Una mujer me detuvo en la vereda creyendo que era su hermano muerto. Ese instante me obligó a preguntarme qué es realmente extrañar: recorrí a Neruda, Mistral, Vallejo y Pizarnik, pero también a la psicología del apego y la neurociencia, para entender por qué el duelo no es una herida que se cierra, sino un territorio que se habita.
Hoy voy a dejar de lado las referencias bibliográficas. Bueno, no tanto, pero esa es la intención. Hoy quiero que usted y yo hablemos de eso que hemos sentido: el extrañar. Lo hemos dicho bajito o a plena voz, lo hemos pensado, aunque la forma en que más se corporiza es cuando sentimos que nos atraviesa. ¿Le pasó? Sí, seguro que sí. Ha extrañado, o extraña.
Pero… ¿Qué es extrañar? Será la presencia de una ausencia que se niega a ser silencio. Es el cuerpo recordando con la piel lo que los ojos ya no ven, es la memoria afectiva que se convierte en geografía interna: un mapa de huellas que camina con usted, aunque la persona haya dejado de estar. No es solo nostalgia; es un verbo activo, un hacer del alma que reconstruye, en bucle, los instantes que fueron refugio.«Extrañar no es mirar hacia atrás. Es quedar atrapado en un tiempo que no avanza, donde lo que se fue sigue ocupando espacio cognitivo y afectivo».
Y ¿Cómo es que termino hablando y pensando qué es extrañar? Porque a mí me pasan cosas poco comunes. No son espectaculares, son más bien pequeñas, pero llegan a conmoverme. Algún día haré una enumeración, pero hoy vayamos a esta que me ocurrió hace un par de semanas. Venía caminando por la vereda del centro de mi ciudad, sin urgencias, cuando advierto que una señora me mira sonriente. Está a unos cinco o seis metros, da unos pasos lentos que la colocan justo en mi trayectoria. Sonríe y me mira con nostalgia; sí, eso es lo que veo en sus ojos; nostalgia.

Durante el tiempo que ocurre esto, hago un repaso mental, lamentando mi muy mala memoria: no la recuerdo. Ya es tarde, tendré que hacer mi acto del saludo efusivo y, en la conversación, trazar las líneas que me devuelvan los datos… pero antes de que todo eso ocurra, la señora toma mi brazo y suelta la frase que me congela: «Usted es idéntico a mi hermanito que se fue hace cinco años». Ahí está «la cosa poco común» en pleno desarrollo. «Disculpe, pero lo extraño mucho», me dice. Solo atino a darle un abrazo; una de las pocas cosas que creo que me salen bien: abrazar, escuchar, estar… y preguntar.
Preguntarme, a partir de ese momento, por el extrañar. Psicológicamente, extrañar es el apego en movimiento. Es el vínculo que no se desata, sino que se transforma. John Bowlby, el psicólogo británico que revolucionó nuestra comprensión del vínculo humano, diría que los lazos que nos estructuran no se rompen con la distancia; se repliegan hacia adentro y siguen operando como brújula emocional. Por eso duele: porque el cerebro no distingue del todo entre lo vivido y lo imaginado, y el corazón insiste en habitar lo que ya no tiene dirección postal.
«El cerebro no distingue del todo entre lo vivido y lo imaginado: el corazón insiste en habitar lo que ya no tiene dirección postal»
Literariamente, extrañar tiene acento de Rilke. El poeta austríaco escribió: «Vivir es estar lleno de preguntas y, a veces, amar las preguntas mismas». Extrañar es una de esas preguntas que se hace carne. Es el eco de un nombre en la garganta, es la taza de café que prepara por costumbre para alguien que ya no está, es la canción que se detiene en el estribillo porque ahí empezaba su risa. No se debe confundir con debilidad ni como componente de esta; es la prueba de que algo verdadero habitó su tiempo. Y en lo espiritual, extrañar puede ser una forma de oración silenciosa. No pide retorno, solo reconoce: «esto que siento es sagrado porque fue real».
En la tradición andina, se dice que lo que se quiere bien no se va del todo; se transforma en viento, en estrella, en camino. Extrañar, entonces, no es perder: es aprender a amar en otro modo de presencia. Así que si hoy extraña, no se apure en cerrar esa puerta. Deje que la nostalgia lo visite sin que lo habite. Porque extrañar no es quedarse atrás; es llevar consigo, con delicadeza, lo que lo hizo más humano. Y eso, usted lo sabe, no tiene precio.
Dije que hoy iría por los sentimientos, por las emociones, por la experiencia humana en pleno, y se me ocurrió que lo mejor sería hacer un recorrido por la poesía. Elegí algunas de muchas, muchísimas que hablan de eso que, como le dije, nos pasa: extrañar. Juzgué que estas obras me podrían ayudar a desandar este camino. Las que he elegido tienen algo en común: rechazan la metáfora bonita. Usan el cuerpo, la repetición, el silencio, la contradicción. No buscan cerrar la herida: la exhiben.
En estos poemas el extrañar no es un estado que se supera, es un territorio que se habita. Honestidad brutal: admiten que extrañar a veces no es amor, es hábito, es miedo al vacío, es el cerebro repitiendo gestos que ya no tienen respuesta.
