La emoción como producto

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Un mar de pantallas iluminadas en la penumbra de un estadio, donde los rostros buscan su propio reflejo en lugar del escenario.

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Entre lo que sentimos y lo que mostramos en la era del registro permanente

Antes, la noticia era el evento. Hoy, la noticia somos nosotros reaccionando al evento. La emoción como producto, un recorrido por cómo las redes sociales transformaron la emoción en mercancía, donde el goce ya no está en vivir el momento, sino en demostrar que lo estamos viviendo. Antropología, neurociencia y filosofía para entender por qué filmamos nuestro llanto y selfieamos nuestra euforia.

El bajo retumba en el pecho como un segundo corazón, ajeno y rítmico. La banda arranca con esa canción que te sabes de memoria, esa que tiene el poder arqueológico de desenterrar recuerdos que creías olvidados. El estadio estalla en un rugido colectivo, una marea humana que salta al unísono. Sin embargo, tu mirada no viaja hacia el escenario. Se detiene, casi por instinto, en la persona que tienes al lado. Tiene el brazo extendido, el celular firmemente sujeto, pero la lente no apunta a los ídolos del momento. Se apunta a sí misma.

La ves ajustar el ángulo, acomodar el rostro, exagerar apenas la sonrisa o dejar caer esa lágrima calculada. Se asegura, con la destreza de un director de cine, de que el fondo borroso delimita el lugar, pero que el foco nítido, el verdadero protagonista de la toma, sea su propia emoción. No está viviendo el recital; está dirigiendo la película de su propia asistencia.

Persona grabándose con el celular en medio de una multitud en un concierto
El foco ya no es el escenario, sino la reacción propia frente al escenario.

Es inevitable sentir, en un primer instante, un rechazo visceral. La palabra que acude a la mente es narcisismo, con toda su carga de juicio moral. Pero como bien advierte la antropóloga Paula Sibilia, hemos dejado de ver el narcisismo como una patología de diván para entenderlo como el aire que respiramos. Ya no es una enfermedad, sino el clima de época. Es la forma en que la sociedad contemporánea aprendió a habitar el mundo: convirtiendo la propia imagen en el lienzo principal de nuestra existencia, un museo de uno mismo que requiere visitantes constantes.

Cuando sostienes ese celular, ocurre un desplazamiento sísmico, casi imperceptible, en la jerarquía de lo importante. La comunicadora Ingrid Sarchman lo disecciona: antes, la noticiabilidad residía en el evento externo, grande, objetivo. Hoy, la noticia eres tú. El gol no es la noticia; la noticia es tu reacción al gol. El recital no es la noticia; la noticia es cómo te sientes tú en el recital.

“La emoción deja de ser un estado interno para convertirse en el producto principal de nuestra era digital.”

— Basado en los análisis de Ingrid Sarchman

Haz un poco de memoria. Seguramente has navegado por esos interminables feeds de videos de reacciones. Poco a poco, se ha naturalizado la extraña coreografía de ver a un creador de contenido mirando una tragedia, un clip o un concierto. El verdadero espectáculo ya no es el evento original, sino observar qué caras pone, qué exclamación suelta o qué emoción aflora en su rostro. Transmite reaccionando. Se emociona para su público. La emoción como producto ya no es una teoría académica; es el modelo de negocio predominante del capitalismo de plataformas.

No se trata, sin embargo, de un fenómeno exclusivo de las multitudes. La psicóloga y neurocientífica Paula Salamone plantea una comparación, establece un paralelismo entre filmarse llorando en la soledad de una habitación y sentarse a componer una canción. Aunque sea un acto que se realiza en el más absoluto aislamiento, es inherentemente un acto social. Lo haces porque, en el fondo, tu cerebro ya está anticipando la audiencia. Ya está calculando el eco.

Incluso en la soledad, el acto de registrarse es una performance social anticipada.

El impulso de sacar el celular para registrar un momento importante revela, entonces, una dualidad inquietante: no grabas solo para no olvidar lo que sentiste, sino para demostrar que lo sentiste. Para entender la profundidad de este comportamiento, conviene mirar hacia atrás, porque el ser humano siempre ha tenido esta vanidad. La filósofa Mariana Beatriz Noé traza una analogía fascinante con la pintura y los autorretratos. En la época de los reyes, los monarcas encargaban sus retratos a los pintores más famosos. El objetivo era dejar sentado y en claro cómo se quería ser visto: la pose, la ropa, el fondo dispuesto.

Eso diseñaba identidad. Y eso es exactamente lo que se está haciendo ahora, pero con una velocidad vertiginosa. La diferencia radica en la inmediatez y en la escala. Antes había una limitación de tiempo y espacio; hoy, todo es noticiable, y sobre todo, lo es el yo mismo, en tiempo real y para una platea global.

