Fachadas y Sótanos: La Arquitectura Oculta del Poder en Argentina

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Mientras los despachos oficiales muestran sus fachadas, en los sótanos se rediseña el país. Una crónica sobre los silencios que hablan más que los discursos y los frenos a las leyes que transforman la tierra en mercancía.

Ortega y Gasset decía que la política es la arquitectura completa, fachadas y sótanos, sobre todo los sótanos. Hoy, mientras el poder se reorganiza en la superficie, una modificación legal silenciosa prepara el traspaso de activos estratégicos. Esta es la historia de lo que se ve y de lo que se esconde debajo.

En algún lugar de sus ensayos, José Ortega y Gasset escribió que la política es la arquitectura completa, fachadas y sótanos. La frase tiene las propiedades de esas canciones que se te pegan y no te sueltan. Uno camina por la ciudad viendo fachadas, edificios impecables, vidrios reflectantes que devuelven una imagen distorsionada de uno mismo. Pero rara vez bajamos al sótano. Rara vez encendemos esa luz tenue que revela las tuberías, los cimientos, lo que realmente sostiene el edificio.

Esta semana, mientras leía columnas y contrastaba fuentes, me encontraba con la descripción de un mundo donde Diego Santilli es nombrado jefe de Gabinete, pero su poder real es una incógnita; donde Ignacio Devitt opera como delegado de Karina Milei en un verticalismo que «detesta la autonomía de sus subordinados» (no es una opinión mía: son dichos en actos de los protagonistas del máximo poder en la Argentina); donde Sebastián Pareja y el propio Santilli compiten por la gobernación bonaerense en un conflicto que es, al mismo tiempo, un acuerdo.

Edificio gubernamental mostrando la dualidad entre fachada y sótanos

«La política es la arquitectura completa, incluso los sótanos, donde las verdades más profundas residen en lo que se decide no nombrar».

Pero hay algo más inquietante, algo que me hizo detenerme y releer una, dos y tres veces —me doy cuenta de que soy lento, muy lento para ver e interpretar, y muchas veces necesito semanas para poder comprender—. Es el «misteriosísimo silencio» de Javier Milei sobre Sergio Massa. Piénselo (lo más seguro es que usted ya haya reparado en esto que yo recién logro verbalizar y despejar de la enmarañada cacofonía mediática): un presidente que no duda en llamar «ratas» a periodistas, políticos y hasta aliados ocasionales guarda un silencio sepulcral sobre el exministro de Economía del que heredó el «desastre» económico. Massa, hoy epicentro de escándalos que vinculan el mundo político con el submundo de los negocios —el sistema SIRA, las operaciones cambiarias de Elías Piccirillo, las conexiones con Martín Faroni—, existe en una zona de sombra que Milei se niega a iluminar.

Aquí es donde Borges me viene a la mente, ese Borges de «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius», donde la realidad se modifica por omisión, por lo que se decide no nombrar —qué tema tenía don Jorge Luis con las palabras y las cosas, ¿no? Con ese berretín hasta inspiró al mismísimo Foucault—. En el laberinto del poder argentino, los silencios son tan elocuentes como los discursos. Y este silencio sobre Massa es un vacío que grita.

Referencia literaria a Borges y los laberintos del poder

Mientras navegaba por estos sótanos políticos, encontré otra puerta que daba a un nivel aún más profundo. El gobierno nacional acaba de adjudicar la Vía Navegable Troncal al consorcio Jan De Nul-Servimagnus. Los titulares celebran: «reducción de costos logísticos», «eficiencia», «apoyo del sector productivo». Es la fachada luminosa del edificio, la que se muestra en los comunicados de prensa y las conferencias matutinas.

Pero en los sótanos de este proceso, como lo informa Minuto Uno entre otros medios, un documento reservado de especialistas internacionales cuestiona la transparencia del pliego. Se habla de posibles conflictos de interés, de costos inflados en el dragado, de un direccionamiento operativo que huele a esas viejas prácticas que creíamos superadas en nombre de la batalla cultural y de la «moral» como política de Estado. «Digamos, o sea, digo…» la narrativa oficial de éxito convive con sospechas que nadie en ese círculo quiere verbalizar.

«En el laberinto del poder argentino, los silencios son tan elocuentes como los discursos».

Y entonces, como si estuviera descendiendo por una escalera de caracol que no tiene fin, llegué al sótano más profundo, ese donde se guardan los cimientos mismos del país. La Nación informaba que el gobierno modificaría la Ley de Tierras para «liberar la venta» y «levantar las restricciones». Página/12 lo llamaba por su nombre: «Inviolabilidad de la propiedad privada: la tierra prometida para los capitales extranjeros». Pero el 16 de julio algo inesperado ocurrió: el oficialismo no logró tratar la ley. No hubo quórum. La oposición frenó, al menos temporalmente, este intento de redefinir quién posee el suelo que pisamos. ¿Casualidad? ¿O hubo algo más?

Es imposible no pensar que si detrás de cada decisión económica hay una relación de poder, ergo; detrás de cada decisión política también hay una relación de poder. La modificación de la Ley de Tierras no era un tecnicismo jurídico. Era la redefinición de quién posee el suelo que pisamos, quién decide qué se cultiva, quién se queda con la renta de la tierra. Y por ahora, al menos, ese activo sigue siendo nuestro. Pero la pregunta que me hago es otra: ¿por qué justo ahora? ¿Por qué el oficialismo no logró el quórum cuando parecía tener los números?

