Natalidad en Argentina: La ciencia que desmiente el ‘genocidio’ de Milei

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El actual contexto económico funciona como si fuera un anticonceptivo. Foto: Unsplash

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El ajuste como anticonceptivo: Por qué cae la natalidad (y no es por el aborto)

Entre 2014 y 2024, la natalidad en Argentina se desplomó de 777.000 a 413.000. El presidente habla de «genocidio» por la ley de IVE, pero los datos del INDEC muestran que la caída comenzó seis años antes de su aprobación. La biología evolutiva tiene una explicación incómoda: cuando un mamífero vive bajo estrés crónico, su cuerpo simplemente deja de reproducirse.

Cuando escuché al presidente Javier Milei calificar de «genocidio» la caída de la natalidad argentina, algo no me cerró. Fue en mayo de 2026, durante una entrevista en el streaming Carajo, donde disparó: «En temas de aborto la sociedad argentina hizo un desastre. Para que vos tengas semejante caída en la tasa de reproducción vos hiciste un desastre, acá hay un genocidio». Las palabras resonaron como un eco hueco, pero no lograba precisar por qué. Me quedé rumiando esa afirmación durante días, como quien mastica una piedra sin poder tragarla ni escupirla.

Fue entonces, casi por casualidad, que me encontré con una gran amiga que es bióloga, la voy a llamar Marita para proteger su identidad. Mi querida bióloga de confianza, además es protestante de fe profunda y una de esas personas cuya espiritualidad no necesita aplastar la ciencia para brillar.

Cada vez que nos encontramos es un escándalo de alegría a ella no le cuesta ser efusiva y demostrativa y no tarda de «colgarse de mi brazo»—así lo anuncia, haciendo alusión a su 1,60 m de altura, cuando me pide que sea un caballero, y le ofrezca mi brazo para caminar—, Tomamos un café, y mientras el vapor de las tazas ascendía, comenzó mi andanada de preguntas; todas guiadas por mi intuición de que algo en la afirmación presidencial no encajaba. Ella con la paciencia docente me ayudó a desarmar, pieza por pieza, la afirmación presidencial. Lo que descubrimos juntos tiene el trazo de mi opinión, no lo voy a negar, pero parada muy firmemente en biología pura, dura, innegable.

Laboratorio de biología con microscopio y libros científicos
La biología evolutiva estudia desde hace décadas cómo el estrés ambiental afecta la reproducción en mamíferos. Foto: Unsplash

«Cuando un animal no tiene seguridad, ni territorio, ni recursos, el cuerpo toma la decisión de apagar el instinto reproductor completamente. No es una elección consciente, es instinto de supervivencia.»

Marita me lo explicó con la claridad de quien ha pasado años estudiando a los ratones. «Los biólogos llevamos décadas estudiando esto», me dijo mientras tomaba la lapicera que ella me regaló hace un par de semanas para comenzar a garabatear una servilleta. «Cuando a un animal no le va bien, cuando no tiene de qué vivir, sin seguridad, sin recursos, el cuerpo toma la decisión de apagar el instinto reproductor completamente». No hay elección consciente, me dice, por lo que no se trata de un capricho o de el ejercicio de una ideología, lo que sucede es que el organismo literalmente dice: «Estamos en estrés, no es momento seguro para traer vida». Y pasa. En ratones, en primates, en humanos. Somos mamíferos, no máquinas. Mi cabeza ya teje este texto que estás leyendo.

El mecanismo es tan preciso como un reloj suizo. Se llama eje Hipotálamo-Hipófisis-Gónadas, pero puedes pensarlo como un termostato biológico. Me dice entornando los ojos y con una sonrisa de niña. Cuando el estrés crónico inunda el cuerpo de cortisol, ese termostato baja la calefacción reproductiva. La hormona liberadora (GnRH, transcribo de la servilleta) se inhibe, la testosterona cae en picada, la ovulación se vuelve irregular o se detiene. El cuerpo, en su sabiduría ancestral, desvía toda la energía hacia la supervivencia inmediata. Mantenerse a flote ya es un logro; tener hijos, un lujo que la biología no permite en tiempos de escasez.

Microscopio científico con luz verde
El cortisol, hormona del estrés, suprime literalmente el eje reproductivo en los mamíferos. Foto: Unsplash

«Somos mamíferos, no máquinas. Un mamífero agotado no se reproduce. Un mamífero sin territorio no se reproduce. Un mamífero bajo estrés crónico no se reproduce.»