“El goce ya no es solo disfrutar de lo que se está viendo, sino de que te vean disfrutando.”

— Reflexión sobre la performatividad emocional contemporánea

En este punto preciso, la experiencia humana sufre una mutación silenciosa. Se genera un clima que hace que mucha gente sienta que, si no se graba y no muestra que estuvo emocionada, simplemente no lo vivió. Sin el combustible del like, del follower o del comentario, la emoción parece diluirse en el vacío, como si no hubiera ocurrido. Esto es una vorágine; ¿no? por lo que creo que es momento de detenernos a pensar en un nivel que esta quedando relegado, hay que pensar en lo que ocurre a nivel cognitivo. Cuando decides filmar una emoción, hay procesos de anticipación. Si el pensamiento es «estoy llorando, voy a llorar, me voy a grabar», hay una parte del cerebro que se está dedicando a encuadrar el llanto, a performarlo.

Lo que no se puede determinar todavía es si en todos los casos la emoción es totalmente falsa o si es provocada. ¿Es bueno? ¿Es malo? No se puede decidir todavía, este humilde escriba no se anima a arriesgar juicio por ese lado, me incomoda, todo lo descripto, por otra parte todo lo articulado con trabajos de profesionales de muy acabada trayectoria me autoriza a no sentirme un paria cuando siento lo que siento ante el fenómeno, pero de ahí a aterrizarlo en los maniqueos territorios de lo bueno o lo malo; no, no me animo.

Pero lo que sí se puede afirmar, y lo dicen todas las fuentes desde todas las áreas, es que la noticia, lo noticiable, ya no es el evento. No es la nota altísima que logró alcanzar el cantante, ni el accidente vial que tocó presenciar. La noticia es qué pasó con esa persona frente a ese evento.

La autenticidad reside a menudo en el olvido de la cámara, en el registro del otro.

Y la gran pregunta que queda flotando… si pregunta es todo lo que puedo regalarle —ya sabe como escribo y porque lo hago, ¿para qué lee? ¿si sabe como soy?— aquí voy de nuevo, preguntando, y espero no defraudar a quien alguna vez me dijo que es admirable la capacidad de preguntar que tengo. La pregunta que me surge y que me ha movilizado a escribir este texto es: si ese producto, esa emoción, es real; ¿es real? y eso si me pone ante un laberinto que ahora no voy a compartir.

Existe un caso opuesto, una imagen que sirve para marcar la diferencia. Un estadio, un partido decisivo, un gol en el minuto noventa y tres. La multitud explota. Pero en esta escena, quien tiene el celular en la mano no se está filmando a sí mismo. Está filmando a los otros. La diferencia es fundamental: quien está grabando está registrando a los demás. Y lo que está grabando es una escena genuina. Personas que no pueden creer lo que acaba de pasar, llorando, abrazándose, con la bandera al viento, olvidadas de sí mismas.

“Quizás nunca más se tenga una emoción de primera mano, a menos que sea a través de cámaras ocultas.”

— Mariana Beatriz Noé

Ahí radica la diferencia entre el registro de uno mismo para mostrar una emoción y el registro de una emoción a partir del otro. Ahí voy de nuevo con mi caballito de batalla: el registro del otro. Quizás por eso, como sugiere la filósofa, nunca más se tenga una emoción de primera mano, a menos que sea a través de cámaras ocultas. Por eso gustan tanto. Porque tienen que ver con lo genuino, con la sorpresa de alguien que siente lo que siente sin performances y sin filtrarlo, y que no sabe que está siendo grabado.

En el teatro de la vida cotidiana, las emociones se han vuelto un acto performativo. Se aprende a vivir de acuerdo a lo que se ve, a sentir de acuerdo a lo que se muestra. O peor aún: a performar las propias emociones, incluso cuando el otro ya te puso su corazón en tus manos. En ese intercambio, donde el goce cambió de lugar, donde el goce ya no es solo disfrutar de lo que se está viendo, sino de que te vean disfrutando, la identidad se construye, se mercantiliza y se expone.

La cámara como testigo y, a la vez, como juez de nuestra propia existencia.

Queda la duda (¿melancolía?), de saber cuánto de genuino queda cuando la cámara se enciende, y cuánto de nosotros se pierde en el intento de demostrar que estamos vivos. La emoción como producto nos enriquece en visibilidad, pero nos empobrece en presencia. Y tal vez, el acto más rebelde que nos queda hoy sea atrevernos a sentir algo, solo para nosotros, o para esa persona… «esa persona», sin que nadie te vea.

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