Tucumán contra las cuerdas: El auge del comercio informal como síntoma de crisis

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Vendedores ambulantes en Tucumán: La calle como último recurso ante la crisis

Una conversación surgida en el programa Libertad de Expresión revela cómo la precarización laboral ha convertido a los vendedores ambulantes en la única tabla de salvación para miles de familias que ya no llegan a fin de mes.

Los vendedores ambulantes han transformado la densidad humana en las aceras del micro y macrocentro de San Miguel de Tucumán. Ya no se trata solo del vendedor tradicional que conoce su oficio desde hace décadas, sino de un flujo constante de rostros nuevos, desconocidos para el gremio, que buscan en la venta callejera un respiro ante el ahogo financiero. Esta transformación silenciosa pero estruendosa fue el punto de partida de una charla profunda gestada en los estudios de Radio del Plata Tucumán 93.9 MHz, dentro del programa Libertad de Expresión, conducido por Graciela Nuñez junto a Pablo Gerez.

«Esta actividad está pasando el peor momento; ni en 2001 vivimos lo que estamos pasando hoy los vendedores.»

Al otro lado de la línea estaba Roberto Quiroga, secretario general del Sindicato de Vendedores Ambulantes (SIVARA), quien pintó un panorama desolador sobre la situación de los vendedores ambulantes. Según su testimonio, la cantidad de trabajadores que salen a la vía pública ha aumentado entre un 100% y un 150% en el último año. No es una percepción subjetiva de quienes transitan la ciudad, sino una realidad estadística impulsada por la desesperanza: empleados formales que, al ver erosionados sus salarios, deciden vender cualquier cosa para intentar cubrir el déficit mensual.

Vendedores ambulantes en las calles de Tucumán

La distinción entre el vendedor de oficio y el nuevo ingresante es cada vez más difusa, aunque las consecuencias son distintas. Mientras el primero lucha por mantener su lugar y su clientela en un mercado saturado, el segundo suele probar suerte con inversiones mínimas, como una caja de encendedores o una docena de medias, para desaparecer a los pocos días cuando la realidad golpea. «Compran, se aventuran con poco capital y si no venden, se van; invierten tres o cuatro días y desaparecen», explica Quiroga, describiendo un ciclo de esperanza y frustración que se repite diariamente en cada esquina donde trabajan los vendedores ambulantes.

«Hoy cualquier empleado no llega a fin de mes y sale a trabajar, sale a hacer un trabajo informal a vender algo en la calle.»

La crisis no solo afecta el bolsillo, sino que ha comenzado a corroer la estructura familiar y social de estos trabajadores. El sindicato, que históricamente nucleaba a quienes vivían exclusivamente de la venta, ahora debe funcionar casi como una red de asistencia social urgente. La ordenanza 5507 sobre la venta de chacinados y la gestión de tarjetas alimentarias son parches necesarios pero insuficientes ante una demanda que crece exponencialmente entre los vendedores ambulantes. Muchos compañeros, relata Quiroga, no pueden ni siquiera pagar la boleta de la luz, con facturas que superan los trescientos mil pesos mientras la recaudación diaria apenas alcanza para la comida.

Lo más alarmante de esta nueva geografía urbana es la presencia creciente de adultos mayores en las filas de la venta ambulante. Personas que deberían estar disfrutando de su jubilación o descansando tras una vida laboral, se ven obligadas a retornar a la calle porque los recortes en medicamentos y beneficios sociales han dejado un vacío imposible de llenar. «Les cortaron los medicamentos, les quitaron muchos beneficios y están saliendo a la calle a vender», denuncia el dirigente sindical, subrayando que esta situación está generando problemas graves de salud mental y adicciones en el seno de estas familias de vendedores ambulantes.

«Muchos compañeros vamos perdiendo el patrimonio que nos costó tantos años de trabajo y esfuerzo.»

Aumento de vendedores ambulantes en Tucumán

Frente a este escenario, la pregunta sobre la salida parece tener una única respuesta estructural: un cambio en el plan económico del gobierno. Para Quiroga, liberar más calles o regularizar espacios no solucionará el problema de fondo si el poder adquisitivo de la población sigue cayendo. «Aunque haya mil vendedores, no se va a vender nada si la gente no tiene dinero», sentencia, recordando que incluso en momentos históricos de crisis como el 2001, la magnitud actual del deterioro supera todo lo vivido anteriormente por los vendedores ambulantes. La actividad, que alguna vez permitió construir patrimonios y sostener hogares con dignidad, hoy apenas sirve para sobrevivir al día siguiente.

Sin embargo, en medio de la tormenta, el espíritu de comunidad del gremio intenta mantenerse vivo a través de pequeñas luces de esperanza. A pesar de la falta de ventas de juguetes durante el año debido a los altos costos, el sindicato organiza una fiesta del Día del Niño para los hijos y nietos de los afiliados. Este evento, programado para el domingo 6 de septiembre en la sede gremial de Sáenz Peña, busca devolver un poco de alegría a la infancia afectada por la incertidumbre económica de sus padres. Es un gesto que, aunque pequeño, reafirma que detrás de cada puesto de vendedores ambulantes hay una historia humana que merece ser vista y escuchada.

«Es lamentable, pero es la realidad; muchos no quieren visibilizar esta situación que estamos viviendo.»

La crónica de esta realidad, nacida de la observación atenta de Nuñez y Gerez en un bar local y confirmada por la voz experta de Quiroga, invita a mirar más allá de la simple transacción comercial en la vereda. Cada producto ofrecido, cada mirada esquiva y cada puesto improvisado cuenta la historia de una economía que ha dejado de incluir a gran parte de su fuerza laboral. Mientras el país debate macrosoluciones, en las calles de Tucumán miles de argentinos siguen buscando, día tras día, la manera de llegar a fin de mes, convertidos en los termómetros más fieles de una realidad que no puede seguir siendo ignorada.

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