Mientras Marita continuaba tratando de que yo; ciencias sociales (a full)  comprenda conceptos de una ciencia natural. Mi cabeza ya comenzaba a pensar en como hacerme de las estadísticas y los números porque seguro hay una cronología. Y si, la hay y es demoledora. Milei dice que la ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE) es un «genocidio demográfico». Pero los datos del INDEC cuentan otra historia, una que no se puede torcer con retórica. En 2014 hubo 777.000 nacimientos en Argentina. Fue el pico histórico reciente, el punto de inflexión desde el cual comenzó la caída sostenida. Seis años después, en diciembre de 2020, seis años después, seis, (perdón la insistencia; pero así soy: temático, intenso, tozudo) se aprobó la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. ¿El problema? La caída ya había comenzado cuando el aborto ni siquiera era legal. En 2019, antes de la IVE, ya habíamos bajado a 625.000 nacimientos. Para 2023, el número era 461.000. Y en 2024, bajo el propio gobierno de Milei, tocamos fondo: 413.000 nacimientos, el mínimo histórico.

¿Qué pasó en 2014? Una devaluación brutal en enero, inflación del 25% anual, pérdida acelerada del poder adquisitivo, cepo cambiario, incertidumbre económica. Las condiciones materiales se volvieron hostiles. Y el cuerpo, por imperio de esa sabiduría interna que conecta mente y cuerpo, respondió como responde cualquier mamífero: apagando la reproducción. Aquí no tienen nada que ver la ideología, ni la «cultura del descarte». Aquí la que manda es la biología, la biología pura.

La caída de natalidad comenzó en 2014, seis años antes de la Ley de IVE. Datos: INDEC. Foto: Unsplash

«La caída de natalidad comenzó en 2014. Seis años antes de la Ley de IVE. En 2024, bajo el propio gobierno de Milei, tocamos fondo: 413.000 nacimientos, el mínimo histórico.»

La ciencia que respalda esto no es marginal, experimental, ni especulativa, ciencia consolidada, revisada por pares, publicada en las revistas más prestigiosas. John B. Calhoun, en los años 70, creó el «Universo 25»: ratones con comida ilimitada pero hacinados y estresados. Dejaron de reproducirse. Surgió lo que llamó el «fregadero conductual». Más recientemente, la Teoría de la Historia de Vida (Life History Theory), desarrollada por investigadores como Jay Belsky, Bruce Ellis y Hillard Kaplan, demuestra que los organismos enfrentan un trade-off energético: o sobrevives o te reproduces. Ella dice todos los datos de memoria, cita autores, se acuerda de los papers y me anota sitios web para visitar y ampliar la información científica; «te envidio la memoria», le digo y la científica me contesta desde el dogma: «envidia; el mas pecado de los pecados» y lanza una sonora risa.

Yo caigo en la cuenta de que como seres humanos no podemos hacer ambas cosas, sobrevivir y reproducir, cuando los recursos escasean. Por imperio del algoritmo las lecturas recomendadas de Marita me llevaron a un documento publicado por la demógrafa alemana Michaela Kreyenfeld quien  documentó cómo la incertidumbre económica suprime la fertilidad en Europa. Y en Argentina, el dato es brutal: entre las madres de menor nivel educativo, los nacimientos se redujeron un 77% desde 2005. Los que menos tienen son los que menos se reproducen. Exactamente como predice la biología.

Entonces, ¿quién hace el «genocidio»? Milei, en mayo de 2025 en la Cámara de Comercio de Estados Unidos (AmCham), dijo: «Ahora se están dando cuenta que se les pasó la mano en atacar a la familia, en atacar a las 2 vidas. Y ahora lo estamos pagando con caídas en la tasa de natalidad». Un año después, en Carajo, habló de «genocidio» y «asesinato en el vientre». Pero entre 2024 y 2026, bajo su propio gobierno, la inflación se comió el 80% del salario, los alquileres se volvieron inalcanzables, la precariedad laboral juvenil alcanzó récords históricos. Y la natalidad se desplomó a 413.000 nacimientos. El ajuste termina funcionando como si fuera un  anticonceptivo. El estrés es anticonceptivo. La falta de vivienda, de recursos, de seguridad, es anticonceptiva. No hace falta prohibir el aborto cuando el sistema, así planteado como está ya se encarga de que no llegues a necesitarlo.

