minutos llamadas reuniones, llamadas, conferencias; puntos de enfoque. Me escapo hacia un poblado enmarcado por cerros, donde el aire es poco pero bello y donde, contra toda evidencia estadística, sigo siendo wawita, para alguien a quien se abraza sin pedirle credenciales ni currículum.

Una de esas tardes de fuga, el olfato me metió en un taller. Olía a tierra húmeda y a leña, que es uno de los tantos aromas de la paciencia. Adentro, un hombre frente a su rueda de alfarero. No me saludó ni me echó: hizo algo más hospitalario, levantó su mirada, me sonrió apenas y me dejó mirar. La rueda giraba; el barro subía; sus manos no imponían, escuchaban; como si conversaran con la tierra en un idioma de roces y caricias.

Un alfarero da forma a una vasija en su torno: el gesto, casi litúrgico, de transformar energía en algo que sirve a la vida.

Conviene decirlo pronto, porque esta crónica trata exactamente de eso: de lo que la cosmovisión andina sabe sobre el trabajo y que nosotros, los modernos, hemos olvidado a fuerza de planillas. Trata de una palabra que escuché en esas tierras, Anayawaka, que significa «recuerda quién eres», y de por qué esa palabra opera como un antibiótico contra la enfermedad más difundida de mi siglo: la amnesia.

Correr para pagar, pagar para correr

Yo había llegado al taller corriendo, que es como llego a casi todo. Correr para pagar, correr para cumplir, correr para llegar: un deporte olímpico no declarado en el que todos competimos y nadie recuerda haberse anotado. Mirando al alfarero entendí, con una incomodidad que recomiendo, que yo no le estaba dando forma a nada: la forma me la estaba dando la carrera. Creemos que trabajamos para darle forma a la vida, y, sin darnos cuenta, la carrera nos forma a nosotros.

No es una sensación: es una historia larga. En 1844, un Karl Marx de veintiséis años —los que ya levantan sus piedras y me apuntan al grito de «Zurdo!!!» y «Comunista!!!» les ruego me dejen terminar de hilvanar estas ideas y, luego, ahí si; el que esté libre de «un otro» que arroje la primera piedra— Marx escribió que en el trabajo alienado «el obrero se hace tanto más pobre cuanta más riqueza produce». Traduzco: cuanto más produce un hombre, menos se pertenece a sí mismo. Marx hablaba de que la energía de la vida se va en un producto que no te reconoce, y vuelves a casa vacío, a dormir cansado, a despertar cansado.

Hannah Arendt afinó ese malestar en La condición humana. Distinguió la labor, el metabolismo que nos mantiene vivos, de la obra, eso que deja mundo: una mesa, una casa, una vasija. Y advirtió el absurdo que nos esperaba: una «sociedad de trabajadores sin trabajo», es decir, gente condenada a laborar sin obra, a correr sin dejar nada formado. El scroll infinito, sospecho, es la versión doméstica de ese infierno.

Max Weber ya había visto la trampa original: en La ética protestante y el espíritu del capitalismo contó cómo el trabajo, que era un medio con sentido, se volvió un fin en sí mismo, una práctica ascética que no descansa ni en domingo. El dinero dejó de ser el agua que riega y pasó a ser el estanque que se cuida. De aquella inversión venimos; esa inversión somos.

«El sujeto de rendimiento se explota a sí mismo, y cree que esa explotación es realización». — Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio

El filósofo Byung-Chul Han afirma en La sociedad del cansancio que ya no hace falta capataz, porque el sujeto de rendimiento se explota a sí mismo y llama a eso libertad o productividad. Y David Graeber en su ensayo de 2018 bautizó el excedente de ese régimen, los bullshit jobs: empleos tan carentes de sentido que ni quien los ocupa logra justificarlos, y que, sin embargo, se defienden con los dientes apretados, porque de ellos depende su sustento.

La prisa urbana como paisaje cotidiano: el régimen de la carrera que contrasta con el paso del alfarero.

Las dos fatigas

En el taller, mirando al alfarero, entendí que hay dos fatigas y que las confundimos todos los días. Está la fatiga de la serie: repetir sin formar, la bandeja de correos, la reunión que pudo ser un mensaje. Es una fatiga rara: no hiciste nada y quedas vacío, porque la energía que no forma nada no descansa: se fuga. Y está la fatiga de formar: al alfarero le duele la espalda al anochecer y, sin embargo, está lleno. La energía que encontró forma descansa.

¿Por qué llena? Porque deja obra, y porque la obra sirve. Martin Heidegger, en su ensayo La cosa, recordó que una jarra no vale por el barro, sino por el vacío que contiene: vale por lo que puede dar, el agua servida, el vino compartido. El alfarero no fabrica objetos: fabrica capacidades de servir a la vida. Por eso su cansancio no se parece al mío: el mío es de fugas; el suyo, de ofrendas.

«Yo vendo piezas. No vendo mis manos. Y al horno no mando ninguna pieza apurada, porque la prisa se paga en el fuego». — El alfarero del taller

Vender piezas, no vender las manos

Le pregunté por el dinero, porque uno siempre pregunta por el dinero con la culpa ya preparada. Él llevó piezas a la feria toda su vida, regatea, sabe cuánto cuesta el barro y cuánto cuesta la vida. «El dinero hace falta», me dijo, sin drama. Y después, con la media sonrisa con la que me recibió, afirmó: «Yo vendo piezas. No vendo mis manos. Y al horno no mando ninguna pieza apurada, porque la prisa puede apagar el fuego, y si no lo apaga: la pieza que se forma con apuro se quiebra».