Sesión parlamentaria en el Congreso argentino

Lo llaman «modernización», «apertura de mercados», «atracción de inversiones». Son palabras bonitas que brillan en la superficie. Pero si bajamos al sótano, vemos otra cosa: vemos capitales extranjeros esperando para adquirir territorio nacional, vemos productores locales desplazados, vemos comunidades que pierden soberanía sobre su propio suelo. Y vemos, también, cómo el fracaso parlamentario de esta ley dejó al descubierto que incluso en los momentos de mayor entrega, algo puede torcer el rumbo. Ese algo, me pregunto, ¿tuvo nombre y apellido? ¿Tuvo bandera?

«La modificación de la Ley de Tierras no era un tecnicismo jurídico. Era la redefinición de quién posee el suelo que pisamos».

Y entonces, en medio de este sótano abarrotado de contradicciones, ocurre algo que me obliga a detenerme y hacerme la pregunta. El 15 de julio de 2026, la selección argentina le gana 2 a 1 a Inglaterra. «Es solo un partido de fútbol», dirán algunos, frase que ni ellos se creen. Al final del encuentro, los jugadores muestran una bandera: «Las Malvinas son argentinas». El gesto es celebrado, compartido, viralizado. Es un acto de soberanía, de memoria, de reclamo territorial. Y al día siguiente, 16 de julio, el oficialismo no logra el quórum para tratar la Ley de Tierras. ¿Coincidencia?

Selección argentina con bandera de Malvinas

Va la pregunta —sí, otra, y las que faltan, no se queje; a esta altura ya sabe cómo soy: puras preguntas (¿para qué me lee, si sabe cómo me pongo?)—: ¿puede el gesto de veintitrés jugadores en un vestuario haber creado un clima de opinión que hizo políticamente costoso tratar una ley que entrega soberanía territorial? ¿Puede la bandera de Malvinas, exhibida tras vencer a Inglaterra, haber generado una conciencia súbita sobre lo que significa la soberanía? ¿Puede esa conciencia haber llegado a los pasillos del Congreso y hecho que algunos legisladores duden, que otros calculen, que finalmente no haya quórum?

No lo sé. No tengo pruebas. Pero la cronología es inquietante: 15 de julio, la bandera de Malvinas se vuelve trending topic, se comparte en redes, se celebra en cada bar, se viraliza con la imagen de Milei que no habla de Massa, habla de su admiración por Margaret Thatcher. 16 de julio, el oficialismo no logra el quórum. No es una relación causal probada, pero es una hipótesis que vale la pena explorar. Porque si fuera cierta, nos estaría diciendo algo profundo sobre cómo funciona el poder: a veces, un gesto simbólico en un estadio puede frenar una ley en el Congreso. A veces, la soberanía que se grita en la cancha es la misma que produce algún tipo de cimbronazo en los sótanos del poder.

«¿Puede el gesto de veintitrés jugadores en un vestuario haber frenado una ley en el Congreso?»

Ortega y Gasset tenía razón. La política es el edificio completo. Pero yo agregaría algo más: la política es también la capacidad de leer los climas, de entender cuándo un gesto simbólico se vuelve políticamente insoportable o puede conllevar un costo político que nadie está dispuesto a pagar. Argentina es el país de dos verdades. Y quizás esas dos verdades se pusieron en evidencia el 16 de julio. Quizás la bandera de Malvinas hizo visible lo invisible: hay un pueblo que pide soberanía a los gritos y no duda de corporizar ese pedido en un partido de fútbol, y que no se puede reclamar un territorio distante mientras se entrega el propio.

Y aquí está la conexión que me tiene despierto: el mismo silencio estratégico que Milei guarda sobre Massa es el que rodeaba a esta modificación legal. No hay debate público, no hay discusión parlamentaria ruidosa. Hay un documento técnico, una modificación legal que se presenta como trámite administrativo. Pero quizás los jugadores de la selección, sin proponérselo, encendieron una luz en ese sótano. Quizás su gesto hizo que alguien, en algún lugar, dijera: «No podemos tratar esto ahora». Aclaro: es una hipótesis. Y como toda hipótesis periodística, merece ser investigada.

Contraste entre celebración deportiva y expedientes legislativos

Quizás esta es la esencia misma de la condición argentina: vivir en dos realidades simultáneas. Quizás la soberanía no es solo un grito en un estadio, sino una práctica diaria. Pero yo prefiero pensar que quizás, solo quizás, el 15 de julio de 2026 algo cambió. Que veintitrés jugadores, sin saberlo, activaron un mecanismo de defensa colectiva. Que la bandera de Malvinas no fue solo un gesto, sino un recordatorio: la soberanía es indivisible. O la defendemos toda, o no defendemos nada. Y esa incómoda posibilidad deviene en que por fin se deje la hipócrita postura de que el fútbol no tiene nada que ver con la política, porque cabe la posibilidad de que el fútbol haya frenado el tratamiento de una ley. Y esa posibilidad no me lleva a querer mirar las fachadas, no; me obliga a seguir bajando al sótano. A seguir encendiendo luces. A seguir preguntando.

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