La incertidumbre económica y la precariedad laboral son los principales factores que llevan a posponer o evitar la maternidad/paternidad. Foto: Unsplash

«El ajuste es anticonceptivo. El estrés es anticonceptivo. No hace falta prohibir el aborto cuando el sistema ya se encarga de que no llegues a necesitarlo.»

Marita, con esa fe que no teme a la evidencia, me hizo ver la trampa perfecta. Primero, generan las condiciones materiales que la biología identifica como hostiles para la reproducción. Segundo, la natalidad cae (por esas condiciones que ellos mismos crearon). Tercero, culpan a otros: al aborto, a la «ideología de género», a los «progres», a los «wokes», al otro convirtiéndolo en enemigo, en demonio. Cuarto, usan esa culpa fabricada para avanzar con más ajuste: «hay que cuidar la plata», «no hay plata para todos». Es un círculo perverso donde la víctima termina siendo culpabilizada por su propia victimización. Como si el cuerpo no tuviera memoria, como si la biología fuera negociable o una variable macro económica.

¿Esto pasa en Argentina solamente? no, por ejemplo España tiene una de las tasas de natalidad más bajas del mundo: 1,16 hijos por mujer. Menos que Japón y Corea del Sur, países que ya declararon la emergencia demográfica. ¿El denominador común? Ajuste, precariedad, estrés económico crónico. A esta altura seguro ya están viendo el patrón. Es la misma historia contada en diferentes idiomas. Y Argentina, con sus 413.000 nacimientos en 2024, se suma al club de los países donde el sistema devora el futuro.

Cada vez que nos encontramos, Marita atiende mis consultas pero habla de dos o tres cosas al mismo tiempo, tiene mucha energía y parece como si todo lo hiciera a 2X, pero sobre el final de la charla su tono cambió y puso mucho énfasis cuando me dijo: «Cuando una especie empieza a rechazar su propia continuidad, la primera reacción es hablar de cambio cultural pero no, se trata de una alarma biológica». Y esa alarma está sonando. Suena en los salarios que no alcanzan, en los alquileres imposibles de pagar, en los trabajos que enferman.

El genocidio es real pero no está en la IVE está en el sistema que te dice «ten hijos» mientras te quita todo lo que necesitas para tenerlos. Está en el discurso que culpa al aborto mientras implementa políticas que la ciencia demuestra que son contraceptivas. Está en la hipocresía de quienes hablan de «defender la vida» mientras construyen un mundo donde la vida no puede florecer.

Hace rato que terminamos el café, se sumó a la charla su novio, un santo que es puro relax, justo lo que necesita alguien como ella que como dije vive a 2X. Con esa misma velocidad me toma del brazo abre mi mano y al tiempo que me devuelve mi lapicera se pone toda seria, no sonríe me clava la mirada y dice muy lentamente: ¿qué es lo que realmente impide tener hijos? ¿La ley IVE o la imposibilidad de alquilar o adquirir tu vivienda? ¿El aborto o el estrés de no poder llegar a fin de mes? ¿La «cultura del descarte» o el sistema que te descarta primero?

Marita, la bióloga protestante que prefiere creer en la evidencia antes que en los relatos, me dejó cuatro preguntas que ella cree fervientemente se responden desde las condiciones biológicas de existencia o subsistencia actuales.

Nos despedimos, si el encuentro es un escándalo la despedida no puede ser menos, abrazos, besos y advertencias de que no la busque cuando necesite algo. Decido caminar, es jueves, ya es tarde; una llovizna y el frio de junio están en el aire, he logrado escupir la piedra que me quedó atravesada cuando escuchaba al presidente efusivamente intentar por medio de una retórica sesgada culpar a una ley de un fenómeno que tiene base en lo que el sistema económico impone.

Ahora me siento solo, es raro; pero caigo en conciencia de que casi no hay gente en la calle, un policía haciendo guardia que responde a mi saludo, un auto que gira por San Martin y yo caminando a paso lento hacia el sur, siempre hacia el sur, por Salta hacia 24 y en medio de esa soledad se me ocurre, quizás la única respuesta honesta: cuando el sistema te obliga a elegir entre sobrevivir o reproducirte, ya perdiste. Y el único genocidio que importa es el que se comete contra el presente, no contra el futuro.

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