La prisa apaga el fuego: anoté esa frase al lado del teléfono, por si algún día me preguntan qué pienso de mis fechas límite. Una cosa es necesitar vender piezas; otra, vender las manos. Y hay un par de preguntas que emergen cualquiera que sea la situación en la que te encuentres: ¿esto me acerca a mi barro o me aleja de él? ¿esto me deja formar o solo me hace correr?

El barro que recuerda

Antes de irme le pregunté qué hacía con el barro que no llegaba a formar. «Nada se pierde», dijo. «Pero si lo abandonas, se seca; y el barro que se seca sin forma no descansa: se agrieta, queda hecho un terrón que ya no sirve ni para barro». Después miró sus propias manos y agregó lo que me persiguió días, en la ruta, en el camino de vuelta; cada línea blanca discontinua, a modo de metrónomo visual, me ayudaba a mantener el ritmo de la afirmación que resonaba en mi mente: «El barro nunca se olvida de que es tierra. Por eso se deja formar. El día que se olvide, se quiebra».

Supe después que esa frase tiene patria. La antropóloga Catherine J. Allen, que vivió años entre los runa andinos, contó en The Hold Life Has que allí la tierra no es un escenario: es un interlocutor al que se le habla, se le da de beber, se le agradece; con ella se practica ayni, reciprocidad. Y en su diccionario quechua, Antonio Cusihuamán recoge yuyay: recordar y pensar al mismo tiempo. En esa lengua, acordarse es una forma de la inteligencia.

La tierra no es recurso, sino interlocutora: el territorio del ayni y de la reciprocidad.

La cosmovisión andina, propuso el filósofo Josef Estermann en su Filosofía andina, es relacional: nada existe solo, todo existe con. De ahí que el buen vivir, el sumak kawsay que recogieron las constituciones de Ecuador y Bolivia y que el uruguayo Eduardo Gudynas ayudó a pensar, no sea crecer sin pausa, sino vivir bien: en comunidad, con la tierra, con obra entre las manos, algo que trasciende lo que pudiera ser un plan de gobierno, para convertirse en una manera de ser y estar en el mundo.

«El barro nunca se olvida de que es tierra. El día que se olvide, se quiebra». — El alfarero, mirándose las manos

En esas tierras, cuando alguien vuelve de la ciudad con la cabeza llena de ruido y el pecho vacío, los mayores no lo reprenden: le dicen, como quien ofrece agua, Anayawaka, recuerda quién eres. No la busquen en los diccionarios: es una palabra de boca. Paul Ricoeur llamó «trabajo de la memoria» a este oficio: recordar no es abrir un archivo, es ejercer una tarea diaria. Y hace falta, porque la modernidad no te pide recordar: te pide olvidar. Te pregunta qué haces, nunca quién eres; te vuelve pieza: útil, medible, reemplazable; solo un engranaje.

El oficio de recordarse

Una pieza, cuando deja de ser útil, se descarta: por eso hay tanto miedo a descansar, a envejecer, a fallar. Quien olvidó que es barro cree que es pieza. Anayawaka susurra lo contrario: no eres tu producción ni tu consumo; eres tierra que camina, manos que forman, memoria de pie. José María Arguedas, que conocía ese mundo por dentro, lo llamó «pueblo continuo»: una comunidad que no se interrumpe. Recordarse es eso: no dejarse interrumpir por la prisa.

Lo que sale del horno sin quebrarse es lo que se formó sin apuro.

Cuando me fui, el alfarero no me dio la mano: las tenía llenas de barro. Se las llevó al pecho y me lo dijo como despedida: Anayawaka. En la ruta, la soledad te da la oportunidad de pensar. Mi metrónomo visual en forma de línea blanca discontinua me ayudaba a reiterar y fijar una memoria: «El barro nunca se olvida de que es tierra. Por eso se deja formar. El día que se olvide, se quiebra». Y pensé en el niño que fui, metiendo las manos en el barro por pura alegría, esa alegría que no era de tener, sino de formar. Y me apoderé de un deseo, ojalá que para siempre: no ser la pieza; ni siquiera las manos que la forman; ser el barro que recuerda que es tierra.

«No eres la pieza. No eres siquiera las manos. Eres el barro que recuerda que es tierra».

Volví a la ciudad, abrí la agenda, titiló la splash screen y, a continuación, las columnas de los días y las filas de las horas mostraban los recuadritos con las tareas, cada una con su color, que anunciaba su grado de importancia o urgencia: pensé en el horno y, por imperio de mi visceral rechazo a las repeticiones, la frase que había resonado durante toda la vuelta se transformó, mutó, se convirtió en una sentencia que espero no olvidar y que anhelo que sea constitutiva de mi ser y estar: «No eres la pieza. No eres siquiera las manos. Eres el barro que recuerda que tan solo es un poquito de tierra». Y ahí la dejé en el horno. Que se forme despacio. Que no se quiebre.

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