⏱️ Tiempo de lectura: 6 – 8 minutos
De los clasificados de 1992 al tecnofeudalismo digital: cómo pasamos de buscar «gente maravillosa» a pagar renta por nuestra vulnerabilidad.
Una crónica sobre la mercantilización del afecto y el costo oculto de delegar el cuidado a las máquinas. De Perales a Varoufakis, un recorrido por la arquitectura económica que nos aísla.
Click 👉🏼 Para Escuchar «¿Existe una economía del cuidado?» en YouTube
E
stoy frente al teclado, ese lugar que últimamente habito como un refugio, tratando de armar el esqueleto de este tercer capítulo mientras mi playlist suena de fondo. Es una mezcla caótica de temas que forman la banda sonora de mi vida y, por alguna razón, terminan acompañando mis procesos de escritura más densos. Mientras compilaba datos duros sobre tasas de burnout y la creciente monetización del tiempo libre, me lamentaba en silencio: me faltaba un hilo conductor, algo cotidiano que le bajara a tierra a un tema que, confieso, a veces suena demasiado abstracto.
Entonces, la lista giró y entró José Luis Perales con Gente maravillosa. Al principio solo era música de fondo, hasta que la letra me alcanzó con la fuerza de una profecía cumplida: «Miércoles 7 de octubre del 92. Leo la página 8 del diario El Mundo… Chica de 25 desea contacto… Vivo sola en la jungla y no puedo sentir la mañana». Treinta y tantos años después, la canción me había esperado para completar su significado, tal como decía mi querida profesora de filosofía de la ciencia: «los libros te esperan», yo extrapolaba esa bella manera de solventar mi impaciencia de aquellos días, para con un texto, a mi actualidad, la canción me estuvo «esperando». Hoy, esa página 8 ya no es de papel y la jungla donde la protagonista de los versos de Perales no podía sentir la mañana ya no es solo la ciudad de cemento; hoy, la jungla es el algoritmo.
El tecnofeudalismo del afecto
Volvamos a aquella página 8 del diario el mundo. Ese clasificado no era un producto, esos clasificados eran gratuitos, los de la página 8 de «gente que busca gente», eran como botellas con mensajes arrojadas al mar; un intento honesto, torpe y humano de tejer un lazo sin intermediarios cobrado por cada contacto. Hoy, esa misma vulnerabilidad propicia negocios altamente rentables bajo lo que el economista Yanis Varoufakis llama tecnofeudalismo. Las grandes plataformas ya no compiten en un mercado libre, son dueñas del territorio digital y nosotros somos los vasallos que pagamos con datos, atención y suscripciones mensuales a los nuevos señores feudales.
«El algoritmo no puede ‘besar de tu parte’. No siente el ‘aullido del mar en el pecho callado’. Solo sabe cobrar la renta por la ilusión de que, algún día, alguien te encontrará.»
Las apps de citas y los servicios premium de acompañamiento no están resolviendo la soledad, la están gestionando como un síntoma crónico. Varoufakis lo llama «renta en la nube», pero yo prefiero denominarlo tecnofeudalismo del afecto: el feudo no quiere curar tu soledad porque un paciente curado deja de comprar. Hemos cambiado la búsqueda comunitaria gratuita por la extracción de datos costosa, convencidos de que el cuidado es un servicio que se compra en lugar de un tejido que se construye entre vecinos.
El suelo pegajoso: donde el mérito se ahoga en la falta de estructura. Foto de Nothing Ahead: https://www.pexels.com/es-es/foto/suelo-molido-superficie-barro-5777360/El suelo pegajoso: cuando el cuidado castiga
En este punto es cuando la canción deja de ser nostalgia para convertirse en diagnóstico clínico. Esa «jungla» donde no se puede sentir la mañana es social, económica, psicológica y tristemente espiritual; es lo que la jurista y académica Joan C. Williams bautizó en 2014 como el «suelo pegajoso» (sticky floor). Williams demostró que, a diferencia del «techo de cristal» que frena el ascenso de algunas mujeres, el suelo pegajoso atrapa a millones en trabajos precarios y de cuidados sin movilidad ascendente. La socióloga Arlie Hochschild, pionera en estudiar el «segundo turno», ya nos había advertido décadas antes: el trabajo emocional y doméstico no remunerado es la base invisible sobre la que se sostiene toda la economía productiva.
