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Quiero ir al cine a ver La Odisea de Nolan y sé que saldré con un mandato de 2.800 años: Alojar al extraño, al otro, como se trata al prójimo. El mandato de la xenia, la ley griega del huésped, en tiempos de usuarios, seguidores y consumidores.
A los siete años me regalaron más de cincuenta libros para que me quedara quieto; entre ellos venía La Odisea, que leí cinco veces o más y en cada lectura me mostró una capa nueva. Hoy, con La Odisea de Nolan ya estrenada, la capa más honda vuelve a brillar en el horizonte: la xenia, la ley del huésped que protegía al extranjero, y su advertencia central: el día que el otro deja de ser huésped y pasa a ser recurso empieza el peligro. Un recorrido por el arte de registrar al otro antes de preguntarnos para qué sirve.
Quiero ir al cine a ver La Odisea de Nolan. Me invadieron los shorts, los reels y los trailers, así que mientras doy las últimas revisiones a este texto ya estoy listo para partir hacia la sala con mi entrada comprada vía una app. Y ahí iré, como quien vuelve a la casa de la infancia: sabiendo de memoria dónde cruje el piso y dispuesto, igual, a sorprenderme. En la pantalla, confío en ver una réplica real de un barco del mundo homérico abriéndose paso en un mar que no pida permiso, y cada fotograma, rodado en celuloide con cámaras IMAX, exista físicamente en un rollo, como las estatuas. Sé que Nolan se tomará licencias, que la adaptación no será fiel al pie de la letra, que habrá drama hollywoodense donde en lo de Homero había viaje; pero la capa profunda debería ser ineludible: la xenia estará ahí.
Conviene ordenar los números, que el cine épico suele mezclar: el poema fue compuesto hace unos 2.800 años y canta hechos que la tradición sitúa hacia hace 3.200, de modo que Nolan adaptará un libro que ya era antiquísimo cuando Roma era apenas una aldea. Conviene también el escepticismo: el director ha hecho del efecto práctico una poética y, ay, una bandera promocional. Pero aun tomado con pinzas, el gesto dice algo: en la época de la imagen que no pesa, millones de personas pagarán una entrada para ver algo que pesa.
Es cierto que después la película se verá en una tablet, con una porción de pizza y entre notificaciones, y que nadie podrá impedirlo. Pero hay una diferencia entre ver el mar por una ventanilla y caer al mar: la sala de cine, como el libro largo, es una de las últimas tecnologías de atención que nos quedan, un lugar donde nadie nos preguntará cuánto interactuamos y donde, durante dos horas y media, seremos huéspedes del relato.

Yo tuve mi versión doméstica de esa desmesura. A los siete años era tan inquieto (¿era? ¿era?… en serio, y por estos días, ¿Cómo andamos?) que don Romualdo, a instancias de la pobre y agotada Guillermina, ensayó el único remedio que funcionó: me compró una biblioteca de más de cincuenta libros con la esperanza de que me quedara quieto. Funcionó a medias: quieto el cuerpo, efervescente la mente hasta bien entrada la adolescencia. Entre esos libros venían La flecha negra, Los viajes de Gulliver, Fabiola, Liliana (libro que le leí completo a Guillermina) La isla del tesoro, Las aventuras de Tom Sawyer, Las fábulas de Esopo, Hamlet, La Ilíada y… La Odisea, y no eran versiones cortas ni para niños, no, eran las versiones originales; a Don Gerez se le ocurrió que cuanto más intenso y duro el camino, más entretenido el primogénito. Y no le erró el pequeño Pablito pasaba horas sentado sumergido en libros. Desde entonces, he leído La Odisea unas cinco veces, siempre en el original, y cada lectura tuvo el tamaño exacto de la persona que yo era en ese momento.
La primera vez sólo descubrí una capa: los monstruos, el cíclope, las sirenas, el héroe que se las ingenia. Después, cuanto más crecido, fui incorporando las otras capas de una obra tan compleja como la de Homero —algo tendrá un poema atribuido a un hombre ciego que veía más que todos nosotros—: el regreso como construcción de la identidad, la memoria que salva, el relato como única forma de supervivencia, es decir la palabra circulando como la escancia que une y nos hace humanos (¿será ahí que se me pegó eso de hacer circular la palabra?). Y un día, no hace tanto, pero tampoco hace poco, apareció el hilo que hasta entonces no había visto, el que cose el poema entero: la xenia, la ley sagrada de la hospitalidad.
Cada lectura de la Odisea tuvo el tamaño exacto de la persona que yo era.
La ley de Zeus
En el mundo griego, un viajero que llegaba a la puerta de un desconocido concentraba dos posibilidades: huésped o amenaza. La xenia era el ritual que convertía lo segundo en lo primero: el anfitrión recibe antes de preguntar el nombre, el huésped corresponde con gratitud, y el pacto queda bajo la protección de Zeus Xenios, guardián del extranjero. No estamos hablando de mera cortesía, que no es poca cosa; la xenia griega era la condición misma que hacía posible vivir entre desconocidos sin miedo, un contrato social firmado ante los dioses.
Esta ley atraviesa de múltiples formas todas las tradiciones. Más tarde que Homero, la tradición judía en los libros de Levítico, Deuteronomio y Éxodo del Pentateuco, entre sus páginas, se pueden encontrar los mandatos a tratar al extranjero con amor, justicia y hospitalidad; y mucho tiempo después, hace casi dos mil años, la tradición cristiana en los libros de Mateo, Hebreos y Romanos también hacen claras menciones a los mandatos de hospitalidad y amor para con el forastero, poniéndolo en la posición de «prójimo».