Pablo Neruda, en el Poema 20 —quizás el verso más leído y recitado en lengua española—, nos dice:
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
…
Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
…
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
…
Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
…
Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
…
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
…
Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.
«Extrañar a veces no es amor: es hábito, es miedo al vacío, es el cerebro repitiendo gestos que ya no tienen respuesta»
Alejandra Pizarnik, la poeta argentina que convirtió el silencio en lenguaje, escribe en El deseo de la palabra:
No quiero saber nada de lo que me pasa.
Quiero saber lo que le pasa a lo que no está.
Juan Gelman, el poeta argentino que perdió a su mujer y su nuera durante la dictadura, escribió en libros como Cólera buey y Salarios del impío sobre una ausencia que no es íntima en el sentido romántico: es carne raspada contra el Estado, la memoria y el silencio. Versos como:«Te busco en lo que falta,
en lo que no responde,
en lo que se niega a nombrarte»
muestran un extrañar que no pide regreso, sino justicia y presencia en el vacío. No tiene escapatoria: el duelo se vuelve acción, y la ausencia, un cuerpo político.
Gabriela Mistral, la poeta chilena que hizo del dolor magisterio, nos deja estos versos:
No lloro por ti, que estás lejos,
lloro por mí, que te llevo.
No lloro por la partida,
lloro por la costumbre de hablar a las paredes
y esperar respuesta.
«El dolor no viene de la pérdida, sino de la inercia del cuerpo que sigue actuando como si la presencia estuviera: hablar a las paredes y esperar respuesta»
«Dime qué tienes tú que no acabas de irte,
que no acabas de venir»
Primero, la dimensión temporal: el tiempo que no cierra. Vallejo captura la paradoja central del extrañar: la imposibilidad de clausurar un ciclo. La razón registra la ausencia; el sistema de apego mantiene el canal emocional abierto. Por eso el sujeto extrañante vive en un presente fracturado: lo que se fue sigue ocupando espacio cognitivo y afectivo, y lo que se espera nunca llega del todo. Ese «no acabar» no es indecisión; es la huella de un vínculo que trasciende la cronología lineal. Extrañar, en su forma más descarnada, es tiempo suspendido convertido en carne.
Segundo, la dimensión corporal: el archivo que sigue activo. Si Vallejo nombra la fractura temporal, la tradición poética y la neurociencia afectiva muestran su soporte físico. Extrañar no se piensa; se ejerce. Es la mano que busca un hombro, la voz que formula preguntas sin destinatario, la rutina que se repite por inercia. Gabriela Mistral lo ancló en la tierra; Alejandra Pizarnik lo redujo a la pregunta mínima. El extrañar descarnado no idealiza: expone la mecánica del vínculo cuando pierde su soporte físico. El cuerpo se convierte en un mapa de gestos fantasma, y la memoria en un músculo que sigue contrayéndose sin objeto.
Tercero, la dimensión existencial: la pregunta que estructura. Pero extrañar no es patología ni estancamiento. Es, en el fondo, un acto de verdad. Funciona como una brújula afectiva: señala qué nos estructuró, qué nos hizo más humanos, qué vale la pena conservar como parte de la identidad. El «no acabar» de Vallejo, leído en clave madura, no es condena; es testimonio. Mientras algo no termina de irse, sigue operando como fuerza organizadora de la subjetividad. Extrañar, entonces, es aprender a convivir con la ausencia sin convertirla en olvido ni en espera ciega. Es integrar lo que fue como presencia activa, aunque sea en forma de eco, de pregunta, de geografía interna.
Entonces en este punto de mi recorrido tratando de ponerle mis letritas a lo que he vivido entiendo que aquella definición con la que empecé —la presencia de una ausencia que se niega a ser silencio— no era solo metáfora. Era anatomía. Me atraviesan estas palabras de Vallejo:
«Dime qué tienes tú que no acabas de irte,
que no acabas de venir»
Vallejo nos dice que extrañar es habitar un umbral. No es nostalgia (que mira el pasado con dulzura), ni duelo resuelto (que cierra la herida), ni esperanza (que proyecta un futuro). Es la tensión viva entre lo que fue y lo que ya no será —o por lo pronto no está (¿estará?), ahí el deseo impulsor también, ¿no?—, sostenida por un sistema afectivo que se niega a soltar del todo.
«No acabas de irte / no acabas de venir»
no es una queja; es la definición exacta de un vínculo que trasciende la física.
Extrañar es la prueba de que algo real habitó su tiempo. No pide retorno; pide integración. Y en ese espacio suspendido, lo amado sigue operando: no como persona, sino como pregunta, como ritmo, como manera de estar en el mundo.El abrazo con la señora duró unos segundos. Me dijo: «Fue como si me hubiera abrazado mi hermanito. Usted es tan parecido. Ahora lo extraño un poco menos». Yo no tuve palabras. Ella me dijo gracias y solo atiné a despedirme con una sonrisa. ¿Puede haber palabras para un momento así? Me lo pregunto, porque si las hay, yo no las sé. Y quizás no hagan falta. A veces, el silencio que queda después de un abrazo (una de las cosas de las que estoy seguro hago bien) es exactamente el lugar donde lo que se fue termina de quedarse y lo que todavía no es… comienza a ser; lo que debe ser.