El mítico self-made man nunca flotó en el aire: pudo ascender y trabajar jornadas interminables porque alguien más se quedó atrapado en ese suelo limpiando, cocinando y sosteniendo emocionalmente. Históricamente ese alguien fue una mujer, pero hoy el castigo se ha universalizado. Los hombres que hoy quieren asumir la corresponsabilidad y ser padres presentes se golpean contra la misma pared: un mercado laboral diseñado para un «trabajador fantasma» que tiene a otra persona invisible resolviéndole la vida.
«La economía del cuidado no se resuelve con mejores aplicaciones, se resuelve cuando dejamos de pedirle a la máquina que haga el trabajo que solo la comunidad puede hacer: sostenernos.»
Si intentas cuidar, el sistema te penaliza y te estancas; la economía actual es un mecanismo de castigo para cualquiera que priorice la vida sobre la productividad mientras seguimos deslizando pantallas buscando esa gente maravillosa.
La reciprocidad no es caridad. Es infraestructura vital. Foto de Rayan Hassan: https://www.pexels.com/es-es/foto/30831907/La invisibilidad como estrategia de mercado
Llegamos al punto más incómodo: a menudo escuchamos que el cuidado es un «asunto privado» que cada uno debe resolver por sí mismo, lo cual suena a autonomía pero es una trampa mortal. En una sociedad donde el tiempo es escaso y los terceros espacios han desaparecido, privatizar el cuidado es la excusa perfecta para que el Estado y el mercado se laven las manos. Cuando el cuidado se convierte en mercancía, solo llega a quien puede pagarlo; el resto queda esperando un match en esa página 8 digital, alquilando compañía porque se le enseñó a pedir perdón por necesitar.
La reciprocidad verdadera no es caridad ni un favor, es infraestructura vital: es saber que mi bienestar está atado al tuyo y que si uno cae, la red entera se debilita. Debemos dejar de enfocarnos en la culpa individual y elevar la mirada hacia un algoritmo que parece alimentarse de nuestra soledad estructural. Hemos externalizado y tercerizado el cuidado al mercado, y eso le viene como anillo al dedo porque el mercado solo sabe extraer, nunca sabe sostener.
Recuperar la vereda: el antídoto contra el feudo digital. Foto: Nothing Ahead @nothingahead_ /pexels.comDespertar la sonrisa dormida
Cuando Perales escribe «Si la ves algún día pasar, cuéntale que la quiero… bésala de mi parte», está describiendo la delegación del afecto a un intermediario humano para un mensaje demasiado frágil. Hoy hemos delegado ese mensaje a un algoritmo diseñado para vender publicidad, y ahí radica la tragedia: le pedimos a una máquina que gestione nuestro anhelo más profundo de ser cuidados. Saber que la soledad no es un defecto personal sino un diseño económico es el primer paso, pero el conocimiento por sí solo no despierta sonrisas dormidas.
«Hemos externalizado el cuidado al mercado, es como si además de precarizarlo lo hubiéramos tercerizado, y eso al mercado le viene como anillo al dedo porque solo sabe extraer, no sostener.»
Si el mercado solo sabe gestionar la vulnerabilidad y vender soledad empaquetada, la pregunta ya no es cómo adaptarnos mejor al sistema sino dónde están las alternativas reales. Existen cooperativas alojadoras, redes vecinales que recuperan la vereda y formas ancestrales como el Ayni andino que pueden traducirse al siglo XXI. Se trata de dejar de ser vasallos de la nube para volver a ser vecinos de carne y hueso.
Escucha el episodio completo
Este texto es solo una parte de la experiencia. Para vivir la narración completa con el tono pausado que merecen estas palabras, te invito a escuchar el podcast:
Escuchar «¿Existe una economía del cuidado?» en YouTube
También puedes seguirme en:
▶️ YouTube: @PabloHGerez
📷 Instagram: @pablohgerez
🟢 Spotify: @Conectando
🐦 X (Twitter): @phgerez