En el canto XIV, el porquerizo Eumeo, que no tiene nada, le dice al forastero que acaba de llegar: «porque de Zeus vienen todos los extranjeros y mendigos». La cita es enorme y conviene detenerse en ella: el pobre que comparte su escasez no está siendo generoso, está cumpliendo una ley cósmica; el extranjero, el forastero, ese trashumante que llega hasta la puerta no se corporiza como si fuera un problema que resolver: es algo más simple y mucho más directo; es un enviado que recibir. Homero no lo explica más, no le da muchas vueltas: lo muestra, y con eso alcanza.

Por eso la Odisea puede leerse como un catálogo de hospitalidades y de sus violaciones: los feacios que recogen al náufrago y lo devuelven a casa cargado de regalos; Polifemo, que en vez de dar pan devora a sus huéspedes, la inversión absoluta de la ley; y los pretendientes de Ítaca, que abusan de la hospitalidad de Penélope hasta convertir el palacio en una ocupación sin fecha de salida, una estadía infinita a costa de la anfitriona, Penélope; esa mujer sobre quien cargan la responsabilidad de que ellos no se vayan y de dilatar la elección del sucesor de Odiseo (o Ulises, como le llamaron los romanos posteriormente). El castigo de unos y de otros es la forma épica de avisar que esa ley no se rompe gratis y que todo, sin excepción, tiene consecuencias.
El extranjero no es un problema que resolver: es un enviado que recibir.
De barcos a puentes
Nosotros ya no cruzamos el Mediterráneo a remo, no, señor, lo hacemos en lujosos yates llamados «Bandido» (sino pregúntenle a Sofía Clérici y Martín Insaurralde)—es más fuerte que yo, perdón, me puede y a veces no lo manejo y produce estos quiebres narrativos que mi editora dicen que me cuestan lectores… entonces, vuelvo con La Odisea—, ya no cruzamos a remo el Mediterráneo pero seguimos viviendo bajo una forma de xenia en pleno siglo XXI, es así. Cruzamos puentes confiando en quien los diseñó, comemos lo que cocinaron manos cuyos nombres nunca sabremos, subimos a ómnibus y aviones manejados o piloteados por otros, dormimos en ciudades rodeados de extraños. La vida moderna es una cadena de hospitalidades: todos los días dejamos nuestra vida, literalmente, en manos de desconocidos. La diferencia con los griegos no es el gesto: es el nombre que le damos.
Los griegos tenían palabras para nombrar muchas cosas y su forma de nombrar no tiene nada que ver con la nuestra —busquen la areté griega y van a ver el lindo lío en el que se meten—; retomo. Entre las cosas con nombre de los griegos está la responsabilidad hacia el que llega: huésped, extranjero, suplicante. Nosotros tenemos palabras como algoritmo y hook, engagement; ellos preguntaban quién eres y nosotros, cuánto interactuás. Usuario, seguidor, consumidor: ninguno de esos nombres designa una persona; designan una función, un dato, un número que scrollea. En este mundo del revés, que le dice mal tiempo a un hermoso día de lluvia, el huésped se volvió recurso: se le pregunta para qué sirve antes de quién es.
Usuario, seguidor, consumidor: ninguno de esos nombres designa una persona; designan una función.
El otro como recurso
Hay un ensayo de Borges, «Kafka y sus precursores», que sostiene que cada escritor crea a sus precursores: leer a Kafka cambia la manera en que leemos a sus antecesores. Algo parecido sucederá con Nolan: su película nos obligará a releer a Homero como si Homero la hubiera estado esperando (mi estimadísima profe de epistemología dice cada vez que puede: «El texto te espera»), y en esa relectura el poema entregará una capa nueva. Un clásico no es el libro que el tiempo desgasta sino el que el tiempo (tema de Nolan en toda su filmografía) confirma: el que en cada relectura, de una cultura o de una vida, vuelve a decir algo distinto.
Esa es la capa que más lecturas me costó ver, y la que explica por qué el poema sigue en pie veintiocho siglos después. Los monstruos nunca fueron el verdadero peligro: el verdadero peligro es el del cíclope, un ser tan encerrado en sí mismo que no puede registrar al que tiene enfrente como huésped y lo devora; es el de los pretendientes, que creen que la casa y los otros son suyos para consumirlos. El peligro empieza, siempre, el día en que el otro deja de ser huésped o anfitrión y ambos o uno de ellos solo pasa a ser recurso.
El peligro empieza el día en que el otro deja de ser huésped y pasa a ser recurso.
Sé que saldré del cine con esa incomodidad —es Nolan, junto a Aronofsky, quienes nunca me han decepcionado con sus películas—, que es lo único que el buen cine debería dejar como souvenir. La Odisea de Nolan pone el gancho y la excusa; el poema pondrá lo demás. La pregunta de Homero sigue ahí, esperando en la puerta como un viajero educado: cuando el desconocido llame, y siempre llama, ¿vamos a preguntarnos quién es, o para qué nos sirve? ¿Cuándo yo desconocido sea alojado consumiré al anfitrión como recurso o lo veré como un otro?
Yo, que dejé de ser el principal inconveniente para que un santiagueño cumpla con uno de sus rituales más queridos —la siesta— merced, entre otros libros, a La Odisea, cuando por fin me quedé quietito a los siete años sumergido en ese mundo de lectura gracias a cincuenta libros más, todavía estoy tratando de responderla.
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